Sin efecto retroactivo Ahora me siento demasiado básico
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Ahora me siento demasiado básico

Cuando era pequeño, mi madre siempre decía que era preferible meterse la lengua en el culo que hablar de más.

Siempre fue así de fina. Podría decir lo típico de «en boca cerrada no entran moscas» o eso de «es mejor callar y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas», pero no, mi madre nos hablaba de la necesidad de meter la lengua en el culo.

Podría haberme acordado de sus enseñanzas antes de hablar. Sobre todo, porque eso me habría ahorrado el siguiente paso natural: mentir, fingir y sonreír. Provocar otra situación con la que no estoy para nada cómodo.

Me río y asiento con la cabeza, pese a que no sé qué acaba de decir, porque tengo la mente —y los ojos— puestos un poco más allá, por encima de su cabello rubio, en el intercambio para nada sutil de la pareja que baila frente a nosotros.

Un remix de una canción famosísima de Marc Anthony, que parece gozar una segunda vida, se reproduce por los altavoces, y Mireia rompe de nuevo la distancia mediante pasos de salsa muy bien sincronizados. No cabe duda de que la chica sabe lo que hace.

Odio bailar frente a otros. No es que baile bien o mal, es que no me gusta hacerlo en público; pero, por no seguir las enseñanzas de mamá Isabel, muevo las caderas del modo más grácil que puedo y la hago girar. Pongo el foco en ella para que nadie lo ponga en mí.

Cuando la canción termina, me empuja hacia atrás, en dirección a la barra. Lo agradezco, porque necesito dejar de mirar hacia la pareja que se mueve de un modo bastante más sincronizado que nosotros.

—No sueles bailar mucho, ¿no? —Fuerzo la sonrisa de nuevo y hago un gesto de «me has pillado» como si me diera vergüenza, aunque, en realidad, me da lo mismo. No voy a volver a verla nunca más—. Pues es una verdadera pena que no les des más acción a esas caderas…

Toso al escucharla. La camarera se acerca y ella pide por los dos. Al oírla, me giro y le notifico a la chica que lo mío será una Coca Cola. Mireia me observa con un gesto divertido.

—Vaya, tienes pensado irte pronto… —La miro extrañado por la relación que acaba de hacer en su cabeza y que yo, claramente, no veo—. Supongo que conduces, ¿no?

Sonrío y niego.

—No, qué va. Estoy aquí por trabajo. —No me escucha, lo sé por el modo en que frunce el ceño. Me acerco un poco más a ella y repito la palabra clave: trabajo.

—Ah, vale, ¿a qué te dedicas?

La camarera nos deja delante nuestras respectivas bebidas y ella me muestra su tarjeta para dejarme claro que invita. Asiento y se lo agradezco.

—Espera, no me lo digas —chilla, porque en esta zona del local no se puede hablar en voz baja—. Eres policía.

Aprieto los labios y niego, divertido.

—Bombero. —Estallo en una carcajada profunda, ella me mira con guasa—. No me jodas que eres diseñador de moda.

—¿Eso te parece? —pregunto tan alto como puedo.

Ella niega y se encoge de hombros como si ya hubiera probado con todas las profesiones del mundo.

—¿Veterinario? ¿Psicólogo? ¿Mecánico?

Me río y niego. Le doy un trago a mi refresco y me apoyo sobre la barra, sin apartar la mirada de ella. Es guapa, pero no hay nada que me llame suficientemente la atención como para dar un paso más.

—Venga, me rindo… —confirma divertida—. ¿Jugador de hockey?

—¿ Hockey ? —bromeo—. ¿Por qué hockey ? —Se encoge de hombros—. Soy abogado.

Abre y cierra la boca varias veces.

—¡Joder! Era muy fácil. —Me da un golpe en el hombro—. A ver si adivinas tú a qué me dedico yo.

Acepto el reto. Miro al techo. Ella pega un chillido cuando una canción de reguetón nos envuelve. Desconozco de qué canción se trata. Me agarra de la mano y tira de mí hacia la pista. Me hago el duro, pero, al final, acepto, porque sé que me ganará la partida.

La letra no para de repetir las palabras «reguetón lento» y agradezco que sea así. No tengo ni idea de cómo se baila el reguetón, y paso de aprender a hacerlo con una desconocida.

De forma instintiva busco a Andy con la mirada. No la localizo.

—Venga, dime… —musita muy cerca de mí—. A ver si adivinas, señor abogado.

—Supongo que serás bailarina —bromeo.

Ella mueve las caderas y da una vuelta a mi alrededor, para mostrar sus nociones más que bien aprendidas.

Se roba miradas, lo que me hace sonreír.

Es posible que la mía, en otro momento, también.

Aprovecho la distracción para mirar por encima de ella y buscar el cabello suelto y castaño de mi mejor amiga. No está. Me tenso.

—Nop —me dice cuando termina de pavonearse—. Venga, otra oportunidad.

Me río como si este juego me importara mucho, cuando en realidad lo único que quiero es sacar el móvil del bolsillo y comprobar los mensajes. Necesito saber que Andy está bien.

—¿Policía? —Se ríe y niega, claro—. ¿Veterinaria? ¿Psicóloga? ¿Jugadora de hockey ?

Baila hacia mí y se me pega tanto que puedo notar cuando nuestros alientos se fusionan.

Me pone las manos en las caderas para incitarme a que las mueva.

Suelto una carcajada que se muere entre la música, que, por suerte, cambia a otra canción…

de un estilo bastante similar. Pongo los ojos en blanco y ella me sonríe con superioridad.

— Wedding Planner .

Elevo las cejas y la miro, curioso.

—Ahora me siento demasiado básico. —Ella se ríe y asiente.

—Pero mañana es sábado…

Hace un intento de acercarse a mis labios y yo me muevo con más vehemencia, como si acabara de recordar cómo se baila un género que no he bailado en mi vida.

Esta canción es mucho menos lenta que la anterior, pero me da igual.

La hago girar y así tengo un campo de visión más amplio.

Paseo la vista por todos los recovecos que mis ojos pueden localizar a simple vista.

No la veo. Mierda. Mi cuerpo no se relaja en ningún momento. Al contrario, empiezo a notar sudores fríos. Mireia se para y me observa, confusa.

—¿Estás bien? —Asiento y sonrío, pero cambio de idea y niego.

—No sé si esto va a parecer muy raro o no… —Me acerco a ella—. ¿Sabes la chica con la que estaba cuando nos conocimos? —Asiente—. No la encuentro —reconozco. Ella abre mucho los ojos y afirma con la cabeza, como si lo entendiera todo—. No, a ver, no es lo que piensas…

—No, joder, entiendo que te preocupe no saber dónde está… —Se gira sobre sí misma y me ayuda en la búsqueda.

¿Lo entiende? ¿No le parece raro?

—¿Crees que es factible que se fuera con el tipo con el que bailaba? —me pregunta.

Me encojo de hombros, porque no lo sé. Cuando estaba con Joaquín jamás lo habría hecho, claro.

Me agarra de la mano y tira de mí hacia una de las esquinas del local. Se pone de puntillas y mira por encima. Yo reacciono en ese momento y busco el móvil en el bolsillo. Tengo varios mensajes, pero ninguno suyo.

Ignoro a Valentina y busco el contacto de Andy en el WhatsApp. Hace más de una hora que no se conecta. Respiro hondo.

Le escribo. Borro. Vuelvo a escribir. Respiro hondo y, finalmente, decido esperar y acceder a los mensajes de mi hermana.

Valen:

Mamá me acaba de llamar por teléfono

Me tenso. Me escribió hace más de treinta minutos. Trago saliva y todo a mi alrededor desaparece. La voz de Karol G se diluye, y la presencia de la chica, e incluso la preocupación por Andy, se desvanecen sin más. Solo escucho el palpitar constante de mi corazón.

Valen:

Me quiere venir a buscar mañana

El pecho se me contrae. Respiro hondo, o lo intento.

Sabía que esto podía pasar y no puedo hacer nada por evitarlo. Es su madre, aunque su comportamiento sea más que discutible. No puedo impedir que se vaya con ella. En realidad, tampoco quiero hacerlo, si es lo que Valen desea.

Sé que mi hermana es su tabla de salvación. Y mi propuesta de pasar el mes juntos ha interferido —de forma bastante torpe— en ese equilibrio.

Escribo.

Yo:

Quieres ir?

El doble check cambia de color al instante, como si ella hubiera estado esperando, impaciente, mi respuesta. En el acto, me siento mal por no haber leído su mensaje antes.

Mireia se acerca y me roza el brazo, lo que me hace conectar con la realidad. La miro, pero doy un paso atrás, hasta apoyar la espalda contra la pared. Necesito un punto fijo.

No aparto la mirada de la pantalla.

Escribiendo.

Escribiendo.

Escribiendo.

Valen:

No

Respiro hondo.

—¿No es esa de ahí?

Elevo la mirada. La veo. Una parte de mí se relaja, aunque la otra sigue con los nervios de punta. Baila con el mismo tipo de antes sin perder esa sonrisa tan típica en ella. Asiento y suelto una pequeña carcajada producto de los nervios.

—Vaya, lo siento… por un momento…

Me río como si fuera un idiota y niego con la cabeza.

—No te preocupes, Cris, es normal. Todos deberíamos preocuparnos por nuestros amigos. Porque sois amigos, ¿no?

Parpadeo y la miro. Asiento. Pongo la vista en la pantalla, releo el mensaje de Valen y suspiro.

Yo:

Vale, voy a llamar a mamá. Tranquila

Lo lee, pero no responde.

Guardo el móvil en el bolsillo de forma automática, como si con eso pudiera archivar la conversación en mi cabeza; pero no funciona.

—Tengo que arreglar un tema familiar… —digo. Ella me mira, confusa—. ¿Me puedes hacer el favor de decirle a Andy que me voy para el hotel? Que me llame si necesita algo.

Ella asiente y aprieta los labios en un gesto comprensivo.

—Claro —exclama—. Quizá otro día… o en otra situación, ¿no?

Sé que se refiere a nosotros dos. Yo no me lo planteé en ningún momento, y no porque ella no sea una chica preciosa. Ahora me siento mal por haberle hecho perder el tiempo.

Y todo por no haber prestado atención a las pobres enseñanzas de mi madre.

—Quizá, sí…

No lo desmiento, aunque, en realidad… ambos sabemos que eso no va a pasar nunca.

Me giro y camino hacia la salida. La música recupera de nuevo su presencia, pero ya no tiene el mismo efecto en mí. Es solo ruido de fondo. Un elemento más que, aunque desapareciera, no cambiaría nada.

El aire de la noche, un poco más frío, me reconforta y ayuda a que mis nervios se relajen un poco. Busco el número de mi madre en la agenda y pulso la tecla de llamar.