Sin efecto retroactivo ¿Ya estás felizmente casada?
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¿Ya estás felizmente casada?

—¿Quién sería la primera en morir en un apocalipsis zombie ?

—Noa.

—Noa.

—Beka.

Respondemos todas a la vez. Jugamos a The Voting Game, pero sin ocultar nuestras respuestas, porque… nos importa todo tres pitos. Suelto una carcajada al darme cuenta de que ninguna me votó a mí y elevo el puño al aire, en señal de victoria.

No hay mejor cura para el corazón roto que las amigas.

Siempre. Hace ya casi tres semanas que no sé nada de Cris.

Ni por WhatsApp, ni por llamadas, ni en quedadas…

nada. Está como desaparecido del mundo. Cuando los chicos hablan para quedar, pocas veces responde.

Y, cuando lo hace, es para alegar que le resulta imposible con Valen.

Pero ellas hacen que la pena dure un poco menos.

—¿Por qué yo?

—Porque Andy no puede ser, y no me quería votar a mí misma… —se justifica Noa, divertida, antes de estirar la mano y capturar el chupito que tiene sobre la mesa.

Jugamos sin alcohol, porque es miércoles y… somos adultas y esas cosas. Pero mantenemos las reglas de la fiesta, creo que inventadas por Beka. La que más votos recibe: chupito de refresco.

—Venga, me toca… —murmuro antes de estirar la mano hasta la siguiente carta—. Vamos allá… —Paseo la vista por la pregunta y suelto una carcajada—. ¿Quién llegaría tarde a su propia boda?

—Andy.

—Andy.

—Yo.

Elevo la mano de nuevo, pero esta vez para señalarme. Soy la única impuntual del grupo y, por lo tanto, la única que se merece tal honor.

—De todos modos, es una pregunta un poco trampa, porque la novia siempre tiene que llegar tarde a la boda.

—Y Andy no se casaría jamás.

Me llevo el chupito de refresco de limón a la boca y le doy un trago antes de asentir.

—Y, aún así, llegaría tarde siempre —aporto.

Las dos se ríen. Mi móvil vibra sobre la mesa y me fijo en el remitente. Me levanto y deslizo hacia la derecha para responder.

—¿Digamelón? ¿Ya estás felizmente casada?

—¿Y tú estás sentada?

Su pregunta me pilla desprevenida. Dejo la risa a un lado y frunzo el ceño, aunque ella no me pueda ver.

— Nop —digo tajante—. Pero me parece un acto más sencillo.

Ella no se ríe. De hecho, no hace ningún comentario. Casi llego a pensar que me ha colgado el teléfono. Lo creo tanto que aparto el móvil de la oreja para comprobar que la llamada sigue en curso.

—¿Por qué? —pregunto. No responde—. ¿Debería estarlo?

—Sin ninguna duda.

Parpadeo. La imagen de Noa y Beka empieza a perder nitidez. Camino dos pasos hacia atrás hasta que me doy de pleno con el sofá y me dejo caer sobre él.

—¿Estás embarazada? ¿Eso me quieres contar?

—¡¿Estás loca?! ¡Claro que no! —exclama—. Es algo mucho más guay, sobre todo si tenemos en cuenta que, solo de pensar en ser madre, me comienza a picar todo el cuerpo. Me sale hasta un sarpullido, tía. Qué puta locura.

Me río y asiento, porque lo sé y no sé porque se me ocurrió soltar eso por la boca.

—Venga, deja de liarme y dime si estás sentada. Y, si no lo estás, hazlo.

Beka y Noa me observan, curiosas, desde la mesa del salón. Podría quitarle importancia a la situación, decirles que no pasa nada y todas esas cosas, pero, en realidad, no tengo ni idea de qué ocurre y no quiero gastar energías en nada que no sea escuchar lo que me tenga que contar Nati.

—Estoy sentada.

—Perfecto, porque con esto se te van a aflojar las putas piernas —dice con la voz más aguda de lo normal—.

Veamos… hace unos días tuve una conversación con uno de mis jefes sobre una nueva sucursal de la empresa.

Y entre blablablás que no te interesan ni un poquito, salió el tema de Galicia.

—Asiento, y al momento me siento tonta al darme cuenta de que no me ve, pero necesito procesar la información—.

Le comenté que tenía a la persona ideal para gestionarlo a la distancia.

Tendríamos que hablarlo con calma, tía, pero necesito saber si te interesa —dice a toda prisa—.

Sería desde Santiago, está todo casi cerrado para comenzar a trabajar en un mes y medio.

Y tendrías que venir a Barcelona cada dos meses, nada más.

Parpadeo. Boqueo. Intento encontrar la voz, pero no aparece.

—Vale, sé que necesitamos hablar más cosas, pero te aseguro que el dinero no va a ser un problema.

—No… Nati, no —comienzo tan pronto recupero el control de mis cuerdas vocales.

—¿No?

—¡No! —exclamo—. No te estoy diciendo que no, solo que… no, joder, no me lo esperaba. —Me llevo una mano al pecho y puedo escuchar como ella respira hondo.

—Qué susto me has dado, mamona.

Me río y niego. Después asiento. Parezco una puta lunática.

—Empiezo a trabajar la semana que viene en el IGEMA —confieso—. El lunes es mi primer día.

Se hace el silencio. La escucho suspirar al otro lado.

—Esta es mi parte favorita de este trabajo —murmura—. Venga, dime tus condiciones y te las mejoro.

Sonrío, pero niego con un movimiento certero.

—No puedo dejarlos tirados a una semana, tía, es muy feo.

—Cierto, pero me importa una mierda —expone—. ¡Esto es la guerra! Te mejoro las condiciones. Te quiero a ti, Andy. Eres mi requisito para abrir en Galicia. Eres mi puta apuesta. Si no te tengo a ti, mi jefe enviará a algún idiota que nos dejará en ridículo… tengo cero dudas. Siempre pasa.

—Me siento halagada, Nati, pero no puedo. Aquí empezaría la semana que viene, necesito el trabajo y me gusta lo que voy a hacer.

—Seguro que no te tienta la etiqueta de jefa en diseño de sistemas de propulsión y transmisión —dice resolutiva.

Yo me atraganto—. ¡Qué buena soy, joder!

Me guardo siempre la mejor carta para el final.

Te pasaré las condiciones que te proponemos por correo electrónico, pero, si las que te ofrecieron son mejores…

te las mejoramos. Esto no se lo puedes decir a nadie, es decir, no te lo he dicho; pero te las puedo mejorar hasta en un treinta por ciento y… pienso hacerlo.

Boqueo. No puedo hablar. Noto la boca pastosa.

—Te lo piensas, ¿vale? Con cariño y esas cosas. Colaboraremos mucho con el IGEMA, así que, intentaremos hacerlo todo por las buenas. Queremos que te quieran, aunque no trabajes con ellos.

—Aunque los deje tirados a una puta semana, querrás decir…

—Eso mismo —sentencia por mí—. Deja que sea yo quien los llame y les suavice la noticia.

—Nati… —la freno.

No necesito decir nada. Chasquea la lengua.

—Lo sé, no me estás diciendo que sí, pero sé que lo harás.

Las condiciones son bestiales; supongo que para trabajar en el IGEMA tienes que mudarte, yo te invito a que lo hagas desde tu casa…

y encima podrás venir a verme una vez cada dos meses.

La empresa te paga el transporte y el alojamiento.

¿Qué más? Ah, sí, trabajarás en una gran empresa. ¿Necesitas algo más?

—Necesito que te calles un ratito para poder pensar —bromeo—. Tía, ¿por qué no me llamaste hace un mes? Tendría la decisión más que tomada.

—Pues porque hasta hoy no lo supe seguro —resuelve—. Sé que dirás que sí. Lo voy a manifestar esta noche. Te imagino ahí, en tu despacho de Santiago. Imagínate tu día a día. Te levantas, te tomas un café en tu cafetería de siempre…

—Mamona —la freno—. Joder, Nati, necesito que me envíes esas condiciones.

—Tengo tu correo. Ya están llegando… están llegando… ¿llegaron?

Aparto el móvil de la oreja y me fijo en la notificación. No respondo y entro al correo, con las manos temblorosas. Veo el nombre completo de mi amiga junto con su rango en la empresa.

Abro el PDF. Nati permanece en un silencio sepulcral, como si necesitara que yo lo procesara todo bien. Tan pronto lo abro y pongo la vista en la cifra de cobro anual, pego un grito.

—Jo-der —exclamo.

—Sabía que ya solo con eso te tenía… —murmura—, pero no lo es todo.

Liderarías un equipo de cuatro ingenieros junior en Barcelona vía remoto, y dos técnicos de taller presenciales en Santiago.

Tendrías que venir unos días cada dos meses para las pruebas de ensamblaje final en el laboratorio principal.

—Yo sigo con la mirada clavada en el documento, la voz de Nati me llega medio amortiguada—.

Y un quince por ciento extra si el prototipo de transmisión eficiente pasa las pruebas de estrés antes del tercer trimestre.

—Nati…

—Tendrías gastos de desplazamiento, alojamiento y dietas en Barcelona, seguro médico premium y poder de decisión total. ¿Quieres pasarme las condiciones del IGEMA para que te las mejore? Te pienso proponer directamente el treinta por ciento extra sobre el salario base.

—Créeme que no hace falta… —murmuro—. Las vuestras son mucho mejores.

—¡Lo sabía! —exclama—. Chúpate esa, Antón Varela.

Me río, más por nervios que por otra cosa.

—Es buen tío…

—La verdad es que sí, y le acabo de robar a una gran… ¿qué puesto te habían ofrecido?

—Especialista en mantenimiento de utillajes —recito.

—¿Mecánica? —Suelto un pequeño «ajá» divertido y ella no tarda en responder con un bufido—.

Tía, no me jodas. Si me das el «ok» lo voy a llamar yo solo para decirle el puesto que te hemos ofrecido.

A las joyas hay que ofrecerles puestos a su medida, joder.

Pero de buenas, ya te digo que quiero que todo fluya bien. Nos compensa tenerlos de amiguis.

Respiro hondo y suelto todo el aire.

Me podría quedar en Santiago.

Miro al frente. Beka y Noa me observan, confusas.

Me podría quedar con ellas. Podríamos repetir lo de esta noche… todas las putas noches. Podríamos hacer planes de amigos. La vida podría seguir tal y cómo la conozco. Pero sin Cris.

Podría bajar a tomarme el café a la cafetería de siempre, como bien me ha dicho Nati.

Dormir en mi cama.

Podría… ser jefa en diseño de sistemas de propulsión y transmisión. Yo. Joder, sí.

Si lo tengo claro, ¿por qué no doy un salto al vacío?

—Sí —digo en voz alta. Nati se queda en silencio—. Sí, joder. ¡Hostia, qué bien sienta esto! —chillo.

Beka y Noa se levantan casi a la vez y caminan hacia mí. Es Beka la que me quita el móvil de las manos y se fija en el nombre de la persona con la que hablo antes de poner el manos libres. A todo esto, yo no le pongo ningún impedimento.

—Nati, mis amigas están aquí y creo que quieren que les des la noticia.

—¿Yo no soy tu amiga? Tía, te acabo de dar un curro.

—Claro que eres mi amiga, pero ellas son mis amigas de Galicia. Tú eres mi amiga la trotamundos. —Escucho cómo chasquea la lengua antes de hablar.

—Joder, tías, es para hoy —se impacienta Beka—. ¿Qué trabajo?

—¿En dónde? —pregunta Noa.

—Aquí —digo emocionada—. No me tendría que mudar.

—Joder.

—Tía…

—Bueno, pero me vendrías a ver cada dos meses, no te olvides —bromea Nati al otro lado de la línea—. Haré que una de las veces te coincida con la boda. O igual debería invitarte y ya… me lo pensaré.

Me llega otro correo. Es la invitación a la boda de Nati para dentro de año y medio. Se ve que se toman las cosas con calma.

—Voy a llamar a Antón ahora mismo, me pican los dedos, tía —admite. Sonrío—. De todos modos, si no te llaman hoy…

—Los llamo yo, claro —confirmo.

Suspira.

—Coño, qué feliz soy, mamona —dice divertida—. ¡Chaíto!

Cuelga. Sin más. Tan pronto lo hace, mis amigas se me tiran encima. Hablan a la vez y a tal velocidad que no sé ni qué dicen, pero, en realidad, me da lo mismo. Acabo de convertirme en jefa en diseño de sistemas de propulsión y transmisión para Nexum Motion Labs.

Ni en mis mejores sueños.