Sin efecto retroactivo ¡Bien, Andrea! Aún eres sensual
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¡Bien, Andrea! Aún eres sensual

Me miro en el espejo una vez más. Me hago una coleta alta, para que no se note que el agua del hotel me ha dejado el pelo encrespado, y doy una vuelta sobre mí misma frente al espejo.

Cuando Cris me propuso tomar una copa antes de volver al hotel, jamás pensé que este sitio estaría tan lleno. ¡Es una maldita locura! Y, además, de camino al baño, le eché el ojo a un tiarrón que le quitaría el hipo a cualquiera. ¡ Wow !

Me giro, con la única idea de salir de aquí, cuando siento que algo se me clava en mi dolorido pie.

Me muerdo la lengua para no pegar un grito de desesperación. Tengo los pies destrozados después de tanto caminar… y encima me gano un pisotón.

—Oh, perdona —me dice la culpable de que me tengan que amputar un dedo.

Claro, ahora perdona. Pero llevo tatuada la maldita marca del tacón en el dedo gordo del pie. Dibujo una mueca que ni yo misma consigo saber si es amable o no, pero supongo que lo debe ser, ya que me sonríe.

—Me llamo Mireia —se presenta.

Suelto un pequeño resoplido antes de sonreír. Es rubia, alta y muy guapa. De esas chicas que llaman la atención cuando entras a un local. Tiene la belleza de Noa, pero mezclada con los rasgos más felinos de Beka.

—Yo soy Andrea.

Habrá que ser educada, aunque me haya dejado medio coja. Me seco las manos tan rápido como puedo y salgo del baño sin despedirme.

Bien, Andrea. Modales a la basura. Todo bien contigo.

Busco a Cris, está sentado en un sofá. Sonrío, se me hace rarísimo no verlo con su tan típico traje de abogado sexi. Después de la ducha, se puso ropa mucho más adecuada para hacer turismo: vaqueros y una camiseta básica.

—Ya pensé que te habría tragado el váter —me dice con guasa. Me muestra el botellín de cerveza y me lo ofrece con un pequeño movimiento.

Le dedico una sonrisa claramente muy fingida y me dejo caer en el sofá, frente a él.

—¿Todo bien?

Tuerzo el gesto. Creo que solo estoy agotada.

Le quito importancia con una pequeña sonrisa a la vez que me llevo el botellín a los labios.

—¿Y tú? ¿Cómo estás?

Chasquea la lengua y niega, confuso. Me muestra su teléfono móvil, que está bloqueado, sobre la mesa.

—No consigo hablar con mi madre. Le envié un mensaje esta mañana, para avisarle que Valen se quedaba con Beka, pero no lo leyó y no responde a mis llamadas.

Aprieto los labios. No estoy preocupada, más que nada porque Isabel suele hacer estas cosas, pero entiendo que, para Cris, la situación es compleja. Es, al fin y al cabo, una adicta a las pastillas y al alcohol que vive embutida en una relación de mierda de la que no quiere salir.

—Puedo enviarle un mensaje a mi madre para que se acerque a ver si está bien…

—Él me mira y asiente. Sé que le da apuro meter a otras personas en la ecuación, porque no es plato de buen gusto que todo el pueblo se encuentre a su madre tirada en el suelo, con una resaca insoportable, pero, a tantos kilómetros de distancia, tampoco nos queda otra opción.

Saco el móvil y trasteo en él. Hace tres días que no le envío nada a mi madre, así que decido contarle que estoy en Barcelona, de viaje exprés y cien por ciento improvisado, y le pido que, si le viene bien, se acerque hasta la casa de Isabel para comprobar que esté todo en orden.

Hace más de dos horas que no se conecta, así que no espero una respuesta instantánea. Bloqueo el móvil.

—No tenía ni idea de que no eras feliz con el friki —dice sin más, después de un par de minutos de silencio total.

Me quedo patitiesa al escucharlo. ¿No era feliz con Joaquín? La verdad no sabría decirlo con seguridad. Hasta hace dos semanas pensaba que sí.

—Igual sí lo era, solo… no sé, me había conformado —admito—. Siempre pensé que nuestra relación era normal.

—El amor es una mierda —repite. Creo que a este paso terminaré con dos Íñigos en la pandilla. Me río solo de imaginarme a Cris detrás de cada falda.

—Lo importante es que ahora todo eso forma parte del pasado —reconozco. Sonríe y no dice nada más.

Se tira hacia atrás y se lleva la cerveza a los labios.

—¿Por qué nunca me hablaste de tus novias? —pregunto al fin. Lo cierto es que es algo que no me quito de la cabeza después de la conversación con Beka.

Él suspira y se encoge de hombros.

—Nunca tuve ninguna novia seria, así que... ¿para qué? —expone, y le da otro sorbo a su botellín.

—Yo te hablé siempre de todos. Hasta de Juan Luis, ¿te acuerdas de él?

Estalla en una carcajada. Traga con dificultad la cerveza que aún mantenía en la boca.

Juan Luis fue mi primer amor. Debía de tener unos doce años por aquel entonces, y me pillé de él como una loca: me convertí en una acosadora en toda regla.

Lo conocí en un campamento, él estaba en el camping con sus padres y salía con sus perros todas las noches.

Y yo... pues lo perseguía. Utilizaba a Cris para que me cubriera.

Salíamos a pasear por la playa juntos, hasta tal punto que el tal Juan Luis pensó que estábamos liados.

Un día se acercó a nosotros para darnos un condón, nos dijo que «tenía que instruirnos en el camino correcto, y que lo mejor era ser precavidos».

No supe nada más de él porque la vergüenza me impidió volver a buscarlo, pero nos reímos del tema durante meses.

—Otro más que se imaginó cosas incorrectas —espeto, tirándome hacia atrás.

Cris baja la cabeza y se muerde el labio inferior. Lo conozco lo suficiente para saber que algo le ronda la mente.

—¿Qué ocurre? —Niega con una pequeña risa.

—Nada, Andy. Una tontería —expone. Presiona los labios y sé que espera a que me olvide pero...

¡Ja! Este confiesa como que me llamo Andrea.

Me hago la interesante, me cruzo de piernas, me llevo la cerveza a los labios y clavo la mirada en él.

Cuando se da cuenta de que su intento falló, suspira—.

Es solo que, por aquel entonces, yo... estaba algo pillado por ti.

Escupo la cerveza y toso como una loca. Tuve que entender mal, por supuesto que sí.

—¿Qué acabas de decir? —pregunto, después de varios intentos por recuperar la voz.

—Ay, por favor, qué más dará. Éramos unos críos. —Se lleva las manos a la cabeza y alborota el pelo con más bien poco cuidado.

Nervios... ¿dónde?

—¿Y entonces por qué me ayudaste con el tema del acoso y derribo a Juan Luis?

Juro que no comprendo nada, me parece todo surrealista total. Se encoge de hombros otra vez.

—Me gustaba estar contigo. Y, en el fondo, sabía que él jamás te haría caso, porque... —presiona los labios—. ¿Te acuerdas de la chica morena que tú me decías que le gustaba yo y blablablá?

Niego con la cabeza con desesperación. Tiene que ser una broma.

—No puede ser, ¿eran novios? —Asiente—. Te voy a matar, Cristian. Lo haré con mis propias manos en un lugar más tranquilo y donde no haya tantos testigos.

Me tapo la cara, muerta de la vergüenza. Ahora lo comprendo todo.

Siento como se hunde el sofá a mi lado. No me muevo, segura de que es él. Me pasa el brazo por el cuello y se acerca a mí.

—Por lo menos eso nos llevó a lo que somos ahora.

Sonrío. Lo cierto es que sí: somos los mejores amigos del mundo mundial. Pero menudo ridículo hice por su culpa. ¡Es para matarlo!

—¿Y eso se terminó ahí? —pregunto. Me giro hacia él y me observa de un modo extraño—. Sí, digo, tu interés por mí y eso...

Se ríe, pero no consigo descifrar si es porque acabo de decir una tontería, o tal vez porque está nervioso por la respuesta.

Dios, no. Que diga que sí, que diga que solo le duró ese mes o me moriré aquí mismo.

—Bueno, no. —Mierda—. Pero, para que te quedes tranquila, te diré que hace muchos años que se me pasó.

¡Bien! Sonrío, le paso el brazo por el cuello y le estampo un sonoro beso en la mejilla.

—Me habías asustado —reconozco.

Veo como dibuja una sonrisa de esas sinceras antes de separarse y volver a ocupar su sitio.

Creo que no podría soportar que Cris sintiera algo por mí. ¿Qué haría en ese caso? ¿Poner distancia entre nosotros? Aunque me cuesta creer que en algún momento haya llegado a hacerlo...

Paseo la mirada sobre él sin disimulo alguno, aprovecho que está ocupado mirando algo en su teléfono móvil. No voy a negar jamás que es mono, pero no. ¡Ay! Es como mi hermano. Ahora me siento sucia.

El móvil vibra sobre la mesa y lo desbloqueo.

Mamá móvil nuevo (ojalaita que sea el definitivo):

Está bien hija

La vi esta tarde

Cuídate y cuídalo. No se merece la madre que tiene.

—Mi madre dice que la vio esta tarde y que está bien —le digo—, y que eres un buen hijo.

—Ojalá ella fuera una buena madre también —masculla entre dientes—. Sobre todo para Valen…

—¡Anda, qué sorpresa!

Me giro hacia la voz. La chica del baño, la tal Mireia.

No la había reconocido a simple vista. No es de su cara el tatuaje que ahora llevaré conmigo a todos lados en mi dedo gordo, sino de uno de sus tacones. A ellos sí que los reconocería en cualquier sitio.

—¡Sí!, toda una sorpresa, porque el baño es compartido con cinco locales, ¿no? —digo con sarcasmo.

Ella no lo pilla. Creo que está demasiado borracha para eso.

—Hola, soy Mireia. Coincidimos en el baño.

Se presenta a mi amigo. Cris nos mira a ambas antes de soltar una pequeña carcajada.

—Claro, ya sois amigas íntimas —bromea.

—¡Exacto! Qué guapo eres, ¿no?

—Yo voy a por una copa a la barra—digo, le doy el último trago a mi cerveza y dejo el botellín sobre la mesa—. ¿Quieres algo?

—Yo una cero cero, porfa —me dice la tal Mireia—. Igual ya he bebido demasiado por hoy…

No me cabe la menor duda. Pero también tengo claro que a ella no le pienso pedir nada. Cris me hace un gesto para que me quede, pero le digo que no. No me importa lo más mínimo. Mireia es guapa y seguro que le viene bien dejarse llevar un rato.

¿Me molesta quedarme sola? Para nada.

Me acerco a la barra y me pido otra cerveza. Muevo las caderas con sensualidad al ritmo de la música. Me dejo llevar. No reconozco la canción, porque es una mezcla curiosa de varias, pero me gusta el modo en que está pinchada.

Tamborileo los dedos sobre la barra al ritmo de la música.

La camarera me deja la cerveza y, cuando voy a sacar la cartera del bolso, alguien se me adelanta y le ofrece un billete de cinco euros. Ella ni pregunta, lo cuál me parece fatal.

—¿Qué te crees que es esto? —pregunto molesta. Me giro hacia él, porque no tengo ninguna duda de que tiene que ser un hombre.

—Perdona, me apetecía invitarte a una ronda, ¿es algo malo?

—En realidad, sí. Al menos cuando lo haces sin preguntar.

Saco el billete del bolso y se lo empujo contra el pecho. No pienso permitir que me invite a nada, muchas gracias.

Me abro camino hasta la mesa, pero él me sigue y me agarra del brazo.

—Oye, lo siento, de verdad que no quería… —Me freno y lo miro. Me cuesta escucharlo por el sonido elevado de la música, pero por su gesto creo entender que se siente avergonzado. Se lleva una mano al pelo y lo revuelve, confuso.

Me fijo en él por primera vez, tiene un aire surfero que me habría llamado la atención si no me hubiera invitado a una cerveza sin mi consentimiento. Pelo castaño claro, ojos diría que azules, pero con esta poca luz no lo podría asegurar.

—No es que sea muy bueno ligando. —Niego con la cabeza y él se ríe—. Ya… no pretendía nada, solo te vi y pensé: ¿Por qué no te lanzas alguna vez, Manel? Y… la cagué.

—La cagaste —refuerzo.

—Mucho.

Su risa me hace gracia. Me llevo el botellín de cerveza a los labios y lo miro.

—Lo acabo de dejar con mi novio. Hace como… ¿una semana? ¿Dos? No lo recuerdo, pero estoy poco interesada en nada ahora mismo.

—Ya… lo entiendo.

—Aunque… —matizo—, teniendo en cuenta que te sientes fatal por haber intentado invitarme a una cerveza —matizo el verbo y él sonríe. Tiene una sonrisa bonita—, podríamos bailar.

—Me parece justo eso —dice divertido—. Me llamo Manel.

—Ya lo habías dicho cuando… —Me freno porque, en fin, da igual—. Yo soy Mireia —miento, claro. Y uso el primer nombre que me viene a la mente, el de mi nueva amiga. Lo siento, te acabo de usurpar la personalidad.

El tal Manel —que, a saber si es su nombre real— sonríe y me empuja divertido hasta la pista de baile.

Al llegar, veo que la verdadera Mireia y Cris bailan bastante pegaditos el uno al otro. Son muy monos, los dos tan guapos. Le hago un gesto a mi amigo que me responde con un guiño.

Y bailamos. No sé si dos canciones o cuatro horas, porque, cuando llego al hotel, estoy tan cansada que apenas puedo abrir los ojos.