Houston, tenemos un problema
Me despierto antes de abrir los ojos.
No es algo consciente, es más una sensación: el peso del brazo, el calor de otro cuerpo, una respiración que no es la mía.
Abro los ojos, despacio. La luz se cuela por debajo del oscurecedor lo justo para poder ubicarme. Estoy en Barcelona. Y la persona que duerme a mí lado, no es otra que Andy.
No me muevo. Me tomo un segundo más de la cuenta para poder disfrutar de este momento, de este despertar tan inusual, pero que, por algún motivo, me hace sentir como si fuera parte de una rutina poco explotada. Como en casa a más de mil kilómetros de distancia. Qué curioso.
Ella sí se mueve. Se gira con cuidado, intenta no despertarme. Se escabulle de mi agarre, despacio, y camina de puntillas hasta la ventana. Aparta un poco la cortina, lo que hace que el radiante sol de hoy me dé directo en los ojos.
—Eh... Buenos días —titubeo desde la cama.
Se gira y me observa, con una expresión culpable.
—Ups…
Sonríe. No es la sonrisa de siempre. No es esa que usa con todo el mundo. Es una más pequeña, más… nuestra.
—No quería despertarte —murmura y vuelve a cerrar la cortina—. ¿Has dormido bien?
Le quito importancia. No puedo decirle que ya estaba despierto y que había decidido permanecer así por rascar unos minutos, o segundos, entre sus brazos. Todo se pondría demasiado raro. Así que opto por mover la cabeza y sonreír.
—Mejor que nunca.
Y no miento. Ella sonríe, una sonrisa de verdad, antes de girarse de nuevo hacia la ventana. Abre la cortina y clava la mirada en el exterior, en las vistas tan maravillosas que tenemos desde las habitaciones, pero no es consciente de que la mejor vista de todas, la tengo yo. Ahora mismo.
Me incorporo, apoyándome en el brazo, y la miro. Tiene el pelo desordenado, la camiseta, dos tallas por encima de la suya, por lo menos, no permite que se le marque nada en el cuerpo. No intenta parecer atractiva.
Y, sin embargo, lo es.
No puedo dejar de mirarla. Me fijo en el modo en que distribuye el peso de su cuerpo, de una pierna a otra. En cómo estira los hombros hacia atrás y en la forma en que el pelo le cae, desordenado, por la espalda.
Houston, tenemos un problema.
Me levanto y camino hacia ella. El suelo está helado, pero me da igual. La rodeo por la cintura desde atrás y apoyo la barbilla en su cabeza por un segundo.
Me gusta estar así. Me gusta este contacto con ella.
—Lo siento por comportarme ayer como un idiota —murmuro.
Se mueve, intenta girarse, pero la sujeto de tal forma que no se lo permito. No sé muy bien por qué.
—¿Qué planes tenemos para hoy? —pregunta.
Cambia de tema. La suelto y doy un paso atrás. Se gira y me mira, con esa sonrisa cínica en los labios. Esa sonrisa tan Andy. Esa sonrisa que me vuelve irremediablemente loco.
Me observa de arriba abajo sin tapujos. Y entonces reparo en lo que llevo puesto: una camiseta que no me pondría en público ni bajo coacción, con la publicidad de una marca de piensos y que, además, me queda ligeramente pequeña, y un pantalón de deporte gris.
Si alguno de mis compañeros de despacho me viera así, tendría material para burlarse de mí durante meses.
Ella, en cambio, solo sonríe.
—Hacemos lo que tú quieras —digo—. Hoy tengo todo el día para ti.
Levanta las cejas, divertida.
—¿Tengo pista libre? —Asiento. Ella hace un gesto de la victoria con el brazo que me hace sonreír—. Pues quiero desayunar algo rico y hacer turismo.
Asiento. Perfecto. Plan sencillo.
Soy el primero en darme una ducha, rápida y fría, para centrar las ideas. Cuando salgo, ya vestido, ella espera, impaciente, con el móvil entre las manos. Me da un empujón y se cuela en el interior del baño.
Aprovecho el ratito de espera para revisar las redes sociales y le escribo a Valen para ver qué tal está. No responde.
Me impaciento y le escribo a Beka.
Yo:
No le digas a Valen que soy un hermano pegajoso y controlador
Solo dime si está bien, porfa.
Se conecta al momento. El doble check cambia de color y, sin querer, sonrío.
Beka amiga Andy:
Estamos llegando a casa. De una orgía.
Todo ok. Usamos protección.
Sonrío y bloqueo el móvil, justo cuando Andy sale del baño. Parpadeo y la enfoco. Andy es de esas chicas preciosas que no son conscientes de que brillan. Quizá sea por eso, porque se permite ser ella. Y ella es magia.
A pesar de sus protestas, ya que dice que va a caer desfallecida, nos pillamos un taxi hasta el barrio gótico antes de desayunar. Encontramos una cafetería que pasa la criba de ambos, aunque, a estas horas de la mañana, el listón de Andy es casi nulo.
Se tira sobre la carta y la ojea por encima con rapidez.
—Yo quiero… —comienza cuando la camarera se acerca, después de los saludos habituales en catalán—.
Un entrepà de fuet, con pa amb tomàquet .
—Se fuerza en que las palabras le salgan tan naturales como al resto de ocupantes del bar.
La chica le sonríe, creo que da por bueno su intento, y asiente—.
Y un café con bebida de soja, porfa, grande.
—Yo lo mismo que ella… —Aunque no tengo ni idea de qué ha pedido, pero me da igual—, pero con un cortado.
—¿Con soja también? —pregunta. Me encojo de hombros y la chica asiente, a la vez que lo escribe todo en una libreta.
—Entonces el plan para hoy es… no hacer nada —me dice—. Me gusta.
Saca el móvil del bolso y trastea en él hasta que la chica vuelve con nuestro desayuno. Ella lo ataca con tanta rapidez que me veo en la necesidad de dejarle claro a la camarera que no le va a comer un brazo. Ella muestra sus dientes separados en una risa divertida.
—Me encanta verte comer —le digo cuando se lleva el bocata a la boca.
Ella me mira, con una ceja enarcada. Sonrío.
—¿Qué? Comes como una persona normal, no es un insulto.
Niega con la cabeza, pero sonríe.
—¿Tu ex se pediría una manzanilla?
La miro.
—¿Mar? —Se encoge de hombros—. Nunca desayuné con ella, así que no lo sé. Pero es posible. O un té verde.
—Es depurativo —bromea a la vez que le hinca el diente a su desayuno—. Háblame de ella.
Echo la taza de café hacia atrás y centro la mirada en Andy.
—¿Qué quieres saber?
—Ni idea, vamos a ver… ¿cuándo la conociste? Y dónde, ya que estamos.
Le quito un pellizco al pan y me lo llevo a la boca antes de responder.
—Hace un mes y medio —respondo—. Es la prima de una compañera de trabajo. Carmen llevaba meses diciéndome que la tenía que conocer y blablablá. El día que la vino a buscar, se acercó hasta mi mesa, se presentó y… pasó.
—No me jodas. —Deja caer ambas manos sobre la mesa, lo que provoca un pequeño estruendo—. ¿Pasó? ¿Así sin más?
—No sé qué responderte a eso, Andy, ¿tú necesitas tres meses para que pase? No sé, pasa y ya, ¿no?
—Vamos a ver, recapitulemos —pide. Sonrío y ruedo los ojos—. La conoces, se presenta y… no sé, ¿te mete cuello?
—Qué expresión tan fea, tía —le recrimino.
Ni siquiera sé por qué la llamo «tía». Es la primera vez y suena raro de mis labios.
—¿Necesitas el croquis completo? —Asiente—. Pues, a ver, no sé. Se acercó a mi mesa y me dijo que era Mar, que su prima le había hablado muchísimo de mí, pero que se había quedado corta.
—Qué típico. —Pone los ojos en blanco. Me río y asiento.
—Muy cliché, sí. Se sentó sobre la mesa, se cruzó de piernas, a lo Instinto básico , y me preguntó si tenía novia.
—A cuello.
—¿Otra vez con eso? —Niega con la cabeza—. Le dije que no, pero que tampoco la buscaba. Me dijo que era una pena, que era un buen partido y todo eso que se dice cuando conoces a alguien.
—Yo quería aprender técnicas de ligue, pero creo que de aquí no voy a aprender nada.
—Nuevo, no. —Se ríe—. Me quedaban diez minutos para salir, así que le dije que, si me esperaba, la invitaba a una cerveza y charlábamos un rato. Bajamos al Atlantis, nos tomamos dos copas y terminamos en mi casa.
—En tu casa… —Asiento—. ¿Con todo?
—No tengo ni idea de a qué te refieres «con todo», pero sabes que jamás te respondería a eso.
—Entonces lo entiendes, mamón —se burla—. Yo tardé meses en follar con Joaquín.
—Lo sé… —digo tras un suspiro—. Me llamaste para contármelo, ¿te acuerdas?
Todavía siento escalofríos al recordarlo. Se me partió el alma entonces y se me vuelve a partir ahora, al revivir esa maldita sensación que se me quedó anclada en el pecho.
—A mi favor, diré que tú me lo sonsacaste…
—¿Te lo sonsaqué, Andy? —pregunto. Ella asiente, cínica—. ¡Tan solo te dije «hola»! —Se encoge de hombros. Yo me río—. Me preguntaste el tiempo medio de una relación sexual, como si fuera tu primera vez.
—Bueno, la primera adulta puede que sí. Y, hasta la fecha, todo era un «aquí te pillo, aquí te mato». Y fue muuuuy corta.
—También me preguntaste si era normal no sentir «nada». —Dibujo las comillas en el aire—. Y después pretendías que yo mirara a Joaquín a la cara. ¡Hay que joderse!
—A ver, yo no dije que no tuviera «nada». Todo lo contrario, estaba bien… —Niego con la cabeza y ella asiente—, pero fue… incómodo.
—¿Incómodo como está siendo esto ahora, quieres decir?
—¿No se supone que a los tíos os gusta alardear de vuestros encuentros sexuales?
Niego y me río. Y ella sigue hablando. Como si nada. Como siempre.
Y me encanta. Me gusta esta Andy. Y eso es, cuanto menos, acojonante.