¿Qué cojones acaba de pasar?
Quedar con ellos, a mí, me parece un planazo, pero para Cris tiene que ser algo incómodo, ya que no los conoce de nada.
Bajamos en el ascensor en un silencio sepulcral. Desde que salimos, cada uno de su respectiva habitación, ninguno abre la boca. Presiono los labios, incómoda, hasta que me canso y me giro hacia él.
—Si no quieres ir…
Él se echa hacia atrás y sonríe.
—Quiero ir, me has hablado tanto de ella durante años que la necesito conocer.
Y ahí vuelve a morir la conversación. El ascensor llega al cero, con un pitido discreto, y nos bajamos en dirección a la parada de taxis.
Nati me envió la ubicación de un parque y me pidió que, cuando llegáramos, le enviara un mensaje.
En teoría, tenemos reserva para cenar para dentro de una hora, así que vamos con tiempo más que de sobra.
Me muerdo el interior de la mejilla, nerviosa, porque odio los silencios largos y pesados; pero no lo rompo, no sé muy bien por qué. Tampoco tendría nada que contar, ya que siento que ya lo he dicho todo y más.
Tan pronto llegamos, le envío un mensaje a mi amiga que no me llega a responder, ya que apura el paso en nuestra dirección.
—Tía, tía, tía —me saluda—. ¿Puedes estar más guapa?
—Mira quién va a hablar —le digo con guasa, porque va como si fuera a subirse a una pasarela de moda.
Así es Nati. Siempre. Ella no sabe lo que es la discreción.
—¿Y este es…? No me jodas que es Cris.
—Sí, claro —digo decidida—. Cris, ella es Nati, mi antigua compañera de piso en la uni, y él es Pol, su prometido.
Mi amigo los saluda a ambos. A Nati con un beso, porque ella se tira a su cuello directamente, y a Pol con un apretón de manos.
—No me puedo creer que tú seas Cris —le dice con un descaro muy propio de ella. Él eleva las cejas, curioso—. Es decir, no te conozco de nada, pero como Andy no paraba de hablar de ti, me formé cierta imagen mental que… nada que ver.
—¿Y cómo era esa imagen mental? —le pregunta divertido.
No sé si quiero que responda, la conozco de sobra para saber que nada de lo que suelte por la boca puede ser bueno. Nada. Tierra, trágame.
—No sé… ¿bajito, con la cara llena de granos y gafas?
Mierda.
—Bueno, en la adolescencia tuve la cara llena de granos —dice resolutivo.
—Qué va, ni por esas… —lo corrijo—. La de los granos fui yo.
Él asiente porque es verdad. Ya puestos, yo le gané por goleada. La canción de Golden, de las Guerras KPop, nos devuelve a la realidad y Nati tira de mí con fuerza para una zona específica de la plaza donde hay una fuente de colores que «baila» al ritmo de la canción.
Los niños corretean y gritan alrededor, compruebo un par de veces que los chicos nos siguen de cerca. Nos posicionamos en la zona que Nati me marca. Hay muchísima gente alrededor, mucha. Pol se acerca a mi amiga por la espalda. Me parecen monísimos juntos.
El sitio es perfecto para venir con pareja, no sola. Suspiro, y aprecio como se hacen carantoñas. Miro hacia todos lados y me doy cuenta de que todo son parejitas amorosas, o familias con niños jugueteando.
Pero, en medio de mi divague mental, siento como alguien me rodea la cintura. Salto en el sitio, pero cuando el aroma de Cris me perfora las fosas nasales, sonrío.
El himno de Barcelona, interpretado por Freddy Mercury y Montserrat Caballé, se hace con el espacio. Sonrío, porque me encanta dónde y con quién estoy. Eso nunca puede ser malo, ¿verdad?
—Gracias por proponer este plan descabellado —murmura. Sonrío.
—Gracias a ti por aceptarlo —respondo en el mismo tono.
Estoy segura de que tenemos una especie de conexión mística, lo juro. Si algo me preocupa, lo sabe; si algo me carcome la cabeza, se da cuenta. Da miedo, pero me encanta.
Seguimos así durante un buen rato: Nati y Pol se hacen cariños y se besan con amor; mientras que Cris me abraza y, con eso, ya me hace la persona más feliz del planeta.
Tan pronto termina el espectáculo, seguimos a Pol, que nos guía a un pedazo de restaurante increíble.
Yo miro asombrada hacia todos lados, como una cría. Nos ofrecen ocupar una mesa pegada al ventanal, que nos permite gozar de unas hermosas vistas.
Cenamos el menú degustación. Pol nos habla de su negocio; Nati, de su trabajo. Se preocupan por Cris, que les cuenta a qué se dedica y el motivo de nuestro viaje. Por suerte, nadie pone su interés en mi nula actividad profesional, porque no sabría por dónde empezar a llorar.
Lo que saco en claro de esta conversación a tres —porque yo estoy fuera, como mera espectadora— es que necesito luchar por lo que quiero, por lo que me gusta, y no por sobrevivir.
Quiero que me brillen los ojos como a Nati cuando habla de Nexum Motion Labs; quiero hablar con la misma ilusión que lo hace Pol de sus negocios; y que la voz me vibre igual que a Cris cuando menciona los motivos por lo que es abogado. Quiero eso.
Y, para tenerlo, no puedo esperar con los brazos cruzados a que alguien llegue a mi casa con la oferta de mi vida. No puedo.
¿O sí? No, creo que eso no pasa.
—¿Tomamos una copa por ahí? —pregunta Pol cuando damos por terminada la cena. Le dirijo rápidamente una mirada a Cris, quien asiente con rapidez y una sonrisa.
Y yo, por supuesto, acepto gustosa.
Piden la cuenta y llegamos al acuerdo de que paga Pol y los demás le hacemos bizum . Hasta Nati le paga su parte.
Salimos y caminamos, bajo la luz de las estrellas —y de las farolas y todos los locales que lo rodean— hasta el bar de copas elegido. Tiene una pinta increíble. Con paredes de ladrillo visto y mesas de madera clara, al estilo escandinavo, mezclado con toques metálicos en color dorado.
Y la música… ay, la música.
Nati me comenta que todos los temas son versiones de canciones clásicas. Me encantan. En este momento suena una versión tecno de una canción de Abba que me aluciflipa. Y ella lo sabe.
—Pol me matará si me escucha, ¡pero este es mi sitio favorito de Barcelona!
Me guiña un ojo y se acerca a la barra. Me muestra una lista de cócteles. ¿Aquí también? Me encojo de hombros y es Nati la que pide por mí. Paso de volver a arriesgar. Una vez se acierta, dos ya me parece abusivo.
Cris se acerca y observa la carta detrás de mí, y se decanta por uno que lleva ron y granadina. Sonrío contenta, al parecer ya se siente como uno más y eso me hace muy feliz.
Me giro y, sin pensarlo, le estampo un sonoro beso en la mejilla, ante la mirada extraña de los otros tres. ¡Me da igual, soy feliz!
La música no está muy alta, lo cual me encanta. Odio que me dejen sorda, o no poder hablar con ellos si me sale de las narices.
Sonrío encantada. Muevo los hombros y la copa de un lado para otro. Al verme, Natalia se levanta y tira de mí.
Antes de nada, le doy un trago largo a mi cóctel. Acto seguido, se lo ofrezco a Cris, para que lo sujete.
Bailamos juntas al ritmo de la música. Natalia echa el pelo hacia un lado y baila de forma sensual. Me río con ganas, porque, como la siga, se me verían hasta las bragas.
Nos ganamos las miradas de varios chicos, y Pol, al darse cuenta, supongo, se levanta y se pone a bailar con nosotras. Marcando territorio, claro. Qué bonito. Ironía modo on .
Le hago un gesto a Cris para invitarlo, y niega al ritmo de la música, lo cual me hace mucha gracia. Qué arte tiene hasta negándose a moverse.
—Venga, soy la única sin pareja. —Le pongo morritos, y él se ríe, pero continúa en sus trece.
Le quito la copa de las manos y le doy un trago largo al cóctel que me eligió Nati. Es que está delicioso, aunque ni idea de lo que lleva... ¡qué más me da! Viva la vida, que son dos días.
Al ver que no puedo convencerlo, me dejo caer a su lado.
—Dormiste fuera del hotel ayer, ¿verdad?
Me mira extrañado, como si no comprendiera mis palabras, antes de negar.
—Tenías la cama hecha.
Sonríe y echa la cabeza hacia atrás.
—Ah, eso, sí… no me gusta salir y dejar la cama sin hacer.
Ahora es mi turno de mirarlo con el ceño fruncido.
—Sabes que dormimos en un hotel… ¿no? —Asiente—. Joder, qué raro eres —expongo. Él no dice nada, así que prosigo yo—. Pensé que habrías pasado la noche con Mireia.
Chista la lengua y niega. Ahora me dirá que no había química... ¡madre mía! Yo estaba delante y...
—No es mi tipo.
—¿Que no es qué…? Joder, no me gustan las mujeres y hasta podría llegar a ser mi tipo —bromeo, pero no quiero hurgar más. En realidad, no lo decido yo, es el efecto de su mirada inquisidora sobre mí.
Trago saliva y echo la cabeza hacia atrás.
—Venga, vale, dime quién de aquí sería tu tipo.
Parpadea y me enfoca. Tarda más de la cuenta en dirigir la mirada hacia todos lados, aunque lo hace sin ningún tipo de intención. Como cuando buscas a alguien entre la multitud, pero sabes que no está y lo haces solo por costumbre.
—Puede que esto lo diga porque estoy más pasado de copas de lo normal, pero… —Baja la mirada a sus manos antes de volver a poner los ojos sobre mí—. Tú.
Me atraganto. Toso. Cuando me recompongo, me fijo en la expresión preocupada de su mirada.
—¿Lo dices en serio? —Se encoge de hombros—. ¡Joder!
Sí, eso es lo único que soy capaz de decir. Él se ríe, asiente y se echa hacia atrás con gesto despreocupado, como si no me acabara de arrojar una bomba en las manos. Una bomba a punto de explotar. La bomba que somos él y yo.
—¿Te imaginas cómo sería la vida si fuéramos pareja? —pregunto sin pensar.
Él se sienta de nuevo con la espalda recta y me mira.
—Pues no lo sé, pero al menos nos llevaríamos bien. Y nos lo contaríamos todo.
—Siempre. Te llamaría para decirte lo malo que es mi novio en la cama. —Miro al techo, con fastidio fingido, y él sonríe—. Y que me saca de mis casillas. ¿Qué es eso de hacer la cama en un hotel? ¿Estamos locos o qué?
Cierra los ojos y, sin pensarlo, se levanta y tira de mí. Mueve las caderas y me anima a unirme a su movimiento.
—Igual suena un poco presuntuoso, pero no soy nada malo en la cama —dice muy cerca de mí—. Tengo cero dudas de que tú y yo, en ese aspecto, funcionaríamos bien.
Bella Ciao , interpretada por Becky G, suena como la banda sonora de la situación y nos abraza. Él sube las manos por mis caderas, lo que me electriza por completo y me pone los pelos de punta.
Se me suben todos los colores. Agradezco la poca luz del local.
—Dime si eres consciente de que tienes como diez ojos puestos sobre ti.
Siento la vibración de sus palabras en el cuello. Mi corazón se paraliza y parpadeo para comprenderlo. Pero asiento, porque lo sé. Y, la verdad, no me molesta en absoluto. Aunque tampoco tengo pensado permitir que ninguno se me acerque ni un poco.
—Es el vestido.
Cris se encoge de hombros, como si no supiera la respuesta a esa pregunta no formulada, pero, al fin, asiente.
—Puede ayudar —admite—. Estás preciosa.
Sus palabras me catapultan. Siento un vuelco en el estómago y mis ojos, en lugar de apartarse, se clavan en los suyos.
Le sostengo la mirada un segundo de más, bajo la vista hacia sus labios por puro instinto antes de volver a su mirada, atrapada en esa distancia que, de repente, se siente demasiado corta.
Comienza una nueva canción y, convencida de que va a dejar de bailar, me quedo paralizada; pero me sorprende de nuevo, atrayéndome más hacia él.
Presiona un labio contra el otro sin dejar de mirarme; siento que va a decir algo, pero se arrepiente. Como si no estuviera seguro, como si algo le hiciera un cortocircuito interior.
—Creo que igual…
Hace el amago de apartarse, pero tiro de él para que quede frente a mí de nuevo. Resopla. Una nueva versión, esta vez de Waterloo, nos rodea. La gente baila efusiva, como si se le fuera la vida en ello, con alegría. Mientras tanto, yo siento que todo a nuestro alrededor desaparece.
Noto un fuerte nudo en el pecho que me impide respirar con facilidad.
La mirada de Cris sobre la mía me electriza en cuestión de segundos.
Cierra los ojos y sonríe. Es una sonrisa de las falsas.
No es real. A pesar de que no los veo, puedo asegurar que no le llega a los ojos. No sé cómo, pero lo sé.
Ya no bailamos, solo estamos ahí, el uno frente al otro.
Acerca una de las manos a mi cadera derecha y, en ese momento, da un paso atrás. Y no porque quiera, sino porque Nati se mete en medio como un huracán.
—Tíosssss. —Estira mucho la palabra—. Nos tenemos que ir porque acaban de llamar a Pol del trabajo. Al otro lado de la plaza, tenéis una parada de taxis. Podéis quedaros el tiempo que queráis. ¡Esto no cierra hasta la mañana!
Ahora se gira hacia Cris.
—Este local es la hostia, os lo vais a pasar en grande.
Veo como mi amigo asiente, con cara de circunstancias.
—Si no os importa, ya nos vamos con vosotros.
Esto lo dice y me suena como una bofetada con la mano abierta.
¿Qué acaba de pasar? No, en serio, ¿qué cojones acaba de pasar?