Sin freno (Campus drivers 1) 1. Lane
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Sin freno (Campus drivers 1)

Sin freno (Campus drivers 1)

Por C. S. Quill

© inepub.com

1. Lane

Lane

Pasada la medianoche, Carter se detiene frente a mi edificio con su viejo Ford mugriento. No sé cómo es capaz de moverse en un cacharro así. Tira del freno de mano con un chirrido estridente y baja el volumen de la radio.

—Bueno, ¿qué tal eso de que te lleven en coche? —bromea, apoyando el brazo en el respaldo del asiento.

—Pues lo sufro en silencio... —respondo apretando los labios—. No debería ni ser amigo de alguien con tan pésimo gusto para los coches.

—No te metas con mi carroza. ¡Ya no se hacen coches como este!

—¡Y menos mal! Porque en lo que va de día, he pensado varias veces que me iba a morir. ¡Reconoce que te compraste el carné en Nuevo México!

—¡No!

—¿Pues te acostaste con el examinador?

—¡No!

—¿O con la madre del examinador?

—Nada de nada, simplemente nací para ser piloto de carreras.

—Sí, claro, para ser piloto con dispraxia y ceguera.

—¡Serás ingrato! Soy como un padre para ti, Lane, ¿y así me lo agradeces?

—Definitivamente, en tema padres, tengo el karma en contra, pero gracias de todas formas por haberme hecho de chófer estos últimos días.

—A tu servicio, cariño.

Arqueo una ceja y me echo hacia atrás cuando se acerca a mi cara poniendo morritos.

—En unas horas pasaré a buscar mi coche al taller, ¡amén! Esa sí que es una verdadera máquina, ¡reluciente y en perfecto estado!

—Justo a tiempo para el inicio de curso, ¿eh? Hubiera sido una pena privar a las chicas del campus de su chófer favorito.

Me río mientras desbloqueo el teléfono para abrir la aplicación que creamos hace un año con mis mejores amigos.

Campus Drivers o, dicho de otra forma, cómo hacer que te lleven en coche por el campus en solo tres clics.

Una idea de puta madre, tanto para ganarme un dinero como para gastármelo al instante.

El verano está llegando a su fin, y estoy deseando volver al trabajo.

—Ya tengo la agenda llena para los próximos días —me pavoneo agitando la pantalla frente a sus ojos enrojecidos.

—¡Se os tiran encima incluso antes de empezar las clases! ¡Qué asco me dais!

—Si le hubieras dado un poco más al coco, ¡podrías haberte apuntado a la universidad! —le recuerdo encogiéndome de hombros.

Aunque el decano aceptara nuestra propuesta de cubrir el servicio en el campus y en los alrededores, es verdad que nos impuso reglas bastante precisas: tenemos que orinar en un bote de muestras de vez en cuando, evitar lanzarnos a las clientas dentro del campus y, por supuesto, no dejar de estudiar.

Carter es incapaz de cumplir ni una sola de esas normas; quien no arriesga no gana.

—No es mi rollo —concluye mientras se estira—. Eso de sentarme a escuchar a una vieja menopáusica disertar sobre la Revolución española...

Simula una arcada y continúa:

—Me basta y me sobra con trabajar en mis guioncillos, así en plan independiente.

—Hablando de eso, ¿te pasarás mañana por la noche para que podamos terminar las últimas escenas?

—¡Sí, señor!

—Buenas noches, Carter —me despido mientras salgo de su coche.

—¡A descansar, colega! ¡Eh, Lane, espera!

Doy marcha atrás hasta llegar a la puerta que acabo de cerrar de un portazo.

—Toma, ¡no te la olvides!

—Ostras, qué idiota soy, ¡gracias!

Me guardo la cartera en el bolsillo trasero del vaquero, junto con el móvil, y camino despreocupado hacia la entrada del edificio donde vivo.

Mientras mis colegas comparten piso en una de las residencias del campus, yo prefiero la soledad de mi apartamento.

Está bastante cerca de la universidad, pero lo suficientemente alejado para estar tranquilo.

Además, mi ubicación me permite quedarme con los clientes que están más alejados.

Tecleo el código, empujo la puerta con el hombro y me dirijo a las escaleras.

Normalmente uso el ascensor, sobre todo porque vivo en el último piso y soy un vago, pero también porque así evito cruzarme con la asaltacunas del tercero.

Nunca sale de su casa, pero siempre aparece en cuanto me oye pasar delante de su puerta para intentar tocarme el culo.

Es como si tuviera una especie de sexto sentido de loca.

Solo que, desde hace dos días, el ascensor está fuera de servicio, así que tendré que enfrentarme a los peligros del tercero B bajo mi propia responsabilidad.

Espero que a estas horas se haya quedado ya sobada abrazando su cojín de flores.

Los escalones crujen bajo mis pies, y hago una mueca antes de acelerar el paso.

Cruzo el rellano del primero; ni siquiera conozco a quienes viven ahí.

La mayor parte del tiempo estoy en la facultad, en el coche o encerrado en mi piso trabajando con Carter en nuestros guiones.

Cuando salgo, suele ser muy tarde o demasiado temprano.

En resumen, aparte de la obsesa esa que debe de pasarse las noches con un ojo pegado a la mirilla, no conozco a mis vecinos, y no me va nada mal así.

«Lane O’Neill, Campus Driver antisocial, encantado».

Al llegar al segundo, camino de puntillas. La luz se ha apagado, y no me voy a arriesgar a encenderla. Más vale que todo esté a oscuras cuando pase por el piso de arriba.

Estoy a punto de poner el pie en el primer escalón cuando me parece distinguir algo.

El corazón se me dispara, y pego un salto hacia atrás al darme cuenta de que no estoy solo.

Mi último resquicio de virilidad me impide soltar un grito, pero aprieto la palma de la mano contra el interruptor mientras retrocedo un poco más.

La luz de la bombilla de bajo consumo ilumina el rellano a duras penas, pero lo suficiente como para tranquilizarme.

—¡Joder, qué susto me has dado! —suelto gruñendo, mientras me paso una mano por mi áspera barbilla.

Me aprieto el puño contra el pecho sin apartar la vista de la persona sentada en el suelo y pegada a la pared.

Una capucha le cubre la cabeza; sigo la línea de sus piernas dobladas, que terminan en unas Vans negras y desgastadas.

Lo cierto es que no sé si es un chico o una chica.

Espero una reacción por su parte, pero mantiene la cabeza gacha.

Mientras recupero el aliento, me llega una melodía de fondo; será por eso por lo que ni se inmuta ante mi presencia.

Seguramente sea un adolescente colocado que necesita unos minutos para aterrizar antes de regresar a casa con sus padres.

Suerte que no ha sido la portera la que lo ha pillado, que si no la poli habría aparecido en cero coma.

—¡Buenas noches! —suelto mientras retomo la subida.

Sin respuesta.

Por fin llego a mi puerta. Entro a casa y, en la penumbra de mi salón, me quito las botas y lanzo la chaqueta al sofá. «¡Fallo!». Cae al suelo y ahí se queda. Ni novia seria, ni compañero de piso maniático-neurótico; puedo armar el desorden que me dé la gana. Ventajas de vivir solo.

Como estoy cero motivado para darme una ducha, me desplomo en el sofá y me duermo casi al instante.

Estoy en un estado semicomatoso cuando me despierta la vibración del móvil. Tengo la sensación de haber dormido apenas un cuarto de hora. Carraspeo y digo un par de cosas para aclarar mi voz, mientras deslizo el dedo por la pantalla para responder a Carter.

—¿Sí?

—Lane, espero no haberte despertado.

Aparto el teléfono de la oreja y parpadeo más de diez veces antes de conseguir ver la hora.

—¿Las seis de la mañana? ¿Estás de coña? ¡Claro que me despiertas, imbécil!

—Vaya, parece que el niño se ha despertado de mal humor...

—Me dejaste en casa a medianoche, ¿no podías esperarte dos o diez horas más para llamar? ¡Que es domingo, hombre!

—¿Qué quieres que te diga? Ya te echaba de menos, amor mío. —Suelta una risita antes de seguir a toda pastilla—: ¡He tenido un pedazo de iluminación para el guion! Me estaba vistiendo y entonces...

—¡Al grano!

—Lo primero, necesitaremos actores que no se achanten y un productor un poco chalado. ¿Paso por tu casa y te sigo contando?

—¡Hostia, pues no! ¡A las seis de la mañana no, Cart! ¡Si eso, me lo vuelves a preguntar a las once!

Cuelgo sin dejarle tiempo para negociar.

Mantengo los ojos cerrados cinco minutos, quizá diez, pero es inútil, no voy a volver a dormirme. Me despego del sofá insultando a mi amigo con voz cavernosa y me arrastro hasta la isla de la cocina.

Hurgando por los armarios, me doy cuenta de que este día apunta maneras para ser una absoluta mierda. Y es que, por más que busque, no queda ni un grano de café en esta casa. Seguro que uno de mis colegas se habrá fundido mis reservas. Donovan, probablemente. «Ese tío se va a enterar».

Me calzo las zapatillas sin atármelas y salgo de casa dando un portazo antes de apretar el botón del ascensor por inercia.

—¡Joder, esto sigue igual! —maldigo al recordar que está estropeado.

Bajo las escaleras a toda prisa, casi corriendo al llegar al tercer piso, para escapar de la amenaza fantasma que flota en el ambiente.

—¿En serio? —murmuro en el segundo al encontrar, en el mismo sitio que ayer, a la persona que ya estaba ahí plantada anoche.

Me pregunto qué le puede llevar a alguien a pasar la noche aquí, pero el llamado del café es demasiado fuerte y me trago las preguntas.

Por suerte, la tiendecita de la esquina siempre está ahí para iluminar esos días que me salen torcidos. No sé si Sami, el dueño, dormirá algo o no, pero su establecimiento siempre parece estar esperándome.

A las seis y doce, mientras la calle está en calma y casi todo el mundo durmiendo profundamente, el paquete de café me espera orgulloso en uno de los estantes.

—Sami, ¡eres como un padre para mí! ¡Creo que quiero casarme contigo!

—¿Te das cuenta de que esa propuesta es rarísima? —me suelta con su voz ronca. Me rasco la barbilla antes de asentir.

—Echémosle la culpa a mi mono de café, ¿vale? —respondo dejando un billete en el mostrador.

—De acuerdo. Que tengas un buen día, amigo.

—Igualmente.