Hagas lo que hagas. ponte bragas
«Si lo quieres, es tuyo».
Releo la última parte del mensaje una y otra vez. Sin parar. En bucle. Ignoro el resto, porque lo único que me importa es eso.
El corazón me galopa en el pecho.
Es mío. Si lo quiero, es mío. ¿Si lo quiero?
Hostia, claro que lo quiero. Quiero responder, los dedos me pican por hacerlo.
¿Y si encuentran a alguien mejor preparado que yo antes de que yo les diga que sí?
¿Y por qué iban a encontrar a alguien mejor que yo?
¿No soy la mejor para ese puesto? Lo soy, joder, lo soy.
Hiperventilo. Me tiro hacia atrás en la cama.
Hemos decidido salir a comer a una tapería de la que nos han hablado genial. Yo hace tanto que no hago vida por aquí, que me siento un poco perdida. Antes, quiero pasar por la casa de mi madre, así que aproveché para escabullirme a la ducha y vestirme con tiempo suficiente para pasarme por su casa.
Pero, justo cuando estaba a punto de salir del bungalow , una notificación del correo electrónico se interpuso entre la puerta y yo.
Es mío. Si lo quiero es mío. ¡Joder!
—Dime que estarás allí a las dos, Andy —me dice Beka, que entra en la habitación con el cuerpo cubierto por una toalla—. Tenemos una reserva.
—Reserva… —repito.
—Sí, a las dos.
—Dos…
Cojo aire y lo suelto. La miro, aunque sin procesar ni sus palabras ni sus actos. Se quita la toalla, está en pelotas y le da igual. Tampoco es que yo me vaya a espantar.
—¿Estás repitiendo todo lo que te digo por algo?
Se pone la ropa interior antes de que yo pueda hablar. Parece que he perdido esa capacidad.
—No… sí. Beka, creo que me acaban de dar el puesto de trabajo.
—Hostia… ¿cómo qué lo crees?
Camina a gatas por la cama hasta llegar a mi altura y me arranca el móvil de las manos.
—«Estamos encantados de abrirte las puertas a nuestra empresa» —lee en voz alta—. «Si lo quieres, el puesto es tuyo». ¡Que si lo quieres es tuyo! Nena, es tuyo.
—Sí, en ese bucle estoy ahora mismo. Tía, ¿es real? ¿Puedo llorar?
—A lágrima viva —me dice divertida.
Noa da un par de toques en la puerta y Beka se levanta, como si tuviera un resorte en el trasero, y le abre para que acceda.
—Tápate, mujer —le dice. A Beka le da igual, claro, porque conozco a pocas personas con menos vergüenza que ella—. ¿Me podéis contar qué pasa?
—Esto. —Le empujo el móvil contra el pecho. Ella trastabilla un momento hasta que lo lee.
—¡Es tuyo!
Es mío, sí. ¡Joder! Me río y echo la cabeza hacia atrás. Por primera vez en mucho tiempo, siento una paz muy inusual. Algo que hacía mucho que no sentía.
—Pero… ¿dónde vas a trabajar?
Buena pregunta. No me importó lo más mínimo cuando me llamaron. En realidad, di tanto por hecho que sería imposible que todo me dio igual.
—Supongo que en la sede, claro…
—Eso queda lejos de casa… ¿me vas a abandonar?
Hace un puchero, que es más teatro que otra cosa, lo sé, pero también sé que le jode que todo cambie. Porque juntas estamos bien. Aunque, tal vez, y solo tal vez, nos haya llegado el momento de madurar y crecer.
—Aún ni sé si voy a aceptar.
Miento, o no, ¡no lo sé! Noa me da un golpe en el hombro.
—No seas idiota, si nosotras seguiremos en contacto igual. —Regaña a Beka con la mirada—. Aquí lo importante eres tú. Es una buena oportunidad, chiqui, piénsalo bien.
Les doy un abrazo de mamá osa antes de romper a llorar.
—Dime que Cris no lo sabe —me pide Beka. Me aparto y la miro antes de negar—. ¡Toma ya! Por primera vez sabemos algo que él desconoce sobre ti.
Me río entre las lágrimas, que me limpio con un movimiento rápido, y les prometo que a las dos estaré en el restaurante.
Antes de salir, busco el número de teléfono de Cris y pulso la tecla de llamada. A los tres tonos, cuelga.
Mucha gente es feliz cuando vuelve a casa de sus padres y entra en su cuarto, tan desordenado como lo dejó el día en que se fue. Con la cama mal hecha, con los pósteres colgados en la pared y los libros del instituto desperdigados.
Cuando me fui a vivir a Santiago con Beka, le pedí a mi madre que aprovechara esa habitación para lo que le diera la gana.
Hoy tiene un cuarto para planchar que, aunque yo no le veo ni uso ni disfrute, se ve que ella sí, porque, cuando llego a casa, está allí metida.
Canta a Rosario Flores a todo pulmón con la plancha en la mano.
—Uy, qué susto, hija. —Se lleva la que tiene libre al pecho y se gira hacia mí.
Porque, sí, crecer en una aldea es saber que las puertas no se cierran nunca y que, a pesar de eso, el índice de robos es mínimo.
Pocas veces tuve que usar mi juego de llaves para entrar a la casa de mi madre, tan solo cuando ella no está en casa o cuando pasan de las ocho y media de la noche, justo cuando comienza el rosco de Pasapalabra.
En ese momento, mi madre decide que es de noche y que no se le pierde nada fuera de estas cuatro paredes.
—Yo también me alegro mucho de verte, mamá —bromeo. Ella sonríe, desenchufa la plancha y camina hacia mí. Me achucha del modo en que lo hace siempre, con un cariño innato. Como solo lo haría una madre, de esas que te quieren de forma incondicional. Por desgracia, no todas lo hacen.
—Estás tan guapa… —murmura sobre mi pelo. Yo sonrío en el acto—. Cada día te pareces más a…
La callo con un movimiento de mano. Soy igual que el dueño del esperma al que me niego a llamar padre, lo sé, pero su versión muy mejorada. Hace años que me miro al espejo y no lo veo a él, y eso es lo que importa.
—Tienes razón, tú eres mucho más guapa.
Lo soy. Más guapa y bastante mejor persona. Sonrío satisfecha y ella me coloca bien el pelo. No sé cómo hacen las madres que da igual que te hayas pasado cuatro horas peinándote delante del espejo, siempre te encuentran algún mechón fuera de su sitio.
—¿Hasta cuándo os quedáis?
—Hasta mañana —respondo sin más.
Camino tras ella hasta el salón. Me invita a un café y, pese a que sé que no es lo más correcto, porque ya tengo los nervios en la garganta, asiento, porque no le quiero decir que no a nada.
Prepara el café y lo pone al fuego.
—¡Hola, mamá! Te traigo los pimientos para la empanada.
La voz de mi hermana. Me giro en el acto y su cara de sorpresa me lo da todo. Está guapísima.
—Fíjate lo gorda que está, y eso que es su primer embarazo —me dice a mí.
Mi madre es de la vieja escuela, de las que dicen que en ciertos embarazos engordas más que en otros y que, si la barriga está baja, es niño… ¿o es niña? Ni idea…
—¿Yo te digo si estás gorda o delgada, mamá? —protesta, aunque no parece para nada molesta, en realidad—. A tu nieta le pienso enseñar que no se opina de cuerpos ajenos.
—¿Sabemos que es niña? —pregunto ilusionada.
—Qué va a ser niña, es niño. Mira esa barriga.
Lo que yo decía.
—Barriga puntiaguda y baja, como una pelota de baloncesto… niño.
—Claro, la niña viene con una pelota de pilates debajo del brazo, no te jode…
—O con la barra de labios.
Mi hermana se ríe y asiente, divertida.
—¿Sabes que ya te escucha hablar, Paula? Va a salir diciendo unas palabras preciosas.
Ella le quita importancia con un movimiento de mano y se acerca a la mesa, para dejar la bolsa con los pimientos. Después se sienta a mi lado.
Beth y Paula, desde que se casaron, viven en Vilagarcía, a siete kilómetros de la casa de mi madre, y me consta que se pasan más tiempo aquí que en la suya propia. Mi madre se queja… como si le molestara.
—¿Por qué no sabía que estarías aquí?
—Porque quería que fuera una sorpresa.
—¿Te preparo una infusión? —le pregunta a mi hermana. Ella niega.
Apaga el fuego y espera a que la cafetera italiana termine antes de sacar dos tazas de una colección antigua y ya descatalogada de Sargadelos. Dos tazas comidas por los lavados, por el sol y por los años, pero que son la representación de mi casa. Y me encanta.
—Oye, Andy, ¿y la pequeña de Isabel? Dicen que está en Santiago con su hermano.
Dicen, dicen, dicen. La gente dice mucho. Y yo odio que la gente diga cosas.
—Sí, lleva todo el verano con Cris.
Mi madre asiente y me sirve el café. Me lo tomo solo, que me vendrá genial para los nervios. Nótese el sarcasmo, por favor y gracias.
—Bueno, allí está mejor —dice sin más—. Su padre es un cavernícola.
Me guardo el «no es su padre» porque, legalmente, se acerca bastante a serlo, ya que es el marido de su madre, y decido escuchar lo que me tenga que contar.
Por desgracia, nada de lo que me dice me sorprende en absoluto.
Miguel Ángel está descontrolado e Isabel no le pone límites.
Su fuerte adicción a las pastillas y al alcohol no la ayudan demasiado.
—Ese tío es un imbécil —escupe mi hermana después de un rato de escucha—. Hace un par de meses, Beth llamó a la policía porque el tipo estaba todo borracho delante de su casa, pegando gritos. Pero como Isabel no quiere denunciar…
—La policía sabe lo que hay.
—Todo el puto pueblo lo sabe.
—¡Paula! —la regaña mi madre. Paula la observa, confusa—. El niño.
—Niiiiiña —la corrige, alargando mucho la letra «i». Se gira hacia mí y me guiña un ojo.
—Isabel está consumida, yo hablo muchas veces con ella y le cuento cosas de vuestro padre.
—El donante de semen, querrás decir —corrige Paula.
Yo levanto la mano y ella me la choca en el acto. Mi madre resopla antes de seguir.
—Lo que queráis, le cuento cosas para que se dé cuenta de que ella pasa por una situación similar, pero creo que no es consciente. O sí, pero prefiere no mirar hacia ahí. No lo sé, niñas.
—Tú fuiste capaz de romper con el cabronazo. Fue duro, pero lo hiciste, por eso eres nuestra heroína.
Esas palabras salen de la boca de Paula, pero podrían salir de la mía perfectamente, porque el sentimiento es el mismo. A mi madre se le anegan los ojos de lágrimas y yo me levanto para achucharla.
—Date por abrazada por esta parte de la familia también, que me pesa el culo una barbaridad.
—Y eso que estás de pocos meses —aporto divertida, para quitarle hierro a la situación. Mi madre se ríe entre las lágrimas y se las limpia de un manotazo rápido.
Yo hago el mismo gesto que ella cuando lloro, tal cual, para que luego diga que me parezco al donante de esperma.
—Yo que sé ya, hija, creo que aquí vienen trillizos…
Me hablan de todos. Me comparten cotilleos y anécdotas a las que yo no puedo aportar nada, porque vivir en la ciudad es lo que tiene: no te enteras de nada. Si me apuras, yo ni conozco a mis vecinos. Qué pena más grande, ¿no?
—¿Y tú qué, enana? —me reta mi hermana—. ¿Alguna novedad?
— Sip .
Acaba de llegar mi momento. Cojo aire y lo suelto poco a poco.
Me gano las miradas de las dos mujeres más importantes de mi vida; porque, sí, Beka y Noa serán mis más mejores amigas, pero Paula y mamá son mis más mejores regalos de la vida.
Las mujeres que me impulsan desde el primer día y que nunca me fallan.
—Puesssss —comienzo, nerviosa—. ¿Recuerdas que te pedí que Beth intercediera un poquito por mí en el IGEMA?
—Paula asiente, con obviedad, y mamá me mira, extrañada—.
Me hicieron una entrevista hace un tiempo, fue todo por teléfono y tenía una resaca de la hostia.
No es que suela beber mucho —me apresuro a añadir en dirección a mi madre, que tiene el ceño fruncido—, el tema es que…
me acaban de decir que, si quiero, el puesto es mío.
Mi madre echa la taza hacia atrás y da un golpe sobre la mesa. Paula me observa con los ojos muy abiertos.
—¿Y quieres? —Esa pregunta la formula Paula, pero sé que mi madre tiene la misma duda.
Respiro hondo.
—Creo que sí —admito con rapidez—. Aunque estoy acojonada. De camino aquí he calculado la distancia que hay desde Santiago… y supera la hora.
—Beth trabaja allí, igual conoce a alguien para que puedas compartir coche…
—Tal vez… no lo sé.
—Haz una lista de pros y contras… y después decides. Pero ya sabes que, hagas lo hagas…
—Ponte bragas —completo por ella.
No necesito que diga nada más porque ya lo entiendo todo. Haga lo que haga… ellas me van a apoyar. Como siempre. Mi círculo de apoyo favorito.
Hablamos un rato largo más, ya de trivialidades, y cuando me doy cuenta faltan diez minutos para las dos. Me despido y, tan pronto pongo un pie fuera, vuelvo a intentar llamar a Cris por teléfono. Cuelga de nuevo a los cuatro tonos.
No entiendo nada.