El alcohol de los ricos también da asco
—¡Te voy a convertir en una puta princesa Disney!
No estoy muy segura de si la palabra «puta» puede ir ligada a «princesa», sobre todo cuando hablamos de Disney; suena como un poco contradictorio, pero me parece bien.
Me costó poco convencerla. Un mensaje por WhatsApp con una señal de socorro y, un emoji después, estaba en la puerta de mi habitación. Amigas que valen oro y no admito réplica.
Me muestra en una mano su amplio secador y, en la otra, un cepillo con el que no querría que me diera en la cabeza. En fin, tendré que confiar en ella. No me queda otra opción.
Me obliga a tomar asiento y a relajarme.
Para entretenerme, o entretenerse ella, no lo tengo claro, busca una lista de reproducción en Spotify.
La primera canción que abarca toda la habitación, es una famosa de Chayanne en una mezcla curiosa y enérgica con Luck Ra.
No pegan ni con cola, pero, pese a eso, la canción es maravillosa.
Muevo la pierna al ritmo de la música y no soy consciente de que he contagiado a la cabeza hasta que Nati me frena con un movimiento seco.
—Tienes que contármelo todo —expone Nati, como si la maldita cena fuera un sueño para cualquiera—. ¿Habrá algún famoso?
Me encojo de hombros porque, con suerte, sé que estaremos nosotros. Nati bufa mientras que Miénteme , de TINI y María Becerra, se hace eco de la estancia.
—Menuda fiesta tenéis aquí montada…
Escucho la voz de Cris desde la puerta de la habitación. Nati corre y asoma la cabeza, solo la cabeza. Yo presiono los labios para no reírme.
—Zona solo para féminas, amigo —le dice cortante—. Coño, qué guapo estás.
Se le bajan las defensas y da un paso atrás.
No escucho nada del otro lado de la puerta, pero me puedo imaginar el gesto de guasa de Cris en los labios, ese que pone entre amigos única y exclusivamente.
¿Considerará a Nati parte de ese selecto club?
No creo, es imposible. Entonces, ¿qué gesto tendrá?
Me puede la curiosidad y casi me levanto.
Casi. Porque Nati se gira y pone los ojos sobre mí antes de que pueda hacer ningún movimiento.
Y cierra la puerta como si fuera un pecado capital que estuviera abierta.
—No a todo el mundo le quedan bien los trajes —me dice como si tal cosa.
Yo me encojo de hombros, porque vi a Cris taaaantas veces en traje, que sé que no voy a ver nada nuevo esta noche. Y sí, siempre está guapo.
Termina de peinarme y procede con el maquillaje.
Le insisto en que quiero algo natural, nada del otro mundo.
Discute, me dice que algo natural no queda bien y se empeña en pintarme con sombras.
Me impongo, al final cede y usa solo el lápiz.
Aunque, en los labios, me toca aceptar a mí que los voy a llevar tan rojos como el vestido.
—Debería ser maquilladora.
—Nunca es tarde para cambiar de rumbo profesional —bromeo.
O tú para encontrarlo. Es lo que me debería decir Nati, pero me complace comprobar que no lo hace.
Me giro para poder mirarme en el espejo y me sorprendo con la imagen que me devuelve.
Nati se esmera en dejarme el pelo ondulado de un modo bastante elegante que sé que no me va a durar ni dos horas, pero ahora mismo me veo preciosa.
Y el maquillaje es natural… pero no tanto. Me gusta.
Me pongo el vestido, con una mínima ayuda de Nati, que lo mira embelesada.
—Es precioso.
Una canción de Daddy Yankee y Bizarrap toma todo el protagonismo. Nati se levanta como si tuviera un resorte en el trasero para moverse al ritmo de la música, como si estuviera en plena pista de la mejor discoteca del país.
Suelto una carcajada y me uno a ella. El suyo es un baile al más puro estilo TikTok; el mío, al estilo Andrea.
—¿Se puede? —pregunta Cris desde la puerta.
Le respondo con un grito poco propio de una señorita embutida en un vestido tan glamuroso, pero me da igual, y la puerta se abre.
—Tenéis un gusto para la música un tanto par…
La palabra se queda en el aire en el momento en que nuestras miradas se fusionan. Parpadea un par de veces, pero no hace ningún movimiento. La música para y Nati carraspea.
—Guau. —Su voz sale como un murmullo tenue, casi inapreciable.
—Es un puto bombón, ¿verdad? —pregunta Nati. Yo sonrío porque, pese a lo que pueda parecer, me lo dice a mí. Me cuesta controlar la carcajada.
—Voy a ser la más envidiada de la fiesta —bromeo. O no, en realidad no lo sé.
Me subo a los tacones del diablo y me agarro al bolso que me trajo Nati para la ocasión.
Ella se acerca a mí y me repite que tengo que contarle todos los detalles.
Me reitera mil veces que yo estoy preciosa, pero mi acompañante más, lo cual me hace reír.
Me da dos besos y se despide de Cris antes de salir por la puerta.
—Eres consciente de que te vas a matar con esos tacones, ¿verdad?
Aprieto los labios.
—Dime que es en el hotel.
—Es en el hotel.
Su confirmación me hace sonreír, pero no me lo termino de creer del todo, y así se lo hago saber. Asiente, con una carcajada, y me agarra del brazo para tirar de mí hacia fuera.
—Que sí, es en la última planta.
Salimos de la habitación y respiro hondo.
—¿Hay alguna norma de conducta extraña entre vuestro selecto grupo que yo deba de saber? —pregunto con guasa. Intento imitar el tono pijo que, a decir verdad, suena como un intento muy ridículo de francés españolizado.
Me da por imposible antes de pulsar el botón del ascensor. Como ya me avisó, la fiesta es en la última planta y, tan pronto caminamos un par de pasos fuera, se percibe. La música —mucho más relajada que la que me había puesto Nati para la sesión de belleza, desde luego— nos arropa como un abrazo.
No soy ninguna experta, pero puedo distinguir una famosa canción de Il Divo en español, en un tono muy bajo, como si la música fuera algo anecdótico. Cris se acerca a un par de hombres trajeados y los saluda con un apretón de manos.
Me aparto, para darle espacio. No hay demasiada gente, lo cual se agradece.
Parece algo informal, dentro de la formalidad, porque aquí no hay nada al azar.
Las mujeres llevan muchas capas de maquillaje —y muchos ceros en la ropa—; los hombres portan sus carísimos trajes de marcas que, posiblemente, yo no sabría ni pronunciar.
Me fijo en que la mayoría roza los sesenta años, pero hay alguna pareja de unos treinta. Le sonrío a una mujer que me saluda desde el otro lado de la sala con la copa en alto. Me concentro en la música, que sirve como banda sonora de fondo.
—Ella es Andrea. —Me giro al escuchar mi nombre. Sonrío todo lo sincera que puedo. Pongo la vista sobre un hombre de unos cincuenta años y mejillas sonrosadas. Amplío la sonrisa, pensé que sería alguno de esos tiesos, pero nada que ver. Ya me cae bien.
—Encantado. Yo soy Juan, compañero de Cristian.
Asiento como si lo supiera, aunque Cris no suele hablar nunca de trabajo.
Está acompañado de otro hombre, quizá un pelín más joven. Me fijo en que ambos llevan una corbata rosa y sonrío. Se me presenta como Marco. Tiene todo el pelo blanco y un corte de pelo moderno que me encanta.
—Joder, qué monos son… —murmuro tan pronto nos quedamos a solas.
Cris sonríe y asiente.
—Su novio es diseñador de moda —expone—. Mira, ese de ahí es mi jefe.
Me giro con violencia para seguir la mirada de mi acompañante y, cuando lo hago, cuando doy con el punto exacto, siento que el corazón se me para dentro y luego vuelve a latir a toda velocidad.
No. Me. Jodas.
—¡No me lo puedo creer!
Cris se gira y me mira. No me reprende, pese a que debería, porque varias personas se giran hacia nosotros. Por suerte, no quienes no deberían escucharme bajo ningún concepto.
—Esa… esa chica… —murmuro, sin querer mirarla directamente, como si, por ello, pudiera protegerme—. ¿Es tu compañera de trabajo?
Él carraspea y se aparta un poco. Sonríe y saluda con un movimiento de mano. Mierda, eso es un sí, ¿verdad?
—¿La del vestido verde?
Asiento, aunque en realidad no llegué a fijarme tanto.
—Es la mujer de mi jefe… y viene hacia aquí. ¡Hola, Leticia!
La saluda con una familiaridad que me descoloca. Se acerca y le da dos besos que ella le responde encantada, con la mano bien anclada en su bíceps. Coño.
—Lo único bueno de los congresos es la cena de después —bromea. Cris se ríe. Es una risa distinta, no es la que suele mostrarle al mundo, es… ¿falsa?
—Cristian Arias —lo saluda un hombre. Parpadeo y pongo la vista en ellos de verdad por primera vez, como si ya no me preocupara pasar desapercibida—. La mayor promesa del bufete. Tu intervención de ayer fue magistral.
¿Intervención? Creo que lo pienso, pero cuando noto tres pares de ojos sobre mí, sé que lo he preguntado en voz alta.
—Anda, tú debes de ser Mar —dice el hombre. Abro mucho los ojos, pero antes de que pueda decir nada, Cris se me adelanta.
—Es Andrea —lo corrige—. Andy, él es Pedro, mi jefe más directo, y su preciosa mujer, Leticia.
Asiento con una seca cabezada en dirección a ambos, pero al tal Pedro no le parece bien, porque se acerca a mí y me abarca entre sus brazos.
—Oh, vaya… —consigo decir cuando se aparta, en dirección a otra presa—. Encantada, Leticia.
Ella me sonríe y me guiña un ojo antes de salir detrás de su marido.
—¿La conocías? —me pregunta Cris cuando nos quedamos a solas.
Yo camino hacia una de las mesas y me agarro a una copa de cava. Viendo el nivel de la fiesta, espero que sea de lo mejorcito, sobre todo porque lo odio. Puede que uno bueno lo tolere mejor. Me llevo la copa a los labios y le doy un trago pequeño, diminuto, antes de fruncir el ceño.
—El alcohol de los ricos también da asco.
Cris sonríe y se cruza de brazos, como si esperara mi respuesta. Me resigno a contestar.
—Me tiró los tejos en el spa —digo como si no tuviera importancia. Él eleva las cejas, sin dar crédito—. ¡Y ahora te los acaba de tirar a ti! Delante de su marido.
—No me tiró los tejos…
—No, para nada… —digo con voz melosa, me acerco a él y le acaricio el brazo, en el mismo punto donde lo hizo ella momentos antes.
Cris se tensa ante mi contacto. Sonrío con superioridad.
—Chúpate esa, chaval.
—Eres una verdulera —bromea.
Se gira de nuevo cuando alguien lo reclama y se enzarza en una conversación sobre algo que directamente no me interesa, así que decido dejarles espacio.
La voz de Ed Sheeran y su Perfect Symphony , junto a Andrea Bocelli, me cautiva durante un rato.
Me acerco a una mesa repleta de canapés minúsculos —pero de verdad— y me llevo uno a los labios.
Tan pronto le doy un pequeño mordisco, puedo sentir como el sabor a sal me invade las papilas gustativas y siento el impulso de escupir en una servilleta. Y lo hago, claro.
—En la mesa del fondo hay aceitunas rellenas de atún en escabeche —me dice una voz que no reconozco.
—¡Qué puta necesidad! —me quejo.
Se ríe y me giro hacia ella. Es la chica que me saludó al llegar. De unos treinta años, rubia, guapa.
—¿Es tu primera vez? —Asiento. Ella eleva dos dedos en alto, señal de que, en su caso, es la segunda.
—¿Eres abogada?
—Prometida de abogado —dice al fin—. Yo me dedico a la pintura. O eso intento. Me siento fatal aquí, es todo tan…
—Falso.
Ella se ríe y asiente.
—Soy Laura —se presenta—, y creo que tú y yo deberíamos largarnos a comer a un burger .
—¡Por favor y gracias!
Estira el cuello, en busca de alguien, que supongo que será su prometido, y bufa en el acto. Cris me hace un gesto con la mano y camina en nuestra dirección.
—¿Te aburres? —me pregunta al oído. Yo resoplo y niego, a pesar de que la respuesta es que por supuesto, pero Laura me lo hace un poco más ameno.
—Mi nueva mejor amiga Laura y yo hablábamos de ir a cenar a un burger . ¿Cuánto de malo sería?
Cris eleva la vista y saluda como corresponde. Laura le dice que es la prometida de Marc, quien, al parecer, está muy ocupado comiéndole el culo al jefe.
—Largaos ya —nos dice. Laura suelta un gritito de emoción y yo me contengo no sé muy bien por qué—. Voy a ver si libero a tu novio de las garras y vamos también, que me muero de hambre.
Me estiro y le doy un beso en la mejilla. Lo quiero. Lo quiero con toda mi alma.