Epílogo
Un año y medio después
El vestido no me deja respirar. Los zapatos que el protocolo dicta como correctos para una boda impiden que la sangre me llegue al cerebro; y, por si todo esto fuera poco, el recogido tan bonito que llevo en la cabeza impide que las ideas broten de ella al ritmo que acostumbran.
En lo único que consigo pensar es en agarrar el nido de pájaros que llevo sobre la cabeza y tirar de él con todas las fuerzas que mi dolor de pies me permite, hasta que todas y cada una de las horquillas que llevo en él vuelen y le den de lleno a la novia en la cabeza, que lleva media hora poniéndome de los nervios.
Tal vez un golpecito con las trescientas veintidós horquillas que mi hermana me puso para que el peinado no se moviera —juro que no exagero, las conté antes de que terminaran enredadas en mi antiguo pelo sedoso, actual nido de pájaros—, le ayude a dejar de decir tonterías tales como: «¿cuál es la siguiente boda? » y cosas semejantes.
Juro que hasta ahora mismo el único problema era la que, de seguir por este camino, terminará en mi lista de examigas...
Hasta ahora mismo. Ahora tengo un problema mucho más importante.
Incluso supera a mi dolor de pies, mi ansia por respirar fuera de este vestido y de arrancarme el pelo a mechones.
Siento la mirada de todos y cada uno de los presentes sobre mí, como en el cole, cuando te chivas de que tu compañera de al lado le pasó las preguntas al de atrás. Todos me miran, unas con envidia, otras con deseo. Ellos, con indiferencia, porque les da igual.
—Uy, Cris. Te toca ser el siguiente —murmura Oliver por lo bajo, aunque, al estar todo en silencio, se escucha como un estruendo por todo el local.
Cierro los ojos, intento controlar mis ganas de arrancar cabezas. Trago saliva. Maldigo mi suerte. Vuelvo a querer arrancarme el recogido que me impide pensar. Resoplo. Miro el ramo que tengo entre manos y sonrío con la mayor falsedad del mundo.
Entre todas, ¿me tuvo que tocar a mí? ¿En serio?
—«Y el anillo pa' cuando» —canturrea Beka, que se acerca a Cris con guasa. Le da un pequeño codazo, y, en ese momento, hago el gesto que intentaba reprimir. Lo miro a él.
No sonríe, al menos no de verdad. Tiene esa sonrisa impostada típica de los eventos. No lo niega, pero porque él no es así.
Nunca lo hablamos. ¿Acaso hacía falta? Un año y medio de relación… y más de veinte años de amistad. Nos conocemos de sobra, y, por eso, la conversación sobra. O eso pensaba yo.
Siento una presión horrible en la boca del estómago y unas ganas espantosas de echarme a llorar. Me controlo para evitar que el rímel se me corra por la cara. ¡Ya sería lo único que me faltaba!, encima parecer un puto zombie.
Sonrío, lo hago con tanta falsedad que yo misma me quedo alucinada.
Miro hacia todos lados para intentar distraerme, y me complace darme cuenta de que la mayoría ya no me mira.
Nati baila con su padre mientras se ríe como una mujer recién casada muy feliz: bien por ella, no sería mi caso; Íñigo sigue en su intento de ligarse a una de las primas de Marc, quien no hace más que intentar alejarlo con movimientos poco naturales.
Aprieto los labios para no reírme abiertamente; y Noa y Elena charlan en una esquina, de forma muy cercana.
En teoría, Noa me dijo que la invitó a la boda para no dejarla fuera de esto.
Nati decidió invitarnos a todos después de pasarse dos semanas en Galicia.
Les cedí mi habitación durante esos quince días, y yo dormí en casa de Cris.
A los que tenemos pareja, nos invitó juntos, y a los que no —Íñigo y Noa, en teoría—, les dijo que podían traer el acompañante que quisieran.
Y Oliver… bueno, es un alma libre en una relación de tres.
—Se cree que no se nota que se gustan… —murmura Beka. Me giro y la miro con una diminuta sonrisa en los labios.
—Es muy evidente, ¿no?
Ella suelta una carcajada y me agarra por el codo para sacarme de aquí. Caminamos hacia una de las mesas mientras suena Mi nuevo vicio, de Morat .
—¿Ya tienes decidida tu lista de damas de honor? Espero ser una de ellas.
Su pregunta me descoloca. Entorno los ojos.
—¿Damas de honor? —pregunto. Ella asiente y yo bufo—. Claro que sí. Si quieres también te puedes venir con el equipo de porristas a animarme para dar el sí definitivo que me atará de por vida al infierno.
Le sonrío con sarcasmo.
—Vaaaaale. Igual veo demasiadas películas, pero molaría —dice como si nada—. Una boda al estilo americano sería lo más.
—Toda tuya, te cedo los derechos —sentencio.
Ella niega con un movimiento rápido, pero busca a Nico con la mirada. Me apoyo hacia atrás, en una de las mesas, y la miro de reojo.
—¿Quieres mi ramo? Te lo cedo por un módico precio. Es decir, te pago porque te lo lleves.
Ella me mira, extrañada; y, cuando entiende lo que quiero decir, niega con vehemencia.
—¡¿Estás loca?! Claro que no, tía. Que no hay nada entre nosotros. Nada.
—Ya…
—No, en serio. No me gusta.
—No te gusta… a mí tampoco me gusta Cris.
Le guiño un ojo y camino hacia mi novio.
Mi novio. Joder, y yo que no me acostumbro a esto. Baila con Valentina de forma desordenada, mientras que ella se carcajea.
—Me das muchísima vergüenza —se queja justo cuando llego a su altura—. Andy, por fin, ¡líbrame de él!
—Te libro de él encantada, Valen.
Él se gira y me mira. Me sonríe, pero lo hace de verdad. Nada de sonrisas fingidas. Hace meses que no le veo una de esas en la cara y me encanta.
Estira el brazo hacia mí y me atrae con delicadeza. Me pega a su pecho. Su hermana nos mira durante unos segundos antes de caminar hacia atrás.
—Eres la chica más guapa de toda esta fiesta… —murmura.
Suelto una carcajada.
—¿Verdad que sí? Este peinado me queda divino.
Sonríe de medio lado.
—Tengo unas ganas locas de quitarte cada una de esas horquillas esta noche. —Levanta la mano y me acaricia el nido de pájaros que tengo como pelo ahora mismo.
—¿Y Valen? —Él me mira, extrañado—. ¿Dónde va a dormir tu hermana?
—Dice que es mayor, así que le conseguí su propia habitación. ¿Soy un hermano de mierda? Sí, ¿verdad? —Se ríe y se lleva una mano a la cabeza—. Quiero pasar la noche contigo.
Baja la mano por el costado de mi cuerpo y me activa todas las terminaciones nerviosas.
—Tu hermana es mayor —expongo. Él asiente, muy serio—. ¿Crees que le gustaría vivir conmigo?
—¿A Valen? —pregunta con el ceño fruncido—. ¿Te la quieres llevar para tu casa? Te aviso que es un poco bipolar. Está en una época bastante complicada. Estoy por devolverla con lacito en la cabeza y todo.
Sonríe socarrón. Sé que miente, pero no puedo evitar comprenderlo. La cosa más bella , interpretada por el gran Sergio Dalma, se hace eco por todo el espacio, y lo pego más a mí.
—No digo eso, digo que, no sé… tal vez…
—¿Tal vez…?
Nos movemos al ritmo de la música, muy pegados el uno al otro. Me da un beso en la nariz que me hace sonreír en el acto.
—Tal vez podría mudarme con vosotros… me queda más cerca del trabajo, sería más práctico.
—Más práctico…
—Sí, solo tendría que bajar y caminar diez minutos… o algo así.
—Y ahora caminas quince —bromea, porque no es verdad.
Chasqueo la lengua y ruedo los ojos.
—Pero me queda más cerca.
—En efecto —murmura—. Y tendrías ropa solo en mi casa… y no dividida en dos.
—Exacto, ¿ves? Ahorraríamos tiempo… y espacio. Y todo eso. Es práctico.
Sonríe y me pega más a él.
—Vivirías con una adolescente bipolar.
—Y contigo.
Me aparto y lo miro a los ojos.
—Dime lo qué opinas de esto. ¿Voy muy rápido? Igual tendría que haberlo pensado, pero me cayó ese puto ramo en las manos y…
—Quiero vivir contigo. Claro que quiero vivir contigo, Andy.
Me quedo estática. Me mira de un modo en que me desnuda. Es uno de sus muchos dones. No necesita quitarme la ropa para verme de verdad, como soy. Sin capas.
—Pero no quiero que sea porque es práctico… quiero que sea porque te mueres de ganas de desayunar mis tortitas todos los días.
—¡Por Dios, no! —protesto divertida.
Le doy un golpe en el hombro y me vuelvo a pegar a él. Me apoyo en su pecho y noto la vibración cuando se ríe.
—Tus tortitas no, pero quiero despertarme a tu lado. —Me separo un poco y le doy un beso en los labios—. Y quiero que me hagas el amor en silencio para que tu hermana no nos escuche.
—Hoy no tiene que ser así.
Abro y cierro los ojos. Cojo aire y lo suelto antes de romper a reír.
—Me va a encantar eso de que tu hermana se considere adulta…
—Igual no le gusta a Beka. Tiene la habitación justo a su lado.
Aprieto los labios.
—¿Y tú y yo?
—Dos plantas más arriba. No había habitaciones cerca, qué le vamos a hacer.
—Sí… te sientes fatal. —Me apoyo en su pecho. Noto el latir frenético de su corazón—. ¿Entonces aceptas? Cuando volvamos a Santiago… ¿me mudo a vuestra casa?
—A nuestra casa —corrige—. Creo que acepto.
Me da un golpe en el brazo y me eleva del suelo. Me hace girar frente a todos, lo que me demuestra que, pase lo que pase entre nosotros, siempre vamos a ser los que éramos.
Siempre va a ser mi mejor amigo.