Sin freno (Campus drivers 1) 2. Lois #2
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2. Lois #2

Mierda, ¡yo contaba con pedirle que me lo guardara hasta esta tarde!

Me cuesta levantar la mirada hacia las tres bolsas amontonadas en un rincón; las mismas pertenencias que estaba encantada de dejar en casa de Kirk hace menos de dos meses.

En lugar de irme de vacaciones, me dediqué a construirnos un pequeño nido acogedor.

¿Cómo he llegado a esto? ¿Qué capítulo me he perdido?

La señorita Curtis retoma su conversación telefónica, dejándome claro que ya le he hecho perder suficiente tiempo.

Me cuelgo la primera bolsa en el hombro, y hago lo mismo con la segunda, casi cayéndome hacia atrás con lo que pesa.

Me la acomodo lo mejor que puedo antes de coger la última; sin olvidarme, por supuesto, de la mochila en la que va el portátil.

Indispensable, considerando que hoy es mi primer día de universidad...

—Que tenga un buen día —suspiro, retrocediendo hacia la salida. A lo que me responde agitando la mano delante de sí, sin dignarse a mirarme.

Avanzo con esfuerzo hasta la acera. Dejo caer los bultos a mis pies, respiro hondo y planto el culo en medio de todo.

Bien, ¿y ahora qué? Podría, efectivamente, llamar a Rebecca.

Quizá aceptaría dejarme dormir en el suelo de su habitación de la uni mientras Kirk cambia de opinión, pero no tengo fuerzas para enfrentarme a mi amiga.

Además, llamar «amiga» a Rebecca es un poco exagerado.

No nos conocemos desde hace mucho, solo que congeniamos cuando me hizo un recorrido por el campus en mayo del año pasado.

Es supersimpática, nos hemos estado enviando mensajes casi a diario desde entonces, pero me da vergüenza pedirle alojamiento.

Y, además, no se tiene que enterar nadie.

Lo voy a solucionar todo. Por no mencionar que no soporto la idea de alejarme de este lugar.

—¡Ah! ¿Estás aquí?

Doy un brinco cuando escucho esa voz detrás de mí. Al girarme, reconozco sin dificultad al chico del quinto.

—Hola —murmuro, mordiéndome el carrillo.

—Por un segundo pensaba que mi sofá te había devorado. ¡Le acaba de caer un buen sermón! —Para un segundo mientras da una palmada—. Es verdad, la presunción de inocencia... ¿Cómo no me había acordado antes?

Está relajado, habla como si fuera un día la mar de bonito y soleado. Sí, hace buen tiempo, pero por lo demás todo es un asco. ¡Un auténtico asco! Casi me da rabia que se pavonee así delante de mí.

—Lo siento —me obligo a articular—. Me he ido porque no quería abusar de tu confianza.

—¿Estás esperando un taxi? —pregunta, analizando la situación mientras me siento sobre mis escasas pertenencias.

—Emmm...

Eso es todo lo que consigo decir.

—Entiendo que es un sí.

Nos quedamos mirándonos en completo silencio. Bueno, casi. La punta de mi suela raspa el asfalto creando un ruido de fondo constante.

—Es el primer día de uni —me escucho decir sin querer.

—Sí, lo sé. —Se ríe, encogiéndose de hombros—. ¿Tú también vas a la OSU?

Me deja sorprendida, no esperaba que él también fuera estudiante. Quizá por su altura y ese aire tan maduro. Debe de ser su último año.

—¿Vas a la OSU? —repite más despacio, como si fuera tonta.

Asiento, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se aprieta más.

Se supone que hoy tenía que ser un primer día perfecto en la Ohio State University.

Sí, un día maravilloso en la misma facultad que Kirk; la elegí porque...

pues eso, porque quería estar con él. Cuando me llegó la carta de admisión, mi hermano dijo que le parecía todo patético...

Pero no le puedo pedir más. Él no lo entiende porque nunca se ha enamorado.

Habríamos madrugado, porque a Kirk le gusta levantarse con los primeros rayos de sol.

Nos prepararíamos un té y algo para picar juntos.

Nos subiríamos a la moto y, ale, rumbo al campus con mis brazos rodeando su cintura con fuerza.

Desde luego, lo de que me dejara dos días antes de empezar las clases con la excusa de querer disfrutar de la experiencia universitaria no entraba en mis planes...

—¿... te lleve?

Alzo la cabeza hacia mi anfitrión de esta noche al darme cuenta de que me está hablando.

—¿Cómo?

—¿Quieres que te lleve?

—¿Adónde?

—¿Padeces déficit de atención o qué? ¡A la facultad!

¿O es que ya estás pensando en saltarte las clases?

Cosa que te desaconsejo —replica con la voz de pronto más grave—.

¡El decano no se anda con tonterías con los rebeldes de primero!

Y sé de lo que hablo —añade, levantando mucho las cejas—. Yo repetí curso.

—No tenía intención de hacer novillos a la primera de cambio.

Bajo la vista hacia mis cosas. ¿Qué voy a hacer con ellas?

No puedo soportar un día entero cargando el equivalente de toda mi vida sobre los hombros.

Hombros que, por cierto, ya están cargados con penas y remordimientos propios.

Aunque me muera por encontrar un agujero oscuro donde pasar lo que me quede de días, no puedo arriesgarme a perder la beca, por pequeña que sea, ni el dinero que mis padres han pagado ya.

—Sigue sin entrar en mis planes lo de secuestrarte para saciar mi deseo de hacer un rito satánico en el desierto —se burla, curvando los labios.

—No hay ningún desierto a menos de dos mil kilómetros de aquí.

—Lo sé, pero ¿a que suena muy bien contado así?

—Si tú lo dices.

—Bueno, qué, ¿te decides, Corazón Roto?

Abro los ojos como platos, sin dar crédito. «¿Cómo se habrá atrevido?».

—¡Ni se te ocurra llamarme así! —protesto, incorporándome de golpe.

—Perdón —espeta con voz irónica.

Casi hasta parecía simpático antes cuando me ha ofrecido el café ese que no me he llegado a beber, pero en este instante le define una sola palabra: ¡capullo!

Aprieto los párpados un segundo y me trago la rabia antes de volver a enfrentarme con su mirada.

—Es solo que... no sé qué hacer con mis cosas.

—¿Cómo que no?

—Pues ya sabes, el rollo ese de ser la tía a la que acaban de dejar, y blablablá... —digo entre dientes mientras acompaño mis palabras con un gesto brusco de mano, como si quisiera barrer el aire a mi alrededor.

Él asiente con energía mientras se rasca la barbilla.

—¿Así que tu novio te ha echado sin plantearse dónde te ibas a poder quedar? Pero ¿qué le has hecho? Acostarte con su padre, ¿o qué?

—Yo no le he hecho nada —murmuro, notando cómo las lágrimas regresan con todas sus fuerzas.

—Entonces es un buen cabrón —concluye inflando las mejillas.

—¡No! ¡No sabes de lo que hablas! Él... él es... —Mi primer instinto es defender a Kirk, pero no sé cómo seguir la frase—. ¿Acaso eres experto en relaciones de pareja? —le suelto en su lugar, cortante.

—Joder, ¡pues no!

—Eso mismo estaba pensando.

Le escudriño con detenimiento: me fijo en su estilo, a la vez moderno y descuidado.

Desde donde estoy sentada parece inmenso; sus anchos hombros llenan casi por completo mi campo de visión.

Lleva el pelo castaño peinado hacia atrás, aunque solo se mantiene en su sitio gracias a que acaba de salir de la ducha.

Sus iris verdes, empapados de picardía, parecen desafiarme constantemente.

Todos esos detalles me obligan a decidir que no existe la menor duda: no tiene ni idea de lo que significa una relación de pareja; y, desde luego, no sabe lo que significa para mí.

Así que decido que este tío no me gusta demasiado.

—En fin —retomo, dejando a un lado mi reflexión—. Voy a pasar por secretaría, quizá aún les quede alguna habitación libre en la residencia.

—Me sorprendería bastante, pero puedes intentarlo.

Frunzo el ceño ante la fugaz tentación de lanzarle una de mis bolsas a la cara. Pero me resisto porque, si lo pienso bien, sí que necesito un chófer.

—Acepto —digo, apretando los labios—. Quiero que me lleves.

—¡Pues te ha tocado la lotería, Corazón Roto! —exclama—. ¡Tienes delante al mejor de los Campus Drivers!

Se frota el torso y saca pecho. Me contengo para no poner los ojos en blanco.

—¿Al mejor de los qué?

—¡De los Campus Drivers! —articula, dedicándome una mirada ofendida.

Me estrujo el cerebro intentando rescatar algo sobre el asunto. Nada. Vacío intergaláctico.

—¿Sois los conductores del campus? Eh... vale.

—¡Los únicos e inigualables! Cuatro valientes caballeros sobre llantas de acero al servicio de las estudiantes en apuros.

—¿Solo al servicio de las estudiantes? —replico, frunciendo el ceño.

—Preferiblemente. —Se ríe con sorna mientras avanza hacia el coche aparcado junto a nosotros.

Cruzo los brazos sobre el pecho y niego con la cabeza con desdén. Tiene la actitud del típico tío seguro de sí mismo que seguramente colecciona ligues. Todo lo que detesto, vaya.

—Entonces ¿trato hecho?

—¿Cuánto es? —suspiro entrecerrando los ojos.

—El primer viaje es gratis.

— Marketing de fidelización —declaro con voz apagada.

—Yo diría más bien marketing de adicción. En fin, el tiempo apremia, ¿subes?

Vuelvo a contemplar mi equipaje y una oleada de tristeza me sube a la garganta.

—Vale... —dejo escapar entre labios temblorosos.

Oigo que abre el maletero, y luego vuelve donde estoy para cargar dos de mis bolsas. Lo sigo y echo un vistazo al interior justo en el momento en el que me libera de las últimas pertenencias.

—Como ves, no queda ni sitio para esconder tu cadáver —susurra con una mirada fingidamente siniestra.

—Tú sí que sabes tratar a tus clientes... —murmuro, rodeando el coche.

Me adelanta y me abre la puerta con gesto teatral.

—Si la señora tiene a bien... —dice, inclinándose.

—No te esfuerces tanto en causar buena impresión. Si acabo viviendo en el campus, mis pies me bastarán de sobra —le advierto mientras me abrocho el cinturón.

Y cuando Kirk recobre la cordura, volveré a ocupar mi lugar en la parte trasera de su moto.

—En ese caso...

Deja mi puerta completamente abierta, obligándome casi a dislocarme el hombro para cerrarla. Rodea el vehículo, se detiene frente al capó y dirige una mirada de puro amor a su coche para después sentarse al volante.