Sin efecto retroactivo Tío, ¿qué te has fumado?
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Tío, ¿qué te has fumado?

— Sexy —dice Beka. Todos miramos en su dirección—. ¿Qué? Es lo primero que me vino a la cabeza al leer la palabra.

Jugamos al juego del impostor, ese en que todos tienen una palabra excepto uno, que debe seguir adelante y fingir que forma parte de la partida… aunque no tenga ni pajolera idea de qué va el asunto. Y, como es obvio, el resto tiene que descubrirlo.

En esta partida, la impostora soy yo, así que no sé por qué dice eso.

—Siempre te viene eso a la cabeza, veas lo que veas —protesta Nico, que está a su lado. Mi amiga hace un gesto de qué le da lo mismo, antes de darle un golpe en el hombro—. Veamos… —murmura—. Daltonismo.

—¿¡Perdón?! —Beka.

—¿Daltonismo? Tío, ¿qué te has fumado? —Oliver.

—Es el impostor, está claro —meto cizaña, porque sé que es mentira.

Nico me mira con una ceja alzada. Puede que lo haga porque mi anterior palabra fue «lugar», porque no se me ocurría qué mierda decir y pensé que eso me podría salvar.

—En realidad es muy buena —aporta Cris—. Yo no creo que sea el impostor.

Lo odio. Nico sonríe con superioridad y me hace el gesto de una bomba que explota frente a mí. Le echo la lengua.

—En fin, lo que vosotros digáis… —aporta Oliver—. Paso de jugar la siguiente ronda, pero en esta ya estamos, así que solo diré que entran… por donde todos salen.

—Joder, tío.

—¿Cierto o no?

—Madre mía…

—Valen, cariño, igual no deberías escuchar las tonterías que dice Oliver —aporta Beka—. Es el impostor y dice chorradas sin sentido.

—No soy el impostor, imbécil. Piénsalo bien. ¿Entrarías dónde entran ellos?

Los analizo a ambos. Sé que Oliver no es el impostor, así que… ¿quién entra por donde todos salen, es daltónico y sexy ? Uf.

—Duermen fuera de casa —dice Valentina cuando le llega el turno.

—¡Venga ya! —exclamo—. Solo decís cosas sin sentido.

—Sí, no como tú, que dices «lugar» —se queja Nico.

—Porque viven en un lugar.

—Sí, y trabajan en otro —aporta Cris, divertido.

—En serio, yo no juego, pero según mis suposiciones, «lugar» tiene sentido —dice Íñigo.

Esta vez jugamos solo Beka, Valen, Cris, Nico, Oliver y yo.

Nos vamos descalificando por turnos. Si eres el impostor y te descubren, te vas fuera.

A no ser que asumas la penitencia de beberte dos chupitos, entonces te quedas.

Normas de Beka. Y por eso Oliver sigue aquí, más borracho que otra cosa.

Y lo mismo pasa si señalas al impostor equivocado.

—Tiene todo el sentido, joder. Entran en un lugar y salen de ese mismo lugar. Una y otra vez.

Sí, Íñigo también lleva unos cuantos chupitos encima. Su descalificación tuvo más que ver con que es un idiota y, en la última ronda, él mismo dijo, a grito pelado, que era el impostor.

Cris sonríe y niega con la cabeza, como si lo diera por perdido; Nico pone los ojos en blanco y Beka suelta una carcajada.

—¡Lo peor es que tiene razón!

Laura, la camarera mona, nos trae otra ronda de bebidas y las deja sobre la mesa.

Cris, Valen y yo somos los únicos que hemos decidido mantenernos sobrios esta noche.

Yo por Noa, que no sé por dónde van a salir las cosas; Cris por Valen.

Y su hermana… porque no le queda más remedio, es lo que implica tener catorce años y estar en un camping con tu hermano mayor.

Ataco mi Coca-Cola tan pronto me la pone delante.

—Joder, tíos, vamos a ser claros. Nico es el impostor —dice Oliver sin más. Tira la carta boca abajo sobre la mesa.

—¿Yo? A ver si vas a ser tú.

—Yo también apuesto por Nico —aporta Valen.

—Hasta yo creo que es Nico —dice Elena, que no juega.

Aprieto la sonrisa, porque no me quiero sentir victoriosa antes de tiempo. Como no puede ser diferente, yo también señalo al falso impostor.

—Es Andy —aporta Cris.

Lo miro, boquiabierta.

—¿Qué? ¿Por haber dicho «lugar»? Hasta Íñigo dijo que tenía sentido.

—Íñigo está borrachísimo, cariño, pero no, no es por eso. Es porque lo sé y ya está.

Todos observan nuestro intercambio sin abrir la boca. Me miran a mí, miran a Cris, y así en bucle. Hasta que dejo caer la carta sobre la mesa. La carta en blanco.

—Mierda, pues yo paso de beber más —se queja Beka.

—Yo ni siquiera puedo beber… —se lamenta Valen—. ¿O sí?

— Nop —aporta su hermano sin apartar la mirada de mí, porque, al parecer, estamos en medio de una batalla de miraditas—. ¿Entonces acabo de ganar… o cómo va la cosa?

Aparta la mirada de mí y la pasa por el resto de los ocupantes de la mesa.

—Cállate —se queja Beka.

—Al fin has encontrado una utilidad al hecho de conocer tanto a Andy —dice Nico. Se acerca y le da un toque en el hombro—. Enhorabuena, tío.

Me muerdo la sonrisa de nuevo. Porque Nico no tiene ni idea de lo que dice, y me encanta que sea así.

—¡Os he engañado a todos, colegas! —Beka rueda los ojos—. ¿Cuál era la palabra?

—Bombero —dice Elena, resolutiva. Parpadeo y la enfoco—. ¿Qué? Estaba claro. ¿No era bombero?

Beka suelta una fuerte carcajada antes de asentir. Qué cabrona. Si tan bien se le da esto, ¿por qué está descalificada?

—¿Y el daltonismo? ¿Me lo explicas?

Cris se ríe y me da un golpe en el brazo. Nico tan solo se muerde el labio inferior. ¡Serán mamones!

La música lo envuelve todo y Beka se acerca y tira de mí, despacio, de un modo sensual. Se mueve lento, borracha como está. Javi me aprisiona por detrás y me hacen el efecto sándwich en un momento. Me río de forma escandalosa, sobre todo cuando veo como Íñigo nos enfoca con el móvil.

Valen baila a nuestro lado con su hermano.

Me parece una escena de lo más tierna, sobre todo porque sé de buena tinta lo mucho que le cuesta a Cris bailar.

Lo hace bien, pero le da muchísima vergüenza.

No sé por qué. Cuando la canción se acaba, la abraza y le da un beso en la cabeza, y yo no puedo apartar la mirada, eclipsada.

—Me alegra que hayáis hablado las cosas.

La voz de Javi me hace pegar un salto. Salgo de mi trance y me doy cuenta de que estamos solos. No veo a Beka por ningún lado, aunque tampoco me extraña en lo más mínimo. Lo observo, perpleja, como si no tuviera ni idea de qué me habla.

—A mí no me vengas con esas, Andrea. Soy tu único amigo normal y, por lo tanto, también el suyo. Bueno, eso y que tengo un sexto sentido que me empujó a su casa.

—¿Un sexto sentido?

—Sí, uno que me decía que mis mejores amigos son idiotas y que debía intervenir —dice resolutivo.

Parpadeo un par de veces y lo enfoco.

—¿Cuándo?

Javi me observa, con la cabeza ladeada, antes de sonreír.

—Antes de tu fiesta sorpresa, después de la ruptura con Joaquín, cariño. Después de vuestro viaje a Barcelona.

—¿Tú crees que yo tengo madera de gay?

La pregunta de Oliver me hace conectar con la realidad: mis amigos son tremendos imbéciles.

Lo miro, parpadeo sin dar crédito a lo que acabo de escuchar.

Javi se ríe y asiente, con una autoridad en los ojos que me hace muchísima gracia.

Doy un paso atrás, porque, en realidad, yo no pinto nada en esta conversación.

—Claro que sí, Oliver. Ya sabes que los gais somos un cliché, si cumples con todos los puntos, lo eres. Y tú tienes un nueve de diez.

—¿Cuál me falta?

—El sentido común.

Me río y le doy la razón con un asentimiento de cabeza. Javi rompe con la mayoría de los clichés, hasta tal punto que muchas de mis amigas de la facultad creían que se lo inventaba para poder acercarse a nosotras. El gay infiltrado.

Superestrella , de Aitana, toma el protagonismo y Valen se acerca a nosotros dando saltitos. La canta, o más bien la chilla. Noa se une.

—«Él me dice que no le importa estar con una superestrella» —chillan al unísono y se reparten el micrófono imaginario.

Javi les hace fotos ficticias con su cámara invisible. Cris camina hacia mí y me abraza por la cintura. Me acerca a él y me deja un beso en el tope de la cabeza.

—Es feliz con nosotros —le digo en voz baja.

Él emite un pequeño «ajá», como si lo tuviera clarísimo.

Se mueve al ritmo de la música. La siguiente canción moviliza a Beka.

Le hace un gesto con las manos a Cris para que suba al «escenario» con ella.

El escenario no es otro que uno de los bancos que rodean la mesa principal.

Aprieto los labios, pero me sorprendo al ver que él la sigue.

Ahogo la carcajada a la vez que mis dos mejores amigos cantan a todo pulmón la canción de Eurovisión de Melody. Beka nos pasa el micrófono, que es su móvil, y Valen se deja las cuerdas vocales en el estribillo.

Íñigo y yo nos lanzamos a interpretar a Chanel, pero yo me niego a subir al banco porque soy capaz de abrirme la cabeza. Se nos unen otros campistas, que se presentan con rapidez y pasan a fusionarse con el grupo.

—Echaba de menos esto…

La voz de Cris, en mi oído, me provoca un cortocircuito interno.

Me giro hacia él y lo miro. Tiene los ojos clavados en los míos.

Ni siquiera sé a qué se refiere. Tal vez echara de menos reírse sin tapujos de la mayor tontería, o igual compartir con sus amigos, o cantar a grito pelado que es una diva con Beka.

Pero todo me parece bien. Sonrío y lo agarro por las caderas para acercarlo a mí.

Bajo la vista a sus labios y al modo en que se muerde el inferior.

—No hemos podido hablar de nada… —murmuro. Él se encoge de hombros, resignado—, pero te dije que no pensaba pedirte que lo olvidaras.

—Y de momento no lo has hecho. Yo no canto victoria —bromea.

Me río y niego, al ritmo de una versión actual de Tu jardín con enanitos .

Él baja una mano hasta mi cintura y me anima a bailar con él, pero de un modo nada sincronizado.

Muy pegados y de un modo lento. Dibujo su rostro con la mirada.

Me fijo en sus ojos, en su nariz, en sus labios.

En su sonrisa. Esa que sé que tiene solo para mí.

Y noto como algo se me deposita en la zona baja del estómago.

Llevo las manos a su cuello y acerco mi frente a la suya. Lo hago sin querer, sin darme apenas cuenta de lo íntimo de este contacto. Él suspira, no se aparta. No le importa lo más mínimo que los demás lo noten, porque creo que, si nos miran, no tendrán ninguna duda de lo que pasa entre nosotros.

Me acaricia el dorso de la cara con la mano, a la vez que la voz de uno de los miembros de Roze dice, en la canción, eso de que puede que ella sea un sueño que jamás podrá alcanzar.

Su mirada se desvía hacia mi boca. Uno, dos, diez segundos. Vuelve a mis ojos. La distancia que nos separa es mínima, solo necesito moverme un milímetro hacia un lado para unir nuestros labios. Sé que estamos a la vista de nuestros amigos. Pero, al parecer, a mí tampoco me importa.

—¿Puedo…?

No le dejo terminar la pregunta y lo beso.