Sin efecto retroactivo Me vas a volver loco
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Me vas a volver loco

—No os lo vais a creer.

¿No? ¿Tú crees? Yo ya me lo espero todo en esta vida.

Noa y yo estamos tiradas en el sofá y Valen revisa su teléfono móvil desde el suelo, con esa mirada de perdonavidas que tienen los adolescentes dibujada en el rostro, mientras los chicos hacen paddle surf. Me habría unido al plan encantada de la vida si no estuviéramos a más de treinta grados.

—¡El camping tiene organizada una churrascada para esta noche!

Eso último lo dice Elena, que está tras Beka. Noa se revuelve a mi lado y dibuja un gesto repulsivo en la cara que me recuerda que tengo una conversación pendiente con ella.

—Y no tenían plazas ya, claro —aporta mi amiga al tema—, porque es esta noche; pero les hemos dicho que comemos poco, que podemos compartir ración y tal…

—Espera, ¿les has dicho que comemos poco? —pregunto—. ¿Nosotros? ¿En un grupo con Íñigo, Oliver y… espera, yo, les has dicho que comemos poco?

—Pues os hacéis un sándwich antes de salir de aquí. Nos dijo que nos tocaría media ración para cada uno.

—Yo paso de ir —dice Noa. Me giro y veo que se mira las uñas con gesto despreocupado—. ¿Qué? Así tenéis una ración entera. Se la cedo a Andy.

—No la quiero, tía, ¡te quiero a ti en la fiesta!

No me puedo creer que sea yo la que diga eso, cuando las interesadas son Elena y Beka, y si están interesadas está claro que es porque…

—Nos ponemos monas y hacemos la colaboración, chiquis —dice Beka con voz muy chillona—. Íñigo y Javi nos grabarán.

Tenía que ser eso, claro.

—Reza para que Íñigo no vaya tras ningún culito bonito o adiós muy buenas —la pico.

—Sí, por eso cuento también con Javi —dice divertida—. Y a ti también te quiero en mi fiesta, Noa, ¡porfiiii!

—¿Yo puedo ir? —pregunta Valen. Todas las miramos.

—Claro, no deja de ser una barbacoa, cariño, ¿por qué no ibas a poder ir?

Mira hacia Beka y se encoge de hombros.

—Venga, vamos todas. Las cinco de esta casa. ¡Noa incluida!

—Andy…

—¡No te escucho! —Me levanto y me dirijo a toda prisa hacia la habitación. Beka me sigue de cerca. Entre risas y cuchicheos.

Nos pasamos lo que nos queda de tarde entre cajas de Zalando y bolsas de Shein que, al parecer, trajo Beka en sus cuatro maletas. Ahora entiendo el tamaño de las mismas.

—Elige lo que quieras, perra —me dice tan pronto vuelvo de la ducha. Parpadeo, alucinada al ver tanta ropa junta, porque una nunca se acostumbra a tener a ItsBekaReal como mejor amiga.

Me quedo con unos shorts Levi's de un color azul oscuro, una camiseta de tirantes rosa de Weekday, con un escote pronunciado en «v», y unas Adidas Gazelle del mismo color.

Valen se decanta por un vestido camisero muy de su estilo, y Noa se une a la fiesta de los modelitos, pero de un modo muy sutil, con unos vaqueros y una camiseta azul eléctrico, entallada. Está guapísima, como siempre.

—Esta fiesta tiene que ser un poco más para todos los públicos, ¿vale? —le digo a Beka. Ella frunce el ceño—. No me jodas, que tiene catorce años y nos conocemos, amiga. Y ella no puede salir en los vídeos.

—Lo sééé, pesada —me dice divertida—. Pero que sepas que yo perdí la virginidad a los trece.

—Lo siento mucho por ti, yo a los diecinueve —digo sin más—. Y esta aún es virgen.

Noa asiente, orgullosa, y da un par de vueltas sobre sí misma antes de romper a reír.

—Casta y pura hasta la sepultura, muñecas —bromea.

Beka chasquea la lengua y se guarda el «no sabes lo que te pierdes», porque, en realidad, no lo sabe, pero porque no le da la gana.

Y yo la admiro por haber tomado esa decisión y haberla mantenido hasta ahora.

Yo perdí la virginidad en la uni con un idiota con el que tuve una relación fugaz, el siguiente fue Joaquín.

Tan pronto ponemos un pie fuera del bungalow , Íñigo se nos acerca y silba en conformidad. Mis ojos buscan a Cris, y no tardo en distinguirlo junto a una mesa. Tiene la mirada clavada en el mismo punto en el que su hermana interactúa con Oliver. No es nada del otro mundo, solo hablan, pero…

Lo abrazo por la espalda y noto, al momento, como todos sus músculos se tensan. Es un abrazo sutil, de amigos, nada que los demás no puedan ver o que pueda levantar sospechas.

—Todo va a salir bien. Por mucho que tú le digas, por mucho que la protejas, hasta que se caiga de morros no va a aprender. Y también te digo algo… creo que tiene cero interés en novios.

Se le destensan un poco los hombros, supongo que cuando se da cuenta de la veracidad de mis palabras. Y de que él tampoco puede hacer nada por ella, en realidad.

Se gira despacio y clava la mirada en mis ojos, pero poco a poco la baja por mi cuerpo, y se queda más tiempo del permitido en el escotazo. Traga saliva y suelta el aire, despacio.

—Joder, me vas a volver loco…

Lo dice muy bajo, tan bajo que casi —casi— no lo escucho; pero es que, desde hace un tiempo, cuando él está presente, todos mis sentidos se centran en él y se olvidan de que vivimos en sociedad.

Una versión de Galicia caníbal resuena desde la zona interior del camping y caminamos hacia allí. Tienen un espacio amplio reservado para la fiesta, con diferentes guirnaldas de colores que rodean toda la zona.

Nos acercamos a la enorme barra y una chica muy joven, muy guapa y muy todo, nos saluda con una sonrisa preciosa. No le intento buscar un defecto porque creo, de verdad de la buena, que no se lo encontraría.

—Sois los que os apuntasteis a última hora, ¿verdad?

Me moriría de vergüenza, si supiera lo que es eso. Beka responde que sí y la chica nos sirve las porciones correspondientes en unos platos de plástico.

—Estáis de suerte porque, al final, dos parejas y sus respectivos niños se dieron de baja, así que os pudimos dejar reservada la ración completa.

—Joder, te quiero —le digo en medio del saliveo provocado por la comida.

Ella se ríe y espera a que nos llevemos todos los platos. Los pasamos de mano en mano y le pedimos las bebidas. Íñigo insiste en que Beka debe pagar, por eso de que, según él, le proporcionamos el fondo perfecto para el vídeo.

Los dejo discutiendo y aprovecho para escaparme a un lado con Noa. Me dirijo a una de las mesas y apoyo el plato y la bebida sobre ella.

—Después le haremos bizum .

— Sip —digo tajante, porque yo paso de meterme en sus peleas de quién paga qué—. Noa, ¿todo bien? —Ella me mira, extrañada, como si mi duda no fuera coherente—. Es decir, llevas desde ayer un poco rara y…

—Ah… ¡ boh ! —me corta rápido—. Estoy premenstrual, ya sabes lo mucho que nos afecta eso.

Lo sé, y también sé que Noa, precisamente Noa, jamás hablaría de ello. La menstruación es uno de esos temas tabús para ella.

—Y estoy cansada de las opos , cariño, me tienen el cerebro frito. Duermo poco y mal. Y os dedico también muy poco tiempo. Tenía ganas de pasar estos días con vosotros.

Es sincera, lo sé porque es Noa y la conozco, y sé que le cuesta horrores mentir, pero también porque los ojos le brillan de un modo especial.

Pero se calla cuando Elena se acerca a nosotras, con su pelo planchado y brillante, y se sienta a su lado con una brusquedad que poco te puedes esperar de una mujer como ella. Qué malos son los prejuicios.

—¿Qué me he perdido?

—Nada —gruñe Noa, con la mirada clavada en su botellín de cerveza—. Le decía a Andy que las opos me tienen frita.

Elena se gira hacia ella y la mira. La mira de verdad, como si le interesara mucho conocerla, con la curiosidad de un niño ante una nueva experiencia.

—Anda, ¿opositas? —Noa suelta un pequeño «ajá» casi inaudible, pero que ambas podemos escuchar.

La tensión se puede cortar con un cuchillo. Me planteo dar un paso atrás, porque, por un momento, siento que sobro; pero temo que puedan llegar a las manos y que necesiten alguien que las separe… o que ayude a tirar del pelo, depende de la situación.

Siempre del team Noa, eso seguro.

—Mi primo también, igual lo conoces. Se llama Pedro. —Noa eleva la vista y la clava en ella. Elena suelta una fuerte carcajada—. Estoy de broma, Noa. Se llama Luis.

Le da un golpe en las costillas con el codo y yo me tenso, porque temo que mi amiga pueda reaccionar mal. Pero eso provoca el efecto contrario. O tal vez sean las palabras de Elena, no lo sé.

Noa sonríe de medio lado. Es una sonrisa pequeña, discreta, y que posiblemente nadie más note, pero está ahí.

—Venga, hacednos una foto —me pide Beka tras sentarse al otro lado de la influencer . Noa se aparta un poco, para no salir, pero Elena no se lo permite. La agarra del cuello y la acerca a ella.

Parpadeo, no soy capaz de apartar la mirada de ellas, como si temiera que todo volara por los aires de un momento a otro. Noa no está cómoda, pero sonríe. Hago cuatro fotos iguales, porque conozco a Beka, y luego otras cuatro de ellas dos, sin Noa, que, ahora sí, logra escabullirse.

—La mía no la subas a redes, palurda —dice mi amiga, a la vez que se lleva un trozo de costilla a la boca.

Beka bufa y le hace un gesto con la mano que todos entendemos como «paso de ti». Se sienta y se enzarza en una conversación con Oliver sobre no sé muy bien qué.

En nuestro lado de la mesa, se hace el silencio. Yo estoy entre Javi —que parece decidido a hacerle un book de fotos a Beka— y la nada, y enfrente tengo a Noa, claro.

—Pues es la foto más bonita de las dos… —murmura Elena después de un rato, todavía con la mirada clavada en la pantalla de mi teléfono móvil.

Lo siguiente que ocurre es que Noa se pone roja como un tomate y Beka chilla, aunque por un motivo muy distinto, y tira de Elena hacia la pista de baile improvisada.