Sin efecto retroactivo Soy una fracasada
24%

Soy una fracasada

Volver a ver a Natalia es algo que me ilusiona muchísimo.

Compartimos piso en Vigo, ambas estudiantes de Ingeniería mecánica, aunque ella es un año mayor que yo.

Siempre fuimos polos opuestos: mientras que ella adoraba ponerse trapitos de mil colores y coquetear con cada tío que se encontrara; yo era mucho más discreta.

Vaya, ahora entiendo que, tal vez, por eso hoy vivo con Beka. Es a lo que estoy condenada. Se llevarían genial entre ellas.

Me había enviado la dirección de un bar en la plaza de Catalunya, no me había dicho mucho más que eso.

—Si te llego a ver por la calle sin más, no te reconozco.

Me giro y la veo. Ella a mí no lo sé, pero yo a ella, desde luego, porque está igual. De cabeza a pies. Es la misma Nati a la que le dije adiós hace cuatro años en el aeropuerto, camino a Roma. A Roma ella, claro.

Tiene el pelo un poco más oscuro, con menos mechas, pero, por lo demás… la misma.

—Tienes mucho que contarme —le digo divertida.

Ella me engancha del brazo y me empuja dentro.

Me cuenta que el bar es de su prometido, Pol, y que le encanta pasarse las horas aquí.

Y yo no la puedo culpar, porque el lugar es espectacular.

Está rodeado por una gran cristalera. Al entrar, lo primero que me llama la atención es el juego de colores, rojo y blanco.

Nos sentamos en una de las mesas más alejadas, en algo que parece un espacio reservado, y esperamos a que nos vengan a tomar nota.

Me pasa una carta y me quedo pasmada al descubrir la cantidad de cócteles diferentes que hay. La mayoría ni los conozco. A mí me sacas del mojito y del margarita y ya empiezo a hacer aguas.

—Así que solo vienes el finde , ¿no?

Asiento, con la mirada aún perdida en la carta. Tanto que no me entero cuando alguien se acerca a la mesa, lo que me hace pegar un salto.

—Yo quiero lo de siempre, Jordi —dice Nati divertida—. Un Mai Tai, y Andrea…

Me giro y fijo la vista en el camarero. Parpadeo. Vaya, qué ojazos. Las piernas me flaquean un poco, sobre todo cuando noto su mirada sobre la mía, a la espera de una respuesta.

Trago saliva. Pensaba pedir una Coca-Cola, pero Nati acaba de desmontar todas mis intenciones en un abrir y cerrar de ojos. Pongo la vista sobre la carta y me fijo en el primer nombre que me llama la atención. No sé ni qué lleva, eso es secundario ahora mismo.

—Un Blue Hawaii —digo con voz de idiota integral.

Madre mía, yo no estoy preparada para el mundo de las solteras... ¡Parezco una patosa total!

—Muy buena elección —dice mi amiga, divertida—. Creo que Jordi está pillado, pero le podemos preguntar.

Le tiro una servilleta, entre divertida y muertísima de la vergüenza. Siento como se me sube el color a las mejillas en cuestión de segundos.

Cuando el tal Jordi vuelve con nuestras bebidas, Nati no dice nada. Menos mal.

—Ponme al día —le pido.

Ella estira la mano para acercarse el cóctel a los labios y le da un trago antes de comenzar a relatar.

—Pues, veamos… me fui a Roma con un contrato que no duró ni quince días —dice como si nada—.

Al ver que la cosa pintaba mal, volé a París.

Allí encontré trabajo en una pizzería, ya ves cómo son las cosas, y lo empecé a compaginar con un contrato pequeño en una empresa tecnológica.

Ahí fue donde conocí a Pol. No en la empresa, aunque casi, en la puerta.

Él salía del edificio de al lado y… pum. Choque frontal.

—Joder… —mascullo.

—Bah, ¿qué es un pequeño chichón cada uno a cambio del amor para toda la vida?

«Para toda la vida», qué frase más larga. Y dolorosa. Y pesada.

—Y ahora trabajo en Nexum Motion Labs, como recruiter técnica; es decir, me dedico a entrevistar a posibles ingenieras, programadoras y técnicas para la empresa. Y hablo en femenino porque… es lo que hago. No es exactamente lo que quiero en mi vida, pero se acerca.

Lo dice como si tal cosa, como si no tuviera solo veintisiete años. ¿O la equivocada soy yo?

Ser cajera en un súper no es algo malo, pero, tal vez, decidir no optar a más porque «tengo mucha vida por delante y esto es lo fácil» sí lo sea.

—¿Y tú qué?

Ahora es mi turno de beber. Mi cóctel tiene una pinta asombrosa: de un color azul vibrante, decorado con un trozo de piña y una cereza. Le doy un trago. Está buenísimo, aunque no tengo ni idea de a qué sabe. Me da igual.

—Acabo de romper con mi novio porque teníamos intereses opuestos en la vida —resumo—; y también me echaron del trabajo. Estoy en Barcelona con mi mejor amigo, al cual, por cierto, le va todo de puta madre. Soy una fracasada.

Me echo hacia atrás en la silla, me siento como si me hubiera atropellado un tráiler. Pensar que, con la misma edad, yo no he hecho nada en la vida, me hunde por completo.

—No digas eso, Andy. Eres muy valiente. —Se acerca a mí y me pasa su brazo derecho por detrás del cuello—. Otra habría mentido.

Suelto una carcajada al escucharla, y ella hace lo mismo. En el fondo tiene razón. Agarra su cóctel y me ofrece un brindis que, claramente, acepto sin dudarlo.

Veo como Nati se incorpora para saludar a alguien, así que yo me entretengo entre el sabor del líquido de los dioses, la música suave que embauca el local, y mi teléfono móvil. Me percato de que el ligue de ayer me había mandado un nuevo mensaje, que quedó opacado entre los de Joaquín.

Manel Bar(celona):

La (no) invitación te espera ;)

Sonrío al leerlo. Parece que no perdí cualidades en ocho meses de relación. Intento pensar una respuesta que me haga quedar como una mujer interesante, cuando Nati me sobresalta. Pego un bote y suelto una carcajada que al segundo es secundada por ella.

—Andy, te quiero presentar a Pol —me dice con orgullo—, mi prometido. Pol, Andy y yo compartimos piso en la uni, en Galicia.

Me levanto, por una cuestión de educación. El chico es bastante más alto que yo —y también que Nati—, pelo negro y ojos oscuros. Pero muy guapo.

—Encantado. —Me da un beso en cada mejilla antes de observarme un tanto extrañado—. ¿Andy? Es un nombre muy curioso. —Sonrío ante su comentario.

Ya me imagino que me dirá que le parece un nombre de tío, claro: «Andy y Lucas». Estoy bastante acostumbrada al comentario y me hace mucha gracia.

—Me llamo Andrea —repongo entre risas—. Andy solo es un apelativo.

Sonríe como disculpa, y yo me limito a quitarle importancia con la mano.

Se sienta y nos cuenta que llevan un día de locos en el bar. Se disculpa con mi amiga por no poder pasar la tarde con nosotras y ella se hace la ofendida, pero, casi al momento, le deja claro que no le molesta, con un movimiento de cejas, y sellan el momento con un beso.

¡Ohhh! Love is in the air.

—Andy, ¿tú también eres una friki tecnológica?

Carraspeo un par de veces antes de responderle, como intentando buscar la respuesta adecuada.

Conocí a Nati gracias a un compañero de facultad, que resultaba estar liado con ella por aquel entonces.

Yo estaba como loca buscando apartamento y, según él, su novia era una compañera excelente —aunque con el tiempo descubrí que lo único que quería era que lo librara de una relación demasiado estable—, y resultó que, en efecto, Nati fue la compañera de piso ideal: tan loca y desordenada como yo.

—O más —bromeo.

—Andy también es ingeniera mecánica y con un máster en automoción, además.

—Vaya titulazo —aporta él.

Y es verdad, lo tengo. Y me viene muy bien para decorar la habitación.

—Me estoy planteando proponerla para trabajar en mi empresa.

Toso. Niego con un simple movimiento. ¿Qué acaba de decir?

—Nati, cariño, no es tu empresa. Pero yo encantado de que te proclames la dueña de una compañía que factura más de seis mil millones de euros anuales.

—¡¿En serio?!

Ambos me miran y asienten, como si lo que acaban de decir fuera lo más normal del mundo. Yo me encargaba de hacer caja en el súper y lo máximo que conseguíamos al día eran mil doscientos euros. Había jornadas de ochocientos.

—En fin, ¿cenamos los cuatro juntos esta noche? —pregunta de repente Nati. Pol sonríe y asiente, pero, al momento, el buenorro ojazos de Jordi entra en nuestro reservado para pedirle ayuda.

«Uf, yo sí que te ayudaba», pienso, pero por suerte creo que no hay nadie aquí que lea mis pensamientos. Tal vez le lleguen a Cris por onda expansiva, eso ya no puedo evitarlo.

Pol se disculpa y sale tras él.

—¿Qué me dices?

Resoplo. La verdad es que no puedo hablar por Cris, tal vez termine muy cansado de la conferencia, pero me arriesgo. En último caso me pillo un taxi y voy yo sola, que no me voy a perder.

—¡Perfecto! Pues... ¡ya tenemos plan!

No me puede extrañar. Nosotras siempre tenemos plan.