Te debo una suite en Barcelona
Camino de un lado a otro de mi despacho, con gesto nervioso y una taza de café humeante en las manos. Respiro hondo y cuento hasta diez. Primero hacia delante… después hacia atrás.
Dos semanas. Ese es el tiempo que hace que las oficinas están terminadas y que mis labores dieron comienzo. En teoría, porque yo estoy más perdida que un pulpo en un garaje.
Casi tres meses sin hablar con Cris, pero ¿quién cuenta los días? ¿Las horas? ¿Los… minutos?
—Todo va a estar bien —me repito, porque Nati se encargó de llamarme ayer para decírmelo, al menos, unas veinte veces.
Me quiso dejar claro que ya les encanto, que los enamoré gracias a mi trabajo, pero el primer contacto con ellos es el que lo marcará todo. Lo sé.
—Andrea, ¿necesitas algo?
La voz de Marga me sobresalta. Me giro sobre mí misma y niego con la cabeza, con una diminuta sonrisa en los labios.
Al menos conseguí que me llamara por mi nombre de pila y no por mi apellido. Los primeros días resultaron la mar de incómodos.
Tener secretaria puede ser el sueño de muchos.
Yo no sabía cuánto necesitaba a una Marga en mi vida hasta que llegó a mí y cambió el rumbo de mi trabajo por completo: me organiza la agenda, me notifica las reuniones que tengo con un mínimo de veinticuatro horas de antelación —mediante un correo electrónico— y se encarga de suministrarme cafés cuando me paso horas aquí encerrada.
No suele ocurrir mucho, ya que me encanta controlarlo todo desde fuera de estas cuatro paredes.
—La reunión comenzará en siete minutos exactos —me dice—.
Se conectará con el señor Marçal Soler, el CEO de la empresa; Luna Gausí, la directora de operaciones; y Bruno Volpi, el director técnico —me dice resolutiva, mientras revisa sus anotaciones en la tablet —.
Y la señorita Natalia Rodríguez, que acaba de aceptar ahora mismo la reunión.
Respiro hondo y me llevo una mano al pecho. Tenerla ahí ayudará un poco a mis nervios.
—Marga, ¿me vas a tutear algún día?
—Eso depende —dice divertida—. ¿Llegaremos a ser amigas?
—¡Eso espero! Dos mujeres entre tantos hombres… —murmuro—. ¿Nos tomamos algo después?
Ella sonríe, pero no responde. Es posible que piense que estoy de broma, pero nada más lejos de la realidad.
Se gira para salir de mi despacho. Somos las dos únicas mujeres aquí, no en la empresa, claro.
Eso sería demasiado extraño. Me muerdo el interior del labio a la vez que abro la plataforma de videollamada.
Compruebo que todo funciona bien. Se me ve nítida.
Genial.
Se me escucha.
Perfecto.
Me quiero morir.
Siento unas ganas terribles de vomitar. Me tapo la boca y cuento hasta diez, primero hacia delante y después hacia atrás. Hago respiraciones profundas. Dudo, tiemblo.
Busco el móvil y, con manos temblorosas, accedo al WhatsApp. La primera conversación que capta mi atención es la única que tengo fijada. Con un mensaje de hace más de dos meses, pendiente de respuesta, con el doble check azul.
Escribo. Borro. Escribo de nuevo. Vuelvo a borrar.
Yo:
Te echo de menos…
Bufo. Borro. ¿Y si le envío algo divertido? Algo del estilo…
Yo:
¿Sabías que, desde mi nueva oficina, puedo ver si los tíos se lavan las manos al salir del baño? ¡Una imagen preciosa!
No pulso la tecla de enviar. Paseo la vista por las palabras para borrarlo todo de un plumazo. ¿Y si todo es más fácil de lo que parece? ¿Y si tan solo necesitamos retomar las cosas de la forma más sencilla posible?
Yo:
Hola.
Con punto y final incluido. Respiro hondo y estoy a punto de borrarlo de nuevo cuando el sonido de la videollamada me sobresalta y, sin querer, pulso la tecla de enviar.
—No, no, no —exclamo—. ¡Joder!
—¿Andrea?
La voz de Nati me hace conectar con la realidad de nuevo. Miro la pantalla. En efecto, estamos todos dentro. Contengo el aire y dejo el móvil a un lado, boca abajo, porque no me quiero enterar si me responde.
Mierda, qué cagada.
Sonrío con toda la falsedad que puedo, porque ahora mismo solo me quiero morir; pero tengo que reconocer que, a los cinco minutos, se me pasa.
Marçal Soler es el que lleva la voz cantante, me comenta todo lo importante y me deja en manos de Luna Gausí para el futuro.
Son un equipo mucho más joven y dinámico de lo que me esperaba y parecen contentos de tenerme en su equipo, pese a mi comienzo abrupto e incómodo.
—La semana que viene nos gustaría que te acercaras a las oficinas, para que conozcas todo y sepas un poco cómo serán los siguientes pasos —me notifica Luna.
Una chica a la que no le echo mucho más de treinta años, rubia y con unos ojazos azules impresionantes.
Asiento con un solo movimiento—. Si te parece bien, podemos fijar una reunión, no sé, ¿el viernes?
—Le enviamos los datos a Marga —aporta Nati—. Junto con el justificante del vuelo y demás.
Asiento, conforme y, antes de cortar, Nati me hace un gesto con las manos de que me llama por teléfono. Sonrío y asiento.
Me tiro hacia atrás y respiro hondo. Cuando el móvil suena, me veo en la obligación de girarlo de nuevo. Y ahí tengo su respuesta.
El corazón me late desbocado. Pese a que la notificación principal parte de Nati, yo no puedo apartar la mirada de su mensaje. Parpadeo, releo.
Partner in crime [Cris]:
Hola.
Descuelgo la llamada.
—Te dije que iba a ir bien.
Me río.
—Te voy a reservar en uno de los mejores hoteles de Barcelona para la semana que viene. ¿Vendrás sola?
¿Con quién quiere que vaya? ¿Está tonta? Claro que voy a ir sola. Estoy a punto de responderle, cuando los cables de mi cerebro, que se habían quedado sueltos, parece que se unen y pulso la tecla principal para salir de la llamada y acceder al WhatsApp. Respiro hondo antes de escribir.
No lo pienso, porque, de hacerlo, jamás lo enviaría.
Yo:
Tienes planes para la semana que viene?
Las posibilidades de que me mande a la mierda son estratosféricas. Es posible que ni me responda. Pero, una vez enviado el mensaje, siento una paz inusual dentro.
Como si la pelota ya no estuviera en mi tejado. Como si, por el simple hecho de dejarlo ir, ya hubiera dado un paso enorme, cuando, en realidad, apenas he dado un pasito.
—¿Andy…?
—Voy acompañada —digo sin más—. No sé muy bien por quién, pero…
—Así me gusta, optimista —bromea, aunque yo en realidad pienso más en Noa o Beka, pero vale—. Te reservo una suite doble. ¿Quieres algún hotel en particular?
—¿Podría ser el mismo al que fui con Cris?
—La duda ofende —me corta. Escucho cómo trastea en su ordenador y hace pequeños sonidos de conformidad—. Perfecto, reserva lista a nombre de la empresa. Viernes y sábado. Si quieres más, avísame.
—Dos días está perfecto. Gracias.
Me hace el sonido de un beso y me notifica que mañana me informa de cómo haremos con el vuelo, para que pueda reservar para ambos. Cojo aire y lo suelto.
Partner in crime [Cris]:
Pues creo que trabajo. Tengo que consultarlo, espera…
Trabajo
Añade el emoji que saca la lengua. Sonrío al leer su mensaje. Lo echaba tanto de menos que me da miedo sentir que todo parece ser como antes. Con sus mensajes despreocupados.
Yo:
Deberías hacer más cosas además de trabajar
Lo lee al instante, me pongo nerviosa. Son las siete de la tarde. Me imagino que estará en casa, tirado en el sofá con algún libro. O puede que su rutina, después de la llegada de Valentina a su vida, haya cambiado.
Me entristece pensar en eso porque yo no formo parte de este cambio. Me jode.
Partner in crime [Cris]:
Propón algo, a ver si me compensa el cambio de planes
Sonrío. Marga abre la puerta y me hace un gesto con la mano. Levanto el dedo pulgar en señal de conformidad pese a que no tengo ni la más remota idea de qué quiere. Creo que me da igual. Ahora mismo solo tengo energías para él.
Yo:
Te debo una suite en Barcelona.
Qué tal te viene el viernes que viene?
Está dentro de mi conversación, no tengo ninguna duda, porque el doble check cambia de color al instante. Está tan ansioso como yo, y eso me provoca una sensación que no puedo definir con palabras. Me provoca miles de mariposas en el estómago, que suben y bajan sin parar.
No responde. Se desconecta. Me masacro el interior de la mejilla. Estoy que me subo por las paredes.
—¿Vamos a tomar algo, entonces?
Pego un bote al escuchar la voz de Marga. Me giro en la silla y le sonrío de medio lado.
—Con la única condición de que me dejes de tratar de usted… y de llamar Andrea, por favor y gracias.
—¿Entonces cómo te llamo? No te puedo llamar señorita, tampoco por tu apellido, ahora me dices que nada de Andrea.
—Soy Andy. Sin más.
Arrastro la silla hacia atrás y, tras agarrar el bolso y meterme el móvil en el bolsillo, salgo.
A las siete cerramos todo, aunque yo me suelo quedar un poco más.
—¿A dónde vamos? ¿Algún bar que te guste? No conozco mucho esta zona.
—Yo tampoco, pero algo encontraremos. Y, si no, tiramos un poco hacia el centro y listo.
Perfecto. En el centro tengo mi lugar de referencia, pero hace meses que no voy. Se siente raro cuando no estamos todos. Es imposible. Siempre falta una pieza clave. Mi pieza principal del puzle.
La oficina está a las afueras, en una de las zonas de nuevo crecimiento de Santiago. La calle está bastante desierta, pero conseguimos encontrar una cafetería. La cerveza se traduce en un café con hielo para mí y un té con limón para Marga.
La vibración del móvil me saca de situación. Había conseguido olvidar el mensaje de Cris y, ahora, conecto con que hay una mínima posibilidad de que sea él. Tal vez, para mandarme a la mierda. Pero, cuando lo desbloqueo, me llevo el chasco del siglo.
Beka LaQueen:
Pizza para cenar?
Invito a Noa?
Tuerzo el morro. Y no porque no me apetezca verlas, sino porque, desde que Cris y yo no hablamos, el grupo parece que, de forma obligatoria, se tiene que juntar por fascículos. La semana pasada cenamos con Íñigo y Nico. Hoy, al parecer, con Noa.
Yo:
Ok, pero llegaré tarde
Salí a tomar un café con Marga
Lo lee en el acto. No tarda en aparecer el mensaje de que está escribiendo.
Beka LaQueen:
Okeeeeey
Pero, en compensación, la pido con piña
Yo:
PUAJ
Beka LaQueen: