Pensé que era un puto milagro
Apresuro el paso, me coloco una y otra vez el vestido en el sitio adecuado.
Estoy nerviosa, como una adolescente a la que la invitan a su primera fiesta con chicos.
No es la primera, y no es con chicos. Es con él.
Después de lo que hemos vivido juntos, después de habernos visto desnudos… ¿los nervios tienen sentido?
Se hace raro enamorarte de tu mejor amigo. Darte cuenta de que siempre has tenido ahí a esa persona con la que lo deseas todo.
Me siento en nuestra mesa de siempre, la que compartimos con nuestros amigos, y espero con una impaciencia poco propia en mí. No suelo llegar pronto, pero hoy me he adelantado siete minutos. Siete putos minutos.
Miro el reloj en el móvil y tuerzo los labios antes de acceder a su conversación de nuevo. Clavo la vista en su último mensaje.
Partner in crime [Cris]:
A las diez y media en el Atlantis
No dijo nada más. Solo eso. Me muerdo el interior del labio antes de leer el resto de la conversación.
Yo:
Qué misterioso! Tengo que ir muy guapa?
Partner in crime [Cris]:
Tú siempre estás guapa
No había respondido nada a eso. Podría haberle dicho que él también, o darle las gracias, o fingir modestia, pero no quise quitarle emoción a esta quedada improvisada después de la noche —y posterior mañana— del mejor sexo de mi vida.
—Hola, Andy, ¿qué te pongo?
Es el rubio, el exnovio de Javi. Elevo la mirada, curiosa de que recuerde mi nombre, y le sonrío de medio lado.
—Es muy cruel que yo ahora te diga que no recuerdo tu nombre, ¿no?
Él se ríe y niega con un solo movimiento. Le quita importancia.
—Lucas —me dice—. ¿Qué tal está Javi?
—Soltero.
La palabra me sale sola. Él parpadea, interesado.
—Quiero un mojito, Lucas —le pido, porque me parece que necesita un rato para procesar esta nueva información. Él asiente y lo apunta con rapidez en la libreta que tiene en las manos—. Pero llámalo, anda.
Sonríe de medio lado antes de desaparecer. Pierdo la mirada en el frente y vuelvo a mirar el móvil. Faltan dos minutos. Estoy a punto de enviarle un mensaje cuando veo a alguien conocido al fondo.
Lo observo a lo lejos y siento un pequeño pinchazo interno. Las piernas me tiemblan como si fueran de gelatina y agradezco estar sentada.
Joaquín podrá tener millones de defectos, pero el tío está bueno. Es el típico chico por el que todas babearían si no fuera tan asquerosamente soso.
Aprecio cómo se coloca las gafas. Ni esas ridículas lentes hacen que pase desapercibido.
Varias chicas se fijan y clavan la vista en su trasero, pero no se acercan.
Así como posee una especie de imán por su hermoso físico, hay algo en él que repele.
Puede que sea su gesto aburrido o, tal vez, una especie de aura extraña. No lo sé. Camina hacia mí y me sonríe.
—Estás preciosa —me halaga tan pronto me ve.
—Gracias —respondo sin más.
No estoy enfadada con él, en realidad creo que no tengo motivo para estarlo. Tampoco conmigo. Creo que la decisión más lógica que pudimos tomar fue esa: separarnos.
Me levanto y le doy dos besos. Le hago un gesto para que se siente si quiere, y él me lo agradece.
—¿Qué haces aquí? Pensé que no te gustaba este sitio.
—Pero a ti sí. —Se encoge de hombros.
Lucas se acerca en ese momento con mi pedido y se gira hacia Joaquín. Quiero decir que no se va a quedar, pero no me salen las palabras. Miro por encima de él para localizar a Cris, pero no está.
—Si buscas a Cris, no va a venir.
Parpadeo y lo enfoco. Niego con la cabeza. La música no está muy alta, pero es imposible que haya entendido bien, ¿verdad?
Desbloqueo el móvil, todavía tengo su conversación abierta. Se acaba de conectar, pero no tengo ningún mensaje. Él nunca llega tarde.
—Espera… ¿me quieres decir que Cris y tú me habéis preparado una encerrona?
Él aprieta los labios y, pese a que no quiere, asiente. Se sube de nuevo las gafas y me mira con algo más de decisión.
No, no puede ser.
—No creo que tengamos nada que hablar, Joa —lo freno—. Pero, en realidad, no me apetece que terminemos mal. Estas no me parecen formas.
Él asiente, medio abatido. Confieso que su gesto me da ternura.
Este sitio me encanta por muchas cosas, pero la principal es que puedes mantener una conversación sin mucha dificultad.
Lo malo es que cada vez llama más la atención justo por eso, y cuesta encontrar espacio.
También me encanta que sea uno de los pocos sitios de la ciudad para hacer un tardeo y, si quieres, continuar hasta las tantas de la madrugada. Tiene opciones para todos.
—No puedo tener hijos —dice sin más, a bocajarro, con las manos sobre la mesa.
Sus palabras me descolocan. Niego con la cabeza, extrañada. Podría jurar que no lo he entendido bien, pero él insiste.
—No es que quiera o no, Andy, es que no puedo —repite—. Cuando… cuando te plantaste en mi casa con un retraso, por un momento pensé que era un puto milagro.
—«Puto» y «milagro» juntos se anulan.
Sí, eso es lo que digo, porque estoy nerviosa. Él sonríe y asiente.
—Y por eso… reaccioné así. Se me activó algún tipo de instinto que nunca tuve despierto. O, al menos, no de forma lógica; porque tener hijos, para mí, no es una opción.
El camarero se acerca con la consumición que falta y la deja frente a mi ex. Joaquín saca la tarjeta y paga al momento con el datáfono que trae Lucas, que se lo agradece, pero sin una mínima sonrisa. Juraría que incluso le dedica una mirada intimidatoria. ¿Puede ser todo producto de mi imaginación?
—Cuando me dijiste que no querías tener hijos pensé que no podía tener más suerte. Guapa, lista y… no le va a importar tu pequeño defectito.
—Joder, Joa, eso no es un defecto.
—Dudo que muchas estén de acuerdo. —Se alborota el pelo, nervioso—. En fin, Andy, que… creo que el destino nos unió. Tú no quieres tener hijos… y yo jamás te los podré dar. Ese es el mejor anticonceptivo, ¿no crees?
Me llevo una mano al pecho, muy confusa. Me falta el aire. Es como si este local se hiciera cada vez más y más pequeño.
—Me dijiste que te parecía bien tener un hijo conmigo.
No entiendo nada. No quiero tener esta conversación. Juro que me ahogo.
—Estaba en shock , Andrea. Sé que eso no funciona desde los veinte años.
Imagínate la situación. —Se muerde el interior del labio y, como si acabara de escucharse a sí mismo, prosigue—.
No me entiendas mal, en ningún momento pensé en cuernos.
El médico me dijo que había un porcentaje muy bajo de posibilidades, no que fuera algo imposible.
Pero… que sería un milagro. Y más teniendo en cuenta lo que te preocupas tú en blindarte, con DIU y condones.
Niego con la cabeza con brusquedad. Necesito procesar todo esto y aquí, rodeados de gente y con la música —que está bajita, pero está— me cuesta pensar con claridad.
—Joder, Joaquín, no… no me parece bien todo esto —dictamino, después de meditarlo un momento—. Tendrías que haber confiado en mí…
—No lo necesitabas saber, tú no querías tener hijos.
—¡Claro que lo tenía que saber! Eras mi novio, hostia. Eras…
—Era…
—¡Eras! —exclamo, molesta—. No pretenderás que volvamos juntos, ¿no? Espera, no lo pretenderá el imbécil de Cris también, ¿verdad?
Se lleva una mano al pelo y suspira. Lo pretende, coño, claro que sí. Después de ocultarme algo como esto, pretende volver conmigo.
Me abanico con la mano. No puedo más.
—Yo… no quiero volver contigo.
Necesito ser sincera. Él mira sus propias manos antes de asentir. Es un movimiento más relajado de lo que podría parecer en un principio, como si se lo esperara de algún modo.
Niego. Me noto mareada. Le hago un gesto porque necesito un minuto. Un minuto para mí. Me levanto y me dirijo al baño. Tengo ganas de vomitar.
Me mojo la cara y el cuello. Respiro hondo y, cuando siento que ya estoy mejor, saco el móvil del bolso y lo desbloqueo. Tengo un cúmulo de notificaciones curioso. Pero me fijo en el último mensaje recibido.
Javito el guapito:
Mándame un SOS y me pongo ahí en medio minuto
No exagero. Me voy ahora mismo para la plaza que está justo al lado
Sonrío antes de responderle. Sus palabras me devuelven un poco el alma al cuerpo.
Yo:
Te como la cara, Javi
Estoy bien. De verdad. NO VENGAS
Lo pongo en mayúscula porque lo conozco y seguro que ya está saliendo de casa.
Y, en realidad, no necesito que nadie deje su vida por mí.
Al salir de su conversación me doy cuenta de que tengo seis más pendientes.
Varios del grupo de amigos, unos cuantos del grupo de compañeros de la uni y dos en el familiar.
Pero ninguno de Cris. Ni uno. Compruebo de nuevo que se acaba de conectar.
Mi cabreo se hace más grande por momentos.
Respiro hondo, guardo el móvil en el bolso y salgo en dirección a la mesa. Me cuesta caminar. Al llegar, veo que Joaquín tiene la cabeza embutida en su teléfono móvil. Como siempre, varias chicas lo miran, pero no se acercan.
Les sonrío y les hago un gesto, que ellas creo que se toman como una amenaza, porque se apartan un par de pasos y se ponen a bailar en la otra esquina.
—¿Estás bien? —Asiento, aunque, en realidad, no sé ni cómo estoy.
Nos quedamos en silencio un rato. Yo bebo de mi copa y él de su vaso de Aquarius, hasta que parece que se harta y eleva la mirada en mi dirección.
—¿Qué tal en Barcelona?
Me sorprende mucho su pregunta, y sé que me lo nota en la mirada, pero no dice nada más. Espera mi respuesta. Una reconocida canción de C. Tangana se escucha de fondo y, sin previo aviso, la imagen de Cris me inunda por completo los recuerdos.
La cantidad de veces que habré escuchado esta canción en su coche consigue que lo visualice como si lo tuviera a mí lado ahora mismo. Y eso me provoca un fuerte nudo en el estómago.
—La verdad es que muy bien —respondo al fin. Él asiente, baja la cabeza, confuso, y clava la vista en su lata de aquarius. Juega con la anilla de la lata. Yo me fijo en sus movimientos mientras la letra de Ateo se reproduce a mi alrededor.
—Cris es buen tío…
Si la primera pregunta me sorprendió… sus palabras de ahora, más. Trago saliva y abro mucho los ojos.
—Joder, Joa… —Me llevo una mano al pelo y lo echo hacia atrás—. ¿Ahora me vienes con eso?
—No te enfades con él, coincidí con él en la cafetería a la que íbamos en la época de la uni.
—Trabaja ahí al lado —le explico como si fuera necesario. Pero, por algún motivo, necesito que entienda que Cris no provocó ese encontronazo.
Él asiente y se encoge de hombros.
—Lo sé, no es la primera vez que lo veo ahí. Me gusta esa cafetería; pero, como conocía sus horarios, lo evitaba.
—Vale, provocaste tú el encontronazo —me digo a mí misma. Él asiente, aunque con un gesto triste en los ojos.
—Quería saber cómo estabas y no conseguía hablar contigo —dice con la mirada baja—.
El primer día me dijo que no quería saber nada, que era cosa nuestra.
El segundo, me dejó que me sentara con él y le contara todo esto…
todo esto que te acabo de decir, pero me insistió en que era cosa nuestra. Que él no se podía meter.
Todo eso tiene sentido con Cris. Él es así. Nunca se mete en nada. Y, justo por eso, me jode tanto que ahora sí lo haya hecho. Y después de lo que pasó entre nosotros. Joder.
—Y hoy… me llamó.
Trago saliva y lo enfoco.
—Me dijo que lo justo era que tú tuvieras toda la información para que luego decidieras. ¿Que decidieras qué, Andrea?
Para que decidiera si quiero estar con él o con Joaquín. Las lágrimas se me suben rápido a los ojos y respiro hondo para controlarlas.
—Joa… estoy enamorada de Cris.
Él eleva la mirada y me observa, confuso.
Sonríe, pero es una sonrisa triste, apagada.
—Siempre lo supe.
—Nunca pasó nada… no hasta ahora.
—Vale, Andrea, entonces… todo se terminó, ¿verdad?
Asiento, y en ese momento me doy cuenta de que necesitaba cerrarlo. Necesitaba poner el punto y final a esto de una vez por todas.
No era consciente de la importancia de establecer el fin de algo y de cómo te ayuda a que se te destensen los hombros.
No dice nada más. Se acerca y me da un pequeño beso en la frente. Las dos chicas que no le quitaban ojo de encima vuelven a estar al acecho. Me giro hacia ellas, cómplice.
—No tiene novia… y no es nada malo en la cama.
Les guiño un ojo antes de levantarme. No tengo ni idea de si van a hacer algo o no, pero ya no es cosa mía.