Sin efecto retroactivo ¿A dónde vas, tigresa?
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¿A dónde vas, tigresa?

Tardo demasiado en reaccionar, la sangre no me llega al cerebro con normalidad. Tal vez sea culpa del alcohol que me recorre las venas. O puede que sea una excusa maravillosa para justificar que me haya quedado petrificada aquí, como una estatua.

Me separo y me disculpo. Creo. No lo sé. No me fijo en nada ni nadie, solo necesito relajarme, centrar la cabeza y mis malditos nervios desbocados.

Miro alrededor y, en menos de un segundo, desaparezco de su vista y salgo del parque. Necesito respirar. Necesito aire.

Desde ahí, me llegan multitud de canciones sin coherencia. Un batiburrillo de estrofas, estilos diferentes. Se escucha la música de las atracciones mezclada con toda la que ponen de ambiente dentro del parque.

Pero yo solo puedo escuchar a Chayanne y a su bachata.

¿Ahora soy una «comeamigos»? ¿En serio?

Soy la peor persona del universo.

Abro el bolso y busco el móvil con rapidez. Tengo algunas notificaciones de WhatsApp. Varias son del grupo de amigos. Lo abro por pura inercia, y veo que se trata de varios mensajes con la ubicación y varias fotos. Entre ellas, una mía con Íñigo.

Me quiero morir. En serio, el corazón se me para durante un par de segundos. O yo lo dejo de sentir, al menos.

Tengo también una de Joaquín, pero no tengo cuerpo para atenderla ahora mismo. Y otra de mi hermana.

Busco la conversación de Cris y observo que, desde que leyó mi mensaje, no se volvió a conectar. Necesito hablar con él tanto como respirar: por encima de todo es mi mejor amigo, y el único que podría comprenderme.

Paseo la mano por la pantalla. Releo el mensaje diez veces:

Yo:

Podemos hablar?

No lo envío. Salgo de la aplicación sin borrar el mensaje y accedo al parque de nuevo.

Los busco con la mirada y veo que solo están las dos chicas.

Beka mueve los hombros al ritmo de la música.

Esta vez, una canción de Lola Índigo, que agradezco que desplace en mi cabeza la de Chayanne; mientras que Noa no quita el ojo de su teléfono móvil.

Me acerco y me dejo caer entre ellas, en mi sitio de antes, que me alegra comprobar que sigue intacto.

—¿Y Cris? —pregunto en voz alta. Ambas se giran hacia mí, recibo una mirada un tanto neutra de Noa, pero es Beka la que responde.

—Se fue hace un momento. —Me ofrece una copia exacta de la copa anterior—. Íñigo te estuvo buscando. —Me guiña un ojo tras decir esto.

Dios, Beka, no. No es el momento.

—¿Por qué se fue? —pregunto, temerosa de la respuesta. Beka se encoge de hombros.

Lo último que pretendía, ahora nos sentimos incómodos juntos. ¡Joder!

Me llevo la copa a los labios y bebo el contenido de un solo trago. Recuerdo mi advertencia de no beber más y la mando a la mierda. Beka me observa un tanto extrañada, pero asiente con una sonrisa. Se incorpora y me ofrece la mano.

No quiero bailar, cariño. Ya no.

—Hola, chicas. —Me giro al escuchar la voz de Javi. Sonríe, aunque solo lo hace con los labios. Tiene los ojos apagados. Creo que no soy la única que lo nota, ya que todas ponemos la vista en él.

—¿A quién le tengo que pegar? —pregunta Beka y se acerca a él con rapidez.

Javi sonríe e intenta relajar la situación. No quiere hablar, eso está claro, pero nos necesita a su lado. Y esta es la señal que necesitaba para quedarme y acceder a seguir con el plan de conciertos en la plaza de la Quintana, como cada año.

Agarro la mano de Javi y tiro de él hacia la plaza. Los demás nos siguen. No tengo ni idea de quién son los conciertos… y me da igual. Cuando llegamos, me encargo de bailar con él hasta agotarnos. Antes de que comience el último concierto del día, tiro de él hacia la zona del bar.

—Me encanta esta canción —me chilla al oído—. ¿Me quieres contar por qué no está Cris o me tengo que creer que se fue porque estaba cansado?

Presiono los labios. Pido dos cervezas y, tan pronto me dan los vasos, le doy un trago largo al mío, como si estuviera muerta de sed y no muerta de vergüenza.

—Cuando tú me cuentes qué pasó con tu ex.

Él chista la lengua y se apoya en la pared para mantener el equilibrio.

—¿Te puedo contar algo? —Asiento con obviedad—. A veces, me arrepiento de haberlo dejado con Lucas. En ocasiones, buscas algo fácil sin darte cuenta de que lo fácil… a veces es lo más complejo.

Le da un trago a su vaso de cerveza.

—¿Por qué lo dejasteis?

Él suspira y se encoge de hombros, como si no lo supiera o no lo recordara.

—Se fue a estudiar a Londres un par de años. En principio, nos dio igual, pero… yo qué sé, era duro. Discutíamos muchísimo: desconfianza, celos y todas esas historias que provocan los kilómetros.

—Las relaciones a distancia son duras… —Él asiente—. Bueno, pero nunca es tarde. Habla con él, quedas un día y… quién sabe. Igual no tiene pareja.

Él parpadea y me mira, confuso.

—Dime que sabes que trabaja en el Atlantis —pido.

Se atraganta.

—Hostia, ¡qué no lo sabías! —exclamo—. ¡Te acabo de dar un notición sin querer! ¿Cuánto me quieres ahora mismo?

Él estalla en una carcajada provocada por el alcohol, porque mi chiste… muy gracioso no es que sea. Me agarra por la cintura y me anima a bailar Meu cariño , de The Rapants, de un modo para nada sincronizado. Me río hasta que Íñigo se acerca y le pasa un brazo a Javi por encima de los hombros.

Y yo aprovecho ese momento para apartarme un par de pasos. Me fijo en Íñigo y los recuerdos del beso me regresan en forma de fogonazos. Me agobio. Saco el móvil del bolso y me fijo en la hora. Son las cuatro y media de la mañana.

Estoy muy borracha y eso se nota. Respiro hondo. No sé en qué pienso, pero no dejo de caminar. Acelero un poco más el paso, ya que hace un frío que pela, sobre todo para ser julio.

Escucho un par de piropos bastante feos que prefiero obviar: estoy demasiado borracha como para hacerles frente.

Tiro de la puerta tan pronto llego al edificio. Hace un montón de tiempo que está rota, y Cris ya lleva puestas no sé cuantas reclamaciones a la comunidad de propietarios, pero ni caso le hacen. Y eso que es el abogado sexi.

Aun así, en un momento como este, lo agradezco.

Subo por las escaleras, con la intención de que así se me pase un poco la cogorza tonta que llevo encima, y llego ahogada.

Seré boba.

Intento recuperar el aire frente a la puerta de la casa de Cris y, cuando siento que ya me llega a los pulmones, timbro. Espero un par de segundos y repito el proceso. Me impaciento. No sé ni cuánto tiempo llevaré aquí, pero me da igual: no me voy a ir sin respuesta.

Escucho una maldición al otro lado de la puerta, lo cual me hace sonreír.

Abre con brusquedad, y me llama la atención su gesto ojeroso. Estaba dormido, ¿lo he sacado todo de contexto?

—¿Andrea? —pregunta, fija la vista sobre mí. Mi nombre completo otra vez.

Aprecio como se frota los ojos.

—¿Estabas dormido?

—¿A las cinco de la mañana? La verdad es que no, suelo estar despierto a estas horas.

Don sarcasmo.

—¿Por qué te fuiste? —Me adentro en su casa sin antes ser invitada. Se queda paralizado en la puerta y, como si no reaccionara a tiempo, observa el pasillo con gesto cansado.

Al percatarse de todo, cierra la puerta y se gira hacia mí.

—Ahora soy el responsable de una adolescente.

—Claro, seguro que es eso —digo sin más.

Cristian clava sus ojos en mí, lo cual me hace sentir un pequeño escalofrío.

—¿Por qué iba a ser si no? —pregunta y camina en mi dirección.

—No te despediste.

—Estabas ocupada —repone con obviedad.

Entonces es eso, ¡claro que sí! Está molesto porque le estaba comiendo los morros a Íñigo, ¡pero no tiene motivo para estarlo!

—¡Lo sabía! —expongo, y lo observo con superioridad. Como respuesta, entorna los ojos—. Pues quiero que sepas que no tiene sentido que te sientas así, ¿no habíamos quedado en dejarlo pasar?

—Andrea… —Usa ese tonito que odio, como si yo lo sacara todo de contexto. Porque no puede ser así, ¿verdad?—. ¿Vienes a mi casa a las cinco de la mañana para decirme eso? —pregunta, con gesto cansado.

Que no me venga con esas, no. Yo tengo razón y... ¡Adoro tener razón!

—No, vengo a decirte que estoy harta de que todo haya cambiado. Que quiero recuperar a mi amigo de siempre, que te quiero y que...

—¿A las cinco? —repite, el muy pesado. Asiento—. ¿No podías decírmelo mañana, no sé, a las diez, por ejemplo?

¿A las qué? Joder, a esa hora pienso estar en medio de mi coma postfiesta. Esta me parece una hora mucho más razonable, ahora mismo.

—Vale, Andrea, mañana hablamos de lo que quieras, pero ahora necesito dormir. —Bosteza—. Y no quiero que se despierte Valentina.

—¿De verdad no te importa nada? —pregunto, exasperada. Me observa con gesto neutro—. ¿Te dio igual que Íñigo me besara delante de todos? ¿Te da todo igual?

—No sé qué quieres que te diga —dice con tranquilidad—. Hace un segundo querías que todo fuera como siempre, y ahora me preguntas si me pongo celoso por un simple beso entre amigos.

¿Un simple beso? Le da lo mismo, como si no hubiera pasado nada... Pues alucino. Entreabro los labios para protestar, pero él se adelanta a mis pretensiones.

—Los dos sabemos que mañana le pedirás que lo olvide, que olvide que os besasteis, porque eso es muy fácil, ¿verdad?

Me deja muda. No sé qué responder. De hecho, ni siquiera estoy segura de tener la capacidad de comprender lo que dice ahora mismo.

—Si me importa o no, eso ya es cosa mía —me dice con simplicidad—. Mañana, si todavía quieres, hablamos, pero hoy no.

Me hace un gesto para que abandone su apartamento, pero yo no quiero irme. No vine hasta aquí para que me eche como si no significara nada. Le dirijo una mirada que sé que capta, porque me conoce demasiado bien, pero no da su brazo a torcer.

Abre la puerta y me hace un gesto con la cabeza. Y así, salgo de su casa con la cabeza gacha.