Sin efecto retroactivo Resetea, Andrea, ¡resetea ya! #2
37%

Resetea, Andrea, ¡resetea ya! #2

—Bueno, no es algo que se elija —expone con ese tono de abogado sexi que me encanta—. O surge o no.

Puede que tenga razón, además, no estaría bien que, por un intento estúpido, nuestra amistad se estropeara.

Permanecemos un buen rato en silencio, y presiento que ambos pensamos lo mismo. Tal vez la conexión venga de ambos lados, y por ello puedo leer su mente yo también.

—¿Y si este fin de semana...?

No sé ni por qué lo suelto. A veces siento que no tengo filtro con él y, en el fondo, es lo que más me gusta: poder ser sincera siempre.

Presiono los labios, intento buscar las palabras adecuadas. Me quedo quieta en el sitio, y él no tarda en hacer lo mismo. Se gira hacia mí y clava la vista en mis ojos, como si supiera lo que estoy a punto de decirle y lo esperara impaciente. O igual no... ¡yo qué sé!

—¿Lo tomamos como un tonto intento y si no funciona nos pegamos un «lo que pasa en Las Vegas...»?

Ese brillo especial que tanto me gusta aparece en sus ojos. Intento sonreír, pero algo me lo impide.

—Pero no estamos en Las Vegas —protesta entre risas.

—Por eso no te pido matrimonio, guapetón —digo con guasa. Intento sonar sexi, pero se queda en algo ridículo que me hace reír.

Clavo de nuevo la mirada en sus ojos y, de un momento a otro, siento un pequeño cortocircuito en mi interior. Dios, es Cris. Mi mejor amigo.

Me separo, rompo esa magia extraña que se había apropiado de nosotros. Sonrío y me percato de que él también lo hace. Aunque, por primera vez en estos días, no se trata de su sonrisa sincera, sino de la incómoda.

Creo que no soy la única que nota esta conexión entre nosotros. Y acojona… acojona mucho.

Resetea, Andrea. ¡Resetea ya!

Piensa algo inteligente que decir, algo que provoque que este mal rollo se evapore.

—Deberíamos volver al hotel —dice.

Perfecto, porque a mí dudo que se me ocurriera algo.

Asiento, y comenzamos a caminar en silencio.

Por primera vez en todo este fin de semana, noto que la tensión que hay entre nosotros se puede cortar con un cuchillo. Carraspeo un par de veces, tiemblo. Me mira un momento antes de pasarme un brazo por encima de los hombros.

Quiero poner distancia y dejar que mi corazón se relaje por un momento, pero algo me lo impide. Me permito embaucarme con el olor que desprende su cuello y suspiro.

Al entrar en el hotel, ni me fijo en la recepcionista, pero estoy segura de que Cris no saluda a nadie. Tira directo hacia el ascensor.

Pulsa la tecla correspondiente y se apoya en una esquina. Sé que me mira durante todo el trayecto, pero no soy capaz de articular palabra. Ni tampoco de mirarlo. Siento como me tiemblan las piernas de los nervios.

¿De verdad le propuse un «lo que pasa en Las Vegas…»? ¿De verdad?

Busca la tarjeta y, más rápido de lo que yo lo haría, desde luego, abre la puerta.

Al parecer, soy la única con los nervios de punta ahora mismo; y con un tembleque de niña de quince años que me va a terminar matando.

Entramos en el salón de la suite; él cierra la puerta y me percato de que apoya la espalda en ella durante unos segundos, como si esperara a que yo desapareciera cuanto antes dentro de mi habitación, para así no enfrentar lo que acaba de pasar entre nosotros.

Pero me niego a hacerlo. No sé por qué, pero me quedo allí plantada.

—Cris, lo de antes… —comienzo.

—No hay que aclarar nada, no te preocupes —me corta, pero yo creo que sí. No quiero irme a dormir con la idea de que, por idiota, lo he jodido todo.

—No, te he propuesto un plan disparatado —bromeo. Me giro hacia él y veo que no se ríe, no le hace gracia.

—Ya, bueno… Es tarde, estamos cansados y pensamos raro.

—No —digo sin más. La palabra sale sola de mi interior.

No. ¿No? Joder. A él le extraña tanto como a mí. Parpadea un par de veces antes de enfocarme de nuevo.

—¿No…?

—¡No! Me lo he planteado varias veces este finde , no es un pensamiento random sin fundamento —lo corto y camino hacia él, a pasos largos—.

No hablo por cansancio, no hablo por idiota, hablo porque lo pienso de verdad, Cris.

Y no puedo dejar de darle vueltas al hecho de que sería fácil contigo. Tú y yo.

—¿Estás borracha, Andy?

Bufo y niego. Apenas conseguí beber un par de tragos del cava intragable de la abominable cena de pijos.

—Dime que tú no lo has pensado en ningún momento.

Lo reto, sí, porque me jode que no sea capaz de hablar claro.

Respira hondo y cierra los ojos. Se lleva una mano al pelo antes de negar.

Después asiente. Estoy tan cerca de él que puedo notar el aire que provoca con esos movimientos.

Estoy tan cerca que podría contar las motas castañas oscuras que tiene en el iris. Estoy tan cerca que…

—Claro que sí, Andy, antes lo decía en serio, pero es una puta locura. Hoy estamos aquí y mañana en casa, con nuestra vida de siempre. Joaquín aparecerá de nuevo, yo tendré que trabajar y la vida nos consumirá. Esto es la utopía, no la realidad.

No necesito escuchar nada más. Me niego a hacerlo. Me estiro hacia él y capturo sus labios con los míos. Gracias a los tacones, no tengo que hacer un movimiento demasiado exagerado.

Es un roce de labios sin más. Espero que se separe y que me diga que estoy loca, que he perdido por completo el juicio, pero no lo hace.

Lleva las manos hasta mis caderas en un acto que casi podría definir como involuntario y me devuelve el beso.

Lo transforma en un gesto ansioso, hambriento, necesitado.

Quiero más. Necesito más. Llevo los brazos hasta su cuello y lo presiono contra mí, como si en algún momento él hubiera hecho el intento de separarse.

Todo son labios, respiraciones entrecortadas, gemidos ahogados y necesidad. Pura necesidad. Hasta que, sin más, se separa. Pone distancia. En algún momento, su mente toma el control de la situación.

—Deberíamos… —murmura, con la voz ronca. Quiero completar esa frase, pero no me salen las palabras, y él se me adelanta—. Buenas noches, Andy.

Presiona los labios antes de acercarse para otorgarme una simple caricia con ellos en la mejilla, y camina hacia su habitación. Me deja más confundida que nunca en mi vida.