Sin efecto retroactivo ¿Qué nos apostamos?
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¿Qué nos apostamos?

—¿De verdad me tengo que poner esto? —pregunto, a la vez que observo una especie de bragas rosas.

Me niego a pensar que la humanidad considera que es normal vestirse con algo tan corto. Miro el short de arriba para abajo y cruzo los dedos para que, en un chis, se estire y pase a tener un tamaño normal.

—Es lo que está de moda —espeta Beka y se encoge de hombros.

Bufo y niego con la cabeza. Al menos, no son los típicos entallados que tienen relleno en el culo. A eso me negaría incluso bajo amenaza de muerte.

Cuando Beka nos solicitó auxilio, temblé. Se escudó en que Cris y yo se lo debíamos por haber dejado la cocina hecha unos zorros y, en el fondo, los dos asumimos la penitencia como tal. Además, nos dijo que era perfecto para nosotros.

—Un vídeo con outfits deportivos, my darling —me dijo—. Y no quiero modelos, quiero deportistas en una cancha. ¿Estáis dentro sí o sí?

Pues estábamos dentro, sí. Pero yo aún no había visto el outfit , claro.

Me visto con ese ridículo short —que encima tiene que ser rosa. Gracias, Beka—, y una camiseta blanca que, por suerte para mí, es bastante larga.

—¿De verdad esto está de moda?

Responde con un asentimiento. Me alegra ver que su pantalón sí que lleva relleno en el culo. Es igual de corto —o más—, y muy entallado. Eso no me lo pondría ni aunque me pagaran por ello. La camiseta, en su caso, es bastante escotada.

Espero que ellos vayan también medio en bolas o montaré una moción en medio de la cancha.

Tan pronto terminamos, salimos hacia las pistas; por suerte no están demasiado lejos de casa. Me encanta venir aquí, aunque ya hacía demasiado que no nos apuntábamos a un plan así.

—¡Elijo a Andy! —espeta Íñigo tan pronto llegamos a la pista de cemento. Me pasa el balón y lo atrapo sin mayor dificultad.

—Olvídate. A mí nadie me elige, porque yo soy la capitana.

Hago un gesto de superioridad con los ojos que los hace reír.

Me encanta el baloncesto en todas sus versiones, pero la que más me gusta es esta. Me apasionan las pachanguitas entre colegas, sobre todo porque les doy un buen repaso a todos.

—¿Entonces a quién quiere usted en su equipo, señora capitana? —pregunta Oliver con recochineo.

Le dirijo una mirada de escrutinio y veo cómo se ríe.

—A ti no, que eres un blandengue.

Le echo la lengua y hago que la coleta vuele de un lado a otro para darle más dramatismo a la situación.

Oliver es la cuarta pata de la mesa perfecta de machotes en el grupo. Ligón de Tinder en todo su esplendor, espalda ancha, cuerpo atlético y piel oscura. Ojos castaños, almendrados, y mirada seductora. Oliver es de esos que, te mira, y se te caen las bragas a los pies. En microsegundos.

—De hecho, creo que podría ganaros a los dos yo solita —expongo y paso la vista por los únicos dos chicos que parecen haberse unido.

—¡Eh! Que yo también juego —protesta Beka desde el otro lado.

Le dirijo una mirada y me percato de que está colocando la cámara de forma que enfoque toda la cancha.

—Es cierto. Estoy segura de que podría ganaros yo solita mientras que ambos le miráis el culo a Beka —digo entre risas.

Íñigo se ríe y tuerce los labios.

—Yo no hago eso… y lo sabes.

Me mira con una ceja enarcada. Chisto la lengua, pero, antes de poder hablar, veo como elevan la mirada y la clavan en un punto a mi espalda.

—¿Pensabais comenzar sin mí? —No necesito girarme para saber de quién se trata.

Íñigo se acerca y lo saluda con un movimiento extraño de manos.

—Andy ya estaba emocionada al pensar que os podía ganar, ¿no? —dice con guasa.

Me giro hacia él y le doy un golpe fuerte en el primer sitio que pillo. Se hace la víctima con quejidos tontos, como si le hubiera dislocado el hombro o algo así. ¡Será quejica!

—Os podría ganar a los tres yo solita.

—¡Que yo también juego! —protesta Beka una vez más, para hacerse notar.

Me río y asiento con la cabeza. Veo como Cris me hace un gesto con las cejas.

Todos sabemos que Beka es malísima en los deportes, pero siempre que quiere la dejamos jugar, por supuesto.

La verdad es que nunca contamos con ella para formar los equipos y dejamos que se meta en el que quiera.

Ya que no va a aportar, por lo menos que se sienta cómoda.

—Peeeeero… —alargo la palabra y Cris se cruza de brazos, divertido—, como soy la capitana…

—¿No me quieres en tu equipo? —pregunta Beka entre pucheros. Me río y la agarro del cuello para acercarla a mí.

—Claro que sí, venga, te dejo elegir al tercer integrante.

Parpadea en mi dirección y, cuando vuelve a poner la vista sobre ellos, asiente despacio.

—Oliver.

Él hace rebotar la pelota que tenía en la mano y nos observa, muy serio.

—¿Es porque soy negro? —finge indignación. Ladeo una sonrisa.

—¡Por supuesto! En la NBA hay muchos negros, tenéis que jugar bien por narices.

Íñigo suelta una carcajada ante las palabras de Beka. Se gira hacia su lado de la cancha y arrastra a Cris con él. Se acerca y le dice algo al oído.

—¿Y esa camiseta…? —pregunto cuando Oliver se acerca a nosotras—. Dime que no se pueden vestir como quieran, Beka.

Mi amiga se encoge de hombros, como si le diera lo mismo.

—Ellos me dan igual.

Esa es toda su respuesta. Será mamona. Oliver me pasa un brazo de esos suyos, enormes, por encima de los hombros y me acerca a su pecho. Creo que con un solo brazo nos podría abarcar a las dos. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

—Yo voy a por Cris y vosotras a por Íñigo —nos dice.

—Ni lo sueñes.

Se aparta un poco de mí y ladea la cabeza.

—¿Puedo…?

—Puedes preguntar lo que quieras, pero a por Cris voy yo.

Me giro para mirar por encima del hombro y veo que ellos están posicionados ya para empezar. Cris me observa con una media sonrisa en los labios. Una sonrisa que le pienso arrancar de la cara cuando termine el partido.

—Nena, no es buena idea. No si queremos ganar.

—Voy a ganar —remarco. Beka carraspea—. Quiero decir, vamos a ganar. Los tres y esas cosas…

—Pues a por Íñigo. Es un blandengue que juega al fútbol.

Bufo y niego con la cabeza.

—Haced lo que os dé la gana, pero yo pienso ir a por Cris. No es negociable.

Le doy un golpe en el pecho para apartarlo de mí y camino hacia el centro de la cancha. Me llevo las manos a la cintura y los miro. De uno a otro.

—¿Estáis listos para morder el polvo? —los pico.

Íñigo presiona los labios, pero no se mete. Creo que sabe que esto no va con él o no quiere salir escaldado de aquí… o ambas opciones son correctas, no lo sé. Cris sonríe y camina hacia mí despacio, como a cámara lenta. Se acerca tanto que casi puedo notar como su aliento se fusiona con el mío.

—¿Qué nos apostamos? —pregunta.

Ladeo la sonrisa. Sin apuestas, ganar es una mierda.

—Una cerveza.

Cutre, pero suficiente para que nos motive. Estiro la mano en el reducido espacio que nos separa y él me la agarra, en señal de pacto cerrado.

Oliver se acerca con el balón y carraspea para captar nuestra atención.

Ambos nos apartamos y caminamos hacia ellos.

Íñigo se pone en posición para luchar por la pelota y Oliver lo hace de nuestro lado.

Para sorpresa de nadie, los dos metros de hombre corpulento nos hacen ganar la primera posesión del partido.

Bota la pelota y corre a toda velocidad hasta el otro lado de la cancha, seguido de cerca por Íñigo. Sonrío, porque he conseguido picar tanto a Cris que sé que solo me protegerá a mí. Gran error, pero me encanta.

Al sentirse acorralado, se gira y me busca. Me la lanza con un saque de pecho. Cris intenta robarme la oportunidad de puntuar. Le dirijo una mirada provocadora antes de lanzar desde mi posición.

Sonrío con superioridad cuando la pelota pasa por el aro y deja el marcador a mi favor.

Andrea 3 - 0 paquetes.

—No te emociones demasiado, cariño. Esto todavía está empezando —me reta.

Me río y me giro, divertida, para seguir con el partido. Cuando pongo de nuevo la mirada sobre él, me doy cuenta de que no ha apartado los ojos de mí todavía y me tenso. Pero en el momento en que Íñigo le lanza la pelota, conecta de nuevo con el partido.

Dribla sin dejar de mirarme. Lo sigo de cerca, se la intento robar, pero me frustro al darme cuenta de que es imposible. El muy capullo sabe cómo marearme.

Íñigo le hace señas de que se la pase, pero Cris hace como que no lo ve. Sonrío, ya que sin duda eso sería un punto asegurado. Conseguí picarlo.

Se acerca a una esquina. Corro tras él y sonrío cuando lo obligo a agarrar la pelota con ambas manos.

—Estás jodido—murmuro.

Me dedica una media sonrisa y, tras hacer un pivote, la lanza. Clavo la mirada en ella y maldigo cuando veo como entra por el aro.

Maldita sea, ¡nadie anota desde esa posición!

—¿Qué me decías? —me intenta provocar.

Como respuesta, bufo. Así, como una niña malcriada.

Andrea 3 - 3 paquete, tal vez no tan paquete.

Y esto solo es el comienzo.

Driblamos, lanzamos, anotamos y celebramos durante un largo rato, con miradas poco amigables de por medio.

Los puntos que suma Oliver contrarrestan con las veces que Beka pierde el balón, porque se le resbala de las manos o Íñigo se la roba.

Pero, en algún momento, el partido pasa a ser un uno contra uno clarísimo.

Hasta que, tras un nuevo triple de Cris, este mira por encima de mi cabeza y parpadea un par de veces.

—¿Dónde están los demás?

Me giro y veo que, en efecto, estamos solos.

Me acerco con rapidez a la mochila y busco una toalla. Aprovecho el viaje para revisar el móvil. Me llama la atención un mensaje de Beka.

Beka LaQueen:

Cuando acabéis, recoged mi cámara.

La competición se nos fue de las manos… —admito, un poco más avergonzada de lo que me podría llegar a imaginar.

—Podemos dejarlo en tablas y listo.

—Ni hablar. Me ganaste, pero esto no se quedará así. ¡Quiero la revancha!

Se ríe y acepta. Porque me conoce y porque, en realidad, a él también le encanta.

—Pero no hoy. Venga, que te debo una cerveza —añado, antes de que agarre el balón de nuevo.

No tengo cuerpo ni ganas de volver a empezar.

Yo:

¿Una cerveza?

Beka LaQueen:

Ya llevamos tres cada uno, pero bueno…

Una más. JAJAJA

Beka LaQueen adjunta ubicación .

Esto se nos fue de las manos mucho más de lo que pensábamos.