Aquí y ahora
He pasado los últimos años preparándome para vivir situaciones de alta presión, pero ningún examen me preparó para esto.
La observo sin poder pestañear. Aquí está, a mi lado.
La misma persona que, con diez años, me convenció —mediante coacción y una oferta de caramelos que nunca llegó a cumplir— de que saltar desde el muro del jardín era una buena idea.
Y sí, terminamos en urgencias; yo con tres puntos en la rodilla y ella con una sonrisa de victoria que, a día de hoy, todavía me pone todos los pelos de punta.
Es irracional. Mi mente me grita que estar despierto a las siete menos cuarto de la mañana de un domingo es un hecho casi denunciable, pero soy incapaz de volver a cerrar los ojos.
No puedo dejar de mirarla. Es ella… y esto es real.
No forma parte de uno de los tantos sueños que he tenido durante los últimos años. Ha pasado.
Me quedo inmóvil, analizo su gesto apoyado contra la almohada. Ese pequeño lunar cerca de la oreja que me conozco más que de memoria, y en el que me perdí ayer, una y otra vez, porque esa era la prueba constante de que era ella. De que era Andy de verdad.
Se mueve entre mis brazos. Un ligero cambio de postura que me obliga a cambiar de estrategia, porque si ella se despierta y me pilla mirándola así, con esta cara de haber perdido por completo el juicio, mi reputación quedará invalidada para siempre.
Aunque, para ser honesto… me da igual.
—Buenos días…
Arrastra las palabras. Abre los ojos despacio, a cámara lenta. La luz que se cuela por la persiana medio abierta le hace fruncir el ceño. Sonrío.
—Buenos días —respondo con la voz medio rota por la mezcla de emoción y cansancio que arrastro ahora mismo.
—¿Qué hora es?
—No son ni las siete.
Y lo sé por el reloj que hay sobre la mesita de esta habitación, no porque me haya molestado en girarme y mirar la hora en mi teléfono móvil. O en el reloj que tengo secuestrado por ella, ahora mismo.
—Joder… —se queja y se gira sobre sí misma hacia el otro lado, regalándome una primera plana de su trasero desnudo que consigue que toda la sangre se me posicione en el mismo punto del cuerpo—. Es muy temprano.
Mis ojos se detienen en la simetría perfecta de sus hoyuelos de Venus, dos depresiones anatómicas que parecen los puntos de anclaje de mi universo. Justo ahí, en ese punto exacto, descansa el tatuaje.
Estiro la mano con lentitud y comienzo a dibujar con la yema del dedo el contorno de las palabras. Sigo el rastro de la tinta, como si necesitara grabar cada trazo en mi memoria táctil.
«Aquí y ahora», con una tipografía que reconozco a la perfección. El corazón se me paraliza. Justo cuando ella se revuelve por mi contacto y se gira hasta que clava sus ojos en los míos.
—¿Cuánto tiempo hace que llevas eso en la piel?
La voz me sale amortiguada, torpe, extraña. Ella suspira y se encoge de hombros.
—No sé, fue unos años después de romper con Miguel —murmura. Pega la espalda a la cama—. Pensaba que todo… se había roto para siempre. En mí.
—Te dejó porque no estabas preparada para dar un paso más en vuestra relación…
Ella asiente. Recuerdo esa conversación. Estábamos en primer año de carrera. Yo estudiaba en Santiago; ella, en Vigo, y nos veíamos lo justo. Miguel era el hermano de una de sus mejores amigas por aquella época, dos años mayor.
—Qué bonito dices que no quería follar con él —dice divertida. Presiono los labios para evitar que la sonrisa aflore de ellos—, pero sí. No me sentía lista y me dejó. Nunca pensé en ceder, pero lo pasé mal.
—Y viniste a verme a Santiago…
Me acuerdo de ese fin de semana. Se quedó en la casa que compartía con dos compañeros más, le dejé mi cama durante esos días, aunque lo único que deseaba era dormir con ella entre mis brazos y decirle que todo se iba a solucionar.
Dejarle claro que ella no era el problema, porque, si alguien te quiere, no necesita ningún tipo de demostración.
Yo la quería con todo mi ser y habría dado cualquier cosa porque ella se diera cuenta.
—¿No te acuerdas de esa nota? —Parpadeo y niego—. El lunes por la mañana, antes de irte para la facultad, me la dejaste pegada a la puerta de tu habitación. Solo ponía eso: «aquí y ahora».
Trago saliva. Lo recuerdo, sí, pero no me acordaba de cuáles habían sido mis palabras… ni tampoco me imaginaba que para ella pudieran haber llegado a significar tanto.
—Para mí es la demostración de que el presente es un puto regalo del universo —dice somnolienta—. Llevo la nota conmigo en la cartera desde ese día.
El corazón se me para. Ella se da cuenta, lo sé porque extiende la mano hasta mi pecho y me sonríe de medio lado.
—Así que me lo tatué. No recuerdo cuándo… ¿hace cuatro años? Ni idea.
—Es mi letra…
— Sip —responde resolutiva. Se levanta sobre su brazo derecho y me da un pequeño beso en los labios. Diminuto. Al que soy incapaz de responder porque estoy en shock —. ¿Te molesta?
—¿Estás de broma?
La emoción no me cabe en el pecho ahora mismo. ¿Cómo me va a molestar?
—Es lo más bonito que nadie ha hecho por mí en la vida —digo con sinceridad—. Llevas mi puta letra en la piel, Andy.
—¿Acabas de decir «puta»? —pregunta extrañada.
Me río y asiento.
—¿De verdad? Creo que es la primera vez que te escucho decir algo así. ¿Estás bien? ¿Tienes fiebre?
Me acerca la mano a la frente y yo aprovecho su movimiento para tirarla sobre mí. Llevo enamorado de Andy desde los dieciséis años. Siempre supe que yo para ella era importante, que era una pieza clave de su vida, pero ¿como para llevarme grabado en la piel?
Ataco su boca con devoción, con cero contención, con ganas.
He ganado muchos casos en mi carrera, pero este es el primer acuerdo que no pienso renegociar jamás.
Durante los siguientes minutos, u horas, no estoy seguro, todo son besos, gemidos y piel. Mucha piel. Porque quiero grabarme en la mente las palabras que ella lleva tatuadas en la parte baja de su espalda. Todo es el aquí y ahora. El puto aquí y ahora.
Cuando terminamos el segundo asalto, ella se tira hacia atrás y me deja claro que, sin un café, no puede continuar.
Me río y asiento, aunque yo sé que podría hacerlo con ella toda mi vida sin parar.
En bucle. Porque es lo mejor que me ha pasado.
Y todo lo que deseo desde que era un adolescente hormonado y gilipollas.
Pero acepto. La empujo contra mi pecho y le doy un beso en la cabeza antes de levantarme directo hacia el único —y diminuto— baño de este bungalow .
Me doy una ducha exprés, porque las ganas que tengo de volver a sus brazos son inhumanas. Me vuelvo a poner la misma ropa y, cuando salgo, me doy cuenta de que ya no está. En su lugar me espera Javi, con los brazos cruzados sobre el pecho y con un gesto divertido.
—¿Lo siento? —pregunto.
Él suelta una carcajada y niega.
—Ni de puta coña lo sientes, chaval —brama—. Creo que fue la primera vez en mi vida que dormí encantado en el sofá. El alcohol también ayudó bastante.
Aprieto los labios y suspiro.
—¿Se fue? —Asiente. Camina hacia mí y me da un par de golpes en la espalda.
—Pero no me pareció arrepentida, ¿sabes? Creo que es importante que lo sepas, porque nos conocemos.
—Y la conocemos a ella también… —murmuro.
Javi aprieta los labios.
—No recuerdo ningún momento de amistad en que no estuvieras enamorado de ella, tío. Disfruta de esto, deja de pensar en qué pasará mañana, si saldrá bien o si será una cagada… por favor, deja de darle vueltas a esa cabeza de chorlito y disfruta.
—Hasta ahora todas mis relaciones salieron mal. Las tuyas también.
—Claro, porque sino estaríamos emparejados y seríamos infelices —bromea—. Todas salen mal hasta que una sale bien. Y tu «una» puede ser Andy. De hecho, estoy convencido de que es ella.
Entreabro los labios para responder, pero no puedo, porque la puerta del bungalow se abre y deja a la vista al más grande de mis amigos… en todos los sentidos.
—¡Aquí llegó la party !
Parpadeo para enfocar a Oliver, con la camiseta a modo de bufanda y el torso al aire, claro.
—¿No…? —comienzo.
—Shhhhh —me chista—. La party se va a dormir. Nas noches, chavales.
Se tira de cabeza en el sofá y desaparece del mundo.
Javi me empuja hasta la zona de la cocina y me pone un café delante que me hace tremendamente feliz. Un café cargado que me devuelve, poco a poco, la vida. La puerta se abre de nuevo y, por ella, aparece un Nico a medio vestir, con el pelo de punta y el gesto descompuesto.
—¿Ups?
—Otro que pregunta idioteces —se queja Javi—. Tú no lo sientes igual que este tampoco lo sintió. ¿Soy el único que no mojó anoche?
—Íñigo juraría que tampoco, porque cayó rendido en el sofá de las chicas y ahí sigue. En la misma posición —bromea Nico.
Entra y se pone la camiseta antes de dejarse caer a mi lado. Se deja caer en el sentido más literal de la palabra, como un saco de patatas. Gruñe a la vez que apoya la cabeza sobre la mesa.
—Esto tiene que parar… —murmura.
—Nos vas a tener que poner un poco más al día, chaval —dice Javi, a la vez que le ofrece otra taza del elixir de la vida.
Nico eleva la mirada y lo observa. Después me mira a mí.
—Es complicado de explicar… —murmura.
—Mientras no estés liado con mi hermana, todo me va a parecer bien —lo relajo. Le doy un trago a mi taza de café. Él se tensa, lo que hace que se me acelere el corazón.
—¿Cómo voy a estar liado con tu hermana? ¿Estás mal de la cabeza? —exclama. Respiro—. En realidad, no estoy liado con nadie, creo. Solo fueron un par de veces tontas.
—Joder, acabas de definir lo que significa estar liados.
Elevo la taza hacia Javi en señal de conformidad. Nico chista la lengua.
—No, a ver… fueron unas ¿tres veces? —pregunta. Parpadea, dudoso. Supongo que no espera que respondamos nosotros a su duda—. Cinco…
—Estáis liados, tío —le dice Javi, a la vez que apoya una de sus manos sobre su hombro derecho.
—Lo apoyo —confirmo.
—Pues es una liada gorda, joder. Es que ni siquiera me gusta.
—Pues es bien mona —aporta Javi.
—¿De quién hablamos? —pregunto.
—No tengo ni idea, pero me imagino que no se habrá liado con alguien que le parezca feo. Y menos cinco veces. Ergo, para él será mona.
—O mono —aporta Oliver desde el sofá. Nico frunce el ceño y nos mira a ambos, confundido, supongo que se acaba de enterar de que tenemos a un amigo agonizante en el sofá.
Mi móvil vibra encima de la mesa. Ni siquiera recordaba haberlo traído hasta aquí. Dirijo una mirada rápida a la pantalla y, al ver el nombre de la persona en la notificación, todo lo demás desaparece. Las voces de mis amigos, el aroma del café recién hecho y el ir y venir de las olas. Todo.
El corazón se me paraliza y me vuelve a latir al momento, a toda velocidad. Lo desbloqueo y entro en su conversación.
Mamá:
Tenemos que hablar
Es importante
Presiono los labios y cierro los ojos con fuerza. Me termino el café antes de levantarme para fregar la taza. Siento los ojos de Javi en el cogote, pero decido ignorarlos. Del mismo modo, ya no soy capaz de escucharlos.
—¿Está todo bien, tío? —me pregunta cuando me giro. Le dedico una sonrisa antes de asentir.
No puedo decir nada más porque necesito salir de ahí. Necesito que me dé el aire.
Y permito que me llene los pulmones antes de subirme dentro del coche y conducir hasta la casa de mi madre.