No me tientes, nena
Cierro la puerta de la habitación de un golpe y aguzo el oído. Ni un solo movimiento. Ni un murmullo.
—¿Cris? —llamo, a la vez que me quito los zapatos, primero uno con un pie y luego, el que queda, con el otro.
No responde y decido no insistir.
Después de la charla con Nati y Pol en el bar, ambas nos fuimos a hacer un poco de turismo.
Me llevó a los sitios más selectos, que, desde luego, no habíamos visitado Cris y yo ayer por la tarde: el barrio del Born y la fundació Joan Miró.
También me llevó a otro outlet , donde me compré un vestido por un precio tan ridículo que me resultó imposible dejarlo allí.
Dejarlo me habría salido más caro. En serio. Bueno, no, pero… se entiende, creo.
Pero, ahora, estoy reventada a unos niveles insostenibles e inmanejables. Aunque de un modo pletórico.
Me introduzco en el baño y abro el agua de este jacuzzi que me muero por utilizar. Aprovecho el espacio de tiempo que me ofrece la espera para desnudarme y dejo la ropa encima de la cama. Vuelvo al baño, paso la vista por los jabones y elijo uno.
Echo medio bote dentro, pienso que tal vez montaré una fiesta de la espuma, y espero a que se llene lo suficiente.
Cojo el móvil y pongo una de mis listas favoritas en Spotify, la de la llorera asegurada, justo antes de despojarme de lo único que me quedaba puesto, la ropa interior, y meterme dentro del agua templada.
Suena una canción de Conchita, que habla sobre el reencuentro con un ex, donde mientes y dices que todo va genial, cuando en realidad te mueres de ganas de gritar que no has pasado página.
Creo que esta canción es desgarradora para el noventa por ciento de la humanidad.
Incluso aunque nunca te hayan roto el corazón.
La tarareo en voz baja.
Cuando era más niña pensaba que todo era el fin del universo.
Cuando me dejó Miguel, lloré tanto como jamás pensé que lo haría.
De hecho, creí que me moriría sin él... En cambio, ahora, después de dejarlo con la única relación seria que tuve hasta el momento...
siento que me da igual. Tal vez sea que no estoy hecha de la pasta correcta para comprometerme.
El agua caliente me llega hasta los hombros y cierro los ojos un segundo. Cuando los abro, todavía tengo el móvil en la mano, como si me faltara espacio dónde dejarlo. Bajo el volumen de la música y, sin pensarlo demasiado, desbloqueo la pantalla.
No abro WhatsApp. Tampoco Instagram.
Tecleo «ingeniería mecánica junior» en el buscador de empleo que me aparece siempre el primero tan pronto accedo a Google, como si supiera cosas de mí que yo prefiero ignorar.
Deslizo con el pulgar. Veo ofertas que piden cinco años de experiencia. Otras que parecen escritas para alguien que no soy yo. Cierro una, abro otra, y siento esa mezcla rara entre vergüenza y cansancio.
No es el momento.
Bloqueo el móvil y lo dejo en el borde de la bañera, como si así pudiera salpicarlo con agua caliente y borrar el problema. La canción vuelve a subir y me hundo un poco más en el jacuzzi , intento convencerme de que, por hoy, ya ha sido suficiente.
Escucho unos pequeños golpes en la puerta y sonrío de forma inconsciente.
—¡Pasa! —Abre la puerta despacio, como si temiera encontrarme en paños menores. Me hace gracia el gesto—. ¿Qué tal la conferencia?
Se ríe al apreciar la de espuma que sale de la bañera. Ya dije que posiblemente montara una fiesta y... no mentí.
—Aburridísima. —Echa el cuello hacia atrás, como si lo tuviera agarrotado—. Estoy agotado.
Tuerzo los labios, tal vez no fue buena idea aceptar la propuesta de Natalia. Se lo comentaré y, si no le apetece, no pienso presionarlo.
—No encontraste una canción más triste, ¿verdad? —Me río ante su comentario.
Tuerzo los labios y me encojo de hombros.
—¿Por qué no te metes aquí conmigo? —le digo sugerente, levanto las cejas una y otra vez con gesto cómico. Se ríe ante mi comentario.
—No me tientes, nena —responde y sale por la puerta.
Me dejo estar durante unos minutos más.
Las canciones se suceden, una tras otra, y me pongo a cantar a pleno pulmón, como una loca. Me da igual, ni siquiera intento comprender la letra. Muchas veces es lo mejor.
—Sabes que hoy hace muy buen día, ¿no? —pregunta Cris abriendo la puerta del baño de nuevo.
Veo como se asoma por ella con el ceño fruncido y no puedo evitar reírme ante la escena.
—¡Yo canto genial!
Me río mientras él se lleva una mano al pecho de forma teatral.
Agarro la alcachofa de la ducha y me pongo a cantar como una loca con la voz más desafinada que puedo.
Bueno, en realidad no estoy segura de hacer a propósito lo de desafinar la canción. No es que sea una cantante profesional y... lo cierto es que canto de pena. Pero me da igual. Siempre me dio igual, y no me va a empezar a importar ahora. ¡Y muchísimo menos delante de Cris!
—¿Te importa que me quede? —pregunta cuando termino con mi concierto. Ya se escuchan los acordes de la siguiente canción. Alargo la mano para capturar el móvil y bajarle el volumen.
—Pues claro que me molesta. —Me tiro hacia atrás, abatida. A veces hace preguntas ridículas.
Escucho como se ríe y pasa olímpicamente de mis palabras. Menos mal, ya pensé que se lo iba a creer e iba a salir por patas del baño.
Se sienta en una banqueta. Pienso en animarlo a que se meta conmigo, pero sé que se volverá a negar... Yo es que no sé dónde ve el problema. Es lo mismo que esté ahí sentado que aquí dentro.
—Ayer me habló Valen, por la noche —empieza con la voz cargada. Lo miro, espero a que continúe—. Me dijo que mi madre la había llamado, que quería ir a buscarla…
—Ajá —corroboro para darle pie a seguir. Él eleva la mirada y me sonríe. Pero es una sonrisa triste.
—Al final conseguí convencerla de que no era necesario —murmura—. Gracias por dejarla dormir en tu casa.
Asiento, porque no tiene nada que agradecer. Sé que no quiere decir nada más, así que permito que el silencio nos haga compañía durante un rato.
—Bueno, qué más da… ¿qué tal la tarde?
Sonrío y me dispongo a contarle todas y cada una de las cosas que hice.
Le hablo de Nati y de lo grandes amigas que fuimos.
Aunque, por su forma de asentir, sé que ya se sabe mis historias.
Me deja hablar igual, a pesar de que se sabe cada una de mis hazañas de memoria; después le hablo de Pol y del pedazo de cóctel que me metí entre pecho y espalda —me salto por completo los ojazos de Jordi, pensando que, tal vez, él lo comente, ¿no es que tenemos una conexión mística?
—, y termino por hablarle de todos los lugares chulísimos que visitamos.
—Vaya, fue un día productivo. —Sonríe de esa forma tan peculiar.
—Y no tiene por qué terminar —digo, lo observo sugerente. Niega con la cabeza con gracia—. No, idiota, no pienso volver a insistir en que te metas conmigo aquí, porque... ya está fría — digo con tristeza—. Nati y Pol nos invitaron a cenar. Pero si no te apetece...
Se lleva una mano a la cabeza y la presiona con bastante exageración. Entiendo su gesto: le estalla, y no me extraña. Rápidamente, me levanto, con intención de acercarme a él, pero se da la vuelta, maldiciendo. ¿Qué diablos le pasa?
—Andrea, joder. ¿No puedes taparte? —Me río ante su comentario. Será bobo.
—Mira que eres idiota. Ni que fuera la primera vez que me ves desnuda —digo con guasa.
—No, es verdad. Pero la última vez que pasó tenías nueve años.
Me hace gracia su gesto, a mí no me importaría en absoluto encontrármelo desnudo. No veo el problema por ningún lado. No sería el primer hombre al que veo así, no sería como para espantarme. Se ve que él no opina igual.
—Anda, pásame la toalla, no vaya a ser que te asustes al verme —bromeo, pero él se lo toma en serio. Escucho como maldice de nuevo, pero no logro comprender sus palabras.
—No es que me asuste o no, Andy, es solo que... —Me pasa la toalla con los ojos cerrados—. Prefiero evitar estas situaciones.
Vale, no lo entiendo, pero lo respeto. Yo siempre lo vi como algo normal. Anda que no habré visto a Beka desnuda, ¡y ella a mí!
—¿A qué hora quedamos para cenar? —pregunta. Me coloco la toalla y lo hago girar hacia mí. Sé que le cuesta confiar en mi palabra, ya que tarda un poco en abrir los ojos.
Evito con todas mis fuerzas que una sonrisa me surque el rostro.
—Si estás cansado o no te apetece...
—Claro que me apetece, Andy —dice sonriente—. Solo necesito darme una ducha y descansar la vista cinco minutos. Nada más.
Asiento, lo entiendo, porque lo mismo me ocurría a mí después de doblar turno en el súper. Era terrorífico, y el dolor de cabeza no me dejaba seguir con mi vida.
Le digo la hora y la zona en la que quedamos, y sale del baño directo a su habitación.
Lo dejo tranquilo, supongo que es lo que necesita ahora mismo: tranquilidad y oscuridad.
Tan pronto salgo de la bañera, me aliso el pelo con ayuda del secador de mano que nos dejaron en la habitación. Bueno, alisar no lo aliso, más bien lo intento poner algo decente, pero mis ondulaciones, por desgracia, no puedo ocultarlas sin unas planchas.
Me adentro en la habitación y me pruebo el vestido de nuevo. Es negro y bastante corto, pero no tiene escote de ningún tipo, así que lo que enseño por abajo lo oculto por arriba. Enseñanzas de la maestra Rebeca Ruiz, alias Beka.
Antes de salir reviso una vez más las notificaciones en el móvil. Tengo dos mensajes del grupo, que son intenciones de salir esta noche de fiesta, así que las cierro; y el mensaje del chico de ayer sin responder.
Yo:
Lo tendremos que dejar para otra (no) cita.
Ni es mi prioridad ni pienso insistir en que lo sea. Y tampoco lo voy a tener ahí pendiente para cuando me decida.