2. Lois
Lois
¡Bum!
Tengo la respiración entrecortada y me siento desorientada. Estoy boca abajo sobre un parqué de lamas de madera maciza, en una habitación sumida en la oscuridad, no tengo la menor idea de dónde me encuentro.
—Pero ¿qué...? —murmuro, con la boca pastosa.
Me incorporo apoyándome en los codos, pero tengo tan pocas fuerzas que pronto me dejo caer de nuevo al suelo. Con la mano aún débil, me quito las gafas y me aparto los mechones que me han quedado pegados a las mejillas y a los labios.
Tras unos minutos poniendo en orden mis pensamientos, vuelvo a tomar consciencia de la realidad. Mi primer reflejo es girar sobre mi espalda y sacarme el móvil del bolsillo, retirar los auriculares enrollados a su alrededor e intentar llamar a mi novio.
—Contesta, Kirk, por favor.
Buzón de voz.
Vuelvo a intentarlo dos veces, o quizá diez.
En vano. Esto no está pasando. Es una sórdida pesadilla y me voy a despertar.
«Respira, Lois. Todo está bien. Te vas a despertar en tu cama, junto a Kirk, y os vais a besar como lo lleváis haciendo desde que os mudasteis juntos.
Os besaréis como lo lleváis haciendo durante cuatro años».
« Quiero dejarlo, Lois ».
Su voz aún resuena en mis oídos. Esa misma voz que aún me susurraba palabras de amor el día anterior.
Esas tres palabras no tienen consistencia, no significan nada, ¿verdad?
« Quiero dejarlo ». Seguro que hablaba del baloncesto.
Sí, eso será: quiere dejar de practicar ese deporte, sobre todo para complacer a sus padres.
O puede que se refiera a querer dejar de fumar, ya que lleva casi dos años prometiéndomelo.
No se refería a nosotros. Imposible. Llevamos juntos desde los catorce años. Nuestra historia no se puede terminar.
Se supone que, para que te dejen, tienes que haber hecho algo mal, ¿no?
Por más que lo pienso, no entiendo en qué me he podido equivocar.
Al contrario, siempre he organizado mi vida en torno a la felicidad de Kirk.
Es verdad que había notado que estaba un poco raro este verano, pero lo había atribuido al estrés que suponía empezar la universidad.
Aunque imagino que, a fin de cuentas, no andaba del todo equivocada.
Seguro que, en ese momento, ya le dio por pensar en todo lo que se iba a perder si llegaba al campus con novia.
Me dijo cosas que... que nunca pensé que podrían haber salido de su boca.
Cuando mi respiración se calma y deja de chocar con mis amígdalas, me incorporo en el sofá del que me acabo de caer y observo con detalle el salón en el que he estado sobando.
El horno marca las tres y cuarenta y siete.
Mierda, si hasta he perdido la noción del tiempo.
El vecino me había dicho que eran las seis y media cuando hemos hablado hace un rato.
Pese a lo que marca el reloj, me cuesta creer que me haya dejado dormir en su casa un día entero.
¿Qué voy a hacer ahora? En fin, lo único que sé es que no debería estar en el apartamento del vecino del quinto a quien, por cierto, no había visto en mi vida.
Seguro que acaba de mudarse, porque yo vivo aquí desde junio y jamás me lo había cruzado.
Vale, sí, también es verdad que tengo los párpados superhinchados de tanto llorar, y este rímel barato que se me ha corrido no mejora mi capacidad visual en absoluto.
Pero, aun así, ¡al menos un poco tendría que sonarme!
En fin, el caso es que he pasado de un escalón pegajoso a un sofá que huele a hombre de pelo en pecho. Estoy sentada en medio del salón de un desconocido que, fácilmente, podría descuartizarme y meterme en un congelador. Debería moverme y salir de aquí. Pero ¿adónde iría?
Soy incapaz de imaginarme poniendo un pie fuera de este edificio.
Si lo hago, significará que mi historia con Kirk ha terminado de verdad.
Y no puedo aceptarlo. La idea de volver a casa de mis padres queda enseguida descartada, aunque son las personas más geniales del mundo.
Nos llevamos de maravilla, pero no les quiero hablar de esto.
No lo entenderían, y solo me pondría más triste.
Noto cómo el dolor que me oprime el pecho palpita ahora en mis sienes.
Por más que cierro los párpados y los aprieto contra las manos, el malestar resulta demasiado fuerte.
Me tumbo otra vez y cierro los ojos. Si lo hago con suficiente fuerza, puede que consiga alejar las imágenes de soledad que se arremolinan en mi mente... o eso espero. Lo intento. En vano.
—¡Mierda! —suelto, incorporándome de golpe.
Doy vueltas alrededor de la mesa baja del sofá como una desquiciada sin sentido alguno de la orientación.
Respiro hondo, una, dos, tres veces... pero a la tercera, los sollozos vuelven.
Y una marea de lágrimas se desborda otra vez bajo mis pestañas.
Las pocas fuerzas que me mantenían en pie se rinden y caigo de rodillas.
Contengo los quejidos que me suben hasta la lengua y clavo mis uñas mordidas en la madera desgastada de la mesa.
Tengo que volver a dormirme. Es el único medio eficaz que conozco para huir de la realidad.
Así que programo la alarma y me pongo las gafas de sol para ocultar mi fragilidad.
Luego, me cubro el cabello enredado con la capucha y me recuesto otra vez en este sofá ajeno.
Un sofá en medio de un apartamento que no es el mío; ¿qué le vamos a hacer?
Ahora mismo no es que tenga más puntos de apoyo a los que aferrarme, así es que tocará quedarse aquí un rato más.
Pero el sueño no dura demasiado. Abro los ojos incluso antes de que suene el despertador.
Me subo las gafas y lanzo una mirada borrosa hacia el horno.
Las siete y diecinueve. Me incorporo, con los párpados hinchados y la sensación de llevar clavadas once agujas de hielo en la cabeza.
La duodécima la tengo hundida en el estómago y, luego, la decimotercera en el pecho, más ancha y afilada que las demás.
Me agarro las rodillas, me pellizco la piel y tomo una respiración dolorosa y entrecortada.
Luego saco el móvil del bolsillo delantero.
Ni llamadas, ni mensajes. Solo un montón de notificaciones de Facebook.
Pulso el icono de la aplicación y abro el perfil de Kirk, sabiendo que no debería hacerlo.
Pero necesito verle; le echo de menos como si no lo hubiera visto en una eternidad.
Una vocecita me susurra que me tome el día para darme un respiro, pero no puedo evitar seguir pasando sus fotos.
Fotos de él... solo. «Es imposible que ya haya... ».
Mi dedo se desliza por la pantalla, una y otra vez. Ya no estoy ahí, ya no existo. Lo ha borrado todo. «Se acabó, Lois».
Me cubro la boca con la mano y sigo con mi ritual masoquista.
Subo hasta la descripción de su perfil, donde mi nombre lucía orgulloso en negrita, hace tan solo una semana: «En una relación con Lois Hogan».
Pero esta mañana he desaparecido definitivamente.
La mención ha desaparecido. Todo ha desaparecido.
Casi hasta le tendría que agradecer que no haya sustituido ese capítulo de mi vida por un horrendo «Soltero».
Supongo que el tener a mis hermanos entre sus contactos es lo que le ha llevado a optar por la discreción.
¡Gracias a Dios! Me niego a que nuestra ruptura se exhiba ante el mundo entero.
Puede que esté loca, pero aún me aferro a la ilusión de arreglarlo todo antes de que se haga público.
Termino por volver a guardar el aparatito del demonio en la sudadera, y fijo la mirada en un punto perdido, en la cocina abierta que tengo frente a mí.
El silencio que me rodea desde que he despertado se ve de repente eclipsado por un sonido lejano de agua corriendo.
Y entonces recuerdo dónde estoy. «¡Ay, Dios!
Tengo que salir de aquí pero ya». No quiero volver a ver al hombre que vive aquí, por muy servicial que sea.
Me levanto de un salto, hago una mueca al sentir que el dolor de cabeza se intensifica y corro hacia la puerta de entrada. Debería darle las gracias, es lo mínimo, pero ya estoy en el rellano del primer piso cuando me doy cuenta de ello.
Me quedo paralizada frente a la puerta de mi casa.
Bueno, de casa de Kirk. Mira que ya me lo había advertido mi padre...
Un día le anuncié que pensaba mudarme con Kirk al apartamento de su abuela, fallecida en la primavera del año pasado.
Me aconsejó alquilar una habitación en el campus, cultivar mi independencia y blablablá.
Sin embargo, como yo atribuía sus dudas a esa típica angustia paterna, me lancé.
Nada esperaba con más ilusión que nuestra vida juntos.
Me mudé a casa de Kirk, sin pensar ni un segundo en las consecuencias de una ruptura. Recuerdo bien lo que me dijo:
—Dejaré tus cosas donde la señorita Curtis, estoy seguro de que Rebecca te dejará quedarte con ella hasta que encuentres algo mejor —anunció en tono distante mientras se encogía de hombros despreocupado.
Me acerco a la puerta con el puño levantado. Tengo ganas de ponerme a dar golpes, de suplicarle que me deje entrar y, al mismo tiempo, no creo estar lista para un segundo asalto.
Cuando escucho pasos en la escalera, salgo disparada, cual ladrona a la que han pillado in fraganti. No quiero arriesgarme a sufrir una humillación pública.
Me detengo frente a la portería y empujo la puerta de vidrio. Tengo el corazón que se me sale del pecho.
—¿Qué pasa? —suelta en tono exasperado, apartando un teléfono tan viejo como ella de su arrugada mejilla.
—Hola, yo...
—¡Ah, ahí estás! —escupe de inmediato al reconocerme—. Le había dicho al señor Olson que esto no se quedara aquí más que unas horas. ¡A punto he estado de tirarlo todo a la basura!