¿Necesitas que te lea un cuento, cariño?
Veinte, veintiuna, veintidós... ya ni sé cuántas vueltas llevo dadas en la cama. No puedo dormir.
Enciendo la luz y me incorporo. Bufo y busco el móvil con poco tacto: solo son las dos de la mañana. Aguzo el oído y no consigo escuchar nada al otro lado de la pared.
Desde que llegamos del pub, Cris desapareció detrás de la puerta de su habitación, y no sé nada de él desde entonces.
¡Paso! No soy una cría para esperar a que él dé el primer paso: si algo le pareció mal, ¡que me lo diga!
Salgo de mi habitación, con mucho cuidado de que no me escuche, y me aproximo a la puerta de su cuarto. Acerco la oreja, pero nada, silencio total.
Abro la puerta tan despacio que ni yo la escucho, motivo por el cual me felicito mentalmente, y la cierro con el mismo cuidado.
Está todo en silencio, no sé si estará durmiendo o no, pero yo no me pienso ir de aquí sin hablar con él: ya sea esta noche o mañana por la mañana. Me da lo mismo.
Camino como si lo hiciera por encima de millones de docenas de huevos, aparto la sábana que lo cubre y me meto dentro de ella. Acerco mi cuerpo al suyo y, sin pensarlo, le rodeo la cintura con uno de mis brazos.
—Pero… —farfulla, sobresaltado—. ¡Andy! —Pega un salto en la cama y se sienta de golpe—. ¿Qué diablos haces?
—No puedo dormir —respondo, con tono infantil.
Eso hace que suelte un suspiro y, luego, una carcajada.
—¿Necesitas que te lea un cuento, cariño? —me dice con voz melosa.
Chisto y niego, aunque sé de sobra que no me ve.
—Quiero dormir contigo, ¿puedo? —pregunto con tono infantil una vez más. Me siento mal y preocupada a partes iguales. Estoy segura de que, con él, se me pasará y podré dormir toda la noche.
—Yo tampoco puedo dormir, peque —dice, con cansancio, y se tira de nuevo hacia atrás.
Alargo la mano y enciendo la luz con brusquedad. Se revuelve y se tapa. ¡Anda ya!, ¿todavía sigue con esa tontería? Me cubro los ojos con una mano con gesto cómico.
—¡Por favor, depravado, tápate! —finjo gritar, aunque entre susurros, para que no nos escuchen los vecinos y no nos pongan dos velas negras—. Soy un alma inocente que no vio un culo en su vida.
Me río yo sola ante mi comentario.
—No seas idiota, no estoy desnudo —alega, pero sin destaparse en ningún momento.
Tuerzo los labios.
—Eso vamos a tener que comprobarlo, jovencito —le digo con voz autoritaria y le muestro el dedo índice. Él suelta un pequeño resoplido, pero no impide que me ponga a bucear bajo las sábanas para observar que, en efecto, no está desnudo.
Me río de mí misma. Con otro jamás habría sido capaz de hacer esto, pero Cris es diferente.
—¿Qué hacemos? —pregunto con tono inocente. Cris se ríe y se encoge de hombros—. Podemos hablar de nuestras cosas, ponernos al día. Tal y como hacíamos antes, ¿recuerdas?
Me observa y asiente.
—Creí que estabas enfadado conmigo —admito después de un par de segundos en silencio.
Veo como se gira hacia mí, como si no comprendiera ni una sola palabra—.
Sí, no me hablaste desde que salimos del pub hasta que entramos por la puerta de la habitación, y tus palabras textuales fueron: «que duermas bien» —lo imito, con una voz muy grave.
Intenta contener la risa por mi buena imitación, que, spoiler innecesario, fue nefasta, y aprieta los labios.
—Para nada, peque. Estoy cansado de todo el día. Solo eso.
—¿Y entonces por qué no duermes? —pregunto, para dejar claro que está más molesto que cansado… y punto.
—Porque estoy cansado, no muerto de sueño —sentencia como si fuera obvio.
Yo cuando estoy cansada duermo como un angelito. Me espatarro boca abajo y ya que alguien se atreva a despertarme. Más de un despertador murió en el intento.
Escucho un pitido desde mi habitación y, tras meditarlo, me levanto dando un pequeño salto.
Me apropio todo lo rápido que puedo de mi teléfono móvil y regreso a la habitación de Cris con él entre manos. Me tiro en plancha sobre la cama y, cuando me siento cómoda, lo desbloqueo.
Es un mensaje de Joaquín. Otra vez. ¿Puede ser más pesado? No necesito entrar en la conversación para leer su mensaje.
Joaquín My Love:
Sé que estás con Cris
Debería cambiar su nombre de la agenda, ¿verdad?
Por desgracia, el mensaje no lo leo yo sola. Mi amigo cambia el gesto por uno que juraría no haberle visto nunca, casi podría jurar que van a salirle bolas de fuego por los ojos.
Evito la carcajada que amenaza con brotar de mis labios porque me hace mucha gracia su actitud. Me recuerda a Charizard.
—Pero ¿qué problema tiene este tío conmigo?
Lo cierto es que siempre me lo pregunté, y nunca llegué a una buena conclusión.
—Creo que es simple envidia —expongo con naturalidad. Veo como me observa y asiento—. En serio, es la conclusión a la que llegué después de estos meses... bueno, o tal vez también piense que tú y yo tenemos una relación clandestina, como el resto de la población.
Me río como una hiena. Lo mejor de estar entre amigos es que ni me molesto en parecer sexi o elegante en un momento así. Me da igual.
Espero que él se ría también, pero, para mi sorpresa, ni se inmuta.
—¿Qué te ocurre? —pregunto, cesando la risa.
—Pasa que estoy cansado de esto ya —reconoce. Se quita la sábana y, en cuestión de segundos, se sienta sobre la esquina de la cama.
Se lleva las manos a la cabeza y se alborota el pelo.
—No te entiendo —admito.
Me acerco a él, gateo por la cama y posiciono la cabeza sobre su hombro derecho.
—No me importa que los demás crean que entre los dos hay algo, porque... en fin, ya me acostumbré a eso —expone—, pero me molesta que suponga un problema con nuestras parejas. ¡Es que no lo entiendo, joder!
La verdad es que nunca lo había pensado de ese modo.
Tuerzo los labios y asiento. Es cierto que Joaquín jamás comprendió el motivo por el que salía con Cris, y muchas veces se llegó a poner pesado, pero llegué a la conclusión de que era simple envidia.
Cris es uno de los abogados más prestigiosos, mientras que él, pese a todos sus intentos por prosperar, se quedó en un simple informático que arregla ordenadores en un local cutre.
Tiene un buen sueldo, sí. Y un trabajo muy estable, pero… se frenó.
—Es que a este paso nos terminaremos separando —dice y se gira hacia mí.
Fija su mirada en la mía. Creo que es la primera vez en muchos años que veo ese brillo especial, ese que me demuestra que está de verdad preocupado por la situación.
Trago saliva.
—Jamás permitiré eso —admito—. Joaquín no lo consiguió, ¿por qué lo iba a lograr otro?
—Tampoco quiero que, por mi culpa, te separes de alguien que te quiera.
Se levanta y comienza a dar vueltas por la habitación como un poseso.
La situación me haría gracia si no fuera porque mantiene la vista fija en el suelo y el gesto preocupado.
—A ver, Cris. Relájate.
Me levanto, lo obligo a dejar de caminar de un lado a otro. Suelta un fuerte bufido antes de volver a fijar su mirada en la mía.
—Primero, déjame decirte que quien no pueda comprender que somos amigos desde los cinco años, y que te quiero con toda mi alma, no se merece nada. —Aprieta los labios antes de asentir—. Y, segundo, tú para mí eres más que mi amigo y siempre lo serás.
Eleva la mirada y veo como sonríe de esa forma que siento que solo yo puedo percibir. En el fondo, estoy casi segura de que él no sabe ni que lo hace.
Le respondo al gesto con una sonrisa, pero mucho más pronunciada. ¡Yo quiero que se note que estoy encantada! Encantada de estar aquí con él, con el mejor compañero de vida y de viaje. Con el mejor amigo que me pudo tocar en la vida.
—¿Vemos una peli? —pregunto para intentar que nuestra dignidad permanezca intacta.
Lo quiero, sí, pero tampoco es como para decir cursilerías durante horas.
—¿A las dos de la mañana? —pregunta antes de soltar una carcajada.
Asiento, no es ninguna locura. ¡Yo las he visto más tarde!
Me levanto y, con rapidez, enciendo la tele del hotel. Tan pronto termina de cargar, entro en mi cuenta de Netflix —tras varios intentos, porque me dice que la contraseña, que sé que es mi contraseña, es incorrecta. ¿Cómo no lo voy a saber si no tengo otra?— y me giro hacia él.
—Elige tú —expone con naturalidad.
Vale, otra prueba más de que me lee la mente.
«Océano rojo, mar de miel, cielo de azúcar», pienso combinaciones de palabras sin sentido, como comprobación, pero no me dice nada. Sonrío, tal vez no me lea la mente y solo me conozca.
—¿Es para hoy? —pregunta y se tira hacia atrás.
Chisto mientras busco con la mirada alguna película que nos guste a los dos.