Sin efecto retroactivo ¿Tú sabes lo que le pasa a estas dos?
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¿Tú sabes lo que le pasa a estas dos?

Hay pocas cosas más maravillosas que pasar la tarde al sol. O, al menos a mí, se me ocurren pocas más increíbles.

Me doy la vuelta en la toalla a la vez que hundo los dedos en la arena.

Vislumbro el libro que había metido en la bolsa antes de salir del bungalow con la esperanza de retomar su lectura, pero me siento tan bien, tan cómoda, tan a gusto aquí…

que lo único que quiero es no hacer nada. Mantener la mente en blanco.

Pero no puedo, porque las ideas, las dudas y las idas de olla me taladran los sentidos. Desbloqueo el móvil con un solo movimiento. No tengo nada. Ninguna notificación.

Pero da igual, me digo.

—¿No te apetece venir al agua?

La pregunta de Javi me hace pegar un salto en el sitio. Niego con la cabeza, confusa. Me aparto las gafas de sol y frunzo el ceño cuando la claridad me perturba.

—¿Me puedes repetir qué fue lo último que te dijo antes de desaparecer de la faz de la tierra? —le pregunto, creo que por décima vez. Javi sonríe y me hace un gesto para que le haga un hueco en la toalla.

—Me dijo que estaba bien. Eso es todo, peque, mi versión no va a cambiar —murmura—. Estará bien, solo…

—Da igual, no me hagas caso —intento quitarle importancia y le doy un golpe en el costado para que se vaya, pero él no se mueve. Al contrario, estira uno de los brazos encima de mis caderas y me acerca más a él.

—Dale tiempo, puede que esté…

—Confuso por lo que pasó ayer, vale. Lo entiendo.

Miento, no lo entiendo, pero finjo hacerlo. Tampoco tengo más opción. Desbloqueo de nuevo el móvil. Ni una puta notificación a pesar de que lo he llamado unas quince veces, al menos. Todas con el mismo resultado.

Tampoco vino a comer. Intento quitarle importancia a todo y me levanto.

Javi lo hace detrás de mí. Camino hacia la orilla.

Mis amigos están todos desperdigados. Sonrío al darme cuenta de que, sin querer, ocupamos la mitad de la playa entre unos y otros.

Valen juega con Beka y Nico al voleibol, mientras que Íñigo coquetea con una chica encima de una roca y Oliver trastea en su teléfono móvil. Nada extraño.

Javi se posiciona detrás de mí y me agarra por los brazos. Me da la sensación de que no es muy sincero conmigo. Creo que sabe algo que no me cuenta, pero no lo sé… y tengo que confiar en él, supongo. No me queda más opción que esa.

Busco a Noa con la mirada, no la veo. Me giro. Nada. Me preocupo, pero, casi al momento, veo su melena al viento en el paseo marítimo. No está sola. Javi sigue la dirección de mi mirada.

Discute con Elena de forma bastante evidente. Parpadeo.

—¿Tú sabes qué les pasa a esas dos? —me pregunta Javi.

Me encojo de hombros, porque, entre unas cosas y otras, no he tenido la conversación que debería haber mantenido con Noa. Me centré en otras gilipolleces que no requerían tanto mi atención. Me comporté de un modo egoísta. Chasqueo la lengua.

Noa gesticula mucho, nunca la había visto tan enfadada. Javi me aprieta más fuerte los brazos, no sé si es que no quiere que salga a tirar del pelo o que él mismo está en modo contención, para no hacerlo él.

Elena no dice nada. No se mueve. Como si asumiera la culpa de algo que desconocemos. Permanece así un rato hasta que, por algún motivo, Noa se acerca a ella, la agarra de la cintura y la besa.

La besa.

Hostia.

Abro mucho los ojos. Javi suelta un gemido de sorpresa.

¿Pero qué…?

—Venga ya, joder —se queja—. Todos. Todos vais a echar un polvo en el camping menos yo.

Me río y me muevo para soltarme de su agarre. Cuando me siento libre, me giro y tiro de él hacia el agua. Porque lo último que quiero es que Noa nos descubra aquí, mirando como pasmarotes.

Si quiere contarlo, ya lo hará.

Nos metemos en la batalla de voleibol marino que mantienen Beka y Valen, porque Nico tan solo observa.

Según él, es el árbitro. Yo me pongo con mi compañera de piso, que es tan mala como en los demás deportes.

Valen protesta al ver que, gracias a mí, el equipo empieza a remontar. Y, al final, les ganamos por un punto.

Noto que empieza a refrescar cuando la playa se vacía.

Sonrío, pero la sonrisa se me muere en el rostro al girar la cabeza y verlo ahí.

En la orilla. Javi sigue mi mirada y, cuando lo ve, respira hondo.

Me hace un gesto de asentimiento con la cabeza y sale del agua.

Pasa al lado de Cris, que va vestido por completo con unos pantalones y una camiseta.

Desentona bastante en este ambiente. Le da un golpe en el brazo y le dice algo al oído que provoca que Cris frunza el ceño.

Mi corazón se para por completo y vuelve a latir en el acto. Trago saliva. Él mira en mi dirección, como si todo lo demás le diera lo mismo.

Valen y Beka ya no están. O puede que sí, pero yo ya no las veo. Tampoco a Nico ni a ninguno de mis amigos. Todos mis sentidos se posicionan sobre él y las ganas que tengo de pegarle un puñetazo en la boca.

—¡¿Se puede saber dónde estabas?! —pregunto cuando llego a su altura. Le doy un golpe en el pecho que le deja la marca de mi mano empapada—. Joder, estaba preocupadísima…

—Ya… no me di cuenta del tiempo. —Baja la mirada—. Lo siento.

Me río con socarronería, porque en realidad llevo todo el día tan preocupada por él que mi mente había llegado a crear diez escenarios diferentes. Pero nunca llegué a imaginar este.

—¿Lo sientes? —pregunto. Él eleva la mirada y la clava en mis ojos—. Joder, vale, lo sientes… entonces ya está. Todo bien.

Paso por delante de él con la única idea de huir de ahí, pero me agarra por la muñeca y me paraliza. Respiro hondo, para controlar las lágrimas que amenazan con resbalarme por el rostro.

—Andy…

—No me jodas, Cris —lo freno—. Me alegra que estés bien, o vivo, porque bien no sé si estás, pero podrías haber escrito en algún momento. Si te arrepientes de lo que pasó ayer, no pasa nada. Lo dices y listo, pero no desapareces, ¿entiendes? Es muy cruel, joder, estaba…

Tira de mi muñeca y me acerca a él. Su calor me embauca por completo, y sé, a ciencia cierta, que le estoy empapando la camiseta. Junta sus labios con los míos. Las lágrimas brotan solas y me llenan el rostro.

—No me arrepiento de lo de ayer —murmura sobre mis labios—. Siento haberte hecho creer eso.

—Bueno, creí eso porque me colgabas el teléfono. Así que supuse que muerto en una cuneta no estarías…

Sonríe, triste, antes de asentir.

—No podía hablar.

—Pero podías, al menos, enviar un emoji con un puto ok , Cris. El emoji del dedito así para arriba en señal de afirmación, que lo odio, oye, pero para esto me parece útil. Un «no puedo hablar, pero estoy vivo, despreocúpate», pero en forma de emoji. ¡No era tan difícil!

—Lo siento… —Pega su frente a la mía.

Chasqueo la lengua y niego. Me aparto de él porque necesito espacio. Necesito respirar y verlo todo con perspectiva.

—No quiero que lo sientas, quiero que me prometas que no vas a volver a desaparecer así.

Me da igual el motivo, solo… quiero formar parte de lo que te pase, joder.

¿Es que no entiendes lo que ocurre? —pregunto molesta.

Las lágrimas ya han cobrado vida propia y me inundan el rostro por completo.

Él niega con un movimiento de cabeza—. Tú antes me contabas lo que te pasaba, porque éramos amigos, pero ahora… ahora…

Lloro. Las lágrimas no me permiten hablar. Me abraza y su cuerpo se tensa contra mi cuerpo.

—No tiene nada que ver con lo que pasó ayer entre nosotros, Andy. Esto es algo que tengo que arreglar solo. Y, vale, podría haberte dicho que estaba bien, error mío, pero… en realidad no lo estaba.

Su voz se entrecorta. Me aparto y lo miro. Con todo el cabreo, y el hecho de verlo aquí, entero, se me había olvidado que, tal vez, pudiera tener un motivo para desaparecer.

—¿Qué…?

—Tengo que hacerlo solo —me corta—. Necesito que respetes eso, porfa . Necesito…

—Claro. —Doy un paso atrás y me limpio las lágrimas de un manotazo—. Claro. No hay problema. Cuando termines de solucionar lo que sea que te esté afectando ahora, búscame. O no, no sé, cómo quieras.

Escapo de allí. Camino a zancadas hacia la toalla y la sacudo con una violencia tal que una nube de arena se eleva tras de mí. Por suerte, la playa ya está casi vacía y parece no haber afectado a nadie.

—Por cierto, te llamé por la mañana porque te tenía que contar algo. Y yo no quiero alejarte por completo de mí —digo, todavía con las emociones a flor de piel—. Me han dicho que sí para el trabajo. Si quiero, el puesto es mío.

Él abre mucho los ojos. No sé si se alegra o no, porque no le doy tiempo a responder.

No me visto. Me paso la toalla por encima de los hombros y salgo de ahí. Necesito huir. Necesito desaparecer.

Tan pronto entro en el bungalow , suelto todo el aire y me dejo caer de espaldas contra la puerta. Y siento la necesidad de responder que sí, que acepto el trabajo. Pero no lo hago, porque soy incapaz de mover los dedos por el teclado. Y porque tampoco tengo claro que sea lo correcto.

Porque un sueño cumplido no debe producirte este fuerte pinchazo en el estómago… ¿verdad?