¿Será que tiene una sonrisa especial para mí?
Odio hacer limpieza, confieso que no hay peor castigo que obligarme a hacerlo.
Saco la ropa de la quinta lavadora del día y me apresuro a meterlo todo en la secadora. Por la hora que es, no me queda mucho más remedio.
Me dejo caer en el sofá, agotada. Es posible que haya adelgazado diez kilos con tanto esfuerzo, aunque todo tiene su recompensa. ¡Tengo la casa como los chorros del oro!
Miro el reloj en mi teléfono móvil y me percato de que tengo varias notificaciones en el WhatsApp. Como siempre, una es de Joaquín y, también con la cabeza fría de siempre, la elimino sin abrirla. Quince son del grupo de amigos locos; y dos son de Cristian. Suspiro, no quiero hablar con él.
El viaje fue de lo más tranquilo, ya que, por suerte, ninguno de los dos quería hablar del beso, así que nos pasamos todo el camino en silencio; tan pronto llegamos a tierra, yo decidí coger mi propio taxi, y tampoco es que él me haya puesto mucho problema.
Creo que estaba tan deseoso de que nos separáramos como yo.
Dicen que no es bueno negar los hechos, pero estoy convencida de que, en algún momento, todo se nos olvidará y podremos volver a ser los amigos de siempre. Mejor no darle más vueltas al asunto.
Pego un bote al darme cuenta de que faltan cinco minutos para las ocho y también para el comienzo del partido de clasificación para el mundial de baloncesto.
Me flipa el deporte —así como palabra abstracta, porque me gusta casi todo— tanto como Beka lo odia; por eso, cuando me dijo que tenía una cita Tinder esta noche, y que terminarían en su casa, bien lejos de esta… casi rompo a llorar de la emoción.
Pizza y tele para mí sola, ¿qué más se puede pedir?
Estoy a punto de sentarme delante de la tele cuando llaman al timbre.
Me levanto, extrañada y contenta por la rapidez.
Abro la puerta, dibujo una sonrisa de cordialidad en un intento de que el pobre repartidor no se percate del hambre voraz que me consume, pero me sorprendo al encontrarme con el rostro de Cristian.
Sonrío, sonrío todo lo que el gesto me lo permite, con una falsedad muy poco propia en mí.
Fingir se está convirtiendo en mi maldito vicio.
—¡Ey! ¿Qué tal? —Me aparto de la puerta para que pueda acceder al apartamento. Se acaricia la nuca, como dubitativo.
No, eso es exactamente lo que tengo que evitar.
Andrea, naturalidad. ¡Por el amor de Dios, actúa normal!
—¿Te apuntas a una pizza, colega?
¿Colega? ¿Le acabo de llamar… colega? En mi puta vida le he llamado así.
Me observa con curiosidad, como si me escrutara con la mirada en busca de algo. Tal vez alucine con mi comportamiento normal. «Normal, normalidad», me repito una vez más.
«¿Cómo estás, Andrea?». «Pues como siempre, mi vida sigue igual. No es como si en Barcelona me hubiera besado con mi mejor amigo o algo así. Para nada. Estoy bien, normal».
Lo que no entiendo es por qué, siempre que mi mente crea conversaciones imaginarias, estas son con mi madre.
Menos mal que no es verdad, ya que, de ser así, la pobre mujer fliparía con lo depravada que puede llegar a ser su hija pequeña.
—Eh... claro —dice al fin.
Acepto su respuesta y camino hasta el salón.
—¿Quieres ver el partido? —pregunto, le doy más volumen a la televisión. Lo último que quiero es que me diga «no, quiero que hablemos», por lo que ya no le ofrezco esa opción.
Se sienta en el sofá y fija la vista en la tele. Si en algo nos parecemos Cris y yo es en nuestra pasión por los deportes, por todos. Y, habitualmente, eso es genial.
Lo observo durante un momento, pero al percatarme de que no piensa responder, prosigo:
—¿Cerveza? —Elevo la voz para que me escuche por encima del bullicio de la tele.
—Mejor agua —responde.
Lo observo con el ceño fruncido, aunque pronto cambio el gesto por una pequeña sonrisa.
—Serás cortarrollos…
Me levanto y corro hacia la cocina. Cuando vuelvo, dejo sobre la mesa la jarra de agua fría de la nevera y un pequeño botellín de cerveza a su lado.
Tan pronto escucho el timbre, doy un pequeño salto. Le agradezco al pizzero, le doy una suculenta propina y cierro la puerta.
Abro la caja y, tras dejarla sobre la mesa de la sala, me dejo caer en el sofá. Le hago un gesto para que se acerque y, sin más, me apropio de uno de los pedazos. Huele que alimenta.
Pizza dos días seguidos, sí, ¿y qué?
Agradezco que Cris esté entretenido con la televisión y con su propia cena, y no fije su vista en mí en ningún momento. Lo último que quiero es sentirme cohibida con él.
Tan pronto termino con mi parte, centro la vista, y todas mis atenciones, en la cancha de baloncesto. Agarro la cerveza y le doy un trago largo al botellín.
—Andrea, tenemos que hablar —dice al fin, ya estaba tardando. Yo le hago un gesto hacia el partido.
No quiero hablar, joder. ¿Es qué no se da cuenta?
Naturalidad. Somos amigos, muy amigos, los mejores amigos del planeta. Y eso no se va a terminar por un beso.
Me da exactamente igual el partido. Tal vez Cristian tenga razón y hablar sea la mejor opción, pero... ¿y si todo termina mal? ¿Y si nuestra relación se va al traste?
El primer cuarto termina. Suspiro, sin apartar la vista de la televisión. Qué divertidos los anuncios, me pirra el nuevo de Hyundai. Qué guay. Me río de puros nervios, ya que el anuncio gracia no tiene ninguna, pero intento fingir atención.
No quiero admitir la realidad. ¡Me niego!
—Andrea, escucha —insiste, una vez más, a pesar de todos mis intentos.
¡Qué pesado es! Suspiro a la vez que intento que las bisagras de mi cabeza maquinen un nuevo plan.
—Dios, qué hambre tengo. —Me levanto de un salto y me acerco a la cocina. Sé que me sigue sin mirarlo. Y me da rabia darme cuenta de eso. ¿Por qué me afecta su presencia?
Saco de la alacena un paquete de harina, de la nevera, mi bebida de almendra y, sin más, me pongo a hacer unas tortitas.
Malditos nervios.
—¿Quieres? —pregunto a voz de grito.
No recibo respuesta, tal vez sea mejor. Visto lo visto, sería algo así como: «tenemos que hablar». Hablar, hablar, hablar... Maldita sea. ¿No podemos fingir que nada ocurrió? ¿Es tan complicado?
—¿Se supone que estás haciendo tortitas…? —me pregunta desde la puerta—. ¿Por la noche?
Venga ya, ¿ahora se convirtió en Joaquín y me quiere controlar la dieta? Me giro para decirle un par de cosas a este idiota cuando, sin previo aviso, me agarra por el brazo.
—Por mucho que finjas, lo que pasó no va a desaparecer —susurra, muy cerca de mi oreja, lo que provoca que todos los vellos de mi cuerpo se pongan de punta.
¡Alerta! No. Stop . Es Cris, tu mejor amigo. Pero ¿qué diablos piensas? ¡Resetea ya!
—Eso no lo sabes si no lo intentas —expongo, mantengo mi posición en todo momento.
Para mí es la opción más correcta… y la que debemos seguir.
—Andrea, por favor, ¿es que tienes quince años? —pregunta, se separa un poco más de mí—. Me evitas a toda costa, ¿es mejor esto que hablarlo y dejar las cosas claras?
Suspiro. No quiero hablar nada, solo necesito que el tiempo pase, olvidarlo todo y... ¡seguir como siempre! Solo necesitamos tiempo, solamente eso.
Pero me rindo. Dejo a un lado el bol, donde tengo la masa para las malditas tortitas, y me dejo caer en una de las sillas de la cocina.
—Vale, hablemos —acepto al fin. Espero a que tome asiento a mi lado para continuar—: Nos besamos —reconozco por primera vez en voz alta.
Tras decir esto me quedo callada, medito lo que significan esas palabras.
Decirlo en voz alta tiene más impacto del que yo creía. ¡Lo hicimos! Me besé con mi mejor amigo.
—Sí —expone, como esperando a que continúe. Pero es que no puedo hacerlo. No consigo comprender lo que me pasó por la cabeza para actuar así.
—Y ya está —concluyo.
Hala, qué bonita conversación.
¡A por las tortitas!
Pero cuando planeo levantarme, siento como tira despacio de mí, lo que me obliga a caer de culo sobre la silla una vez más. ¡Auch!, duele.
Nota mental: comprar cojines para las sillas.
—No, no está —sentencia. Aprecio como abre los labios para seguir con la conversación, pero me niego. No quiero escuchar lo que me tenga que decir. ¡Antes muerta!
—Vamos a ver, Cristian, ¿qué diablos quieres que hablemos? —Como no quiero que me responda, espero el tiempo prudencial para no parecer una demente y continúo—. Es que no hay nada que hablar, maldita sea. Se nos fue todo de las manos y, por algún motivo, terminamos compartiendo saliva.
—Andrea...
Vale, tal vez se me haya ido la olla, pero es que... ¿de verdad piensa que es mejor recordarlo?
—Además de ser amigos, porque lo somos —matizo, dejo claro que nuestra relación no va a cambiar. Él asiente con la cabeza, con convencimiento. Perfecto, la primera cosa en la que estamos de acuerdo—, somos humanos y, en fin...
—Espera, espera —me corta—. ¿Quieres decir que te aprovechaste de mí?
Clavo mi vista en él. ¿Habla en serio?
Por su gesto, parece que sí, e incluso podría decir que está molesto.
Exactamente por esto no quería hablar del tema.
—Pero ¿qué dices, pedazo de idiota? —expongo, claramente molesta—. Digo que también nos podemos equivocar, ¿no?
Como respuesta, estalla en una fuerte carcajada. Pero ¿qué diablos le pasa?
—Solo bromeaba —le quita importancia con la mano—. Mira, peque, quiero que te quede claro que yo te quiero una barbaridad, y que lo último que me gustaría es...
—Era mejor no hablarlo... —murmuro.
—No, no era mejor. No quiero que la relación que tenemos cambie, porque me encanta —me dice, me agarra con cariño una de las manos.
Trago con dificultad, siento como se me pinta la lagrimita.
¡Ay!, pero qué sentimental puede ser este niño—.
No quiero que dejes de sentirte cómoda si estamos a solas, o que dejes de confiarme tus cosas. Lo último que quiero es que...
—Si no hubiésemos hablado del tema, eso habría sido así —respondo, intento que no se me note la emoción. Ante todo tengo que seguir con mi pose de chica dura.
—Sabes que no. Posiblemente te pasarías un mes sin parar de comer y subiendo el volumen del televisor sin parar, con lo cual tendrías dos problemas médicos: de colesterol y de oído.
—Igual también diabetes —le concedo la razón.
Sonríe de una forma diferente, igual que en el hotel. ¿Será que tiene una sonrisa especial para mí?
—Si es lo que quieres, desde hoy no volveremos a sacar el tema nunca más —me dice, me obliga a mirarlo a los ojos—. Tú y yo seremos los de siempre y nos olvidaremos de lo que ocurrió. ¿Está claro?
Clarinete. Sonrío, sonrío por primera vez en todo este maldito día con sinceridad. Lo quiero, es el mejor amigo que cualquiera puede tener.
—Te quiero —susurro, muy cerca de su oreja.
Lo abrazo con fuerza, tanto que siento el latir desbocado de su corazón.
Me separo de él y, con una pequeña sonrisa, sellamos este momento de amistad, esta amistad que nos une desde hace tantos años.
—Entonces, ¿quieres tortitas? —pregunto finalmente.
Para ser sincera, ni yo las quiero, ¡qué hambre voy a tener! Me observa, con esa sonrisa que lo caracteriza. Me quedo paralizada y, en menos de un parpadeo, me encuentro repleta de harina.
—Estas son las tortitas que quiero —susurra.
—Serás…
Pero no concluyo la frase, claro, así que él tiene que deducir lo que es. Sonrío, pero con una maldad que incluso a mí me sorprende. Agarro un puñado y se lo dejo caer por encima de su precioso pelo.
¡Para juegos yo, rico!
Se acerca y me agarra en volandas. ¿Cómo puede tener tanta fuerza? No lo entiendo. Pataleo, protesto y grito como una niña pequeña. Después de mil intentos, me deja encima del sofá.
—Te estás perdiendo el partido —me dice, y se tira a mi lado.
Se hace con el mando y vuelve a darle volumen. Río. Sin duda voy a tener que limpiar la casa a fondo otra vez. ¡Madre mía, da miedo! Pero qué más da, por momentos como este, compensa.
Me acurruco contra su cuerpo. Es el mejor amigo que podría haber tenido jamás.
—Madre mía del amor hermoso, ¡¿qué cojones has hecho en esta cocina?!
Ups. Pues parece que la cita de Beka no fue tan bien como ella esperaba.