Resetea, Andrea, ¡resetea ya!
Bajamos todo lo rápido que podemos, intentamos no llamar demasiado la atención. Le digo a Laura que, antes de nada, quiero pasar por la habitación, y le robo una sudadera a Cris que me pongo por encima. Huele a él, y me encanta, me transmite una paz increíble.
—No entiendo cómo les pueden gustar estos actos… —me dice Laura, apenada, mientras salimos al exterior.
Me encojo de hombros, porque no puedo darle una respuesta que no tengo.
—Yo me alegro de haberme encontrado con otra como yo en la fiesta o me habría muerto del asco… y del hambre.
Ella se ríe. Tiene una risa bonita. Y es bastante más precavida que yo, porque lleva una buena chaqueta para ponerse al salir al exterior. Caminamos durante un rato largo, hablamos un poco de todo y de nada, hasta que el móvil me vibra en el bolso y lo busco a tientas.
Es Nati, que quiere saber qué tal la fiesta.
Yo:
Lo más aburrido del muuuuundoo
Exagero y le cuento que vamos en busca de algún local donde poder cenar.
Me llama y me dice que conoce al dueño de una pizzería cercana y que puede pedirle un par de pizzas para dentro de un rato.
Laura acepta más que encantada y, tras una mínima negociación, Nati y Pol se unen a nuestra particular fiesta privada en la playa.
—Estábamos en el pub de la esquina —me dice mi amiga muy bailonga, al acercarse a nosotras—. ¿Me puedes explicar el motivo para ponerte esa sudadera antimorbo?
—Frío —digo, y me encojo de hombros. Ella rueda los ojos y le dice a Laura que soy una desagradecida, porque ella se desvivió por mí, para que fuera monísima de la muerte a la fiesta.
Laura nos cuenta que fue a una peluquería cercana y, en medio de la conversación, noto como unas manos me rodean la cintura y me acercan a un cuerpo fuerte, de esos que son casa.
—Me alucina que mi ropa te siente mejor a ti que a mí… —me dice al oído.
Sonrío y me giro para encararlo, pero no me lo pone fácil. Me aprisiona contra él, como si necesitara tenerme ahí, así, no sé. Tal vez solo sea impresión mía.
El novio de Laura se acerca a ella y le da un pico corto, sencillo. Eso sí que es antimorbo total y absoluto. Escucho el abucheo de Nati por lo bajo y hace un gesto de dedito hacia abajo.
—¿Cómo nos encontrasteis?
—Seguimos la línea del paseo —me responde el novio de mi nueva amiga, que sé que se llama Marc porque ella me lo dijo, no porque él se haya presentado.
Aunque, ahora que recuerdo, yo tampoco lo hice. Decido que no quiero ser una maleducada y rectifico la situación. Aprovecho y presento también a mis amigos.
Se acerca y me da dos besos. Cris me suelta la cintura y deja que vuele en libertad.
Les contamos que nuestro plan es ir a cenar a una pizzería maravillosa que conocen Nati y Pol, que pedimos para todos, con la esperanza de que no llegaran y poder comernos también sus porciones. No nos escondemos para nada. Vergüenza cero, porque nos morimos de hambre.
—Entonces un muermazo de fiesta, ¿no?
—Puf, fiesta… —bramo.
—Reunión de amigos —completa Laura con gesto divertido. Sonrío al notar la referencia a Aquí no hay quien viva y le choco los cinco con la mirada.
La acabo de conocer y ya la quiero. En serio, qué facilona soy.
—Un muermazo totaaaaal —exagero yo—. Con perdón de vosotros, los abogados —me disculpo. Marc eleva una mano como si le diera lo mismo; Cris no se pronuncia, pero sé que a él no le molesta en lo más mínimo, así que me despreocupo.
—Esas cenas son así —dice Marc, como si le diera lo mismo, como si estuviera dispuesto a pasar por alto que sean aburridísimas. Como si eso fuera insignificante.
Cris camina a mi lado y, cuando me pone una mano en la espalda, algo me recorre todo el cuerpo.
Pego un bote y él lo nota, porque se frena. Me giro, para quitarle importancia, y veo que tiene una ceja enarcada, confuso. Estiro el brazo y lo agarro para acercarlo a mí y así seguir con el paseo.
Noto que Laura se ríe con el grupo, como si fuera una más, pero se muestra un poco más distante cuando mira en dirección a su pareja.
—¿Qué tal es Marc? —le pregunto en voz baja a Cris. Él aprieta los labios.
—Lo conozco de este tipo de eventos, nada más —me dice—. Es serio, no sé… no me parece mal tipo. Pero sé por qué me lo preguntas.
—Ya. ¿Un piquito después de que ella se pasara allí dos horas de su vida aburrida como una ostra? Un poco más de sangre en el cuerpo, hombre.
Él me aprisiona más contra su cuerpo antes de soltar una carcajada.
—¿Eres consciente de que me acabas de pedir un morreo? —Me giro y él me da un golpe con la cadera, divertido.
—Ah, boh —aporto cuando caigo en lo que acaba de insinuar—. No, tú llegaste y me dijiste que tu ropa me queda mejor a mí que a ti. Créeme si te digo que eso fue mucho más erótico que su piquito.
La broma le hace brillar los ojos. Le doy un golpe en el hombro y caminamos detrás de las otras dos parejas.
Nos adentramos en un italiano lleno hasta los topes.
Agradezco tener una amiga con contactos, porque comemos casi en la cocina, lo que me deja claro que no, no tenían un solo hueco para nosotros.
El sitio es bonito, con sus típicos manteles de cuadros rojos, copas que llenamos de agua y refrescos —porque ninguno se anima con el alcohol— y fotos de famosos italianos en la pared. Aunque lo disfrutaría más si no tuviera que hablar casi a los gritos.
Una reconocida canción de Pavarotti se escucha de fondo, muy de fondo, pero le da ambiente al local.
Nos sacan dos pizzas cuatro quesos, una hortelana y dos dolce vita . Y nos pedimos cuatro postres para compartir. Decidimos que de ahí no nos vamos con hambre.
Esta vez es Cris el que paga la cuenta completa y todos le hacemos bizum antes de salir del local.
Nati propone ir a tomar algo. Laura se anima.
Su novio, pese a que no me lo esperaba, parece que también, y bastante emocionado.
Puede que, tal vez, le faltara soltarse un poco la melena.
Pero yo estoy tan reventada que, siendo sincera, no me apetece.
Intento convencer a Cris de que se una, pero les dice que ya es tarde y que mañana salimos temprano para casa.
Temprano. Qué bonita suena esa palabra de sus labios. Nótese el sarcasmo.
—¿Seguro que no quieres ir? —Asiente—. ¿De verdad de la buena?
—Mañana a las siete y media te quiero en pie —bromea. Espero. De verdad, o lo mataré—. Demasiadas emociones en tan poco tiempo. Necesito irme a dormir pronto.
Pronto no puede ser, porque son las doce y media de la noche, pero da igual.
Nos despedimos al salir al exterior como si no nos fuéramos a ver en años…
y es posible que así sea. Laura y yo intercambiamos números, y Marc se despide muy emocionado de Cris.
Puede que no sea tan mal tipo, pero pasión en sus vidas… hay poca. Deberían mirarlo.
—Echaba de menos esto… —digo, sin más, cuando separamos nuestros caminos de los de los fiesteros de nuestros amigos.
—No habías venido a Barcelona en tu vida, mentirosa.
Sonrío y asiento, porque es verdad, pero no me refería a eso. Cuando me pasa un brazo alrededor de los hombros, sé que lo entiende.
—¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?
Cris sonríe y asiente con seguridad.
—¡Cómo olvidarlo! Apareciste por la puerta de mi casa, desesperada. Decías que necesitabas encontrar un refugio para Bambi con urgencia.
Sonrío al recordar a ese cachorro. Fue un flechazo a simple vista, y eso que yo tan solo tenía cinco años.
Estaba totalmente perdido en medio de la nada.
Después de buscar como loca a sus dueños, desistí y decidí llevármelo para casa, pero mi padre puso el grito en el cielo y...
¡yo no podía dejar que Bambi se muriera de hambre!
—Le encontré un padre adoptivo cojonudo.
Sonríe ante mi comentario y puedo apreciar cómo se ruboriza. Es increíble pensar que ya pasó tanto tiempo desde ese momento. Lo tengo grabado a fuego.
—Y también echaba de menos el mar —murmuro. Escucho como me da la razón con un pequeño sonido gutural.
—Es increíble. Cuando vivía en el pueblo ni me acercaba a verlo, pero ahora que no tengo la oportunidad...
Asiento. Me pasa exactamente lo mismo. Nunca fui muy amiga de ir a la playa, sino más de otro tipo de entretenimientos. Va a ser cierto eso de «no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes», aunque en mi caso sea con el mar.
Me paro en seco y clavo la vista en la playa. En el ir y venir de las olas, tranquilas, relajadas. Me fijo en que hay un par de parejas paseando por la arena. Me siento tentada a hacer lo mismo… y lo hago. Me quito los zapatos y permito que la arena se amolde a mis pies.
—Joder… —exclamo—. Joder —repito.
—¿Te dejo sola…?
Su broma me hace volver a la realidad. Camino hacia él y lo empujo para que se meta aquí conmigo. Lucha, pero venzo, claro, y consigo que ponga un pie dentro. Puesto uno… se quita los zapatos y se levanta el bajo del pantalón para no ensuciarlo todo.
—Hacía diez años que no pisaba la arena de la playa, Cris. ¡Diez años!
Se gira hacia mí, espantado. Veo como comienza a hacer cuentas antes de echarse a reír.
—Vale, a eso le tenemos que poner remedio.
Se ríe con mucha clase, así como suele hacer siempre. Y yo lo sigo, pero con mi risa de hiena. ¡Qué más me da!
—Me encantaría enamorarme de alguien como tú —reconozco en voz alta. Admito que es algo que no me quito de la cabeza. La vida sería tan sencilla así.
Se paraliza a mi lado. Se frena, como si mis palabras impidieran que pudiera dar un paso más.
—No me malinterpretes, Cris. Me refiero a qué...
—No te creas que no lo he pensado…
Emprende el camino de nuevo, mirando el movimiento de sus pies con atención. Como si todo lo importante se escondiera en ellos.
—La vida habría sido más sencilla. Nadie nos rompería el corazón —aporta.
Miro hacia todos lados. Me chifla esto. Me quedaría a vivir aquí para toda la vida: cero preocupaciones. Noto una paz que me recorre completa.
—¿Por qué nunca lo intentamos? —pregunto, aunque no sé bien por qué.
Escucho como suelta un pequeño suspiro antes de encogerse de hombros.