Sin efecto retroactivo Yo desnudo en mi cama no, gracias
81%

Yo desnudo en mi cama no, gracias

Cuando pongo un pie dentro de casa, esa que he compartido con Beka durante los últimos años, siento que todo se me viene encima.

Las últimas cuarenta y ocho horas. De sopetón.

Con sus cosas buenas… y toda la mierda. Los besos de Cris y también su mirada de tristeza; la forma en la que Noa y Elena discutían y lo arreglaban a besos.

La realidad de que nos hemos ocultado mil cosas entre nosotros y, a pesar de ello, parece que todo sigue en pie. No estamos rotos.

Tal vez no necesitamos compartir todo para ser felices y que todo fluya bien. Tal vez no debemos formar parte de la totalidad de la vida del otro. Tal vez…

—¿Desde cuándo te enrollas con Nico?

La pregunta me nace sola. Beka se para en el marco de la puerta de su habitación, con una de las múltiples maletas en la mano, y me mira.

—¿Cómo…?

—Joder, Beka, lo vi salir ayer por la mañana de nuestra habitación.

Suspira antes de hacerme un gesto con la cabeza para que entre.

—No es nada serio, solo… nos enrollamos algunas veces. —Aprieta los labios—. Cinco, para ser exactos.

—Coño —exclamo—. Esas son muchas veces…

—No como Cris y tú, claro, que seguro que fueron más —bromea. Chasqueo la lengua y niego, porque está equivocada, pero le da igual—. No hay nada serio, ¿vale? Nico ni siquiera me gusta, solo… yo qué sé, es…

—Es Nico. Punto.

Ella suspira y se sienta sobre la cama. No me da la razón, tampoco me la quita. Solo… me mira.

—No me gusta.

—Claro.

—No, en serio. Ni yo tampoco a él. Pero el sexo se nos da bien.

—Sí, es habitual eso de que se te dé bien follar con alguien que no te atrae en absoluto —bromeo—. ¿Me quieres contar o fingimos que me creo todo esto?

Ella se retuerce y asiente. Se tira hacia atrás en la cama.

—Hay poco que contar. Empezó un poco sin pensar, un día nos vimos en una cita improvisada en el Atlantis y una cosa llevó a la otra.

Me atraganto al escucharla.

—Vale, la primera vez estabais borrachos…

—No, qué va. No nos liamos ese día. Nos reímos mucho. Al día siguiente, me planté en su casa con la cena. No sé, me apetecía. Y… ya.

—Vale, la primera vez de cinco.

—Sí, la última fue en el camping el otro día, y las otras tres… te las podría contar si quieres, pero…

—Innecesario —la freno.

El timbre del piso rompe el momento y noto que ella lo agradece por el modo en que suelta el aire. Sonrío y la señalo con el dedo.

—No te vas a librar de esta, que lo sepas.

Suelta una carcajada, pero vuelve toda la atención a su maleta. Salto por encima de la mía, que la había dejado en medio del pasillo, hasta que llego a la puerta.

No compruebo de quién se trata. La abro sin más. Y la imagen que me devuelve la persona que me espera al otro lado es desoladora. Barba descuidada, ojeras de no haber pegado ojo y mirada triste.

Abro los labios para hablar, pero él me frena.

—He solicitado la tutela de Valentina.

Sus palabras me dejan sin aliento durante un momento. Parpadeo, muy confusa, y niego con la cabeza. No porque no me lo crea, sino porque no consigo entenderlo. Como si me hablara un idioma muy extraño.

—Tendría que habértelo dicho ayer, pero no sabía cómo hacerlo… —murmura—. Todo fue muy rápido.

Me aparto de la puerta y lo dejo entrar. Él suspira y cierra los ojos. Está agotado, lo siento por sus movimientos, por la forma en la que se echa hacia atrás y porque es mi mejor amigo desde los cinco años.

Me parte el alma verlo así.

—Pero…

No puedo hablar. Él se lleva una mano a la cabeza y niega, como si él tampoco tuviera las cosas muy claras todavía.

—Lo intenté un par de veces… —confiesa—, la primera fue al cumplir los dieciocho, cuando me fui de casa. Me sentí tan mal por irme a Santiago y dejarla ahí, Andy, que solicité que se viniera conmigo. Pero me lo denegaron porque no tenía ingresos suficientes para los dos, claro.

No tenía ni idea, pero nada de esto me extraña lo más mínimo, en realidad. Asiento, para darle pie a seguir.

—Cuando empecé a trabajar de prácticas en el bufete, lo consulté con uno de los especialistas en Derecho Civil, y me dijo que hasta que tuviera un sueldo estable, era una tontería.

—Baja la mirada—. También me comentó que podía solicitar la adopción al cumplir los veinticinco, pero eso tuve claro en todo momento que no entraba en mis planes.

—Entonces es algo que llevas tiempo meditando. —Asiente—. Así que no fue algo rápido, Cris…

Resopla, confuso. Niega y asiente, perdido.

—Te lo tendría que haber contado antes, pero las cosas no estaban saliendo bien.

Mi madre se negaba a firmar la conformidad, a pesar de que Valen sí que decía que quería vivir conmigo —me cuenta—.

Vino a hablar con el juez el día que la viste en casa.

Le dijo que yo le quería quitar a su hija y que le estaba metiendo cosas en la cabeza que no tenían sentido.

Parpadeo, muy confusa.

—Pero ayer… me mandó un mensaje, me dijo que quería hablar conmigo, que era urgente.

Cuando llegué, estaba tirada en la alfombra.

Una sobredosis accidental, según los médicos.

—Me llevo una mano a la boca para evitar soltar un grito agudo—.

El juez me otorgó la guardia y custodia provisional, debido a la gravedad de la situación de mi madre.

—Joder, Cris… —Camino hacia él, despacio. Le pongo una mano en el pecho, que sube y baja, frenético—. ¿Y Valen…?

—Se lo conté todo hace un rato. Está bien, está en casa.

Tiene que ir a testificar con carácter urgente a los juzgados.

Dice que quiere estar conmigo, que no quiere volver con ellos.

—Suspira y se lleva una mano a la cabeza—.

Joder, Andy, menuda mierda todo… Y encima voy y la cago contigo también, que eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Estoy tan en shock que me cuesta procesar todo este tumulto de información. Camino un par de pasos hacia atrás y me apoyo en la pared. La habitación gira sin parar. Él parece que se da cuenta, porque se acerca a mí.

—Andy…

—No tenías que haber pasado por esto tu solo, Cris… —murmuro—. Ayer, mientras tú sufrías con tu madre, yo estaba en la playa con los chicos.

—Era cosa mía. Mi familia es cosa mía, Andy.

—No es verdad, ¿y sabes por qué? Porque yo estoy aquí para ti. No tienes que cuidar de todo el mundo, también puedes dejar que los demás cuiden un poquito de ti de vez en cuando.

Baja la mirada y me siento mal en el acto. Acerco la mano a su mentón y lo obligo a que me mire.

—Te quiero —murmuro. Los ojos le brillan al escucharme—. Y los demás también te quieren. Habríamos estado a tu lado. Todos.

—Tiene razón.

Ambos nos giramos para encontrarnos con Beka, que está apoyada en la pared del baño.

—Eres un terco de cojones, Cristian, pero la guapita de Andy tiene toda la razón. Habríamos estado para ti. Y, te digo más, si necesitas que testifiquemos en favor de que serías un padre de la hostia, lo haremos.

Cris abre mucho los ojos y niega.

—No quiero ser su padre.

—Pues un hermano de la leche, coño el niño con los tecnicismos —bromea.

Yo sonrío, porque es un superpoder que tiene Beka—.

Con esto te digo que… en fin, Cris, yo también te quiero.

Pero no del mismo modo en que te quiere esta.

Yo desnudo en mi cama no, gracias. Pero te quiero.

Y haría lo que fuera por ti. Y por esta tonta del culo también.

—Se acerca y me pasa un brazo por encima de los hombros—.

Y por Noa o por el idiota de Oliver. Por todos, joder.

Cris la mira y se le llenan los ojos de lágrimas al instante. Estiro el brazo hacia él y lo atraigo hacia nosotras para formar un abrazo de tres caótico y extraño, pero que siento que le da media vida.

—Y ya para saber el cotilleo completo —dice Beka tan pronto nos separamos—. ¿Qué va a pasar con tu madre?

Él mira al techo, dolido, antes de hablar.

—Le ofrecí ayuda miles de veces —admite en voz baja—. Tengo compañeros buenísimos, trabajo con la mejor en divorcios contenciosos, es una maldita tiburona, se lo dije. Le dije que yo le pagaba los honorarios a Anaís a cambio de que le pidiera el divorcio.

—Pero no quiere… —agrego yo.

—¿Sabéis a cuantas mujeres he ayudado a salir de las garras de su agresor? —pregunta. No lo sé, pero también tengo claro que no busca una respuesta—. Pero no puedo ayudar a mi madre. No quiere.

Las lágrimas hacen acto de presencia y le limpio la primera con el pulgar. Isabel no quiere ayuda. Lo hemos intentado todos. No es fácil ponerse en su piel y entender el motivo que la mueve a no hacerlo, a no dar un paso al frente y salir de ahí. Ni por su hijo. Ni por su hija. Ni por ella.

Pero, lo que está claro, es que es su decisión. Nos guste o no.

—Me cansé de luchar por ella… pero no quiero que mi hermana sufra más. Así que, ante tu pregunta: no lo sé, Beka. No voy a decir que no importe, pero tiro la toalla, porque no puedo más.

Lo abrazo y le doy un beso en la cabeza. Él llora contra mi hombro. Beka me da un golpecito en la espalda y me hace un gesto de que se va. Supongo que nos quiere dejar a solas, pero también quiere que tengamos claro que, si la necesitamos, ahí estará.

—¿Te acuerdas cuando, de pequeños, me escapaba a tu casa cuando mi padre se ponía violento? —Él asiente. Yo suspiro—. ¿Y cuando, después, a ti te daban terrores nocturnos y te venías a la mía?

Repite el gesto.

—¿Quieres…?

Vuelve a asentir. Pega nuestras frentes.

—Pero no me puedo quedar. Tengo a Valen en casa… quizá no debería ni haber venido, pero necesitaba decírtelo.

—Puedo ir yo, si tú quieres —ofrezco—. O le podemos pedir a Beka que se acerque a dormir con tu hermana. Lo que tú prefieras. Sabes que todos estamos aquí para ti, Cris. Somos un equipo.

Se limpia las lágrimas, aunque no pierde la emoción en los ojos.

—Ya tengo la mochila lista —dice Beka sin más y sale con una de sus maletas—. Dame las llaves y yo me encargo de todo.

—¿En serio? —pregunta extrañado—. Beka, no…

—No te acostumbres, pero hoy lo necesitas, Cris. Deja que te cuidemos un poquito.

Se acerca y le da un beso en la mejilla. Sonrío cuando pone sus ojos sobre los míos, justo antes de soltar todo el aire.

—Vengaaaa, no me hagas que te ruegue.

Sonríe y se muerde el labio inferior, como si cometiera un pecado capital tan solo por mostrar un poco su parte humana. Se palpa el bolsillo derecho y se las ofrece.

—La del portal está rota, vas a tener que…

—¡Me las apañaré! —exclama con rapidez—. Adiós, pareja.

Sale de casa con un pequeño portazo. Sonrío, sin poder apartar la vista de la puerta cerrada. Conozco a Cris lo suficiente para saber que está a punto de romper a reír. Me complace darme cuenta de que no me equivoco. Cuando me mira, tiene el rostro algo más relajado.

—Pues parece que tenemos la noche para nosotros… —Elevo las cejas y él asiente—. ¡Voy a preparar palomitas!