Sin efecto retroactivo Quiero todo eso. contigo
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Quiero todo eso. contigo

Cuando salgo de la última oficina que me quiere mostrar Luna esta mañana, soy consciente, por primera vez, de que estoy muerta de miedo. Me sudan las manos sin parar y la sonrisa no se me mantiene durante más de diez segundos. Se me difumina sola.

Y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no perder el hilo de la conversación.

—Si tienes cualquier otra duda, solo tienes que comunicarte con nosotros, Andrea —me repite Luna, creo que ella también se da cuenta de que, hoy, en la repetición está la clave.

O, como es la primera vez que me ve, también es posible que crea que soy cortita—.

Marga te ayudará a adaptarte estos primeros meses, poco a poco te vas a dar cuenta de que todo es muy intuitivo.

Tanto nuestra forma de comunicación cómo la gestión de citas desde la web. Al principio, todo parece un mundo.

Doy fe de que es cierto. Al menos sus palabras me hacen sentir un poco mejor por llevar tan mal este comienzo de nueva rutina.

—Cuéntame qué te pasa, cara de pasa —me dice Nati tan pronto nos quedamos solas. Sonrío hacia ella. Esta vez, la sonrisa me dura un poco más.

—¡No me pasa nada!

—Qué mal mientes, joder, ¿te lo habían dicho alguna vez?

Pues no, la verdad. Aunque tampoco es que le encuentre grandes beneficios a eso de saber mentir como un profesional, a no ser que te dediques a la actuación… o a la política. Me encojo de hombros, porque, en realidad, me da lo mismo.

—Está todo bien, Nati. Me da igual que lo creas o no —bromeo—. ¡Hablamos el lunes!

Le mando un beso por el aire y arrastro la pequeña maleta hasta los ascensores. Cuando me giro, veo que tiene una ceja alzada, disconforme, pero sonríe.

Busco el móvil en el bolsillo. No tengo nada, ni una sola notificación, ni un solo mensaje suyo. El último fue ayer por la noche, cuando le envié su billete en PDF. Entro en su conversación solo para comprobar a qué hora se ha conectado. Hace dos minutos.

Me acerco hasta la zona de los taxis porque sé que, con mi estado de nervios, no podré llegar de otro modo.

El hombre mete el bulto en el maletero y, cuando entra, le doy la dirección exacta en la que quedé con él: en la playa, justo donde estuvimos a punto de besarnos.

En ese punto donde a mí se me ocurrió que podría ser buena idea intentarlo porque, y cito textualmente la tontería que le solté ese día, «lo que pasa en Barcelona se queda en Barcelona». Claro que sí.

Me muerdo el carrillo. Menos de diez minutos para salir de dudas. Menos de diez minutos para saber con seguridad si ha decidido darle una segunda oportunidad a nuestra amistad y a todo lo que nos une, o ha tomado la firme decisión de mandarlo a la mierda.

Bloqueo la pantalla y me fijo en el entorno. El taxista permanece en silencio, detalle que agradezco, con la radio a un volumen más que aceptable. De música ligera , de Soda Stereo, nos acompaña durante el camino.

Vuelvo a mirar el móvil. No puedo parar. Entro en su conversación y reviso nuestras últimas interacciones, como si necesitara encontrar algún indicio de que no va a aparecer.

Yo:

[Has adjuntado un archivo PDF]

Tu billete. Yo voy en el avión de las siete y cuarto

Y me voy directa para las oficinas

Partner in crime [Cris]:

Ok, voy para allí cuando llegue?

Yo:

No

Mejor quedamos en la playa

Partner in crime [Cris]:

Como no seas más precisa…

Yo:

Crees que es necesario?

Y ese fue el último mensaje. Tal vez sí que era necesario y yo tan solo di por hecho que ambos entenderíamos el punto exacto al que me refería.

Pero… ¿y si no? ¿Y si él está dando vueltas por cualquiera de las playas de arena limpia que rodean la ciudad de Barcelona?

¿Y si, para él, no fue tan importante lo que pasó aquí como para saber cuál es el punto exacto en el que quiero verlo? ¿Y si…?

No puedo seguir elucubrando teorías porque el coche se para. Hago el pago con tarjeta y el conductor baja conmigo para darme la maleta. Cuando al fin me quedo sola y miro al frente, el corazón se me revoluciona de tal modo que me hago pequeña y grande a la vez.

La majestuosidad de esta zona de Barcelona me envuelve y este aroma marítimo me trae todos los recuerdos de golpe. El roce de manos camino al hotel, esas ganas tan potentes de besarlo. Esa necesidad de más. Todo me viene de golpe y porrazo.

Camino hacia ahí con el corazón en la garganta.

Me pregunto si él habrá sentido lo mismo que yo al poner un pie aquí.

Y también si de verdad habrá venido. No me puedo quitar la duda de la cabeza.

Bajo el escalón que me separa de la arena mullida de la playa.

No está. Los ojos se me aguan al momento.

Miro alrededor. Hay multitud de turistas que hacen fotos sin parar a todo.

También veo la caseta de los socorristas a lo lejos. Pero él… no está.

Rompo a llorar sin pensarlo. Sin previo aviso. Esto es una confirmación de que todo está roto entre nosotros, que no es posible salvarlo.

—Ey… ¿qué ha pasado?

Pego un salto al escuchar su voz detrás de mí. No necesito girarme para verlo. Mi corazón se revoluciona en el acto y hace un triple salto mortal. Pero no es hasta que me giro y lo veo ahí, con la maleta en la mano y la mirada puesta en mí, cuando de verdad soy consciente de la magnitud de esto.

Deja la maleta sobre la acera y camina hacia mí. Niego con una seca cabezada y él me mira, con una ceja alzada, confuso.

—No… —murmuro entre sollozos extraños—. No deberías dejar la maleta ahí sola, ¿sabes? Es peligroso.

Sonríe. Aprieta los labios en una fina línea y alarga la mano para atraerla hacia él.

—Hola, Andy —murmura. Estira la mano y me limpia una de las lágrimas traicioneras con el pulgar—. ¿Me quieres contar…?

Niego, me estiro un poco sobre mí misma para poder engancharme a su cuello y lo abrazo. Lo pego a mí con tanta fuerza que protesta, aunque, por el modo en que me corresponde, sé que no es una protesta sincera.

Me da miedo el modo en que nuestros cuerpos se adaptan, cómo se reconocen. En realidad, siento una mezcla de miedo y euforia a la vez, porque mi corazón está en casa. Mis manos, que se aferran a su espalda, también. Cris es casa. Todo lo demás es secundario.

—Pensé que no ibas a venir… —reconozco, todavía pegada a su pecho.

—¿Por qué no? Si te dije que sí… —Se aparta un poco de mí, detalle por el que me veo en la obligación de buscar sus ojos.

Estamos muy cerca el uno del otro. Estoy a medio centímetro de sus labios, pero desvío la atención a un punto lejano para dejar de sentir la tentación de ponerle fin a la distancia, porque estamos aquí por otra cosa. Porque necesitamos recuperarnos.

—Ya, claro… tú nunca faltas a tu palabra.

Asiente y yo sonrío.

—Y menos contigo. Si te digo que hago algo, lo voy a hacer, Andy.

Me limpia una nueva lágrima y lo escucho suspirar. Cierra los ojos y da un paso atrás.

Entiendo ese acto, y me siento tan conectada con él en este momento que me acojona. Porque ambos queremos más, pero nos contenemos.

Desvía la mirada, mira hacia los lados y se sienta en el murete que separa el paseo marítimo de la playa.

Por primera vez me fijo en él de verdad.

Lleva una sudadera sencilla, sin ningún tipo de marca en el pecho ni en ninguna esquina escondida, de un tono muy particular de azul, y una barba de un par de días.

Me alegra ver que no porta esa mirada cansada que llevaba como uniforme el último día en que nos vimos.

Agarro mi maleta al peso y camino hacia él. Me dejo caer a su lado, con la mirada en el ir y venir de las olas y los pies, enfundados en unas zapatillas de deporte, encima de la arena.

—¿Qué tal todo con Valentina?

Necesito romper el hielo con él. Cris sonríe. No necesito verlo para saber que lo hace.

—Depende del día —confiesa—. Algunos soy su hermano favorito y, otros, un demonio que no la deja actuar con libertad.

—La adolescencia… —murmuro. Él suelta una pequeña risa y asiente.

—Intento tener paciencia con ella, la que no tuvo mi madre. La dejo ser todo lo que puedo. Hoy estaba enfadada porque, según sus palabras, no muestro confianza en ella al no dejarla sola en casa. ¿Tú crees que debería dejarla sola?

Se gira y me mira, así que yo hago lo propio. Apoyo la rodilla en el murete y me impulso un poco sobre ella, para quedar frente a frente.

—¿Dejar sola un par de días a una adolescente? —Asiente—. ¿Es que estás loco?

—Vale, gracias. —Hace especial hincapié en la palabra—. Se agradece que alguien te dé la razón de vez en cuando.

Sonrío. Tiene el gesto relajado. Me encanta. Paseo la mirada por cada recoveco. Por sus ojos, por el modo en que frunce el ceño cuando el sol le da de frente, por ese hoyuelo que se le dibuja en la mejilla cuando sonríe de forma sutil.

—Creo que la voy a cagar…

Él parpadea y ladea la cabeza.

—¿Qué quieres…?

Niego con la cabeza y él se frena. Me mira, curioso. Me giro de nuevo, me pongo recta y clavo la mirada en el ir y venir del agua. La respiración, agitada; el corazón, a mil por hora.

—Me gusta que estés aquí —admito, sin ser capaz de mirarlo—. Me gusta mucho que estés aquí. Muchísimo.

No me entiende, lo sé por el modo en que ladea la cabeza y busca mi mirada. Pero yo no puedo mirarlo, no ahora.

—Joder, Cris, la voy a cagar —me reprendo antes de girarme hacia él y mirarlo directamente—. No sé qué es de tu vida desde hace meses, no hablamos. Te echo muchísimo de menos, ¿sabes?

—Y yo a ti.

Sus palabras me rompen, y no por lo que dice, que también, sino por el modo en que lo dice: con la voz rota.

—Y no sé si tú ahora estás con alguien, y puede que lo que te vaya a decir ahora sea la mayor estupidez del mundo…

—Andy, para… —me pide en un susurro ahogado.

—Es que no quiero —protesto—. Al salir de ese despacho solo podía pensar en que tú estarías aquí. Y en que quiero que tú seas la persona que esté siempre. Y, cuando te vi…

Me freno. Él no parpadea, tiene toda la atención puesta sobre mí.

—Cuándo me viste… ¿qué?

Cojo aire y lo suelto, despacio.