Madre santa, ¡mi abuela es más rápida, colega!
La clase de zumba, por lo general, es uno de mis momentos favoritos de la semana. Pero, tras un día y medio de resaca… dudo ser capaz de mover un puto músculo.
Para comenzar, cómo no, llego tarde. Acelero el paso tanto como puedo, con la lengua fuera. Cuando abro la puerta, están con el calentamiento.
—Pensamos que te rajabas, mamona —me dice Noa.
Beka me saluda desde el otro lado del local, muy pegadita a un chico que parece ser nuevo, con un guiño coqueto. Me reiría si tuviera fuerzas.
Mónica, la monitora, también me dedica una miradita de «que sea la última vez que no llegas a tiempo». Me siento como una niña pequeña que llega tarde al cole día tras día. Bufo y asiento con resignación. Yo no tengo la culpa de tener una resaca de la hostia. O igual sí, no lo sé.
Doy todo lo que puedo al ritmo de La morocha , pero voy por detrás hasta del nuevo. Noa se me acerca y me pasa un brazo por detrás del cuello.
—La próxima vez, vamos al cine —bromea, supongo. Me río, aunque sin energía ninguna, antes de asentir. Porque una tiene que admitir que ya no está hecha para ciertas cosas.
Los botellones con veneno para ratas no son para mí, muchas gracias.
Continúo, con mi baile particular, el resto de canciones.
Cuando llegamos al final, lo hago medio arrastrada, por decirlo finamente.
Y puedo asegurar que me hace muy feliz escuchar la estrofa final de La perla , de Rosalía, que es la canción que solemos usar para estirar el cuerpo después de la clase.
Mónica nos da las gracias, una costumbre que no parece perder nunca, y me dirige una mirada de «a todos menos a ti». Aprieto los labios y me encojo de hombros. No puedo volver el tiempo atrás y llegar antes.
Beka camina hacia nosotras entre saltitos.
—Chiquissss —nos saluda—. Se llama Marcos y tiene treinta y dos años —nos dice soñadora—. Es guapísimo, pero creo que tiene novia.
—¿Crees? —pregunto. Chasquea la lengua.
—Tiene novia —asegura—. Así que… nada. ¿Tenemos planes para hoy?
—Sí, morir —dictamino.
Noa suelta una carcajada involuntaria antes de sacar el móvil del interior de su mochila y trastear en él.
—Íñigo propone un cine.
Pues me parece un planazo. Voy vieja, es lo que hay. Y estoy resacosa. Cuando saco el móvil, me fijo en el intercambio de mis amigos.
Beka LaQueen:
POR FAVOR!
Voy a buscar una comedia chula. Os cuento ahora a ver qué echan.
Noa Chiqui:
Yo me apunto si no hay que pensar mucho
La clase de zumba me dejó KO!!
Íñigo Ginger:
La fiesta del apóstol no, VERDAD? JAJAJ
—Echan una peli estilo Sé lo que hicisteis el último verano , ¿os hace?
—No, tía —responde Noa por las dos, porque yo pensaba responder algo parecido—. Algo más cuqui, joder, que no quiero pensar.
—Ni sufrir una crisis en pleno cine.
No me gusta el terror y todos lo saben, aunque, de vez en cuando, cedo por ellos. Se supone que los quiero y tal. Beka comparte una captura de la cartelera.
Voy a responder que me uno cuando veo el nombre de Cris en la parte superior de la conversación. Escribiendo, escribiendo, escribiendo, escribiendo.
Madre santa, ¡mi abuela es más rápida, colega!
Me encantaría poder calcular el tiempo que le lleva escribir, pero, por su bien, espero que sea un puñetero testamento como mínimo.
Bloqueo el móvil y abro de nuevo la botella de agua para darle un fuerte trago. Ya no sé si de la sed o de los nervios.
Regreso al móvil y veo que sigue escribiendo. Esto se me tuvo que quedar pillado fijo.
Cuando el móvil vibra, es Íñigo.
Íñigo Ginger:
Los Pitufos? 😂😂😂
Es muy grave que diga que no me tiene mala pinta ir a verlos?
Beka LaQueen:
Sí
Noa Chiqui:
No, yo me sumo
Partner in crime [Cris]:
Yo no, tengo planes
Eso es todo lo que escribe. ¿Qué planes? Y, sobre todo y no menos importante, ¿con quién?
Beka LaQueen:
Buuuuuu
Vente un rato, muermo
Hasta Minecraf se viene
Nico:
¿Por qué me metes en la conversación? Si yo no he dicho nada
MINECRAFT!
Beka LaQueen:
Te has dado por aludido tú solito, guapo
Cris, ven. Aceptamos que vengas con compañía!!
Partner in crime [Cris]:
Dice que no le gustan los Pitufos.
Con punto final y todo. Lo conozco lo suficiente para saber que es su última palabra.
—Este tío… —murmura Beka—. Pues nada, uno menos.
¿Quién es? ¿Es guapa? ¿Están liados? Oh, Dios. ¡Estoy celosa! No puedo estar celosa. Niego con la cabeza, de tal modo que Beka y Noa me miran de una forma que no me gusta en absoluto. Le quito importancia y dibujo una sonrisa todavía más falsa que mi tono desinteresado.
Perfecto, soy una puta hipócrita. Otra buena cualidad para mi currículum. ¡Bien!
—Yo tampoco voy a poder ir, me acabo de acordar de que tengo planes esta noche.
Planes con la app de Tinder, que pienso volver a descargar según llegue a casa. Beka se queja, pero Noa se acerca y me pasa un brazo alrededor del cuello. No dice nada, pero le agradezco el gesto. Me hace sentir bien.
Yo:
Disfrutad, chiquis
Yo tengo planes.
Con punto y final también. Jódete.
Me despido de las chicas. Beka dice que se va a dar una ducha a la casa de Noa y así ya salen directas para el cine, ya que vive a dos calles. Me parece genial, porque necesito soledad. Pensar, decidir.
Pero yo no voy para casa. Apresuro el paso. Siento como la vena del cuello me late sin control.
Me paralizo al llegar al portal de su piso. Tiro de él y doy las gracias al universo cuando se abre sin más. Ni lo pienso: me introduzco en el edificio y subo las escaleras tan rápido como puedo. Necesito aclarar esto cuanto antes.
Timbro dos veces, espero a que me abra la puerta y, sin más preámbulos, lo empujo con toda la fuerza que puedo tener después de subir dos pisos de escaleras, aguantar unos cincuenta y cinco minutos de zumba, y morir día y medio de resaca.
—¿Se puede saber qué te pasa? —pregunto sin más. Cris me observa, perplejo, durante un par de segundos, pero pronto relaja el gesto y dibuja una pequeña sonrisa en los labios.
—Hola, Andrea. ¿Quieres pasar? —Se ríe de mí... ¡pues que le den! Cierro la puerta de un portazo y me giro de nuevo hacia él, impaciente.
—Responde —le meto presión.
Tuerce los labios. Genial, ¿vamos a comenzar a enviarnos las respuestas por onda expansiva o cómo va la cosa? Alucino.
—Estás cogiendo una costumbre muy mala de plantarte en mi casa cuando te viene en gana —me provoca, y me mira con reprobación.
¡Venga ya!
—No seas cínico. Eso ya lo hacía antes —me defiendo vagamente.
Se ríe, porque, al parecer, cuento unos chistes de la hostia.
—No me cabrees y responde de una vez. ¿Qué diablos pasa contigo?
Elevo el tono más de lo debido, pero lo cierto es que me da igual.
—Deberías bajar la voz —responde al fin, hace un movimiento de mano ante mí. ¿Me está llamando gritona?—. No estoy solo.
Anda, genial.
—Eres un idiota, ¿sabes? Te presentas en mi casa con todo el morro. —Bajo la voz. Veo como entreabre los labios y hace un movimiento con la cabeza que entiendo sin necesidad de que lo explique—. ¡No es lo mismo! Yo vengo a pedirte explicaciones y tú...
—También tenía motivos para pedirte explicaciones, Andy. Y lo sabes. —Asiente con la cabeza.
¡Aggg! ¿Por qué siempre tiene razón?
—Mantengo que es diferente —susurro.
Lo es, y él lo sabe tanto como yo. Me debe una buena explicación, ¿y ahora resulta que está ocupado? Venga ya.
—Querías hablar, ¿no? Pues, venga, hablemos. Empieza.
Veo como dibuja un gesto que no me gusta un pelo. Eleva las cejas como si le diera exactamente igual mi berrinche.
—Estoy más preparado que tú para hablar, pero creo que no es el momento. Hoy. Aquí. Ahora.
—Tienes dos opciones, Cristian —expongo, con tono amenazante.
Elevo el dedo índice delante de su rostro, y veo como eleva las cejas.
Odia que lo llame por su nombre completo.
Pues es lo que hay, guapito—. O me explicas qué cojones está pasando aquí, o voy a ver a tu amiga y le digo que somos novios.
Puedo montar una escena de celos preciosa, créeme.
Le tiembla el labio inferior. Tal vez, en otro, esa sea una buena señal, la prueba de que mi amenaza surte efecto; pero, en él, no lo es. En menos de un segundo estalla en una fuerte carcajada y me hace un gesto hacia la sala.
Tuerzo los labios, ¿es que le da igual? Tal vez no me crea capaz de hacerlo. Pues él verá.
Hago un gesto de autoridad y comienzo a caminar hacia la fusión de cocina salón, más decidida de lo que me esperaba; pero, cuando abro la puerta, me sorprendo al ver a Isabel y a Valentina tiradas en el sofá.
—Andrea, qué alegría. —Su madre se acerca en dos grandes zancadas y me acuna entre sus brazos.
Presiono los labios. ¿Esta es su cita para esta noche? Juro que me quiero morir en este preciso instante. Soy gilipollas.
—¡Cuáááántooo tieeempoooo! —alargo mucho las letras. Hablo balleno. Ella me observa extrañada—. Me alegra muchísimo verte, pero no os quiero molestar. Venía a traerle una cosa a Cris que…
Miro hacia atrás. No tengo nada, claro, y mi mejor amigo no me piensa ayudar. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, muy divertido.
—Claro, cariño —me dice ella—. Seguro que necesitas darle algo, yo no me voy a meter en eso.
Aprieta los labios y yo me hago pequeña en el acto. Cris se ríe, no le da ni una pizca de vergüenza que su madre crea que vengo a su casa en busca de… ¿sexo? Joder.
Las mejillas se me colorean al instante.
—Me siento como una idiota. Podías haberme avisado —protesto en voz baja, tan pronto me meto dentro de su habitación.
Me tiembla la vena del cuello y siento unas ganas ingentes de llorar a moco tendido. Soy idiota perdida.
—¿Y perderme esto? Jamás.
Cristian frunce el ceño e intenta controlar una carcajada. Decidido: lo odio.
Ojalá pudiera volver el tiempo atrás y no besarlo. Me dijo que todo lo que nos pasaba era una utopía… ¡debería haberle hecho caso!
—Necesito muchas explicaciones. Puedes empezar cuando quieras. —Me cruzo de brazos con gesto decidido. Estoy enfadada y ya ni recuerdo por qué. Son demasiados motivos.
Se deja caer en la cama. Me observa con un gesto impasible que me pone enferma.
—Mi madre tenía que venir a los juzgados, el imbécil de su marido se niega a traerla a primera hora de la mañana, y cómo tiene un hijo aquí…
—No, idiota, no me refiero a eso.
Chasquea la lengua y me mira, confuso.
—Dijiste por el grupo que tenías planes.
Bufo.
—Sí, mi plan era abrirme de nuevo la cuenta en Tinder —reconozco. Él eleva las cejas, divertido—. Quería joderte y tener una cita esta noche, más que nada porque tú también lo habías hecho.
—¿Creías que tenía una cita Tinder?
—O con la sobrina de alguna compañera de trabajo, qué voy a saber yo. —Frunce el ceño—. El tema es que habías quedado con una chica y yo… quería que tú también te pusieras celoso. Pero me veo incapaz de ligar por Tinder, joder, ¿me enseñarás?
—¿A qué, Andy?
Se levanta y se pone a mi altura. Yo ya no me acuerdo ni lo que le he preguntado, porque su mirada se fusiona con la mía y necesito tragar los nervios que me devoran entera.
—A ligar, creo —digo por inercia—. No tengo ni idea de qué estábamos hablando.
Estira la mano y me acaricia el dorso de la cara con ella. Muy despacio.
—Tú ya ligas de puta madre —reconoce.
No se ríe, me dedica una pequeña sonrisa. Esa que tiene solo para mí y que me pone la piel de gallina. Todo mi cuerpo reacciona ante él y siento el impulso de fusionarnos por completo. De besarlo hasta hartarme de sus labios. De sentirlo. De que forme parte de mí.
—¿Qué nos está pasando? —pregunta, con la voz rota.
Trastabillo un poco más. Su mirada baja a mis labios, los escanea. No tengo una respuesta coherente para eso. En realidad, incoherente tampoco.
—Estoy cagada de miedo…
Él suspira y asiente.
—Y yo.
Su aliento me roza los labios. Me muerdo con fuerza el interior de la mejilla.
—Nuestra amistad…
—No se va a ver afectada por esto —completa—. Jamás.
—Sin efecto retroactivo.
Apoya la cabeza en la mía y suelta un fuerte suspiro.
—Joder, Andy, me lo pones todo muy difícil… Me muero de ganas de besarte, pero es que si me hablas con términos legales yo ya…
—Bésame.
La petición sale sola. Él se aparta un poco y me mira. Traga saliva. Puedo sentir su miedo, ese que compartimos, y también sus dudas, pero, sobre todo, sus ganas. Me llegan por onda expansiva.