Sin efecto retroactivo A la mierda todo
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A la mierda todo

Me pasa un brazo por la espalda. Controla por completo mi cuerpo y mis movimientos con ese simple gesto. Trago saliva.

La canción de La La Love You se desvanece en mis oídos. El movimiento de mis amigos también se hace cada vez menos evidente. Solo soy capaz de clavar la mirada en la suya. Estoy sumida en él, como si todo lo demás hubiera desaparecido del mundo.

Es un gesto típico. Uno al que ya debería de estar acostumbrada, pero, por algún motivo, lo siento distinto. Todos los nervios se me ponen en alerta y lo único que quiero es darle un empujón y salir de ahí.

Pero no podría. No podría mover ni un puñetero pie, porque noto como algo me los agarra con fuerza. Como una cuerda invisible.

La presión delicada que ejerce su mano contra mi cintura, unido al modo en que me mira, me mantiene eclipsada, como en otro universo.

No puedo más.

A la mierda todo.

Reconecto con mi cuerpo cuando la canción Todo contigo , de Álvaro de Luna, ocupa todo el espacio.

Y, sin saber cómo ni por qué, rompo en una carcajada profunda, compleja, inexplicable.

Cris me observa con el ceño fruncido, pero en algún momento me imita.

Y, gracias a eso, la tensión se rompe. Aparta su mano de mi cintura y yo respiro de nuevo.

Todavía no con normalidad, pero al menos lo hago.

Noto otra mano distinta en mi cintura. Una mucho más grande y más oscura. Cris nos observa desde una distancia prudencial, con una sonrisa en los ojos.

—Creo que soy el único con el que no has tenido un momento especial esta noche… —dice meloso.

Oliver lleva en nuestra vida unos tres o cuatro años, desde que, por equivocación, hicimos match en una famosa app para ligar y nos dimos cuenta de que teníamos demasiados amigos en común.

Nunca hubo un feeling especial entre nosotros.

Tal vez algo físico, porque no pienso negar que Oliver es impresionante, por algo es el que más liga del grupo —por mucho que eso le joda a Íñigo—, pero, en lo demás… somos incompatibles.

—Y soltera otra vez… —murmura. Cris se tensa, lo sé porque no puedo dejar de mirarlo. ¿Qué mierda me pasa? Le da un trago a la cerveza para fingir que está todo bien. Lo sé porque lo conozco. Mierda.

—Y feliz por ello —repongo.

Oliver estalla en una carcajada. Sé que asiente porque noto el movimiento pegado a mi cabeza. Su aroma me invade las fosas nasales. Huele a canela, mandarina y madera, como siempre.

—Por supuesto, no hay nada mejor que la soltería. Yo soy un experto en la materia, por si necesitas algún curso intensivo.

Me da un golpe con la cadera antes de irse. Soy una amiga de mierda, lo sé, se lo voy a tener que compensar con un par de bailes más tarde. No me importa, porque ahora mismo mi atención tiene nombre propio. Y me acojona, pero no lo puedo controlar.

—Me proteges demasiado. Sé que me quieres, pero soy adulta.

Lo observo retadora, espero algún tipo de señal de su parte. Para mi sorpresa, se limita a torcer los labios y hacer un gesto que pretende demostrar que todo le da lo mismo.

—No tengo ni idea de por qué lo dices, Andy.

¿Ah, no? Bufo, pongo los ojos en blanco y me bebo todo el contenido de la cerveza que me quedaba de un sorbo. Me jode que niegue lo evidente. Me jode que no pueda reconocer que el coqueteo de Oliver le tocó un poco las narices.

Beka tira de mí y me empuja hacia la pista.

Yo no le pongo impedimento a mi salvadora, faltaría más.

Tú me has cambiado , de Bombai, con su tono fresco, ligero y surfero, nos anima a movernos juntas, como si fuéramos encima de una tabla de surf.

Íñigo se saca el móvil del bolsillo y nos hace un vídeo que tengo cero dudas de que terminará en las redes de Beka. Me da lo mismo.

—Tienes que contarnos muchas cosas, nena —me dice al oído tan pronto Íñigo deja de grabar. Me giro, extrañada, pero ella no se amedrenta ni un poquito—. No me mires así, soy tu mejor amiga y noto estas cosas… tú conociste a alguien en Barcelona.

—Yo también lo pienso —la apoya Noa, que no tenía ni idea de que estaba a nuestro lado.

¿En qué momento ha llegado? ¿Estaba para el vídeo de redes de Beka? Con las tres quedaría de vicio, porque no podemos ser más distintas. Nos complementamos genial.

—¿Qué tal fue?

La pregunta me saca de situación. Qué tal fue…

¿el qué? Noa se acerca a Beka y simulan besos en el aire.

Ese gesto, en cualquier otro momento, me habría hecho muchísima gracia.

Veo un flash detrás de mí, al parecer la escena acaba de quedar inmortalizada para la eternidad.

Y terminará subida a las redes de Beka. Todos lo sabemos.

Sin querer, busco a Cris con la mirada. Está con mi hermana. Sus ojos encuentran los míos al momento, y algo me acaricia el alma.

¿Cómo fue? Fue… raro. Porque besar a tu mejor amigo es algo extraño. No te imaginas cómo será tocar sus labios con los tuyos, no lo piensas, no te montas películas en tu cabeza, por lo que es sorprendente. Es… distinto. Especial. Fue bonito. Fue único. Fue… joder. Fue una puta maravilla.

Las ganas me explotan dentro del pecho. Implosionan por sí solas. Con fuerza, con energía.

—Estuvo… bien.

Esa es toda mi respuesta, porque sincerarme sería el fin del universo.

—¿Solo bien?

—Coño, pensé que iba a decir que había sido su mejor polvo.

¿Polvo? Las miro, extrañada, antes de negar con la cabeza. Luego asiento. Vuelvo a negar.

—¿No? —pregunta Beka.

Yo sonrío. Si les digo que estoy como una gilipollas por un beso, se burlarán de mí durante años, así que…

—Fue solo un beso.

Lo digo, total… ¿qué puedo perder?

—Bienvenida al club de las vírgenes —me dice Noa con orgullo.

Me río y niego. Yo no soy virgen, porque si algo tengo claro, es que ese barco zarpó hace ya bastante tiempo.

—Tenemos que ponerle fin a este celibato extraño. Nos vamos de fiesta mañana mismo —aporta Beka.

—No voy a follar con ningún desconocido —impongo—, ni tampoco con Oliver o Íñigo —añado por si acaso.

Beka chasquea la lengua, lo que me demuestra que pensaba decir algo similar.

Noa parpadea, como si intentara comprender algo. Se gira y mira alrededor. Cuando vuelve a poner la mirada sobre mí, la noto distinta, más clara, más segura. Sonríe con socarronería, pero no dice nada.

No puede saberlo. Es imposible.

Bailo con todos. Y cuando digo con todos, me refiero a todos, menos con Cris, que parece que se molesta en bailar siempre en la zona más alejada. Cuando llegamos a una canción de Manuel Turizo, mi hermana me rapta y me agarra por las caderas.

—Futura mamá guapa —le digo. Ella sonríe y asiente—. ¿Cómo estás?

—Perfecta —responde—. ¿Y tú?

Yo la miro extrañada. Cuando se da cuenta, me hace girar para que vea lo que, supongo, ve ella en este momento. No tengo claro si quiere que vea como Oliver hace el imbécil encima de una mesa, sin camiseta, o cómo Cris baila con Noa.

—¿Qué pasa con Cris?

Parpadeo. Niego. Me hago la idiota.

—¿Con Cris y Noa? —Bufa—. No entiendo por qué quieres que los vea bailar.

Sonrío y ella me mira muy seria.

—Está loco por ti.

Mi cuerpo se paraliza al escuchar esas cuatro palabras. La veo borrosa. Niego. Dudo. Tiemblo. Todo al momento. No es verdad. Claro que no.

Desvío la mirada. Cris sonríe entre los brazos de Noa, que baila una especie de samba, lo que me hace sonreír en el acto.

—¡No es verdad!

—Ya… pero te encantaría.

¿Me acaba de mentir solo para ver mi reacción? Mi hermana parpadea, orgullosa de ver cómo me han afectado esas palabras.

—Te equivocas. Me jodería mucho. Somos amigos y lo último que querría sería hacerle daño…

—Mentirosa…

—No miento, idiota, no quiero hacerle daño.

—Ya, pero mientes en lo otro —me pica—. Te llevo nueve años y medio, Andy. Y te vi pasar por todas las fases con Cris. Con quince años estabas loca por él.

—Joder, Paula, eso sí que es mentira.

Mi hermana se lleva una mano al pecho y abre la boca. Mierda, me acaba de llevar a su terreno.

—Tía, eres muy buena…

—Instinto de embarazada —bromea—. Y el instinto me dice que es recíproco.

Pongo la vista en él. Y él en mí. Al momento. Algo me da un vuelco en el estómago. No puedo gestionarlo. No puedo… y Paula no ayuda.

Cierro los ojos con fuerza y me dejo llevar por la música.

Mañana ser á otro día.