No recordaba cuánto lo echaba de menos
El sonido de las olas me llega incluso antes de ver el mar. Y, de repente, me doy cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin estos sonidos que son casa. Y sin estos aromas que me dan la vida.
Corro. Corro sin mirar atrás, sin esperar por nadie, con la maleta todavía en la mano. El corazón me golpea con fuerza en las costillas.
Cuando pongo un pie en la arena de O Terrón, me descalzo sin pensarlo Necesito hundirme en ella, fusionarme, que se me cuele en cada una de las hendiduras de los dedos de los pies.
La playa sigue aquí, igual que siempre, llena de turistas que viven ajenos al tumulto de emociones que brotan en mi interior.
Tiro las zapatillas a un lado, junto con lo demás, y acelero el paso hacia el agua, con una urgencia para nada sana pero muy necesaria. El aroma a salitre, mezclado con los gritos de los niños que chapotean en la orilla, me hacen sonreír. El sol me azota en el cuello con violencia.
Necesito sentir la tibieza de esas aguas calmas, de mi ría de Arousa. No recordaba cuánto lo echaba de menos.
Camino, el agua me abraza los tobillos y un escalofrío me sube por la espalda. Poco tiene que ver con su temperatura y mucho con todo lo que me hace sentir estar aquí.
Me giro y observo el ir y venir de la gente, que vive ajena a todo.
Y veo retazos de mi pasado con una perfección asombrosa: con Cris jugando en la orilla, a la edad de seis años; con Paula tomando el sol, porque quería destacar en la graduación…
y no precisamente por ser un fantasmita. Con mis amigos jugando al rugby . Dios.
Me cuesta respirar, pero necesito hacerlo, porque tengo que guardar cada uno de los aromas para el recuerdo. Porque no quiero olvidarme de ellos jamás.
Crecer en este rincón de las Rías Baixas es saber que la arena de O Terrón siempre será mi alfombra y que, por mucho que me aleje, siempre habrá un hilo invisible que me ate a esto.
Cuando me giro de nuevo, lo veo en la orilla. Lo suficientemente lejos para no afectar a mis recuerdos, pero también cerca para demostrarme su apoyo. Como siempre. Lleva sus zapatillas en la mano y una amplia sonrisa en el rostro.
—¿No quieres entrar? —chillo para que me escuche por encima del ruido.
Él mueve un dedo de un lado a otro. Presiono los labios y camino hacia él.
—¿Recordabas que esto fuera tan bonito?
Me mira. Me mira a mí y algo se me derrite por dentro.
—Nunca me había parecido tan bonito, no… —Estira los brazos para agarrarme por las caderas y me acerca a él. Respiro el aroma de su cuello.
Estoy en casa… en el sentido más amplio de la palabra. Y me encanta sentirme así. Tan acogida, tan cómoda, tan… yo.
Sé que a él le pasa lo mismo cuando pone sus ojos sobre los míos y la tensión nos envuelve.
Desde el beso en su habitación, no nos volvimos a quedar solos en ningún momento, y de eso ya hace casi una semana.
No hemos podido hablar de lo que se supone que tenemos —o no tenemos—, de etiquetas, de establecer normas… de nada.
Y las ganas que tengo de besarlo lo superan todo. Absolutamente todo. Bajo la vista por su rostro y la clavo en sus labios. Él se da cuenta, lo sé por el modo en que se le mueve el pecho bajo la fina tela de la camiseta.
—¿Hablaste con tu madre? ¿Sabe que estamos aquí? —Se encoge de hombros como respuesta. Y sé que, con esa pregunta, acabo de romper toda tensión entre nosotros… para dar pie a otra muy distinta.
Sé que este tema le incomoda lo suficiente para negarse a hablarlo. Me agarra de la mano y tira de mí hacia la arena seca de nuevo, donde me esperan mis cosas.
Caminamos descalzos hacia el camping , que está pegado a la playa, y no tardamos en localizar a nuestros amigos. Cris me engancha por el cuello y me acerca a él, como si necesitara tenerme cerca. Es un acto tan natural, tan típico en él, que me provoca un escalofrío por todo el cuerpo.
—¡Se acabó! Yo duermo con Andy y listo —dictamina Beka, sin más. Yo suelto una pequeña carcajada.
—¡Que nooooo! Que Andy es la capitana —establece Íñigo, divertido—. Ella te tiene que elegir a ti. ¡Igual prefiere dormir conmigo!
—Eso ya te digo yo que no —digo ya cerca de ellos. Me giro hacia Cris y veo que sonríe, pero no se aparta—. Duermo con Beka, que para algo es mi más mejor amiga.
Le guiño un ojo y ella me lo devuelve.
—Siempre me margináis, tías —se queja Noa—. Vale, que llegué un poco más tarde al grupo, pero no es justo.
Hace un puchero divertido y Oliver se acerca a ella, en actitud conciliadora, y le pasa un brazo por los hombros.
—Yo soy el último, princesa, y a mí me quieren más que a ti.
Javi le pega una colleja y lo aparta.
—Eso no es verdad, capullo. A ti te toleramos y gracias —le dice—. Noa es mi más mejor amiga.
Abro la boca para protestar, pero Cris me aprieta el hombro y decido quedarme callada porque tiene razón. No es el momento de poner las etiquetas en orden.
—Yo debería ser tu mejor amigo, pero sé que Javi me gana —me susurra al oído—. Que sepas que no me importa.
—Y también me gana a mí y tampoco me importa —bromeo—. Coño, Javi es el mejor amigo de ambos.
—Pero tú sí que eres mi mejor amiga —murmura y me pone la piel de gallina.
En realidad, él también lo es para mí. Es mi todo desde siempre.
—Pues listo, vosotros os repartís cómo os dé la real gana, me importa un carajo. —Beka corta la conversación de todos de un plumazo—. Andy, ayúdame a meter todo esto dentro.
«Todo esto» son sus cuatro maletones. Ruedo los ojos. Un fin de semana: viernes, sábado y domingo. El lunes a primera hora volvemos para Santiago. Cuatro maletones, repito, porque esto no son maletas.
—¿Valen? —Cris se aparta tan pronto la ve salir por la puerta de uno de los bungalows .
Ella presiona los labios y puedo jurar que emite un breve «ups».
—¿Qué haces aquí? —pregunta—. ¿Todo bien por casa?
—Supongo. —Se encoge de hombros—. No fui y me acabo de registrar con vosotros aquí. ¡Sorpresa!
A Cris se le frunce el ceño. Mucho. Casi puedo ver cómo sus neuronas rompen en llamas.
—Valen…
—Es un finde —lo corto, me aparto y le doy un golpe en el hombro—. Disfrútala estos días, que luego la echarás de menos el resto del año.
—Eso, eso —me apoya ella—. ¿Yo con quién duermo?
—Tú conmigo en la habitación doble —responde Noa, resolutiva. Tira de su maleta y camina hacia mí. Me agarra de la mano y hace fuerza para llevarme con ella—. Tú duermes con Javi, creo —le dice a Cris.
—Sí, cariño mío, nos ha tocado juntos —bromea mi amigo—. Bueno, soy yo o Íñigo, como prefieras.
—Uf, me quedo con el mal menor, claro.
Es lo último que escucho antes de acceder al interior de la caseta de madera, Noa me pisa los talones.
—Nada, eh, no ayudéis —protesta Beka, pero yo ni la escucho.
El crujir de la madera bajo mis pies, unido a ese aroma de salitre que me vuelve loca, es todo lo que necesito para vivir los próximos días en el paraíso.
La luz de la tarde de Vilanova se cuela por el ventanal del salón e ilumina el amplio sofá cama de cuadros rojos y grises, que nadie va a utilizar.
Ambos bungalows son para cinco personas, y en ambos nos sobra espacio.
Paseo la vista por la zona de salón y cocina abierta, una cocina que usaremos muy poco estos días, me temo.
Las habitaciones nos esperan al fondo. Dejo la maleta en la doble, que ya está llena hasta arriba con cosas de Beka.
—Tú sabes que no nos mudamos, ¿verdad? —bromeo.
Ella resopla a la vez que entra con la última maleta y la sube a la cama con un nivel de esfuerzo supremo.
Su móvil suena con el timbre clásico de Apple. Se sienta, bracea entre todas sus cosas, y se mueve de un lado a otro hasta que da con él, en el interior de una bolsa.
—Me podrías ayudar, tía… —protesta.
—Yo no soy la de las cuatro maletas, chalada —me defiendo, con guasa, a la vez que aparto mis cosas para que le molesten lo menos posible.
Chasquea la lengua y descuelga la llamada. Pone la mirada en el móvil y sonríe.
—Anda, ¿ya estás aquí? No te esperaba todavía…
La escucho con la voz medio amortiguada mientras sale de la habitación y, después, del bungalow . Me da igual con quien haya quedado. Tal vez con una cita Tinder. Con Beka, nunca se sabe.
La cabeza flotante de Noa aparece como por arte de magia frente a mi puerta y sonríe.
—¿Nos piensas contar ya lo que hay entre Cris y tú o seguimos fingiendo un tiempito más?
Le hago un gesto con las manos para que baje la voz y señalo con la cabeza hacia su habitación.
—No está, idiota, estamos solas —dice divertida—. Soy la amiga sensata, ¿recuerdas? Tengo en cuenta esos detalles.
Bufo y me tiro en la cama, o, más bien, sobre las maletas de mi compañera de piso —y actualmente de cuarto— que no dejan apenas colchón libre.
—Pues… —retraso el momento de confesar. Noa se apoya en la puerta y me observa, expectante—.
Nos besamos… dos veces —digo con un poco de culpabilidad en el rostro.
Ella da palmadas como una friki fan cuando su ídolo sale al escenario.
O cuando saca un nuevo disco. O cuando alguien lo nombra y puede aportar un cotilleo.
—¿En Barcelona? —Asiento—. ¡Lo sabía! Lo noté el día de tu fiesta sorpresa, Cris te miraba mucho… que siempre te miró, porque yo tengo la teoría de que él lleva enamorado de ti toda la vida, pero… te miraba distinto.
Aprieto los labios. Noa es la bruja del grupo, le gusta decir que ella ve cosas que los demás no; pero, en realidad, la mayoría de las veces se las inventa. Y la verdad es que nos da igual.
—Y la segunda vez fue…
Me incorporo como puedo y me hago hueco para sentarme en una esquina de la cama.
—Hace unos días, en su casa. Con Isabel y Valen en la habitación de al lado. Y no se nos fue de las manos de milagro, tía…
Me llevo una mano a la cara, avergonzada, pero ella solo se ríe de forma sonora y divertida.