Sin efecto retroactivo Quiero todo eso. contigo #2
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Quiero todo eso. contigo #2

—Solo podía pensar en las ganas que tenía de besarte.

—Se estremece ante mis palabras y mira por detrás de mí, como si necesitara concentrarse en algo que no sea yo—.

Si tú ya no quieres estar conmigo, yo… lo entenderé, en serio, pero sé que te quiero en mi vida.

No quiero perderte. Quiero que formes parte de esto sea del modo que sea, ¿vale? Pero yo… yo sí que quiero.

—¿Qué es lo que quieres?

Parpadeo. ¿Es que no me ha escuchado? ¿Es que no me he expresado bien?

—Tener una relación contigo, joder —exclamo.

—¿Una relación…? —Asiento. La pregunta se le corta en el aire y puedo sentir que hace acopio de todo su autocontrol para seguir—. Andy… —murmura y se lleva una mano a la cabeza.

Duda, lo sé por el modo en que se masacra el labio inferior, pero también lo sé porque lo conozco.

—Tengo la tutela de una adolescente que me odia unas dos semanas al mes y me adora las otras dos —me lo dice con la voz tomada, como si tener que decirme esto le partiera el alma en dos—.

Tengo un trabajo que me absorbe más de lo que me gustaría admitir.

Y unas ganas locas de estar contigo. Pero estar contigo de verdad.

—Pone la mirada en mí—. Llevo enamorado de ti desde los diecisiete años.

No quiero que estemos juntos dos meses. Sigo pensando lo mismo con respecto a eso.

Soy incapaz de hablar. Aquí, justo aquí, comenzó todo. Justo aquí, sentí ese impulso irrefrenable por besarlo. Esas ganas incipientes de averiguar cómo sabían sus labios. Y, ahora que lo sé… me he vuelto adicta a ellos.

—No quiero que probemos a ver qué pasa. —Asiento, porque estoy de acuerdo—. No quiero que terminemos la noche en el hotel, juntos, para después pasar el uno del otro al día siguiente, porque yo no puedo pasar de ti, Andy. No puedo olvidar nada de lo que pase entre nosotros.

Trago saliva. Me llevo una mano a la boca porque siento lo mismo, pero no sé cuál es la forma más adecuada de transmitirlo.

—Quiero tener una relación contigo en la que tú te quedes en mi casa y yo en la tuya sin necesidad de que sea por algo en especial.

Quiero escribirte cuando me pasan cosas buenas, y también cuando esté roto por dentro.

—Se acerca a mí, poco a poco. Creo que ni es consciente de que cada vez estamos más pegados el uno al otro—.

Quiero hacerte el amor cada puta noche, Andy.

Y no quiero que esto se repita dos meses, tampoco te voy a decir que te quiera conmigo toda la vida, eso es de otra época, pero lo deseo con todas mis fuerzas.

Me encantaría que esto funcionara para siempre.

Quiero formar una familia juntos. Tú y yo.

—Cris, yo…

Da un paso atrás y suspira.

—No quieres tener hijos, lo sé, y yo no sueño con ser padre, solo con tener una familia contigo.

Me da igual que sea con niños, con perros o solos tú y yo.

Pero no quiero probar a ver qué pasa, porque ya sé qué pasará.

Terminaré destrozado. Y te aseguro que nada de lo que pase entre nosotros me compensará eso. Por mucho que lo desee.

Las lágrimas se me acumulan en los ojos de nuevo. El pecho se me contrae.

—No deberías guardarte algo tan fuerte dentro, Cris…

Él sonríe y se encoge de hombros.

—Soy un experto en eso —murmura—. Pensé que si te alejaba todo sería distinto, que podría… no sentir tanto por ti, pero es mentira. Y encima te echo muchísimo de menos. No quiero probar nada y perderte como amiga.

Lo miro y veo una determinación en sus ojos que me parte. Es sincero, lo sé. Aprieto los labios.

—Quiero que tengamos una relación de verdad, Cris.

—Traga saliva—. Quiero estar contigo, quiero que me acompañes en cada uno de los viajes que tenga que hacer a Barcelona, y yo venir contigo también a tus congresos con cenas aburridas.

Quiero pasear contigo por esta playa de la mano.

Que quedemos aquí, justo aquí, cada vez que tú quieras salir a correr…

y yo a tomarme un café en alguna cafetería de la zona.

—Sonríe, pero el gesto se le difumina rápido—.

Quiero que me beses el tatuaje mientras duermo hasta que lo borres por completo, porque sí, me entero de que lo haces… y me encanta.

Baja la mirada hasta sus manos, que tiene apoyadas en el murete, en un acto de contención. Pero no quiero que se contenga, así que pongo la mía sobre ellas porque necesito tocarlo. Él me mira de nuevo, con la mandíbula apretada.

—Quiero todo eso… contigo. No podría tener esto con nadie más.

—Lo sé… —murmura. Tiene los ojos vidriosos y el gesto un poco más relajado.

Se acerca a mí un poco más, el pequeño espacio que quedaba vacío entre nosotros, y pega su frente a la mía en un acto tan íntimo, pero tan bonito, que me hace suspirar al momento.

—Dime que esto es real…

—Es real —murmuro—. Muy real.

—Ni en mis sueños más optimistas me decías estas cosas —bromea—. No te voy a negar que he llegado a tener multitud de sueños eróticos contigo, pero llegaba la mañana y… puf, desaparecías.

—Así que multitud…

—Muchísimos. Fueron muchos años, Andy —bromea, aunque puedo ver, en el brillo de sus ojos, que lo dice en serio.

—¿Y me quieres contar alguno de esos sueños?

Se ríe y niega. Me acaricia el rostro y suspira.

—Me muero por besarte…

—Deberías hacerlo. Estoy segura de que hay algún tipo de apuesta ya en esta playa de cuándo lo haremos. Se palpa la tensión en el ambiente.

Él suelta una carcajada suave, una que vibra contra mi piel porque ya no queda aire entre nosotros. Me encanta que, incluso en este momento de vértigo, seamos capaces de reírnos juntos.

—Si hay apuestas, espero que alguien se haga rico hoy —murmura, y su voz ha bajado una octava. Se vuelve más ronca, más real.

Entrelaza los dedos en mi pelo y me sujeta con una delicadeza que me desarma. Me mira como si necesitara memorizar cada uno de los recovecos de mi rostro, como si no se los supiera de memoria.

—Sin efecto retroactivo —le susurro—. Pase lo que pase, nada de lo anterior se borra.

Él asiente, y esa es la última confirmación que necesita.

—Nada se borra —repite él.

Y entonces, finalmente, acorta la distancia.

El beso no es como en las películas; es mejor.

Es un beso que sabe a anhelo, a ganas, a deseo.

A años de secretos compartidos, a la cerveza de los sábados y a una paciencia infinita.

Es el reconocimiento de dos personas que ya se conocen de memoria, pero que necesitan descubrir un idioma nuevo. Juntas. Es suave, profundo y sólido.

Siento como el nudo de la garganta se me deshace.

El miedo a perderlo se desvanece, porque entiendo que nuestra historia no está en riesgo.

Empezamos otra todavía más especial. Y no seríamos nosotros, Cris y Andy, sin toda esa historia que nos acompaña.

Sin esa mochila de complicidad y amor. Cuando nos separamos apenas unos milímetros, todavía con las frentes unidas, ambos sonreímos, con la respiración entrecortada.

La playa sigue aquí, la tensión se ha disipado y el mundo no se ha acabado. Al contrario, parece que por fin ha empezado a girar en el sentido correcto.