¡Buenos días, mundo! #2
—Hombre, si prefieres pasar el día en el hotel, tú verás.
El taxista nos mira por el retrovisor. Ambos nos damos cuenta. Lo miro por el rabillo del ojo y veo cómo sonríe, divertido. No es la primera vez que nos pasa, es frecuente que nos confundan con una pareja.
Cuando el taxi se para y veo el hotel, me quedo eclipsada. Parpadeo, y hasta me convenzo de que nuestro hotel tiene que estar detrás de ese. Fijo, fijo.
—Venga, va, ¿por dónde vamos ahora? —pregunto divertida—. ¿Quisiste engañar al taxista?
Se ríe y asiente, divertido.
—Claro que sí, ahora nos quedan veinte minutos de paseo —bromea—. ¿Eres boba o qué? No pago yo, paga el bufete. Puedes quedarte tranquila.
No, si yo tranquila estoy, porque una habitación en este hotel, una sola noche, seguro que vale más que su casa. Dudo que lo pueda pagar. Es posible que tengamos que huir por la mañana, disfrazados de miembros de la limpieza, como Mariano y Emilio en Aquí no hay quien viva .
—¿Cómo me debo comportar aquí? Es decir, ¿los trato de usted?
—Ay, Andy… —murmura, pero sin dejar el toque de guasa en la voz—. Espera aquí, porfa, voy a hablar con ellos.
Yo asiento. Espero donde él me diga.
Miro hacia todos lados como una cría. Está todo tan reluciente que me vuelve loca.
Es la primera vez en mi vida que estoy dentro de un hotel de cinco estrellas.
Me llama la atención que hasta tiene tiendas en su interior.
¿Eso es legal? Lo desconocía. Siento ganas de dar saltitos, pero me contengo por simple educación. Creo que quedaría un poco feo.
—Arreglado. —Me saca de mis pensamientos. Me giro hacia él y sonrío. Veo como me muestra una tarjeta y asiento.
—¿Cuál era el problema? —pregunto, aunque en realidad me da igual. Es más que nada por mantener una conversación y esas cosas.
—Nada, que tenía reservada una suite especial —dice sin más.
¿Tenía? ¿En serio? ¡Yo quiero ir a esa suite especial! Lo observo con un gesto triste en la mirada que lo hace sonreír.
—Créeme que no querrías ir a esa suite . —Se ríe.
Yo no lo tengo tan claro, pero vale.
—Conseguí otra con dos habitaciones, así tendrás tu espacio.
Asiento. Con tal de estar en este hotelazo me vale cualquier habitación. ¡Incluso una mugrienta con una cama y un baño sucio! Bueno, eso creo que no, tampoco nos pasemos.
Tan pronto llegamos a la última planta, observo que busca el número con la mirada. Mete la tarjeta y la puerta que me lleva a la habitación de mis sueños se abre. No dudo ni un segundo en abrirme paso y me quedo boquiabierta: es todavía mejor de lo que me esperaba.
—Madre mía —expongo. No me sale nada más. ¡Es preciosa!—. Eres consciente de que esto es más grande que tu piso, ¿verdad?
—Bueno, eso no es difícil —dictamina. Deja la maleta dentro y se gira para meter la tarjeta en el lugar correspondiente para que todo a nuestro alrededor se encienda.
—¿Puedo elegir habitación?
Asiente y no dice nada más. Se acerca a la ventana, saca el móvil del bolsillo y trastea en él. Me desconecto de la realidad. Entro en la primera habitación y siento un flechazo, un amor a primera vista. Es grande, tiene unas vistas espectaculares y… uf.
—Ya te aviso que yo no pienso volver. Me quedo a vivir aquí.
—Pues vas a tener que trabajar bastante para poder pagar la mensualidad —bromea. Lo escucho caminar en mi dirección.
Salgo de la habitación y entro en la otra. Madre. Mía. Creo que elegí mal. Esta es todavía más espectacular. Me muerdo el labio y lo miro. Está apoyado en el marco de la puerta.
—Que sí, idiota, que a mí me da igual.
Pego un salto y me acerco a él. Lo abrazo y le doy un beso sonoro en la mejilla.
—Te quiero —le digo—. Te quiero, te quiero, te quiero.
Y, entre cada declaración, le doy como una media de dos a tres besos en la mejilla. Él se revuelve, como si detestara mi actitud, aunque sin perder la sonrisa.
—Vaaaale, cariño, ya sé que me quieres, aunque sea un poco por conveniencia, pero… ¿no crees que te falta algo?
—¿Un jacuzzi ?
Suelta una carcajada que hace que le vibre el pecho. Y lo sé porque lo noto yo, que me hace vibrar hasta a mí, que estoy pegada a él.
—No, amiga mía, jacuzzi tenemos.
—¡¿Cómo dices?!
Todo pasa a un segundo plano. Le doy un empujón para que se aparte de mi camino y accedo al único baño de la habitación.
Es enorme, reluciente, muy blanco y con baldosas de un tono dorado. Muy cursi. Jamás lo pondría en mi casa, pero me parece que aquí queda perfecto. Es como vivir en un puto palacio.
Y, la joya de la corona, un enorme jacuzzi en la parte más alejada, pegado a un ventanal enorme con vistas a la ciudad.
Abro la boca, no la puedo cerrar. En serio, no puedo.
—No. Me. Jodas.
—Si lo dices por mí, no está en mis planes. Si quisiera joderte, no habría cambiado la suite .
Él bromea, pero yo estoy tan en shock que me cuesta procesar sus palabras.
—¿No te falta nada más?
Parpadeo. Ya tengo la cama enorme. Ya tengo las vistazas. Ya tengo el jacuzzi . Y, bueno, tengo la compañía, que también es importante.
¿Qué me falta?
—Bragas —digo sin más. Él asiente—. Y quizá un cepillo de dientes.
—Pues nos vamos de compras.