Sin efecto retroactivo Sin efecto retroactivo #2
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Sin efecto retroactivo #2

Quiero decir mucho más y, a la vez, siento que cualquier cosa que diga carece de importancia. Meto una mano dentro de su bóxer y le agarro el culo. Él se tira sobre mí como respuesta. Me besa con vehemencia, baja la mano por mis caderas y enreda una de ellas en el elástico de mis bragas.

Arqueo la espalda para desabrocharme el sujetador y él observa mis movimientos. Cuando dejo caer la prenda, aprovecha la poca luz que entra desde fuera para mirarme.

—Sin efecto retroactivo —le digo.

Él sonríe y niega con la cabeza.

—Dudo que eso sea posible, Andy… nuestra amistad se acaba de ir a la mierda.

Me río y aprovecho la situación para tomar yo el control y me siento a horcajadas sobre él.

—Tampoco éramos tan íntimos —cito a Mónica de Friends . Él se ríe y asiente.

—Apenas…

Su sonrisa, esa que sé que es para mí, se hace más profunda en su rostro. Quiero esto, lo tengo clarísimo.

Porque, ni en el mejor de mis sueños, me lo habría podido llegar a imaginar.

Acerco mis labios a los suyos y lo beso. Le muerdo el labio inferior y él gruñe sobre los míos. Me aparto un momento solo para bajarle los calzoncillos y tirarlos al suelo, sin orden ni lógica.

Presiono los labios, porque no quiero mirar y que todo se rompa, pero, a la vez, es lo que más deseo. Él se da cuenta de mis dudas y estira la mano para acercarme a él. Me tira de nuevo contra su pecho. Me besa y lleva las manos a la única prenda que me tapa el cuerpo. La única que nos separa.

—Tenemos toda la vida —murmura—. Puedes pararme ahora mismo. O no. Lo que tú quieras.

—O lo que quieras tú —respondo—. Estás muy preocupado por mí, pero igual el que no quieres eres tú.

No responde. Me observa en silencio durante un rato, estira la mano hasta mi rostro y lo dibuja completo. Pasa por mis mejillas, por mis labios y baja hasta el cuello.

—Llevo esperando unos siete años, Andy…

Mi corazón se salta un latido al escucharlo. Y en ese momento sé, con total seguridad, que es posible que termine por explotar en sus brazos… y ni eso me importaría lo más mínimo.

Me besa, enreda su lengua con la mía en un pulso incansable de deseo y ganas.

Lleva la mano a mi espalda y toma el control.

Me hace girar sobre la cama. Casi parece una lucha para ver quién consigue mantener el control durante más tiempo.

Sonrío y puedo sentir la pequeña vibración de sus labios sobre los míos.

Desciende por mi cuerpo. Despacio. Baja por mi cuello, el contraste entre el aliento cálido y la piel sensible me dispara un escalofrío inmediato que se posiciona en mi zona más sensible.

Se desliza hasta detrás de mi oreja izquierda y me deja un reguero de besos eléctricos.

Recorre mis clavículas a la vez que acaricia la parte interna de mi muñeca izquierda y me toca el pulso. Me cuesta respirar.

Se aventura hacia mis pechos y los delinea con una de las manos, para después pasar a regarlos de besos húmedos. Se introduce uno de mis pezones en la boca y juega con él, sin dejar de mirarme en ningún momento, como si necesitara tener claro que todo me parece bien. Que estoy de acuerdo.

No puedo estar más de acuerdo con todo. Ni más en el cielo.

Encuentra el camino hasta la única prenda que me acaricia el cuerpo y la hace descender, despacio, hasta mis tobillos. La acompaña, en todo momento, como si necesitara asegurarse de que cada pedazo de piel que toca con ella, se altera ante su contacto.

La tira al suelo y me mira. Me siento extraña, porque reconozco esa mirada pese a no haberla visto jamás. Es una mirada oscura, cargada de deseo.

—Eres perfecta… —murmura.

Lo escucho sin ninguna interferencia y algo me explota en el pecho.

Rehace el camino hacia arriba, esta vez a base de caricias.

Comienza en el dedo gordo del pie y prosigue con su ascenso.

Dibuja una estela hasta la parte interna de mis muslos, una vez que llega, se acerca un poco más a mi zona más sensible y, sin pedirme permiso esta vez, hunde la boca en mi centro.

Busca mi mano a tientas y entrelaza nuestros dedos en un acto de intimidad que me provoca un vuelco en el estómago.

Me muerdo los labios para no gemir. Succiona, besa, presiona.

Me retuerzo encima de la cama y le aprieto la mano que me mantiene agarrada.

Dirijo la otra a su cabeza y hundo los dedos entre su pelo. Tiro de él.

—Estás… —murmura sin apenas separarse de mí.

Gimo al sentir el contacto de su aliento y puedo escuchar su sonrisa. Da un miedo atroz decirlo, pero sí, puedo escuchar su puta sonrisa. Trepa hasta mis labios y me besa con un deseo casi animal.

—¿Qué estoy? —pregunto casi sin voz. Porque no puedo, porque me cuesta, porque es casi imposible que salga algo coherente de mis cuerdas vocales.

—Mucho más deliciosa de lo que mi mente se había llegado a imaginar.

Todo en mí se contrae. Arqueo la espalda y lo beso, porque lo necesito, y él me responde del mismo modo. Noto como pelea con algo, que supongo que será el protector del preservativo. Se desespera, se aparta y lo rasga con violencia. Sonrío por la urgencia, que es más que compartida.

Se lo pone a tientas y, antes de entrar dentro de mí, clava los ojos en los míos.

—Me parece bien.

Mi voz está rotísima por el deseo. Creo que las palabras sobran, pero sé que él las necesita. Necesita asegurarse de que todo está bien entre nosotros, que yo estoy cómoda y que nada de lo que pase aquí nos va a dañar. Y si él lo necesita, a mí me parece bien dárselo.

En un movimiento, se hunde dentro de mí y yo pierdo la noción de la realidad.

Se mueve despacio, como si necesitara afianzar el terreno, con temor a hacerme daño.

Le agarro el culo con ambas manos, y entiende la señal, porque acelera los movimientos.

Desciende por mi cuello y me besa en el punto sensible que me hace gritar de placer.

Me olvido de dónde estamos, todo pasa a un segundo plano, como siempre que estoy con él. Me centro solo en las sensaciones que me produce esto que compartimos.

El placer asciende en oleadas por todo mi cuerpo. Las embestidas son más constantes, vibrantes e intensas; hasta que todo eclosiona y se vuelve difuso, pero maravilloso a la vez. Él también se deja ir. Me besa y me abraza.

—Te quiero —murmuro.

Sonríe antes de dejar caer la cabeza en la curva de mi cuello.

—Y yo a ti, Andy.

Y, tras eso, en algún momento nos quedamos dormidos.