Sin efecto retroactivo ¿Qué quieres, Andy?
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¿Qué quieres, Andy?

Tiene tantas ganas de mí como yo de ella.

Pero no lo hago, no la beso, porque el miedo a cagarla de nuevo me paraliza por completo.

—Si te beso… ¿mañana me vas a pedir que lo olvide? —pregunto sobre sus labios.

Me mira y puedo ver la duda en sus ojos. No tiene claro qué debe responderme. La leo sin necesidad de que abra la boca y sé que está tan confundida, o más, que yo. Porque yo llevo años procesando esto. Para ella es nuevo.

—Cris… —murmura sobre mis labios y yo suspiro de frustración—. Si esto sale mal, tienes que prometerme que…

—Sin efecto retroactivo. Tú misma lo has dicho.

Aprieta los labios. Siento un cosquilleo latente por todo el cuerpo. Necesito más. Quiero más.

Y ella también, porque acerca su rostro al mío y espera durante unos segundos a que sea yo el que dé el primer paso. Como si necesitara tener claro que yo estoy tan convencido como ella de saltar al abismo de la locura más absoluta.

—No voy a poder soportar que mañana me pidas que lo olvide, Andy… No voy a poder olvidarlo.

Traga saliva y asiente.

—El beso en Barcelona me acompaña a todos lados. Sin parar.

Una lágrima traicionera le resbala por el rostro y se la limpio con el pulgar.

—Piénsalo bien, ¿vale? No quiero que la caguemos. No quiero que nos precipitemos. Somos tú y yo, Andy, y si necesitamos hacer las cosas con calma… las haremos con calma.

Me muero de miedo. El corazón se me salta un latido, noto los nervios en la boca del estómago. Quiero saltar. Pero necesito tener claro que ella quiere saltar conmigo, que le parece bien.

—Pero no quiero que la pases mal al pensar que tengo citas por Tinder, porque hace meses que no entro en la aplicación —confieso, no sé ni por qué—; ni tampoco con otras chicas, Andy, porque no podría.

Solo pienso en ti. Todo el día. Te me has metido dentro y me resulta imposible imaginarme con otra mujer.

Cuando salimos todos juntos, te busco todo el rato, como si mi tranquilidad dependiera de que estés tú… y de que estés bien. Esto es muy loco.

No puedo parar. Es como si se me hubiera desactivado algún tipo de filtro en el cerebro y ahora necesitara soltar por la boca todo lo que pienso o siento. Sin más.

—Pero estoy aterrado, porque tú significas mucho para mí. Eres mi ancla, mi lugar seguro. Los demás son mis amigos y los adoro, pero tú… tú y yo…

—Lo somos todo —concluye, porque ambos lo sabemos. Porque ambos nos lo hemos dejado claro una y otra vez.

—Y se me hace rarísimo sentirme tan atraído por ti. Hasta el punto de ser casi incapaz de controlarme.

Lo suelto y noto como algo se me hunde dentro del pecho. Llora, las lágrimas se le resbalan por el rostro, una tras otra.

—Yo tampoco me aparto ese beso de la cabeza, Cris —habla al fin. Elevo la mirada y la clavo en sus ojos—. Y sí, me muero de celos solo de pensar que otra chica pueda entrar aquí, y no tiene sentido, porque tú y yo solo somos amigos, y fui yo la que decidió que eso fuera así…

Pierde fuerzas a medio camino. La miro, porque necesito que continúe, necesito que me diga lo que piensa de todo esto. Necesito tenerlo todo claro antes de dar un solo paso fuera de la línea estipulada.

—Lo único que quiero… —prosigue, pero la voz se le rompe a medio camino.

—¿Qué quieres, Andy?

Necesito que lo diga. Sea lo que sea. Aunque me destroce.

—A ti. Te quiero a ti, joder. A ti y solo a ti.

No puedo pensar en otra cosa. —Me da un golpe discreto en el hombro como si necesitara apartarme de ella.

Doy un paso atrás—. Y hasta pensé en volver a instalarme la puta app de Tinder para ponerte celoso.

Y es rarísimo, porque somos tú y yo, pero solo quiero…

joder, solo quiero besarte. Día y noche. Solo a ti.

No sigue hablando, porque acaba de decir justo lo que yo necesitaba escuchar. Las palabras mágicas. Solo quiere besarme. Solo a mí.

Y la beso.

Da un par de pasos hacia atrás por pura inercia y se queda enclaustrada entre la pared y mis labios. Es un beso hambriento, para nada parecido al que compartimos en Barcelona, pero cargado de dudas.

Sus labios vibran sobre los míos. Puedo sentir el latir frenético de su corazón a través de la camiseta. Sube una mano por mi espalda y me acerca a ella. Gruño al sentir su tacto. Me aprisiona contra su cuerpo, me abraza sin apartar en ningún momento sus labios de los míos.

Mis manos bailan por sus caderas mientras que las suyas permanecen quietas en la parte alta de mi espalda. Nuestros labios se mueven erráticos, como si fuera nuestro primer beso, ese que das a los quince años y en el que te cuesta controlar las ganas.

Gruñe en el momento en que nota mi erección contra su cuerpo.

Me estremezco. Y puedo notar el momento exacto en el que ella se pierde por completo, que puede que coincida con el mío.

Se separa de mis labios y baja hacia mi cuello, me deja un caminito de besos por el mentón.

Cuando llega al punto exacto donde pierdo la cordura, emito un ligero gemido ahogado que reverbera en toda la habitación.

Vuelve a mi boca, y es en ese momento, justo en ese momento… cuando llaman a la puerta y todo se vuelve real.

—¡Chicos!, mamá hizo la cena y dice que se enfría.

Me aparto, doy un par de pasos hacia atrás e intento respirar, todavía con los ojos cerrados. No respondo, no me veo capaz de encontrar la voz ahora mismo.

—Pues… ¡dile que ahora vamos!

Responde Andy por mí. Abro los ojos y la miro. Todavía está con la espalda pegada a la pared, la respiración agitada y el rostro sonrojado. Supongo que ella ve una estampa similar en mí, porque, como si estuviéramos sincronizados, ambos estallamos en una carcajada.

—¿Valen acaba de decir que tu madre hizo la cena? —pregunta confusa cuando, supongo, consigue interpretar las palabras de Valentina.

La miro, sin borrar la sonrisa de la cara, antes de asentir.

—La habrá pedido a domicilio, lo raro es no haber escuchado el timbre cuando… —Me quedo callado antes de suspirar y llevarme una mano a la cabeza—. No, no es raro. Si se llega a haber caído el mundo, tampoco me habría enterado.

Estira una mano hasta mi pelo y me peina con cariño. Un gesto tan típico en ella que me deja claro que es Andy. Y que esto es real. Soy incapaz de hablar, no tengo claro qué corresponde decir ahora.

—Tenemos que hablar de esto —dice. Asiento—, pero no te pienso pedir que lo olvides, ¿vale?

Respiro. Había olvidado por completo cómo se hacía.

—Creo que deberíamos salir o tu familia va a pensar que estamos haciendo cosas indecentes.

Trago saliva y asiento.

—Necesito un minuto, ¿puedes ponerles una excusa? No queremos despertar la furia de la Valentina hambrienta —bromeo, pero mi hermana, cuando se muere de hambre, se convierte en Chucky. Y eso es algo de dominio público.

Andy hace un mohín con los labios antes de aceptar. Se mete rápido en el baño de mi habitación y no tarda nada en salir.

—Lo que necesites, yo las entretendré hablando de… no sé muy bien el qué. Algo se me ocurrirá.

Se acerca a mí y me besa. Es un beso discreto, contenido, un simple roce de labios que me hace gemir y protestar en el acto. Porque no quiero que se vaya, porque no quiero que esto se corte justo ahora…

Cuando estoy solo, camino hacia atrás y me pego a la pared. Me permito respirar, acompasar la respiración, pero un solo chillido ahogado de Valentina desde el salón me impulsa a activarme.

Me doy una ducha fría y rápida, y me pongo unos pantalones de deporte y una camiseta cualquiera. Me peino rápido y salgo.

La voz de mi madre, fusionada con las risas de Andy y las protestas de Valentina, me hacen sonreír.

—Perdón —me disculpo. Miro a Andy, que está sentada al lado de la única silla vacía que rodea la mesa del salón. Sonrío, aunque sin poder dejar de lado la tensión por lo ocurrido—. Ya estoy aquí.

—Ya estás aquí, no, aún llegas ahora —me regaña Chucky—. Y, además, ¿tú no estabas hablando por teléfono?

—Sí, con unos abogados —explica Andy y me mira de nuevo a mí—. ¿Verdad?

—Sí, con… ¿unos abogados? —pregunto. Ella asiente—. Dos compañeros del bufete, claro… en conjunto. En una llamada grupal de a tres.

Sueno muy poco convencido de mis palabras, lo sé cuando pongo la vista en mi madre, que sonríe de medio lado y observa de uno a otro.

—Sí, por ese tema de… —me reta Valen, que parece que ya ha dejado de lado a su alter ego terrorífico y me sonríe de forma socarrona.

—Del trabajo —carraspeo—. ¿Y si cenamos?

Las palabras mágicas para que Valen pase a ignorarme y se tire sobre el plato de croquetas.

Pongo la vista en la comida que nos espera encima de la mesa, toda en sus respectivos táperes de envío a domicilio. No falla. Mi madre es tan buena cocinera como yo. Espero que Valen no herede nuestro maravilloso don.

—Andy nos estaba contando que rompió con Joaquín.

Toso. Me atraganto con mi propia saliva. Valen eleva la mirada hacia mí, como si estuviera preocupada, pero a los pocos segundos vuelve a la comida. Prioridades.

—Sí, le decía que, a veces, nos intentamos adaptar demasiado a alguien que no nos hace felices.

—Y si te aprieta… es que no es tu talla.

Esto último lo dice mi hermana. Todos ponemos la vista en ella. Cuando se da cuenta, se encoge de hombros.

—¿Qué? Lo vi en una foto en redes sociales.

Sonrío de medio lado y Andy suelta una carcajada involuntaria. Y, como si estuviera penado por ley, se lleva una mano a los labios para disimular su gesto.

Mi madre, en cambio, saca una botella de vino de debajo de la mesa y sonríe, feliz.

—Mamá… —la regaño. Ella me mira, con una ceja enarcada.

—¿Qué? Habrá que celebrarlo, ¿no? —Estira el brazo sobre la mesa y llena la copa de Andy, cuando intenta hacer lo mismo con la mía, la tapo y ella rueda los ojos—. No sé a quién habrá salido, a su padre le encantaba beber su copita de vino con las comidas.

No digo nada, creo que el chiste se cuenta solo. Mi padre se bebía una copita y ella la botella entera. ¿De verdad cree que quiero terminar así? Andy echa la copa hacia atrás, pero intenta no darle importancia a la situación, lo cual agradezco.

Cuando termina con el vino, mi madre se empeña en servirnos a todos. Nos llena los platos hasta la bandera.

—Y bueno, Isa… ¿qué te trae por aquí? —le pregunta Andy—. ¿Es la primera vez que vienes al piso de Cris?

Ella asiente. Claro que es la primera vez, y si le hubiera quedado otra opción, no habría venido.

—Es un piso pequeño, pero es cuco —dice, a la vez que se lleva la copa a los labios y le da un trago largo e intenso—. ¿A ti te gusta, hija?

Valen se gira y la mira, como si la pregunta no tuviera sentido. Después se encoge de hombros.

—Es un piso —dice sin más—. Tiene habitaciones, baño y cocina. No sé qué más quieres que tenga una casa.

—Espacio para ti —replica— y también para tu hermano. ¿No estáis muy apretujados aquí?

Me tenso. Y sé que Andy se da cuenta de ello cuando noto una de sus manos sobre el muslo. Quiere que sepa que está aquí y que, pase lo que pase, no se irá. La miro y aflojo un poco la mandíbula.

— Nop —responde mi hermana sin dejar de comer—. Oye, Cris, tenemos que pedir más veces la cena en este restaurante. Este pollo está de muerte.

Sonrío y asiento. Pongo de nuevo la mirada en el plato, pero mi madre no aparta los ojos de mí. Sé lo que intenta, sé cuáles son sus intenciones al pasar el día aquí. Quiere dejarme claro que no estoy preparado, pero llevo ocho años preparado para esto.

—Tu madre montó un huerto maravilloso, Andy.

Cambia por completo de conversación y, por algún motivo, mi cuerpo se relaja. Andy aparta la mano de mi pierna y se la lleva a la parte de atrás del cuello, nerviosa.

—Sí, tengo el móvil lleno de fotos —murmura—. A ver si este verano me animo a ir a verlo.

—Sí, podría ser un planazo —la interrumpe ella—. Y Cris también podría venir por casa, que hace siglos que no lo hace.

Gruño. No me puedo creer que siga por ese camino. No, mamá.

—Podríamos proponerles a los chicos ir de camping —me dice Andy, divertida—. Como en los viejos tiempos.

Parpadeo y me fijo en su semblante, relajado, feliz. No puedo decirle que no, aunque volver a esa zona me parta en dos el alma.

—¿Qué viejos tiempos, Andy? No fuimos de camping en la vida.

—¿Y te parece normal eso? Habrá que ponerle remedio.

—La guapita tiene razón —dice Valentina, con la boca llena de albóndigas.

Mi madre se ríe, como si le hiciera mucha gracia que su hija escupa comida mientras habla. Tiene los ojos vidriosos, lo que me notifica que el vino ya está surtiendo efecto… y también que puede que no sea el primero.

—¿Te parece bien? —murmura para que solo la escuche yo.

Y solo la escucharía yo si mi madre o mi hermana no estuvieran muy interesadas por todo lo que tiene que ver con nosotros, al parecer.

—¿Por qué a ti sí? —le pregunto en el mismo tono.

Ella sonríe y, con ese gesto, sé que estoy perdido.

—No sé, tú y yo… y los chicos. Me parece un planazo —aporta. Yo suspiro, echo la cabeza hacia atrás y, antes de poder decir nada, Valentina salta de la mesa a darme un abrazo de oso.

—Vengaaa —me insiste mi hermana—. Nunca fui de camping .

—Porque vives al lado de la playa —añade mi madre, como si fuera necesario. Valen refunfuña a la vez que se aparta de mí y vuelve a su sitio, y yo sonrío. No sé por qué, pero sonrío. Y eso ya le da pie a Andy para saltar también de la silla.

—¿Aviso a los chicos? —Asiento.

Esa es toda mi respuesta. No tarda ni medio minuto en vibrarme el móvil en el bolsillo del pantalón. No necesito leer su mensaje. Una nueva vibración. Mierda, esto es real.

—Va a estar bien —murmura—. Iremos juntos, ¿vale?

Pongo los ojos sobre ella y asiento. Como sea, ya está hecho.