Por un día, voy a permitirme ser feliz
Me dejo caer de espaldas a la puerta. Me tapo la cara con ambas manos y maldigo mil veces. Bufo, protesto y me dedico mil quinientas palabras hirientes. ¡Si es que soy tonta! ¿Quién me habrá mandado a mí a meterme en un callejón sin salida?
«Tú te metiste aquí, tú lo arreglas». Me abofeteo interiormente y me levanto del suelo.
Tengo que echarle ovarios a la situación, decirle a Íñigo las cuatro cosas que tengo en mente, y dejar de preocuparme por chorradas.
Porque todo son tonterías, pamplinas. Nada que no se arregle con un par de cervezas el sábado y un buen baile. ¡Claro que no!
Respiro con ansiedad. Siento como el sudor de las manos es cada vez menos tolerable. Ni yo me creo todas las tonterías que pasan por mi mente. Nada es tan fácil.
—Oliver dice que no sabe ni dónde está —bromea desde la cocina—. Le dije que nos pasara la ubicación, por lo que sea, pero fijo que no nos necesita.
Quiero sonreír, pero no puedo. La sonrisa se me muere en la comisura de los labios tan pronto pongo un pie dentro y soy consciente de la situación.
Íñigo eleva la mirada y me observa, con un gesto distraído que pasa a preocupado.
Parpadea un par de veces antes de levantarse de la silla y caminar hacia mí.
—Andy, joder, ¿qué te pasa?
Su pregunta, y el modo de pronunciar mi nombre, me hacen temblar en el sitio. Siento ganas de llorar y de gritar a partes iguales. Pero no puedo sincerarme con él porque no sería justo… ni porque ni yo misma sé qué es lo que me pasa.
—No sé qué haces aquí —murmuro—. La verdad, me duele mucho la cabeza y solo tengo ganas de esconderme debajo de mil mantas para que no me dé la luz del sol.
—Te morirías de calor, cariño.
Sonrío ante sus palabras y no puedo más que darle la razón, porque la tiene. Él chasquea la lengua antes de apartarse dos palmos de mí.
—No quería hacerte sentir mal, creí que… después de lo de ayer…
—No.
Es lo único que soy capaz de decir. Necesito dejarlo claro, aunque no pueda explicarlo todavía. Él me observa desde una distancia prudencial.
—Sé que no, Andy, me porté como un idiota cavernícola. No tenía derecho alguno a besarte. Tú nunca me diste señales de ningún tipo. Llevo desde esta mañana pensando en por qué lo hice y… no lo sé.
Se lleva una mano a la cabeza, confuso.
—No me gustas —determina. Lo miro y sonrío—. Es decir, joder, eres muy guapa y tal, pero…
—Tú tampoco me gustas.
Lo señalo de arriba abajo porque es posible que sea la primera mujer del mundo que le dice eso. Él suelta una carcajada y asiente.
—Lo sé, joder, lo sé. Pero te besé.
—Me besaste.
Lo repito por pura inercia, como si fuera necesario. Él respira hondo y suelta el aire, poco a poco.
—Hace unos días quedé con unos compañeros de la uni —me dice sin más.
Yo asiento, no porque lo sepa, sino porque lo escucho.
Pero no puedo más, así que camino hacia atrás unos pasos hasta que mis piernas chocan contra la silla y me dejo caer.
Él me observa, aunque con gesto distraído—.
Dos de ellos se van a casar, tía. Dos de ellos.
Hace cinco años que terminamos la puta carrera. ¿Estamos en edad de casarnos?
—Desde luego que no —dictamino.
—¡Gracias! —exclama, demasiado alto para mi gusto—. Y una está embarazada de ocho meses. A punto de explotar.
—El mundo se ha vuelto loco.
—Pienso lo mismo —murmura. Agradezco que haya decidido bajar el tono, porque la cabeza me quiere explotar. Se sienta frente a mí y me mira—. Y en medio de todo este lío… te besé.
—Pues si piensas casarte y tener hijos… conmigo vas por mal camino.
—Creo que fue por eso. —Asiente. Yo parpadeo—. Es decir, no me malinterpretes, pero no buscas algo tan… tradicional.
—Desde luego que no, pero tampoco quiero nada contigo. Eso ya lo habíamos dejado claro, ¿no?
Sonríe y asiente.
—Y yo que pensaba que, cuando terminaras con el friki, yo sería tu primera opción —bromea.
—No eres ni una opción, Íñigo —reconozco. Casi prefiero ser sincera con él, a que se monte películas extrañas—. ¿Quieres sentar la cabeza? —Niega—. Pues ya está, chaval, vive la vida y listo.
—¿Tú crees que debería?
—Si te soy sincera, me importa una mierda —digo sin más—. Si quieres tener pareja, genial, si no quieres… pues también. No te juzgo por eso, y el resto tampoco.
—Noa sí.
Parpadeo y me giro hacia él. ¿Me quiere decir que…?
—No, campanilla, no me gusta Noa tampoco. Puedo ver cómo te sale humo de esa cabeza hueca que tienes —bromea—. Solo te digo que ella sí que me juzga. Y también a Oliver.
—No lo hace, cariño —dictamino, porque lo sé—, solo tenéis un modo distinto de vivir la vida. Pero, si te juzgara… ¿a ti qué más te da? Es tu vida, vívela como te plazca.
Saco un par de hielos del congelador y se los echo a un vaso. Necesito café, pero paso de volver a quemarme la lengua y, además, odio el café caliente en pleno mes de julio… casi agosto.
—¿Me quieres contar ahora qué te preocupa a ti?
Niego, porque, en realidad, no quiero. Él me mira y asiente. No aporta nada, creo que no es necesario. Se acerca y me da un abrazo.
—Te dejo descansar —murmura—. Te quiero mucho, Andy, pero…
—Solo como amigo, gracias.
Él sonríe y me da la razón.
El móvil me vibra encima de la mesa. Pienso que será algún mensaje del grupo, así que lo ignoro, pero el sonido se hace constante, persistente. Clavo la vista en la pantalla y dejo el café sobre la encimera.
Es un número fijo de Pontevedra. Un sábado… y festivo. Íñigo se encoge de hombros, me da un beso en el tope de la cabeza y sale de mi casa sin decir nada más.
Al menos una batalla menos que luchar.
Miro el móvil y, cuando está a punto de cortarse, decido responder.
—Hola, buenos días, ¿hablo con Andrea?
Le confirmo que sí, que soy yo, y se presenta como Olga. Es una voz de mujer dulce, contenida, y con un fuerte acento gallego que me encanta. Me explica que me llama desde el IGEMA y yo casi salto en el sitio.
Es festivo, puede ser una puta inocentada, pero me da igual.
La escucho atenta. Me confirma que mi currículum les ha impresionado mucho, y que le gustaría poder hacerme una entrevista rápida.
Me cuenta un poco por encima que en septiembre harán una incorporación de varios ingenieros y que le gustaría conocer mi disponibilidad.
Me cuesta creer que sea verdad, pero decido que, por un día, voy a permitirme ser feliz y creerlo.
Me hace algunas preguntas, la mayoría, relacionadas con mis intereses en relación al trabajo.
Le llaman la atención mis últimos empleos y me pregunta el motivo por el que no decidí dedicarme a nada relacionado con mis estudios.
Me siento tentada a decirle que por imbécil, pero me muerdo la lengua y me decanto por un sencillo «no surgió la oportunidad todavía».
Tengo cero experiencia, más allá de las prácticas de fin de carrera y máster, y sé que eso no ayudará.
Hacer una entrevista en plena resaca no es algo que recomiende, pero consigo ligar las palabras y hablar con cierta coherencia. O eso creo.
Tan pronto cuelgo, pego un grito de emoción, me tomo un paracetamol y me meto en la cama a dormir tanto como el cuerpo aguante.