Sin efecto retroactivo ¿Dónde diablos estoy?
50%

¿Dónde diablos estoy?

Noto la boca pastosa y una fuerte —y constante— molestia en la sien, provocada por una sucesión de golpes tan innecesarios que me ponen nerviosa. Me duele la vida y tengo la energía en números negativos.

Un rayo de sol me impacta de lleno en la cara. Me retuerzo en el sitio. Siento como una barra de algo que no puedo definir me atraviesa las lumbares y protesto en voz alta.

Un brazo alrededor de mi cintura. Parpadeo.

De forma inocente compruebo que no se trata de ninguno de los míos, pero no, los tengo los dos a la vista.

Aunque, por el modo en que me agarra, sería técnicamente imposible.

Me hago un poco más consciente de la situación y me percato de que no solo es un brazo, es un cuerpo completo, con sus piernas y su cabeza, pegada a mi espalda; su respiración constante y relajada me provoca un paro cardíaco momentáneo.

Es una mano fuerte, no puede ser Beka, ni tampoco Noa.

El terror me baja por la columna vertebral y se me deposita en el punto exacto en el que siento como una tabla me abre en dos la espalda.

—¿Puedo saber por qué mierdas no paras de moverte?

Esa voz. Cierro los ojos y, con una calma que no sé ni de dónde saco, rompo a reír. Podría decir que de forma relajada, pero, en realidad, soy tan escandalosa que sé que podría despertar a todo el edificio… estemos donde estemos, que todavía no he solucionado esa incógnita.

—Andrea, en serio, no tengo el cuerpo para esto…

Aparta el brazo de mi cintura y puedo notar cómo se gira, a duras penas.

Con la duda de que me he pasado la noche entre los brazos de Javi resuelta, decido que es el momento de evaluar qué se me clava en la espalda.

Estiro el brazo por debajo de mi cuerpo hasta que palpo la tabla suelta de algo. Bufo.

—Pero ¿a ti qué te pasa?

No lo dice molesto, sino… ¿resignado? Busca el móvil a tientas, a su lado, y activa la pantalla para iluminarme la cara. Bufo en respuesta y me tapo los ojos.

—Tengo algunas preguntas…

—Sí, ayer te pasaste un poco con los chupitos —responde a mi pregunta no formulada—.

No, no bailaste desnuda en ningún momento.

—Entreabro los labios, molesta porque no me permitea hacer o decir nada a mí, pero él sigue con su perorata—.

Y sí, amiga, hiciste el ridículo como nunca antes.

Pero se te perdona, porque eras la homenajeada. ¿Listo? ¿Podemos dormir?

Boqueo. Asiento, luego niego. Ni yo sé qué quiero preguntar.

—¿Ya estáis despiertos? —pregunta una voz femenina que conozco muy bien, en un intento de susurro que no lo es—. Genial, ¡fiesta de pijamas!

Se tira encima de mí y me aprieta con más fuerza contra el pedazo de madera, hierro o lo que sea que me quiere perforar la espalda. Me quejo. Javi bufa y se tira hacia atrás, en el poco espacio que le queda disponible.

—¿De pijamas? ¿Tú tienes pijama? —Otra voz. Oliver, en este caso. Abro bien los ojos y miro, como si, con la poca luz que entra, pudiera ver a todos los presentes.

—Yo desde luego que no. —Íñigo. No tengo ninguna duda.

—Tío, que estoy durmiendo a tu lado… —Nico.

—¿Y tienes miedo de descubrir lo que es una verdadera po…?

—¡Basta! —los frena Noa.

Escucho movimiento a mi alrededor y, sin más, una luz potente me hace cerrar los ojos de golpe. Aunque sé que no soy la única, ya que todos se quejan en voz alta y le dedican insultos más bien poco amigables. Aunque… ¿hay insultos bonitos?

Cuando abro los ojos, veo que seguimos en el mismo bajo que alquiló Beka para la fiesta.

Javi y yo, embutidos en el sofá mugroso y medio roto.

Los demás, en camas improvisadas. No me fijo mucho, pero descubro que Nico e Íñigo duermen en un colchón inflable a medio desinflar.

También localizo a simple vista un saco de dormir abierto, aunque vacío, supongo que sería la cama de Noa o de Beka.

O de ambas. Y, al fondo, localizo a Oliver sobre los cojines del sofá.

—¡Por eso tengo la espalda partida en dos! —chillo en su dirección. Javi me pide que baje la voz y se lleva una mano al puente de la nariz.

—No podía permitir que mi cuerpo serrano se jodiera por una noche de fiesta sana y sin sexo —explica. Se lleva los brazos detrás de la cabeza y deja a la vista su perfecto torso desnudo. Porque Oliver no tiene nada que no merezca ser venerado, en serio, pero, a veces… es un puto imbécil.

—Se los diste tú… —masculla Javi, con la cabeza entre el sofá y mi cuerpo, como si no quisiera recuperar la consciencia.

—¿Yo? —Me aparto un poco para verlo, pero el espacio es tan reducido que lo único que hago es clavarme más las tablas del sofá. Me quejo.

—Sí, tú, le dijiste algo de que no podías permitir que su… ¿cómo era? —Se lleva una mano a la cabeza, como si necesitara pensar—. Ah, sí, «preciado ADN de pasarela» sufriera el impacto de la gravedad terrestre y que la plaqueta no era digna de sostener tanta belleza.

—Ni de puta coña dije yo eso.

—Eso suena a ti, princesa —se regodea él—. Te vuelvo loca.

—Ja —digo con sarcasmo—. No. En serio, me parece muy importante que lo tengas claro. —Lo señalo con el dedo índice—. Ni un poquito. Este se lo está inventando.

Le doy un golpe a Javi en el hombro y él resopla.

—Vale, se los cedí yo. Lo acepto con tal de que me dejéis dormir.

Me empuja con su cuerpo y me hace rodar por el sofá, que no es que tenga unas dimensiones aptas para dos personas, y menos cuando una de ellas es Javi. Termino en el suelo. Me sobo el culo, pero a Javi parece darle lo mismo.

—Coño, el suelo es más cómodo que el sofá —bromeo—. En serio, tenéis que probar ese espacio del diablo.

—Ven tú al colchón desinflado si quieres —me invita Íñigo, aunque sin una pizca de connotación sexual, o broma, en su voz, lo que me despierta las alarmas—. Este no ha parado de moverse en toda la puta noche.

—Y eso que no sabía que estabas desnudo, sino igual te habría metido mano —ironiza Nico.

Sonrío, porque la situación me parece de lo más cómica, y miro a mi alrededor. Los echaba de menos. Tanto que me cuesta respirar, porque esta fiesta la hicieron en mi honor. Y los quiero tanto que el corazón me va a explotar.

—¿Alguien sabe dónde está mi hermana?

—En nuestro piso —responde Beka muy resolutiva, como si llevara despierta toda la noche y no le importara lo más mínimo—. Le di las llaves ayer por la noche. Me dijo que ella ya no tenía edad para esto y creo que se pillo un taxi.

Asiento, porque tiene todo el sentido. Mis ojos siguen el recorrido y, aunque no lo quiera aceptar, lo buscan a él. No una, ni dos, sino tres veces. Doy tres vueltas a todo el local antes de asimilar que no está.

—¿Y Cris? —la pregunta me nace sola de la garganta. Deseo con una fuerza sobrehumana que me digan que está en el baño y no que ha decidido que somos unos amigos de mierda y que nos den mucho por culo.

Parpadeo en busca de una solución rápida y miro de uno a otro, como si pudiera estar escondido por algún lugar que yo no consigo vislumbrar.

—Oh, tienes razón… —dice Noa, confusa—. Juraría que durmió conmigo toda la noche. Aunque ya no estoy segura.

—Se hartó de tus ronquidos —protesta Íñigo—. ¿Cómo puedes roncar tanto, tía?

—Porque soy persona… y tengo rinitis crónica, capullo.

—Ronca como alguien normal, no como un tractor que no arranca, como tú —apunta Nico—. Toda la noche luchando para que le bajaras un par de tonos.

En medio de todo este divague extraño, la puerta principal se abre con un chillido típico de película de terror. Todos ponemos la vista en el mismo punto.

—Ey, ¡compi de cama! —Noa se levanta y se engancha de su cuello. Él la levanta del suelo, divertido. Sonrío ante la escena, no lo puedo evitar—. Diles a estos capullos que no te fuiste por culpa de mis ronquidos…

Se ríe. Pone la vista en Íñigo, como si no dudara ni por un momento de quién vienen esas palabras.

—Me fui por culpa de los tuyos —bromea. Supongo.

Sonríe de medio lado antes de dejar una bolsa, con lo que sé que es el desayuno, sobre una silla.

Me muero de hambre, las tripas me crujen en el acto y agradezco enormemente que todo el revuelo de mis amigos eclipse mis ruidos corporales.

Javi parece también rendirse y se sienta sobre el sofá del diablo.

Yo me levanto del suelo y camino hacia él. Está guapísimo, pero viene de casa. No tengo ninguna duda. Lleva una camiseta distinta a la de ayer y el pelo húmedo, deduzco que producto de una ducha mañanera. Que a mí me vendría genial, por cierto.

Lo abrazo por la espalda y apoyo la cabeza en su hombro. Los músculos de su espalda se tensan al momento ante mi contacto.

—¿Dónde estabas? —pregunto con la voz amortiguada.

Él suspira. No sé cómo entender ese acto, pero me da la sensación de que es más de contención que de desesperación.

—Tengo una hermana de catorce años que no necesita saber que su hermano se pasa la noche fuera de casa —dice sin más. Se aparta un poco de mí y se gira, para verme de frente—. Me fui sobre las seis, me di una ducha, me aseguré de que pensara que me estaba levantando de la cama y… aquí estoy.

Ladea la cabeza. No puedo evitar mirarle los labios. Quiero besarlo. Parpadeo al ser consciente de la enormidad de mi deseo. Quiero hacerlo, joder.

No, no, no puedo. No puede ser.

Niego con brusquedad y me aparto. Él estira una mano hacia mí, confuso.

—Andy…

—¡Estoy bien! —exclamo rápido—. Estoy… genial. ¿Eso es el desayuno?

Señalo la bolsa con la cabeza. Parece confuso, pero asiente.

—Chicos, traje chocolate y churros para ayudar con la resaca —dice en voz más alta, y provoca un revuelo por toda la habitación, claro. Porque todos estamos hambrientos.

Beka se levanta de un salto y se lleva por delante a Javi y a Noa, a quienes arrastra hasta la cocina.

La música de Amor, amor, amor , de Funambulista, se escucha al cabo de medio minuto.

Oliver se acerca y le roba la bolsa a Cris, que no pone ningún impedimento.

Y, en algún momento, no sé cómo, pero nos quedamos solos.

Aprieto los labios y lo miro, con una sonrisa fingida. Él acerca la mano a mi mentón y me obliga a mirarlo.

—¿Me piensas contar qué pasa?

Que me muero por besarte. Y por arrancarte esa camiseta y dejarla hecha pedazos en el suelo. Y esto es un puto problema, joder. Un problemón de la leche.

—Que me parece una falta de respeto que tú estés todo limpito mientras nosotros olemos a choto —bromeo.

Sonrío de medio lado antes de agarrarlo por la cintura, lo pego a mí y lo empujo hacia la cocina. Una mentira más en el repertorio ni se nota… ¿verdad?