Sin efecto retroactivo En un mundo de idiotas integrales
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En un mundo de idiotas integrales

Apoyo la cabeza en su hombro mientras en la televisión del salón se reproduce la tercera parte de Fast And Furious . Justo en el momento en que Sean Boswell hace un drift milimétrico al bajar las curvas cerradas de la montaña, el móvil de Cris vibra encima de la mesa.

—¡Por favor! —protesto—. ¡Es imposible que ese Mustang mantenga la tracción con un motor de Nissan Skyline en esa pendiente!

—Eres una pedante insoportable —me regaña sin perder la sonrisa, a la vez que le da un mordisco a su trozo de pizza—. Pienso hacerte lo mismo cuando veamos Ley y orden .

—Ya lo haces, muchacho. «¡Eso es nulo de pleno derecho!» —lo imito divertida—. «Si yo me levanto del estrado y me acerco así a un testigo, el juez me mete tal hostia que me quita las ganas de volver a la sala».

—Estoy bastante seguro de que yo no he dicho eso… —Elevo una ceja y él sonríe—. Los jueces, al menos dentro del juzgado, no suelen meter hostias.

—Bueeeeno, es una forma de hablar. —Me tiro de nuevo hacia atrás.

Él se estira, desbloquea el móvil con su mano libre, ya que la otra la tiene detrás de mi espalda, y suspira inconforme.

No quiero preguntar. Quiero fingir que todo está bien, quiero que este sea su momento de paz y reconexión con el mundo. Lo he conseguido durante casi tres películas. Pero, por el modo en que se retuerce, sé que lo acabo de perder. Pulso el pause en el mando y pongo toda mi atención sobre él.

—¿Está todo bien? —Me mira. No responde—. Es la pregunta más idiota que he hecho en mi vida, lo sé… yo misma me acabo de escuchar y me dieron ganas de pegarme un par de bofetadas.

Sonríe. De ese modo tan natural, tan único. Tan real.

—No está todo bien, Andy, pero ahora mismo me da igual —admite—. Estoy cansado de luchar contra algo que no tiene una solución sencilla. Estoy harto de ser el adulto en un mundo de idiotas integrales.

—Joder, ¡me compro esa frase para una camiseta!

—exclamo. Él parpadea—. Nos forramos, amigo mío.

Pero, volviendo a lo importante, hoy le vamos a dar una patada a todo eso, Cris.

Hoy… vas a pensar en ti. Y en lo que tú necesitas.

Beka tiene razón, tienes que dejar de pensar en que todos estemos bien. ¿Qué es lo que tú necesitas, Cris?

Presiona los labios, como si nunca se hubiera hecho esa pregunta.

—Una madre normal. —Chasqueo la lengua y él pone la vista sobre mí, curioso.

—No te la puedo dar. Es decir, te puedo prestar la mía, mi madre es muy guay, pero no te puedo solucionar que la tuya sea normal.

Sonríe en respuesta a mi perorata extraña antes de volver a abrir los labios.

—Que mi hermana sea feliz.

—Contigo es feliz —aporto. Él sonríe—. Pero estamos hablando de ti, no de los demás.

Deja de pensar en tu hermana y en tu madre, y compórtate por primera vez en años de un modo egoísta.

Piensa que ellas están bien, en un universo desconocido, vale.

¿Lo visualizas? —Sonríe, triste, y se encoge de hombros—.

Uf, tenemos un público difícil, vale… venga, lo visualizas.

Tu madre y tu hermana son felices. ¿Tú qué harías ahora? Ellas ya no te tienen que preocupar.

Giro el cuerpo hacia él y me siento con las piernas cruzadas sobre el sofá. Él me mira, con expectación, antes de respirar hondo.

—Pues…

—No quiero que me digas que te preocuparías por mí, o por Oliver o Beka, que nos conocemos.

Se ríe y niega.

—Iba a decir que lo que más quiero en la vida, de forma egoísta, es a ti.

Abro y cierro los labios, porque no, no me esperaba esa respuesta ni en mil vidas. Lo miro sin saber qué decir o cómo comenzar a hablar. La voz se me atraganta en la parte más profunda de la garganta. Toso.

—Y cuando soy egoísta pasan estas cosas… —murmura.

Yo me llevo una mano al pecho y niego con la cabeza, aunque me cuesta hablar.

—Incluso cuando sabía que tú estabas metida de lleno en otra relación, deseaba estar contigo —murmura—. Y eso es muy cruel, porque, en el fondo, si me sentía así, era porque deseaba que todo os fuera mal. Y eres mi mejor amiga. ¿Cómo puedo querer que sufras?

Lo miro. Tiene la cabeza gacha, como si le diera vergüenza abrirme su corazón de ese modo. Como si yo pudiera ver una parte de él de la que no se siente orgulloso.

—Nunca me deseaste que me fuera mal —lo corrijo.

Él me mira y no parece muy conforme con mis palabras—.

Bueno, al menos nunca colaboraste para que eso sucediera.

Odiabas a Joaquín, igual que el resto, pero tú fuiste el único que nunca me dijo que debía dejarlo.

Siempre estabas para mí. Como el adulto responsable que eres.

Me arrastro por el sofá para pegarme a él. Noto cómo se tensa, pero no responde.

—Jamás harías nada para dañarme, igual que tampoco quieres hacer nada que dañe a los demás. Pero no todo el mundo puede estar contento. Y prefieres perder tú a que pierdan los demás.

—Te odio —murmura. Sonrío.

—No me odias, pero te jode que te conozca tanto. —Asiente—. Y también sé que, si no llego a mover ficha yo en Barcelona, tú no lo habrías hecho nunca. —Traga saliva—. ¿Y dices que me quieres de un modo egoísta?

Baja la mirada y puedo ver cómo todas las dudas lo sobrecogen. Acerco la mano a su mentón y se lo elevo, para obligarlo a que me mire.

—Piensa en ti por un día, Cris. Solo en ti.

Y parece que es la señal que necesita para romper la distancia y besarme. Me besa con tantas ganas que me empuja hacia atrás en el sofá. No me quejo, al contrario, lo acojo contra mi cuerpo con ansia y un deseo que me cuesta controlar.

¿Cómo se puede echar de menos algo a lo que es imposible que te hayas acostumbrado? Pues así me siento cuando ataca mis labios sin piedad, como una adicta a él que anhelaba que me besara de nuevo con estas ganas, con esta pasión. Con esta necesidad de mí.

Por instinto, subo las manos a su nuca y las enredo en su pelo, mientras le devuelvo el beso con la misma urgencia.

El respaldo del sofá detiene mi caída, pero mi cuerpo no retrocede; se arquea en busca del suyo.

Necesito eliminar cualquier milímetro de aire que nos separe.

Siento el latir frenético de su corazón contra mi pecho, que compite con el mío.

Entre besos, el sabor de su piel y su aroma familiar me embriagan y me vuelven loca.

Porque es él, porque somos nosotros. Siempre fuimos nosotros.

Sus manos, antes dubitativas, me recorren los costados con una urgencia que me eriza cada uno de los poros de mi piel.

Busca el borde de mi ropa como si necesitara confirmar que soy real.

Yo hundo los dedos en sus hombros, me aferro a la calidez de su espalda.

Sus músculos se tensan ante mi contacto.

El sofá se nos queda pequeño, pero no me pienso quejar por ello. A él tampoco parece que le importe. Cuando separa sus labios de los míos para bajar por mi cuello, suelta un suspiro entrecortado que me hace vibrar la piel con la que conecta.

—Te quiero tanto, Andy… —susurra contra mi clavícula, y su voz, rota y profunda, me hace temblar más que cualquier caricia.

Reclama cada centímetro de piel con una delicadeza feroz, como si necesitara grabar su nombre en mí. Su tacto en mi piel. Cierro los ojos y me entrego por completo a la marea de sensaciones de dejarse llevar por completo.

Baja por mi cuerpo, me levanta la camiseta despacio.

Me besa cada centímetro de piel que deja a la vista.

Cuando llega a mi rostro, clava sus ojos en los míos.

A pesar de la poca luz que entra por la ventana, lo puedo ver a la perfección.

Ese brillo que lo hace tan él, y esa sonrisa tan sutil para cualquiera menos para mí.

Eleva una mano y la pasea por mi rostro.

Me acaricia la línea de la mandíbula con el pulgar.

Me besa de nuevo y yo no puedo controlar mis ganas de él y lo empujo más contra mi cuerpo. Necesito que nos fusionemos. Todo me falta… y todo me sobra. A la vez. Jadea en mis labios cuando introduzco una mano por debajo de la camiseta para tomar su piel desnuda.

—¿Cómo pude vivir tantos años sin esto?

La pregunta se me escapa sola, sin pedir permiso. Él suelta una pequeña risa con la que me hace vibrar los labios.

—Tantos años perdidos, ¿verdad?

Quiero asentir, quiero darle la razón, porque la tiene, pero no puedo, porque él me hace perder el hilo de mis pensamientos de nuevo.

Baja hasta ese punto exacto entre mi cuello y mi clavícula y arqueo el cuerpo ante su contacto.

Baja un poco más y, en un movimiento errático, me baja los pantalones del pijama para volver arriba, a mis labios.

Yo hago lo mismo con él, primero con la camiseta, entre besos, y luego con los pantalones, con su ayuda.

Todo sobra entre nosotros. Necesito que todo desaparezca. Necesito sentirlo piel contra piel.

—¿Quieres…?

—No —lo freno—. O sí. Quizá debería haber esperado a que formularas la pregunta completa.

Sonríe sobre mis labios antes de asentir.

—Dame un minuto —susurra. Se levanta y rebusca algo en los bolsillos de su pantalón.

No puedo apartar la mirada de él, todo esto es tan real que me da miedo. Nunca lo había sido tanto como ahora mismo. Mi corazón me grita que es él y mi cuerpo lo implora todavía más.

Saca un preservativo y lo rasga con los dientes. Noto el leve temblor de sus manos cuando mira en mi dirección. Puedo ver el momento en que se le disipa la duda de los ojos, y la cambia por una pequeña sonrisa.

La tenue luz que nos ofrecía la televisión desaparece. Lo enfoco tanto como puedo, porque necesito verlo. Necesito memorizar esto en mi retina. La luz anaranjada de la calle, que se cuela entre las rendijas de la persiana, me regala una estampa que me encantaría enmarcar para no olvidarla jamás.

Se quita la única prenda que todavía lleva, pero yo no puedo apartar la mirada de sus ojos. De su gesto. De su mirada. Me arqueo para quitarme el sujetador antes de que llegue a mi altura, y hago lo mismo con mis bragas. No me fijo en donde caen, me da igual.

No aparta la mirada de mí en ningún momento, como si, al igual que yo, necesitara memorizar el momento. O le preocupara olvidarse de que soy yo la persona que tiene entre sus brazos.

Y no deja de mirarme tampoco cuando entra dentro de mí, despacio y profundo. Me muerdo el labio inferior con fuerza. Ni aparta la mirada cuando entrelaza nuestras manos. Ni cuando grito su nombre. Ni cuando ambos nos rompemos, sin dejar de ser uno.

Sonríe y me aparta un mechón rebelde de la cara. Se deja caer de nuevo sobre mí y acerca su rostro al mío en una caricia invisible.

—Te quiero… —murmura sobre mis labios.

Suspiro y asiento. Porque lo sé. Nunca me había sentido tan cómoda, tan segura de que estoy en las mejores manos. Y, a la vez, tan acojonada de cagarla.

—Te quiero.

La emoción me embarga en el mismo momento en que las palabras brotan de mí.

También porque soy consciente, de verdad, que es la primera vez que entiendo lo que significa hacer el amor con alguien.

No es una forma ñoña de referirse al sexo.

Es esto. Lo que acabamos de vivir. Y es una puta locura maravillosa.