Sin efecto retroactivo Dicen que la primera vez es la más especial
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Dicen que la primera vez es la más especial

Que el hotel tenga sus propias tiendas es un puntazo. Lo único malo es que todo, absolutamente todo, se sale de mi presupuesto de mujer parada.

Así que decidimos salir a comprar al exterior, por una calle peatonal.

Entramos en varias tiendas, algunas conocidas, como Zara o Mango, y otras que me suenan menos —o nada, pero tampoco es que yo sea una experta de la moda ni me interese lo más mínimo serlo—.

Para darle un poco de envidia a Beka, nos hago un selfie a los dos delante de una joyería para que se crea que estamos en una zona ultrapremium .

Después, hago una foto hacia delante, en la que se ve un kiosco y la vida en movimiento.

Porque, si esto llega a estar más lleno, nos echan a empujones.

Me compro unos pantalones y una camisa de oferta en Mango, unos zapatos en Casas y un bolso en Zara.

También nos pasamos por una tienda de lencería para comprar bragas.

Es todo un paraíso, pero de los prohibidos.

Doy un par de vueltas y me decido a comprarme un conjunto negro.

Un caprichito al año no hace daño, ¿verdad?

Pero ya está, porque tengo la tarjeta bajo mínimos ahora mismo.

Y, después, nos acercamos a una tienda de ropa interior mucho más asequible…

y me compro un pack de cinco bragas por diez euros y un bikini sencillo para la piscina del hotel.

Cargados de bolsas, caminamos entre las tiendas. Cris se compra una corbata de estas finitas y un cinturón negro.

Me cuenta, durante el paseo, que su jefe le ha enviado un mensaje para notificarle que tienen una cena de gala el domingo y que le puede la pereza de codearse con ricos idiotas. Lo entiendo.

—Oye, ¿y si te acompaño? —le pregunto cuando salimos del Planelles Donat, de tomarnos cada uno un helado—. ¿O no puedo? ¿Es solo para sofisticados gilipollas? Creo que puedo parecer una más.

Muevo las caderas con una gracia que dudo mucho poseer, camino como si se me fueran a salir las caderas del sitio. Cuando escucho la risa queda de Cris a mi espalda, me giro como una modelo, con la mano en la cintura.

—¿Qué me dices? ¿Voy contigo?

—Va a ser muy aburrido. En esos eventos se come poco y, habitualmente, mal —me explica—. Y hay muchos idiotas.

—Lo superaré… creo.

Él sonríe y mira hacia arriba, antes de resoplar.

—Lo cierto es que me encantaría que vinieras, no te voy a mentir.

Hago el gesto de «toma ya» tan típico de mí, como si me hubiera hecho el favor del siglo, cuando, se supone, se lo hago yo a él con mi maravillosa compañía. Cris me pasa un brazo por detrás del cuello para acercarme a él.

—Necesito un vestido… —murmuro—. ¡Vamos a Santa Eulalia!

Suelta una carcajada profunda, que le vibra dentro del pecho.

—¿Sabes lo que cuesta un vestido ahí? Porque soy abogado, pero no millonario. Quiero que me acompañes y tal, pero no con tanta fuerza.

—Que va, solo quiero ir a probarme alguno y darle envidia a Beka. Pero luego vamos hasta Zara o Pull. ¿Te hace?

Lo miro a los ojos desde abajo. Ni Cris es muy alto ni yo soy muy baja, pero tenemos la diferencia de altura ideal para que yo necesite mirar hacia arriba para poder verle los ojos.

Tira de mí mientras busca la dirección en Google Maps.

La aplicación nos avisa de que estamos a más de veinte minutos, pero lo cierto es que, siendo principios de julio, la ciudad invita a perderse.

El sol de la mañana aún no resulta sofocante y corre una brisa marina que aligera el ambiente.

Se camina a gusto; Barcelona tiene ese ritmo eléctrico que te empuja.

Y, además, cuando viajo, me encanta vivir la ciudad, fijarme en el ir y venir de la gente, en sus costumbres, sus movimientos, en la forma en la que entran y salen de las tiendas. Igual es muy loco, pero me apasiona meterme en sus vidas de ese modo.

Aunque, cuando estamos a cinco minutos, me arrepiento de la decisión de no haber pillado un taxi.

Llegamos a la tienda, le hago una foto y se la envío a Beka. Su respuesta no tarda en llegar.

Beka LaQueen:

Te odio

No, en realidad no te odio

Pero te odio

Zorra

Medio zorra

Jo, qué envidia me das!

Me río, bloqueo el móvil sin darle ninguna respuesta y lo meto dentro del bolso. Las bolsas de las diferentes compras incordian lo suficiente para que me vea obligada a moverlas de mano cada dos minutos.

Al entrar, el lujo me da una bofetada de realidad. Este no es mi sitio, y no me importa lo más mínimo, porque hoy me voy a permitir vivir la vida de una princesa perdida en la gran ciudad. Al menos durante un rato.

El porte de abogado de Cris me ayuda a la hora de ganar credibilidad frente a los dependientes.

—Buenos días —nos saluda una mujer muy guapa y muy sonriente—. ¿En que les puedo ayudar?

Carraspeo, porque estoy obnubilada por los vestidos, los zapatos, los bolsos y todo lo que nos rodea. Por el lujo, sin más florituras. Luego sonrío.

—Tenemos una cena mañana y estoy interesada en mirar algún vestido. ¿No es así, cariño?

Cris me apoya una mano en la zona baja de la espalda a la vez que asiente. La mujer nos mira a uno y a otro antes de hacer un gesto, satisfecha con la respuesta. Como si esperara justo eso.

Nos muestra un par de vestidos bonitos, porque aquí nada es feo, pero yo no puedo apartar la mirada de uno en concreto.

Es un vestido blanco, de esos que brillan como si fueran de raso o seda.

Por arriba, tiene como unos bordados de flores con purpurina o piedrecitas, y lleva unos tirantes superfinos que parecen hilos.

No puedo ver la marca, ni tampoco el precio, pero eso pasa a un segundo plano porque no pienso comprarlo.

La mujer, al ver que estoy interesada en ese vestido, me cuenta que es de la marca no sé qué —no consigo entenderle el nombre y, en realidad, me da lo mismo— y me narra un poco su historia, lo que se reduce en muchos ceros finales en la cuenta.

Mira la talla y me ofrece uno, convencida de que será la mía.

Me flipa la facilidad que tienen las dependientas para eso. A mí se me da mal hasta adivinar la edad, imagínate la talla de una persona. Imposible.

—¿No lo vas a probar?

Me encojo de hombros ante la pregunta de Cris, porque, en realidad, venía a eso, pero me da cierto apuro probarme algo que sé que no me voy a llevar.

Y, al tocarlo, me doy cuenta que la seda es tan fina que, como sin querer ceda un poco y lo parta…

no me voy a poder permitir pagar la cuenta. No puedo.

—Olvídalo, te quedaría fatal —exclama.

Me giro hacia él, molesta.

Sin dudarlo un segundo, lo agarro, con toda esa delicadeza que heredé de mi madre, y me meto dentro del probador.

¡Ja! Fatal, dice. Le voy a dar con esto en la cabeza durante los próximos años.

Me introduzco dentro de la prenda con mucho cuidado, con los nervios en la boca del estómago.

Meto las piernas, lo subo por los pechos y, cuando intento cerrarlo, me resulta imposible por la longitud de la cremallera. Me las ingenio de mil formas y nada.

—¿Cris? —Escucho el «ajá» al otro lado de la puerta—. No te rías, ¿vale?, pero necesito auxilio…

Abro la puerta para que pueda acceder y me fijo en que está sentado en los sofás principales de la estancia, lo más cerca posible de los probadores. Se levanta, con esa clase que, a él sí, lo caracteriza, y camina hacia mí.

—Soy incapaz de subir la cremallera.

Él la mira como si la analizara antes de asentir. No es un reto muy complicado subir una cremallera, colega.

Acerca sus manos a la zona baja y, antes de comenzar a subirla, clava su vista en mi trasero. Me río por su atrevimiento. La sube despacio, pero con la vista perdida todavía al sur de mi anatomía. Intento contener la risa, pero es demasiado descarado, por lo que me resulta imposible.

—¿Se puede saber de qué te ríes? —pregunta, con la mirada clavada en mi reflejo al otro lado del espejo.

Me encojo de hombros para quitarle importancia, pero cuando veo que su rostro se contrae más, me decido a responder.

—De qué eres un mirón, colega —expongo, y me aparto de él al darme cuenta de que la cremallera ya está cerrada.

—Y tú una mal pensada, chavala —responde. Intenta imitar mi tono—. No sabía que te habías hecho un tatuaje.

Anda, así que lo que miraba era mi tatuaje y no mi trasero. Tal vez sí que soy un poco mal pensada.

—Sí, bueno… hace un par de años —respondo como si tal cosa.

Me miro en el espejo y siento que el vestido está hecho para mí, como confeccionado sobre mi cuerpo. Trago saliva y me observo durante unos segundos.

—Pero no me lo habías dicho —protesta, y me obliga a ser Andrea otra vez. Con lo elegante que me sentía siendo la princesa de un reino muy muy lejano. De Genovia, por ejemplo.

—Vale, papi. Perdona por no decirte que me hice un tatuaje con veinticuatro añitos de nada. —Me giro hacia él, poniendo morritos—. Además, fue en tu honor, es un tatuaje de colegas.

—¿De colegas? —pregunta—. ¿Qué pone?

—En vez de molestarte por habértelo ocultado, podrías haberlo leído. Ahora te quedas con las ganas.

Le saco la lengua como una niña de cinco años. Presiona los labios, pero finalmente esboza una de esas sonrisas que tanto me gustan, esas que resultan inapreciables para cualquiera.

—Y, bueno, ¿qué me dices? —pregunto divertida—. ¿Me queda fatal?

Me mira. Sonrío y hago poses de modelo de pasarela.

—Bueno, no está mal… —dice sin más, como si no tuviera importancia.

Alarga el brazo y, antes de que me dé cuenta, tengo la cremallera a la altura del trasero otra vez.

¡Qué velocidad! Se ve que está acostumbrado a este tipo de situaciones.

Cuando pienso que va a agacharse para poder apreciar mi tatuaje, ya no está en el probador.

¿Qué no está mal, dice? Venga ya, ¡es perfecto!

Me permito observarme durante al menos cinco minutos. Me da igual hacerlo esperar. Saco el móvil del bolso y me hago un selfie . Beka se va a morir de envidia. Tan pronto me da la gana, me lo quito con mucho cuidado y me vuelvo a poner la ropa que traía de inicio.

El móvil me vibra, sé que es Beka antes de abrir la notificación.

Beka LaQueen:

Más guapa y no naces, cabrona

Cuántas cifras???

Yo:

Tres. Pero las tres más altas.

Beka LaQueen:

Joder.

Pero hay una tienda tipo outlet que tiene cosas muy chulas

Me enviaron un vestido hace tiempo para hacer un add

Diles que vas de mi parte, mamona, que me cunde

Y creo que a ti también te hacen descuento

Te paso dire

@Beka LaQueen acaba de enviar una dirección de Google Maps.

—Beka me acaba de pasar la dirección de un outlet . Está a diez minutos a patitas. Dice que tienen vestidos muy chulos también.

Pongo la vista al frente para buscarlo, tiene la mirada perdida en el fondo de la tienda. Al escucharme, supongo, despierta de su letargo y asiente, con un simple movimiento.

Dejamos el vestido de mis amores allí, solito, y la mujer nos dice que, si cambiamos de idea, ya sabemos donde están.

Aún no he puesto un pie fuera y ya estoy dispuesta a hipotecarme por él. Pero me recuerdo que estoy en el paro, que no soy millonaria y que tengo que pagar un alquiler a final de mes.

Beka tenía razón, y en el outlet hay un poco de todo. Muchos de los vestidos son de marcas importantes. Me siento mucho más cómoda, porque no hay bofetada de lujo innecesaria, aquí todos somos terrenales, con una cuenta corriente normal.

Paseo entre los pasillos hasta que algo me detiene. Es un vestido rojo arcilla, liso y sobrio, pero con un detalle magnético: un corte en la falda de esos que dejan la pierna al aire cuando caminas. Por arriba, es de tirantes finitos y tiene un escote en uve muy abierto.

Compruebo que sea mi talla y casi me tengo que contener para no pegar un grito de emoción. Me meto en el probador y esta vez puedo hacer la tarea completa yo sola.

Me gusta casi más que el otro, pero decido que me lo voy a guardar para mí. No hago foto para Beka, y tampoco invito a Cris a que entre. Además, encaja muchísimo más en mi presupuesto, claro. No hay punto de comparación.

A la hora de pagar, les digo que vengo de parte de Beka y me hacen un descuento extra del diez por ciento, además de apuntar en su base de datos que ella les trae clientes. Supongo que para futuras colaboraciones.

—¿Y ahora? —le pregunto a Cris tan pronto ponemos un pie fuera.

—¿Vamos al hotel, nos damos una ducha y hacemos turismo?

Asiento. Todo me parece un planazo.

—Mira que vine veces y veces a Barcelona, pero jamás me había pateado la ciudad.

Sonrió y lo engancho del brazo, como dos viejos de ochenta y tantos años que están orgullosos de compartir vida.

—Pues dicen que la primera vez es la más especial —bromeo.

Él me da un golpe en el hombro que me hace gracia, pero acepto el reto de conseguir que su primera vez —y la mía— por las calles de Barcelona, sea única.