Yo te elijo cada puto día de mi vida
Salgo del local y me apoyo contra la pared. Respiro hondo, pero mi cuerpo se activa cuando noto unos ojos puestos sobre mí, con el móvil en las manos.
Trago saliva y me muerdo el interior de la mejilla. Confusa, dolida, enfadada… o una mezcla de todas. Soy un puto cóctel explosivo, ahora mismo.
—Sales sola… —murmura.
Miro al cielo estrellado antes de soltar una carcajada sin humor.
—Igual te esperabas otra cosa —le regaño. Le doy un golpe en el hombro y comienzo a caminar. Él lo hace detrás de mí—. Quiero pensar que lo hiciste por mi bien.
—Todo lo hago por tu bien —murmura.
Y eso me hace frenar en seco. Me giro y lo miro. Está cerca. Está tenso, tiene la mandíbula apretada y eso me cabrea todavía más.
Lo conozco lo suficiente para saber que es verdad, que cree que esta mierda la acaba de hacer por mí.
—Pues entonces no tienes ni puta idea de lo que necesito en la vida, Cristian —le reclamo, cabreada—.
Si quisiera hablar con Joaquín, lo habría hecho yo solita.
¿Sabías que tengo su número de teléfono?
—Se lleva una mano a la cabeza y se despeina, nervioso—.
O igual no sabías que ha estado intentando localizarme…
—Sí que lo sabía, Andy, justo por eso…
—Justo por eso decidiste por mí —le escupo en la cara. Tuerce el gesto—. Pues yo puedo decidir por mí misma. Soy adulta y responsable, aunque a veces creas que no.
Lo escucho rechistar, pero lo ignoro. Me giro y emprendo camino. Necesito huir, necesito apresurar el paso lejos de él. Necesito distancia.
—Claro que sé que eres una adulta responsable, Andrea.
Me freno y me giro de nuevo, como un déjà vu.
—Aquí la enfadada soy yo, no me vengas con esas. —Le presiono el pecho con un dedo, molesta—. No me quites ese derecho.
Suspira y asiente, con la cabeza baja, lo que me hace sentir mal en el acto.
—Eres un idiota. —Asiente—. El ser más idiota del mundo, joder. ¿Por qué iba a querer hablar con Joaquín? ¿Me lo explicas? ¿Por qué has tomado esa decisión como si yo no pudiera pensar por mí misma?
—Porque pensé que lo necesitabas saber… —murmura.
Entreabro los labios para hablar, pero él eleva la mirada, me observa, y yo me quedo muda—.
Él… me buscó y me lo contó hace tiempo. No me quise meter, era tu decisión, pero el otro día te escuché hablar con Beka y…
—Presiona los labios—. Le decías que nunca habrías roto con él si él no hubiera querido tener hijos.
Bufo. Así, como la buena adulta responsable que digo ser.
—Es que es verdad. No habría roto con él si no llego a tener un puto retraso de nueve días ni a sospechar que podría estar embarazada.
No habría roto con él si me hubiera dicho que apoyaba que yo no quisiera ser madre.
No lo habría hecho, Cristian, ¿no lo entiendes?
—Me mira, pero no hace ningún gesto más que apretar más y más la mandíbula—.
No me habría ido contigo a Barcelona y ahora mismo no tendríamos esta conversación.
Doy un paso hacia delante porque necesito que me entienda, que me vea. Él no se mueve.
—Y nunca habría pasado nada entre nosotros.
Es un hecho. ¿Es que no lo ves? —Aprieta los labios—.
¿Y qué? Me habría perdido todo esto, joder.
Pero soy consciente de que la realidad sería otra.
No creo que me escucharas decirle a Beka que lo echo de menos, o que me encantaría volver el tiempo atrás, porque… spoiler , no es así.
Baja la mirada. Lo quiero y me da mucha pena ver el modo en que se contrae sobre sí mismo.
—¿Querías que supiera que Joaquín no puede tener hijos?
Pues ya lo sé, gracias. Pero no cambia nada, porque yo quiero estar contigo.
Contigo, joder. ¿Querías que te lo dijera?
¿Querías que lo gritara? Pues venga, Cris, estoy enamorada de ti.
¡Joder, estoy enamorada de ti! —lo digo tan alto que varias personas se giran hacia nosotros y un grupo de chicas incluso me aplauden y vitorean—. ¿Querías eso, Cris? ¿Querías que…?
No sigo porque él no me deja. Me aprieta contra su cuerpo y me besa. No es un beso más, es un beso cargado de tensión, de ganas, de deseo. No hay espacio, no hay margen de seguridad, porque sabe que quiero besarlo hasta hartarme de él.
—Dime que estás segura —murmura sobre mis labios—.
Dime que esto que acabas de decir no es fruto de un calentón, que no soy la relación fácil que eliges porque es cómoda, porque fluye.
No quiero que estés conmigo porque juntos estamos bien, quiero que elijas estar conmigo porque soy el único lugar al que quieres volver.
Aunque todo lo demás se caiga a pedazos.
Doy un paso atrás y lo miro. Parpadeo.
—Yo estoy seguro de lo que siento por ti, Andy. Llevo años en esta relación y te elegiría por encima de todas las demás. De todas.
—Y das por hecho que yo no…
—No, doy por hecho que hasta hace poco más de un mes, yo era tu mejor amigo y tú no me veías de otra forma.
Por favor, corrígeme si me equivoco. —Chisto la lengua, porque no puedo negarlo y me jode que tenga razón—.
Y ahora me acabas de decir que estás enamorada de mí, que es música celestial para mis oídos, Andy, ¿pero sabes por qué?
Porque llevo enamorado de ti desde los diecisiete años. O incluso antes, no lo sé.
—Eso no lo puedo cambiar. No puedo volver el tiempo atrás y obligarme a darme cuenta de que te quiero como algo más que un amigo.
—¿Obligarte? —pregunta. Parpadeo y niego. Boqueo—. No… no me importa que te hayas dado cuenta ahora, lo que no quiero es ser la opción segura. No quiero ser el amigo que tienes de repuesto, como en las pelis americanas, porque tú para mí siempre serás la única opción.
Lo miro y puedo leer el dolor de su mirada. Cierra los ojos antes de suspirar.
—Mi vida acaba de cambiar por completo. Si esto sigue adelante, tal como espero, me voy a convertir en el tutor de una adolescente. Y si lo nuestro prospera, no es que te vayas a convertir en su madre, por supuesto, pero la situación sería bastante parecida. Y dudo que tú estés dispuesta a eso.
Me pican los ojos y la nariz. Siento unas ganas terribles de romper a llorar. No sé en qué momento comienzo a hacerlo, porque él extiende la mano y me limpia una lágrima traicionera.
—Y tú no hace tanto que rompiste con Joaquín…
—Que le den a Joaquín —lo corto—, ¿por qué lo sacas en conversación?
Aprieta los labios y da un par de pasos hacia atrás, como en busca de distancia, de espacio para respirar. Se lleva las manos a la cabeza y, cuando me mira de nuevo, lo veo roto. Roto cómo puedo jurar que no lo he visto jamás.
—Porque no quiero ser su reemplazo, Andy —murmura.
La voz le tiembla, al igual que el labio inferior.
—No… no quiero ser la opción fácil, o segura, o cómoda… ¡yo qué sé!
Se gira. Yo no puedo apartar la vista de sus movimientos. Del modo en el que se le tensan los músculos de la espalda, y también de cómo empiezan a temblar. Quiero acercarme, quiero abrazarlo, pero no puedo. Algo me mantiene aquí, en esta misma posición.
—¿Entonces qué es lo que quieres?
La pregunta me sale sola y, en realidad, sé que la hago porque necesito volver a captar su atención. Necesito que me mire. Necesito que volvamos a ser los de siempre.
Se limpia la cara con el dorso de la mano antes de girarse de nuevo. Tiene los ojos rojos y la mirada más triste que he visto en mi vida le inunda el rostro.
—Quiero ser la persona a la que escojas para compartir tu vida.
Y sé que, ahora mismo, me estoy comportando como un idiota; pero quiero que estés tan enamorada de mí como yo de ti, y sé que es imposible, joder, porque a mí me explota el corazón cuando te veo.
Andy, no… —Se le cortan las palabras. Una lágrima le surca las mejillas y desemboca en sus labios—.
No me puedo permitir que esto se vaya a la mierda en dos días.
Ni tampoco en dos meses. Estoy tan jodidamente enamorado que me dejarías destrozado.
—Cris, yo… —balbuceo. Trago saliva. Él baja la mirada y suspira.
—Ya, lo entiendo.
Da un paso atrás. Se protege… se protege de mí. Y no quiero que lo haga. Vuelvo a romper la distancia y me pongo frente a él. Le agarro por los hombros.
—Tienes que entender que para mí esto es nuevo. Nunca había llegado a imaginar que pudiera pasar. —Baja la cabeza, pero sé que me escucha—. Nunca te querría hacer daño. Eres mi mejor amigo.
—Tu mejor amigo… —repite y asiente, despacio, de un modo tranquilo.
Eleva la mirada. Su dolor me atraviesa el alma y todos los poros de mi piel. Me hace sentir pequeña y grande a la vez, con una necesidad imperiosa de abrazarlo. Le quiero, joder, le quiero. ¿Eso no basta para que una relación pueda funcionar?
—Yo te elijo cada puto día de mi vida. Pero necesito tener claro que tú a mí también.
El corazón me da una sacudida dentro de la caja torácica.
—Acabas de decir «puto».
Consigo robarle una sonrisa, mínima, casi inapreciable, pero me vale. Lo miro, parpadeo, y de algún modo inexplicable, contengo las lágrimas.
—Te quiero, pero hay mucho más detrás de esto. Me muero de ganas de besarte a todas horas, ¿sabes lo complicado que fue asimilar eso? ¿Lo sabes?
No puedo más y rompo a llorar de nuevo. Él suspira.
—Claro que lo sé —murmura—. Enamorarme de ti fue lo mejor y a la vez lo peor que me pudo pasar en la vida.
—¿Entonces por qué me rechazas? —pregunto desesperada—. ¿Por qué rechazas la oportunidad de ver qué pasa entre nosotros? ¿De vivir esto día a día?
Suspira y se lleva una mano a la cabeza. Las lágrimas brotan solas, como si el dolor las empujara en cascada.
—Te quiero en mi vida, Andy, pero necesito poner todo esto en orden. Necesitamos aclararnos. —Se lleva una mano al pecho—. Necesito algo de espacio entre nosotros… dime que lo entiendes. Y que lo respetas.
—Claro que no —le respondo con rapidez. Él ladea una sonrisa triste—. No puedo hacerlo porque no es verdad. Te conozco y no quieres que me aleje. No tienes que hacer todo esto solo, ¡te puedo ayudar!
Estoy desesperada por que me escuche, y creo que se nota.
Suspira. Y no tiene que decir nada más.
No.
No.
No.
—No, Cris…
—Si te tengo cerca, después de todo lo que ha pasado entre nosotros, voy a querer más. Y más. Y no… no puedo. No ahora. Porfa, Andy, entiéndelo… por favor.
Sus lágrimas me dejan muda. Pega su cabeza a la mía, de tal modo que puedo sentir como nuestros propios llantos se fusionan en uno. Me abre en canal, la situación, él. Todo.
—No apartes a los chicos. —No lo pido, lo digo con toda la contundencia que puedo.
Suspira y asiente.
Cuando se aleja y veo sus ojos, sé que va a ser la última vez en mucho tiempo. Se gira y desaparece de mi campo de visión, como si no estuviera, ahora mismo, ni la mitad de roto que yo. A pesar de que sé que no es verdad.