Sin efecto retroactivo Le tengo cero respeto a la vida, cariño
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Le tengo cero respeto a la vida, cariño

Miro el WhatsApp una vez más y sonrío al releer el mensaje de Beka en el grupo.

¿Qué mejor plan para quedar que el cumple de Noa? Y más cuando coincide con la fiesta del Apóstol.

Desde la fiesta sorpresa, no habíamos vuelto a quedar de forma oficial y, si tenemos en cuenta que estamos en julio, eso no es lo habitual.

Pero Beka se pasa más tiempo fuera de casa que dentro, entre los vídeos, el trabajo y las citas Tinder…

es casi imposible pillarla. Noa prepara las oposiciones para Psicología de Instituciones Penitenciarias, motivo por el que está más desaparecida que de costumbre; Íñigo y Oliver nadie sabe dónde —o con quién— se encuentran nunca; Cris, según dice, está demasiado ocupado entre tanto papeleo; mientras que Nico se pasará día y noche en Shambala o San Andrés.

¿Y yo? En un círculo vicioso —muy poco vicioso, en realidad— de currículums y entrevistas para trabajos que me importan entre poco y nada, mientras espero La llamada, así en mayúsculas. Pero el alquiler no se paga solo.

Además, entre una cosa y otra, me vi temporada y media de New Girl en Netflix en un par de días, acompañada de su buen bol de palomitas y helado de chocolate.

Pero hoy es el día de triunfar.

Me recoloco bien el pelo, que esta vez me decanté por rizar con las tenacillas.

Después de dos horas, el resultado me parece bastante aceptable.

Además, me animo a ponerme uno de esos vestidos que acumulan polvo en el armario desde tiempos inmemoriales.

Fue un regalo de Beka. Un vestido negro, con un escote pronunciado y la espalda al aire.

Tiene un corte en «a» hasta la cintura, que define muy bien la figura, y tirantes estilo espaguetis dobles, que le dan un toque moderno y delicado.

La falda, corta, con vuelo circular, me llega a la mitad del muslo.

Miro el móvil y me doy cuenta de que tengo que estar allí en diez minutos. Beka salió hará cosa de una hora, porque tenía que pasar por casa de un amigo antes. Me imagino que alguna cita Tinder, así que no pregunté.

Noto una vibración y, convencida de que será un mensaje del grupo, lo abro sin fijarme en nada más.

Partner in crime [Cris]:

Quieres que te vaya a buscar?

Siento una fuerte punzada en el estómago. Cuando pongo la vista en el remitente, algo se me retuerce dentro.

Suspiro. Me encantaría. Llegaré con el tiempo justo, pero no puedo.

¿Por qué, Andrea? ¿No pensabas seguir con tu vida exactamente igual? Dios, ¡eres patética!

Lo dejo en visto mientras termino de agarrar todas mis cosas, salgo de casa y, con toda la voluntad que logro reunir, le miento:

Yo:

No hace falta, ya estoy llegando

Oh, Dios. A este paso me convertiré en una puta mentirosa patológica. No quiero mentir, y muchísimo menos a él. Pero tampoco quiero tenerlo cerca.

Al observar una vez más el reloj en el móvil, me decido por pedir un taxi. A pie y, sobre todo con estos tacones, no llegaría ni en dos horas.

En poco más de cinco minutos me deja lo más cerca que puede de la zona de Alameda.

Tal día como hoy, las calles están cortadas y cuesta un montón el acceso con turismo.

Le pago lo que me pide y salgo del vehículo.

Intento mantener el equilibrio, tal vez, debería de haberme puesto unos zapatos más planitos.

Busco a mis amigos con la vista y no tardo en encontrar a Beka con la misma ropa con la que salió de casa: una minifalda blanca que deja entre poco y nada a la imaginación, y una camiseta mucho más discreta, sobre todo para ser ella. Una de cal y otra de arena, claro. Aplica sus propias enseñanzas.

—Coño, vienes a matar, Andrea —me dice tan pronto me acerco.

Me obliga a girar sobre mí misma y me observa con aprobación. Río al ver su expresión.

—Tú no, no te jode.

—Cinco pavos cada una —nos dice Nico. Beka pone mala cara, pero abre el bolso y saca la cartera.

Sonrío, está tan acostumbrada a que la inviten a todo que parece haberse olvidado lo que es pagar su parte en un botellón. Nada descabellado, por cierto, y me empieza a preocupar que el vodka sea matamoscas.

—Hola, Nico, me alegro mucho de verte —digo con socarronería, a la vez que le tiendo el billete.

Él rueda los ojos y sonríe con falsedad, aunque la mueca pronto se transforma en una risa queda, tranquila. Estira el brazo hacia mí y me da un pequeño abrazo.

—Estás guapa.

Es mucho más de lo que me esperaba de Nico.

Él jamás nos dice nada. No es que me incomode, sino todo lo contrario.

Nico es de esas personas que, cuando salen de su cueva —cosa complicada, en realidad— son luz.

Jamás te dice si te ve guapa o fea, es como si le diera lo mismo tu físico y…

no me jodas que eso no es una maravilla.

Aunque, para ser realistas… que te digan que estás guapa también es un puntazo. Y te sube el ánimo de la hostia.

—¿Y los demás? —pregunto, tan pronto nos quedamos solas de nuevo.

Esto está lleno hasta los topes. Los busco con la mirada, pero no los encuentro por ningún lado.

—Javi viene en un rato. Tenía que arreglar no sé qué historia con el idiota de su ex —dice de mala gana—.

Y Noa ni idea. La llamé y me dijo que se estaba maquillando.

Supongo que estará a punto de llegar, ella no suele ser la que llega tarde.

—Se ríe, asiento con una sonrisa y acepto el golpe, porque…

es verdad—. Según creo, se quiere adjudicar ella su propio regalo. —Me guiña un ojo tras decir esto.

Vaya, ¿la muñequita intentando ligarse a alguien?

Eso es nuevo. Y me gusta. Suelto una pequeña risa.

Juro que no recuerdo a Noa con novio jamás, es como la chica intocable a la que todos miran, pero jamás le ponen un dedo encima.

Es la única virgen del grupo y que, por supuesto, presume de ello. Lo cual me parece perfecto.

Noto una mano sobre mis caderas. Una mano fuerte. Un escalofrío me recorre entera, de arriba abajo. Por su gesto, sé que Beka se da cuenta. ¡Maldita sea, Andrea! ¿No puedes mantener en secreto nada o qué? Me escruta con la mirada, como si buscara la respuesta a mis actos.

Piernas de gelatina, siento que me voy para el suelo de un momento a otro. Trago saliva. Duele.

—¿Qué hacéis todavía aquí?

Sonrío de puros nervios. Íñigo me observa sonriente. Madre mía, qué idiota soy. Me muerdo el labio inferior para no gritar a los cuatro vientos que me alegro infinidad de que sea él.

—Nico custodia las bebidas y los demás parece que todavía no han llegado. —Me encojo de hombros. Sin más, igual que había aparecido, Íñigo desaparece.

—¿En serio? —me pregunta Beka, con gesto desorbitado—. ¿Íñigo? ¿Te mola?

Me río con ganas. Admito que el culo de Íñigo es como para planteárselo, además de que tiene una personalidad arrolladora. Cualquiera podría obsesionarse con él, pero... No, no me gusta en absoluto. Demasiado egocéntrico para mí.

Niego con la cabeza, pero sé que no se cree ni una palabra. En fin, creo que prefiero que piense que mis nervios son a causa de Íñigo a que sepa la verdad... Me moriría de ser así.

—¿Buscamos sitio ya? —pregunta una voz detrás de mí.

Observo el gesto de Beka, que asiente en aprobación. Y es justo la voz que yo no quería oír. Una corriente eléctrica me recorre completa.

¿Por qué tengo que sentir esto? ¿Por qué me siento atraída por su voz? ¡Si la escuché millones de veces! Suelto un pequeño suspiro antes de asentir, pero me niego a girarme hacia él.

Beka me agarra por la muñeca y tira de mí. Veo a Noa a lo lejos. ¡Madre mía! Supongo que quiere estrenar los veinticinco por todo lo alto o, más bien, escondida detrás de los arbustos, porque con ese pedazo de escote hasta me pone a mí a cien. Me río al pensarlo.

Nico es el cabecilla del grupo, quién lo iba a decir.

Íñigo lo sigue de cerca, con otra bolsa enorme de un famoso supermercado de la zona.

Uno lleva el alcohol, y el otro los refrescos.

Falta Oliver, supongo que será el encargado de los vasos y el hielo.

A mí me dejaron claro que lo único imprescindible era mi presencia y que pagara cinco pavos. ¡Pues tarea hecha!

—¿Qué os parece aquí? —pregunta Íñigo al llegar a una zona algo despejada.

A mí me vale. Beka también asiente y me niego a girarme para saber qué opina Cris al respecto.

— Enga , quiero un vodka, mamones —dice Beka, divertida, y extiende los brazos al aire.

Nuestros compañeros de zona tienen instalado un altavoz bluetooth por el que se escucha una famosísima canción de Bad Bunny. El volumen es más bien poco aceptable, pero parece que a todos les parece bien.

Oliver nos encuentra, con el móvil en la mano, y hace aspavientos con los brazos. Supongo que mis amigos le habrán pasado la ubicación por el grupo.

—¡Ya está aquí la fiesta! —exclama y nos muestra los vasos en alto—. Hola, guapa.

Eso no va para ninguna de nosotras, claro. Ruedo los ojos y me acerco para quitarle la bolsa de las manos antes de que a Beka se le dé por empezar a morder. Porque lo hará, y lo sabemos todos.

Nico se encarga de echarnos alcohol a cada uno en su respectivo vaso, lo cual me sorprende. No suele formar parte de nuestras quedadas de forma activa, y me da igual el motivo por el que hoy haya cambiado el chip… solo lo pienso disfrutar.

Ni me pregunta, creo que porque lo único que tenemos es matamoscas y cola barata del súper. No me quejo… hoy, mañana será otra cosa.

—Dudo que debas beber eso.

Esa voz. La escucho a pesar de que la de Maluma, ahora, está demasiado alta; pero es como si, para mí, desapareciera.

Me pone una mano en la cintura, una mano dubitativa, como si temiera que lo quisiera apartar y él no pensara ponerme ningún impedimento.

Respiro profundo. Huele a él. Todos mis sentidos se ponen en alerta con su presencia.

—Le tengo cero respeto a la vida, cariño.

Las palabras se me atragantan. Es Cris, joder, es mi mejor amigo desde los cinco años, y ahora soy incapaz de girarme y mirarlo. ¡Ni de puta coña!