Sin efecto retroactivo Sin efecto retroactivo
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Sin efecto retroactivo

Nuestros labios bailan al ritmo de la música que todavía resuena a nuestro alrededor, y, por un segundo, todo lo demás desaparece.

No pienso en que somos Cris y Andy, ni tampoco en dónde estamos ahora mismo.

Solo en la cercanía, en las ganas que me encienden la piel y cada uno de los recovecos de mi cuerpo.

Su boca me busca, me implora, como si tuviera claro qué es lo que quiero. Y cómo.

—Uhhh —exclama Beka a nuestro lado.

Me separo un mínimo de él y la miro. Entre avergonzada, confusa y divertida. Me muerdo el labio inferior.

—¿Quién lo dudaba? —pregunta.

—Yo no —expone Javi—. ¿Y tú?

Esa pregunta va dirigida a Noa, que se ríe de forma escandalosa. Cris me pasa un brazo alrededor de la cintura como si necesitara dejarme claro que, aunque nos hayan pillado, en efecto le da lo mismo.

—¡Yo ya lo sabía! Es decir, nadie me lo dijo, pero…

—Yo lo sabía porque me lo contaron —dice Javi, resolutivo—. Pero, vamos, que lo habría adivinado igual.

—Espera ahí —lo frena Beka—. ¿Te lo contaron? Andy, tía… ¿soy la tercera? El primero siempre es Cris, ¿el segundo Javi? ¡Pensé que era yo!

—Soy yo. Recuerda que a mí me contó lo de su posibilidad de embarazo y a ti no —aporta Noa.

Yo miro de uno a otro, hasta que Cris me agarra de la mano y tira de mí hacia fuera de su campo de visión.

Del de todos. Hablan, chillan y bromean, pero yo ya no puedo escucharlos porque tengo todos mis sentidos puestos sobre él y sobre sus labios, que me besan como si temiera perder el tiempo.

Entre besos, llegamos a la zona de los bungalows.

Sus manos bajan a mis caderas y me aprietan contra su cuerpo. Es algo sutil, no es dominante. Nada con él lo es, es como si me quisiera dejar claro que no hay punto de no retorno, que solo necesito darle un empujón para sacármelo de encima con un solo movimiento.

No necesito que me dé opción, porque todo lo que quiero, ahora mismo, es a él.

Bajo las manos por su espalda, me pierdo en el movimiento de sus músculos debajo de la camiseta. Me aprisiona contra la pared del bungalow y me devora con ansias, como si llevara años esperando esto, como si lo deseara con su vida entera. O así, al menos, lo siento yo.

—No se callaban… —murmura sobre mis labios—. Y, no sé a ti, pero a mí no me interesa escucharlos.

Respiro su nombre sin decirlo, dejo que el momento me atraviese, que me robe el equilibrio. Y tiro de él hacia el interior. Lo hago sin pensar. Me dejo llevar por completo por las emociones, por él, por lo que siento ahora mismo, por lo que necesito.

Él me sigue. Sé que lo hace en automático, sin pensar en nada ni en nadie.

Cuando intento abrir la puerta, me doy cuenta de que está cerrada y me río sobre sus labios.

Nuestras bocas vibran, una sobre la otra, pero, antes de que el aura se rompa, él me muestra la llave del suyo, con una sonrisa que me muero por borrarle a besos.

Corremos hacia allí como si el tiempo nos quemara las plantas de los pies, o las ganas nos consumieran las entrañas. Lo beso en la entrada y no dejo de hacerlo hasta que accedemos a su habitación. No me fijo en nada, ya que apenas entra algo de luz.

Él me empuja contra la puerta con urgencia, con necesidad. Su calor me envuelve y reclama cada centímetro de piel que nos separa.

Sé que tengo opción, pero ya no me deja la puerta tan abierta como otras veces. No de forma tan evidente. Baja las manos hasta mis caderas y puedo notar como todo sobra. Todo quema. Todo lo que no seamos nosotros dos, en esencia, debería desaparecer.

Quiero tocarlo. Quiero tenerlo solo para mí. Lo necesito.

Su boca se aparta de la mía y dibuja el camino perfecto de besos húmedos por mi mentón para perderse en un punto en concreto de mi cuello que me hace gemir. Esto es como un déjà vu , con la diferencia de que, esta vez, no hay madres ni hermanas al otro lado de la pared.

Se aparta un par de milímetros y me mira. Está guapísimo, más guapo que nunca, con el pelo alborotado y la mirada perdida en mí. Puedo notar el latir frenético de su corazón debajo de la fina camiseta de tela negra. Me mira, me mira a mí, como siempre.

—Todo esto… —murmura—. ¿De verdad te parece bien, Andy?

Sonrío de medio lado antes de acercar una mano a su pecho y empujarlo hacia atrás.

Por la inercia, y porque la habitación es enana, no nos vamos a engañar, cae sobre la cama, sentado.

No aparta, en ningún momento, la mirada de la mía.

No me amedrento. Con otra persona me sentiría incómoda, pequeña, pero con él… con él no puedo. Es imposible.

Me siento a horcajadas sobre él. Traga saliva.

Siento su erección contra mi zona sensible y, por el modo en que se le corta la respiración, sé que no soy la única.

Rompe la distancia y me besa. Es un beso hambriento, mucho más que antes, si es que eso es posible.

Como si me quisiera poseer de ese modo. Como si yo fuera todo lo importante para él.

Y eso hace que el corazón me dé un vuelco.

¿Y si…? ¿Y si lo soy?

Me gira sobre la cama y toma el control de la situación, del beso y de todo lo que nos rodea.

Baja la mano por mis caderas y por mis piernas.

Acaricia la piel desnuda que los pantalones dejan al aire, como si temiera dar un paso más y cagarla, romper el momento.

Noto el ligero temblor de sus dedos contra mi piel, una vacilación que me quema más que el contacto mismo.

Su respiración, pesada y cálida, choca contra mi cuello, pero sus ojos permanecen fijos en el rastro que dibuja con la mano.

Es una tortura deliciosa. Y me podría declarar adicta a ella.

No aguanto ni un segundo más de esta distancia de seguridad. Arqueo la espalda y hundo los dedos en su pelo para obligarlo a mirarme. Quiero que vea que no hay nada que romper, que ya somos fragmentos de algo que empezó hace mucho.

—Me parece bien.

Mi voz suena rota, cargada de necesidad. Él exhala y la presión de su mano deja de ser un tanteo para convertirse en una posesión firme. Segura. Estiro los brazos sobre la cabeza para que me levante la camiseta. Él sonríe de medio lado antes de acercar las manos .

Me hace cosquillas. Me la quita despacio, a cámara lenta, se recrea en cada uno de los centímetros de piel que quedan al aire. Me mira a los ojos, necesita mi permiso. No se lo doy porque, aunque no lo sepa, no lo necesita. Siempre lo tuvo.

Y me asusta darme cuenta de esa realidad.

Tiemblo ante su contacto cuando baja la mano por mi cuerpo, sin dejar de mirarme a los ojos. Aprieta los labios antes de desviar la mirada y puedo notar el momento exacto en que es tan consciente como yo de la enormidad de esto.

—Eres preciosa…

Su voz suena rota y me rompe a mí un poco más. Me siento enorme ante sus ojos. El corazón amenaza con escaparse del pecho.

—Joder, eres preciosa, Andy… —repite.

Me estremezco cuando pronuncia mi nombre, porque es él, pero, a la vez, es otra versión suya. Una que, desde hace poco más de un mes, se ha convertido en mi parte favorita. Incluso en una puta necesidad.

Me incorporo lo suficiente para poder besarlo.

Me corresponde en el acto, con unas ganas que me nublan los sentidos.

Meto una mano debajo de su camiseta y tiro de ella hacia arriba con mucha más brusquedad que él, desde luego.

Sonríe en mis labios sin dejar de besarme.

Y puedo jurar que no hay sensación en el mundo más bonita que esa.

Dejo caer la camiseta en el suelo y me separo para poder verlo. No es la primera vez que lo veo así, pero puede que sí la primera que lo veo de verdad.

—Dime qué no piensas que esto es una cagada, Andy…

Pega su frente a la mía. Yo suspiro y niego.

—Y tú dime que tienes condones, Cris…

Le devuelvo a cambio. Él suelta una carcajada involuntaria que provoca que su pecho salte en el sitio. No aparta la frente de la mía.

—Mierda —exclama y da un salto hacia atrás—. No, no tengo. ¿Por qué iba a tener? Ni lo había pensado…

Se levanta como impulsado por un resorte. Se lleva una mano a la cabeza, confuso, dubitativo, y resopla.

—Te dije que me ibas a volver loco, Andy… te lo dije tan pronto te vi —murmura. No me mira, me evita por completo—. Tanto que ni me acordé de que…

Me levanto y lo abrazo por la espalda. Paseo las manos por su torso, puedo sentir como se tensa ante mi contacto.

—Íñigo seguro que tiene, relax .

Me mira, no muy seguro de mis palabras, pero yo me escabullo y me meto en la habitación de al lado, seguida de cerca por él.

Rebuscamos en ambas maletas y no tengo ni idea de quién da primero con ellos, ya que tanto Íñigo como Oliver parecen ir preparados para una guerra de polvos.

Saco uno de la caja y meto el resto dentro y sé que Cris hace lo mismo con la de Oliver.

Me quito las Adidas con mis propios pies tan pronto entramos en la habitación. Puedo sentir su mirada sobre mí. No me incomoda, no me hace sentir extraña. Me hace sentir en casa. Bien. En el lugar correcto.

—No me vas a pedir que lo olvide, ¿verdad?

Su pregunta, rota, me provoca un vuelco en el estómago. No, jamás.

—No te pienso pedir nunca más que olvides nada.

Me bajo los pantalones. Él me mira como eclipsado, sin mover un solo músculo.

Gateo por la cama y me acerco a él. Me hundo en su boca. Un beso húmedo con el que le quiero decir todo y nada a la vez, porque las palabras molestan, incordian ahora mismo.

Él me hace girar y se posiciona sobre mí. Se aparta lo justo para desabrocharse sus propios pantalones. No puedo apartar la mirada de la suya. El corazón quiere salirse del pecho de la emoción. Todo es demasiado. Todo, absolutamente todo.

Pelea con sus pantalones hasta que es capaz de sacarlos, casi de una patada, de la cama. Me río, porque puede que sea el acto menos erótico de la historia y, en cambio, me parece perfecto.

Acerca su frente a la mía y suspira.

—Necesito saber que…

—Sí —lo corto.