1. Lane #2
Vuelvo sobre mis pasos, apretando el café contra mi pecho como si fuera mi primer hijo y, al llegar de nuevo al segundo piso de mi edificio, una punzada de curiosidad me atraviesa la mente. Me planto delante del okupa inmóvil e intento distinguir su cara, pero su maldita capucha me tapa la vista.
—¡Hey! ¿Hola?
Lanzo toda una batería de ruidos y estímulos, pero nada, ni una reacción.
—No deberías quedarte aquí...
La curiosidad me puede. Me acerco a ese cuerpo oculto bajo ropa ancha y me agacho. Mantengo cierta distancia de seguridad; he visto ya varias pelis de terror en las que el típico tío raro te salta al cuello sin previo aviso, y no tengo ganas de que me desgarren la carótida.
—¿Va todo bien? —pregunto hundiendo mi dedo índice en su hombro.
Y entonces... milagro. Una reacción. Una puta reacción atómica, de hecho.
Da un respingo que hace que su cuerpo se eleve al menos quince centímetros y suelte un grito ronco acompañado de una buena retahíla de tacos.
Luego, una mano fina sale del bolsillo delantero de la sudadera y veo, perplejo, cómo unas uñas pintadas desaparecen bajo la capucha para tirar de unos auriculares.
Un instante después, la tela resbala y aparece una maraña desordenada de pelo castaño cayendo sobre un rostro cansado.
Un rostro de tía.
—¿Qué hora es? —Carraspea, entornando los ojos marrones.
—Las seis y media.
—Coño...
Me fijo en su cara marcada y en sus párpados hinchados.
—¿Te ha pasado algo?
Ella me mira con una expresión que oscila entre antipatía y desesperación, y no puedo evitar estremecerme.
—¿Te han hecho daño?
Entreabre la boca sin responder. Luego, al cabo de un momento, parece que decide concederme «el gran honor» de contarme su vida durante un par de minutos.
—Sí... —me confiesa con una mueca.
—¿Quieres que llame a la policía? —le ofrezco inclinándome hacia ella.
—¿Para qué? —Resopla con desdén—. Me acaban de dejar, no creo que les importe mucho.
Repite «dejar», deslizando cada letra por su boca, como si fuera la primera vez que pronuncia la palabra.
—¡Ah! —suspiro aliviado antes de sonreírle—. ¡Creía que sería algo peor!
—¿Peor que eso? —escupe ella como si nada pudiera ser más grave que el hecho de que la hayan dejado.
—¿Has pasado la noche aquí?
La respuesta es evidente, pero lo he soltado antes de pensar.
—Parece que sí... —responde encogiéndose de hombros.
Luego hace una mueca de nuevo y se retuerce para crujirse el cuello hacia ambos lados.
—¿Y piensas quedarte aquí mucho tiempo más?
—Para empezar, ¿por qué debería ser asunto tuyo?
—¡Eh, relájate! Que a mí me la suda, pero está más claro que el agua que la portera llamará a la poli si te ve aquí. Le encanta merodear por los pisos para cazar a vecinos problemáticos.
—La vieja zorra de la señorita Curtis... —murmura secándose la nariz con el dorso de la manga.
—¿La conoces? —pregunto, sorprendido.
—Claro, ¡vivo aquí! Bueno, vivía...
Y de pronto, un torrente de lágrimas inunda su rostro, ya ennegrecido por el maquillaje que se le ha corrido y secado a lo largo de las mejillas. «Mierda, ¿y ahora yo qué hago?».
La observo sin saber muy bien qué decirle; en cualquier otra ocasión ya habría vuelto a mi apartamento, pero algo me retiene.
Tal vez sus lágrimas me traen recuerdos de temas delicados...
aunque está claro que un desengaño amoroso no es razón para ponerse así.
Hay cosas mucho peores. Perder a alguien para siempre, por ejemplo.
Aprieto los dientes para no soltar lo que pienso en voz alta y respiro hondo, mi mirada oscila entre el paquete de café que sostengo en una mano y la chica frente a mí.
—¿Quieres un café? —lanzo, un poco a regañadientes, mostrando mi tesoro.
Ella permanece en silencio, y sus sollozos no cesan. «Ya está, basta de interpretar al chico servicial». Abandono la idea y subo dos escalones antes de quedarme paralizado y lanzarle una última mirada interrogante. No la conozco, pero me sabe mal verla así, en ese estado. ¡Maldita empatía!
—¡Última oportunidad! —insisto con voz cansada.
Acaba levantando su mirada hacia la mía para después dirigirla al pasillo varias veces. Siento que duda, como si moverse fuera a sellar su destino.
—No voy a descuartizarte y esconder tus restos en bolsas de cubitos de hielo, ¿sabes?
—Más bien me había imaginado que me asfixiarías con una bolsa de plástico antes de dejar mi cuerpo en un sótano húmedo —masculla frunciendo el ceño.
—No tengo sótano, y mis bolsas de basura son de lo más cutre. ¡Me pillarían en nada!
Se muerde el labio como si realmente pensara que voy a hacerle algo malo. Con mi paciencia ya agotada, subo cuatro escalones más.
—Como quieras —suspiro.
Ya he infringido todas mis reglas de ermitaño desganado, así que concluyo mi hazaña dejándola ahí. Me dirijo a la puerta de entrada, sorprendido de haberme interesado tanto tiempo en su situación. No es que sea un egoísta de mierda, pero digamos que no me van mucho los desamores.
Sin mirar atrás, le doy un talonazo a la puerta para cerrarla.
Esperaba oír un portazo, pero tengo que girarme al no escuchar nada.
Cuando lo hago, veo a la chica de la escalera, pensativa.
Tiene la mano apoyada sobre el marco desgastado de madera de la puerta; la sudadera, casi tan larga como su pelo, le llega hasta las rodillas.
Parece muy joven. Solo espero no estar acogiendo a una estudiante a la fuga en mi casa.
—¡Ah! ¿Has cambiado de opinión?
—Sí —resopla mientras se traga un sollozo.
—¿Has superado tu miedo a que te asesine el psicópata del edificio?
Ella encoge ligeramente los hombros.
—Quizá simplemente me da igual...
Con una ceja levantada, la observo cerrar la puerta detrás de ella y avanzar hacia mi sofá.
Mientras se acomoda lentamente, me doy la vuelta para ir a por la cafetera.
Me vuelvo hacia ella varias veces: al principio su mirada se dirige hacia la ventana, pero luego echa la cabeza hacia atrás, con las palmas de las manos sobre la frente y los párpados cubriéndole los ojos.
«¿Cómo se me ha ocurrido dejarla subir a mi casa?». Podría haberme puesto a vaguear dos largas horas antes de que llegara Carter. Pero no, aquí estoy, lidiando con una vecina destrozada. «Lo que me faltaba. Una chica a quien le han roto el corazón, ¡maravilloso!».
—¿Cuántos años tienes? —pregunto, por si acaso.
—Dieciocho.
Uf.
Cuando el café termina de filtrarse, lleno una taza roja hasta la mitad y me acerco hasta el sofá. Ahora está completamente tumbada, profundamente dormida. Acerco el dedo a su brazo, pero me detengo a unos centímetros antes de retroceder.
—Mira tú... Pues para haberle dado miedo, ¡la veo bastante cómoda! —susurro para no despertarla.
Coloco su café humeante sobre la mesa baja del sofá y la observo unos segundos. Se ha bajado la capucha, se ha puesto unas Ray-Ban, aparecidas de la nada, y su respiración sigue entrecortada. Vaya cuadro.
—En fin...
Me voy a la encimera y me bebo el café del tazón a tragos largos.
No tengo ni idea de si debería dejarla ahí o llamar a alguno de mis amigos para que no se quede demasiado tiempo más.
Decido dejarla en paz. No tengo nada de valor aquí, tampoco es que corra mucho riesgo ofreciéndole un poco de hospitalidad.
Retrocedo lentamente y me dirijo a mi habitación, sin sospechar el tipo de persona que acabo de dejar entrar en mi casa.