Sin efecto retroactivo Tal vez solo la pones perraca
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Tal vez solo la pones perraca

Puto sol. Me giro hacia un lado y después hacia el otro. ¿Quién le dio permiso para meterse en mi piso? ¡Fuera!

Me tapo la cabeza con la almohada y pido a algún ser supremo que comience a llover con fuerza para que el sol desaparezca. Pero, a los dos minutos, me doy cuenta de que mis ruegos no son escuchados por nadie.

Resignada, me levanto de la cama; arrastro los pies y me meto dentro del cuarto de baño.

Pero… ¿qué me ha pasado? Observo mi reflejo y siento verdaderas ganas de llorar... pero mucho, durante días, meses o incluso años. Doy verdadera pena: con el rímel corrido, el pelo alborotado y el maquillaje por partes. Recapitulemos, ¿qué pasó ayer?

Por el tamaño, forma y tacto de mi pelo, sé que me empapé. Bien, algo es algo, pero...

Me llevo una mano a la cabeza, creo que hace mucho que no me duele tanto como hoy. Sin duda tendría que dejar de beber, estoy demasiado poco acostumbrada a hacerlo.

Cojo una toallita del neceser y me la restriego por el rostro. Cuando el tono marrón asqueroso me notifica que ya no puede limpiar más, me hago con otra, y así hasta cuatro.

Mi rostro sin maquillar no tiene mucho mejor aspecto, la verdad. Madre mía, Andrea. Si sales hoy... ¡triunfas!

Me resigno a vivir con mi rostro de muerta y salgo del cuarto de baño. No tengo ni idea de qué hora puede ser, pero me muero de hambre.

Antes de ir a la cocina me aproximo a la mesita y observo, por encima, mi teléfono móvil. No me sorprendo al ver que tengo millones de notificaciones en WhatsApp e Instagram. Nada nuevo.

Entro en las primeras y me percato de que miles son del grupo de amigos: ni las abro; cuatro son de Beka y tres de Cris.

Miro los de mi compañera de piso, porque hasta ahora me había olvidado de que no sé nada de su vida.

Beka LaQueen:

Estoy en casa de ligue Tinder

De noche te veo, perra

Te quierooooo

Por ciertoooo, qué fuerte lo de anoche, tíaaa!

¿Lo de anoche? ¿Pero…?

Oh, mierda.

Los recuerdos me llegan a modo de fogonazos. Joder, la cagué.

Bachata. Íñigo. Beso. Cris.

Me tapo la boca y tiro el móvil sobre la cama sin entrar en su conversación.

¿De verdad le pregunté si estaba celoso? ¡Sí, sí, sí! Dios, soy imbécil.

¿Quién fue la que dijo: vamos a dejarlo pasar? ¿Vamos a fingir que nada ocurrió entre nosotros? ¿Vamos a seguir como si nada? ¡Ahhh! Seré idiota.

Doy vueltas por la habitación, tal como si estuviera loca de remate, hasta que llego a una conclusión: tengo que coger el toro por los cuernos. Yo la cagué, pues yo lo soluciono y... ¿qué mejor que culpar al alcohol de ello?

Pero antes de comenzar a hacer reales las palabras que me cruzan la mente, mi vista se deposita en su primer mensaje, nada más y nada menos que a las ocho menos cuarto de la mañana. ¡Pues sí que es madrugador!

Partner in crime [Cris]:

Cómo estás?

Me sentí fatal por dejar que te fueras así

Porfa, confírmame que llegaste bien a casa.

Desvío la mirada hacia la zona superior de la pantalla del móvil. ¿Las cuatro? Me froto los ojos, ¿de verdad son las cuatro?

Partner in crime [Cris]:

Bueno, espero que sea que sigues en coma por la resaca.

Háblame cuando puedas, porfa

Y un último mensaje, y el más definitivo de todos.

Partner in crime [Cris]:

Estoy de camino a tu casa

¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? Cruzo los dedos.

Que me lo acabe de enviar, por favor, que me lo acabe de...

Antes de poder fijarme en la hora, el timbre me notifica que, en efecto, no me lo acaba de enviar.

¡Mierda!

Me miro en el espejo de la habitación. Joder. Da igual, esto es lo que hay: rezumo resaca por todos los poros.

Timbra una segunda vez. Bufo.

—¿No podías esperar dos minutos? —pregunto, tan pronto abro la puerta.

—Qué guapa estás cuando te despiertas —me dice la persona que me espera al otro lado del pasillo y se acerca a darme un beso en la mejilla.

Me aparto con rapidez y eso termina en un simple gesto sin sentido, con sus labios pegados en mi barbilla.

Me revuelvo con incomodidad, sobre todo al darme cuenta de que estoy con una simple camiseta que no me tapa casi nada.

—Íñigo… ¿qué haces aquí?

—Pensé que me esperabas —dice con coquetería.

¿Esperarle? ¿Es que está loco? Lo esperaría si me hubiese mandado un mensaje o...

¡Mierda! Cris es el que está a punto de llegar.

Piensa, Andrea, piensa en alguna excusa.

Pero a mi mente llegan de todo menos excusas decentes.

Me introduzco en la cocina y, sin hacerle caso a nada, me pongo a preparar un café. Necesito cafeína y una buena idea para salir de esta.

Íñigo me sigue, se deja caer en una de las sillas en silencio, lo cual agradezco. Intento centrarme y pensar con claridad, pero no consigo nada de lo que me propongo. ¡Maldita sea!

—¿Esperas a alguien? —Niego sin prestar atención a nada y continúo con mi labor.

Tan pronto termina de llenarse la taza, la quito y me la llevo a los labios.

¡Joder! Quema, quema, quema. La dejo sobre el mármol y me acerco al grifo. ¿Por qué siempre me pasa lo mismo? ¡Putos nervios!

—Eh, tío. ¿Qué tal? —Escucho desde la puerta.

Espera, ¿tío? A mí no me llamaría tío, ¿verdad? Me miro de arriba abajo y siento cómo me invade un bochorno insoportable.

—Mira quién ha venido, Andy —dice Íñigo en un tono bastante alto como para que yo pueda fingir que no lo escucho.

Me giro y no puedo evitar morderme el labio inferior cuando aprecio el gesto de Cris, desconcertado.

Yo sé que no le debo nada, que puedo hacer lo que me venga en gana, pero... la cagué, pero de aquí a Marte, por lo menos.

—¿Café? —me limito a preguntar, como si nada tuviera importancia, como si fuera una reunión de amigos más.

Solo Íñigo asiente. Repito el mismo proceso que con mi taza, pero sin llevármela a los labios, por supuesto.

Al girarme, veo que los dos chicos están inmersos en una conversación de la que seguro no me percaté por la tontería que me tiene invadida en este preciso momento.

—Gracias, preciosa —suelta Íñigo de sopetón. Alarga la mano y me da una palmada en el trasero.

Me quedo patitiesa ante ese acto, ¿quién diablos se cree? Cris me mira y sé, a ciencia cierta, que me he puesto roja como un tomate. ¡Pero no por lo que él piensa! Joder...

Ocupo un sitio junto a Íñigo, ya que no me queda mucho más remedio.

—¿Y qué te trae por aquí? —le pregunta a Cris. Suspiro, no sé si quiero que lo diga.

Me abofeteo interiormente una y mil veces.

¿Cómo quedará mi orgullo si suelta que me beso con uno de mis mejores amigos, y le hago una clara declaración de intenciones a otro, en una misma noche? Madre mía, Andrea, ¿en qué te estás convirtiendo?

—Nada, quería hacerle una consulta a Andrea —dice sin más—.

Resulta que esta noche, o más bien de madrugada —Ahí va la bomba.

La va a soltar, claro que sí. Le dirijo una mirada un tanto intimidatoria, pero no se amedrenta ni un poquito —, apareció por la puerta de mi casa un...

exrollo. —Lanzo un suspiro, agradecida, aunque algo molesta por su definición.

—Vaya horitas —expone Íñigo.

Ahórrate los comentarios, colega. No hacen falta.

—Pues sí. Se supone que quería preguntarme si no me parecía mal que ella se enrollara con otro, ¡ya ves tú! —Le da un golpe a Íñigo en el brazo, y ambos sueltan una carcajada.

Nunca entendí ese lenguaje entre «gallitos», y, si antes me molestaba, ahora más. Qué panda de idiotas.

Me llevo la taza a los labios, me hago la tonta y le doy un pequeño trago. Por suerte, ya no está tan caliente y no me veo obligada a correr en busca de agua fresca para calmar el escozor.

—Y digo yo… ¿por qué me iba a molestar que ella se tire a otro si entre nosotros no hay nada? —Íñigo se encoge de hombros, como si el tema no fuera con él—. No entiendo a las mujeres, Andrea. Supongo que tú, que formas parte de su selecto club, podrás darme una solución... ¿no es así?

Mi nombre completo, como no.

—¿Cómo sabes que pasó algo entre ellos? —pregunto y fijo los ojos en él.

Vale, entiendo lo que parece, pero... Que no, que yo no me acostaría con Íñigo jamás, aunque yo esté medio en bolas y él en mi casa. No pasó absolutamente nada.

—Tal vez solo sea un cúmulo de malos entendidos.

—No lo creo. —Se hace el listillo, lo cual me incomoda muchísimo.

Él no sabe nada, ¿por qué no puede escucharme?

—Pues deberías creerlo, porque, por el hecho de que estén en la misma casa, no tuvo que ocurrir nada. Tal vez solo sean amigos y él haya ido a darle los buenos días. —Cris sonríe de forma descarada ante mi metedura de pata, pero no me amedrenta.

¡No, señor! Ya estoy lanzada. Ya puestos, me da igual.

—Y antes de que digas nada, que te conozco —alego y me giro hacia Íñigo, quien parece darle vueltas a algún tema—: Sí, estoy totalmente a favor de que las mujeres nos acostemos con quién nos salga del chocho, exactamente igual que hacéis vosotros.

Pero es que os encanta sacarlo todo de contexto. —Me tiro hacia atrás en la silla.

Anda, lo a gusto que me he quedado, oye.

—¿Cómo sabes tú todo eso? —pregunta Íñigo y se gira hacia mí.

Vale, tal vez sí me importe. Trago saliva antes de inventarme una tonta mentira. Cruzo los dedos y... a esperar que cuele:

—Porque me lo contó.

Simple. Directo. Cris sonríe, pero Íñigo no lo mira.

—Yo no entiendo nada —sentencia Íñigo, pensativo—.

A ver: una tía te va a ver a las tantas de la madrugada y te pregunta por qué no estás celoso, ¿pero tú sabías que se había enrollado con ese otro?

—Cris asiente sin apartar la vista de mí.

Suspiro, necesito que esto se termine...

y pronto, o me dará algo—. ¿Os volvisteis a enrollar?

—No, ella decidió por los dos que no era buena idea seguir con eso.

—Tal vez piense que es mejor seguir como amigos —me defiendo.

Entre que uno me lanza puñales y el otro saca absurdas teorías, terminaré loca.

—Se enrolló con otro... —repite, por si no había quedado claro. Se lleva una mano a la barbilla, como si intentara desvelar el crimen más complejo de la historia.

Lo conozco, soltará alguna barbaridad. Entreabro los labios para parar la situación, pero Cris me lo impide. El muy idiota lo conoce tanto como yo, y sabe lo que viene. Bufo.

—Le molas.

¿Qué? Miro hacia ambos con cara de asombro. Vale, me esperaba otra cosa, ¡pero es que esto es peor!

—Cómo pasaste de ella, se tiró a otro tío. Así de simple. Y luego quiso ponerte celoso.

Sí, simplísimo, colega. Solo falla una cosa: yo no me tiré a nadie.

Bueno, a alguien sí, pero... ¡no esta noche ni a ninguno de los presentes!

Siento ganas de gritar y de largarlos a los dos de mi casa a empujones.

—O tal vez es idiota y ya está. Es mejor no buscarle sentido a las cosas. —Intento quitarle importancia al asunto.

No soy capaz de mirar a Cris, porque sé que me moriría de la vergüenza, pero sé que él tampoco me mira.

—O tal vez solo la pones perraca. ¡Yo qué sé! No soy ningún experto. —Suelta una fuerte carcajada tras decir esto.

¿Perraca? ¡Venga ya!

—Pues, como dice mi madre, es mejor callar que decir tonterías.

—Mi madre solía decir que es mejor meterse la lengua en el culo.

Pongo los ojos en blanco y, a continuación, le dirijo una mirada a Cris, notificándole que, como siga por ese camino, me las pagará.

Él simplemente me dedica una pequeña sonrisa.

—Está bien, pareja. Yo ya os dejo —dice y se pone en pie. Se despide de Íñigo con un apretón de manos.

—Te acompaño a la puerta. —Me limito a decir. No tengo ganas de hablar, casi agradezco que se vaya.

Íñigo, por suerte, se queda entretenido con su café, por lo que ni se molesta en poner sus ojos sobre nosotros.

—Ya hablaremos tú y yo —le digo justo antes de cerrarle la puerta en las narices.