Sin efecto retroactivo ¿Tienes algo en contra de los tíos guapos?
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¿Tienes algo en contra de los tíos guapos?

Cuando salimos a la calle, soy consciente, por primera vez, del tiempo que llevaba encerrada en casa. El cambio de junio a julio suele venir con unos focos de calor intensos. Y este año parece haber querido seguir el patrón.

Por suerte, el Atlantis está relativamente cerca de casa.

Es uno de mis sitios favoritos de Santiago para salir de tranqui.

Música interesante y a un volumen bastante aceptable —en comparación con otros locales— y con la posibilidad de bailar a tu aire.

Y, además, hacen unos de los mejores mojitos de toda la ciudad.

—Hola, desaparecida —me saluda Íñigo tan pronto me ve. Me agarra por la cintura y me acerca a él.

—Hola a ti también, imbécil —lo saluda Beka—. Anda, y aquí está Minecraf … —alarga la «f», como si quisiera remarcar que no le da la gana de pronunciarlo bien.

—Qué hay, Beka —la saluda—. Andy, estás guapísima.

Miente, claro, pero me alegra que lo intente. Nico es uno de esos amigos a los que quieres a pesar de ver de Pascuas en Ramos. Y estoy segura de que aceptó venir hoy porque sabe que lo necesito. Camino hacia él y le doy un abrazo.

—Gracias por venir, capullo.

—No sé por qué lo dices —murmura al separarse.

Lleva el pelo despeinado hacia atrás. Le paso la mano, como un simple acto reflejo, y veo como sonríe. Pero no es a mí, es la persona que se acerca calle abajo. No tengo que ser muy lista para saber de quién se trata. Estoy a punto de darme la vuelta cuando noto una mano sobre mi cadera.

—Bu —me dice, muy cerca de mi oído izquierdo—. ¿Cómo estás, peque?

Me giro y lo miro. Está guapo. Cris siempre está guapo, es como un superpoder que tiene. Siempre con el pelo perfecto, el afeitado perfecto, la mirada perfecta. Respiro hondo y me encojo de hombros.

—Las chicas me hicieron una intervención.

Suelta una carcajada que le llega rápido a los ojos antes de asentir.

—Beka me dijo que te iban a organizar una emboscada, me preguntó si quería ir.

—¿A ti también?

—En el fondo me quiere.

Me pasa un brazo por detrás del cuello y me empuja con la cadera hacia la entrada, con el resto de nuestros amigos.

Cuando llegamos, el portero nos hace un gesto para invitarnos a pasar.

Le dedico una sonrisa en señal de agradecimiento.

Aunque sé que lo hace por Cris, alias «el abogado buenorro»; y Beka, con la que hacen un montón de colaboraciones en redes.

Yo le importo tres pepinos en vinagre. Pero, en fin.

Las chicas desaparecen dentro del baño, para retocarse el maquillaje. No sé qué hago yo con este grupo de amigas tan pijas si soy todo lo opuesto.

Íñigo y Nico mantienen una conversación, al parecer muy interesante, ya que gesticulan mucho con las manos e intentan hablar por encima de la música. Cris, en cambio, se queda a mi lado.

—Venga, te invito a una cerveza.

—Prefiero un mojito —lo corrijo. Se gira hacia mí y, con una sonrisa, asiente.

Nos acercamos a la barra y hace el pedido. El barman me suena cantidad, aunque no tengo ni idea de qué.

Tan pronto nos sirve, nos adueñamos de una de las mesas, y me dejo caer en uno de los sofás con la elegancia que me caracteriza. Cristian sonríe al verme y, con mucho cuidado, se sienta a mi lado; siempre demostrando lo opuestos que somos. Él tiene todo el glamur que a mí me falta.

—¿Y tú cómo estás?

Mi pregunta le sorprende, lo que me deja claro que soy una amiga de mierda. No es que nunca le pregunte cómo está, pero está más que claro que, estas últimas semanas, no me he preocupado mucho por ninguno.

—Igual que siempre…

Lo miro, me mojo los labios y dudo antes de hablar.

—Vaaaaale, voy a ir directa al grano. —Me acerco la copa a los labios y le doy un trago antes de hablar—. Si esa chica de ahí atrás te entrara ahora mismo, ¿qué harías?

Se gira y la mira. Parpadea extrañado antes de poner la vista sobre mí.

—Supongo que le diría que estoy acompañado.

Asiento, porque tiene razón, así que reformulo.

—Vale, imagínate que no estamos tú y yo solos. También están aquí, no sé, Beka y Nico. ¿Qué le dirías?

—Que si Beka está aquí, con nosotros, y no ligando con nadie, es el fin del mundo —bromea—. No lo sé, Andy, no entiendo la pregunta.

—Creo que tienes novia y que no nos lo quieres contar —digo de carrerilla. Él me mira con una ceja alzada—. En serio, lo creo.

—No tengo novia.

—Pues un lío, algo.

—No tengo nada, Andy —afirma—. ¿De dónde sacas eso? Dime que no es por lo que dije de Tinder…

Sonrío y niego con la cabeza. Una canción del nuevo disco de Aitana resuena por todo el local y me tengo que contener para no salir a la pista de baile. Pero esto es más importante, me digo.

—Esto es porque el otro día, en tu casa, te llamó una chica —explico—. O chico, yo qué sé. Parecía una discusión de parejita.

Veo como eleva la mirada y dibuja una mueca muy falsa de sorpresa en los ojos. Venga ya, lo conozco casi desde que ambos usábamos pañales, ¿pretende engañarme a mí?

Suspira, derrotado. A mí no puedes mentirme, baby .

—Vale, pero no. Es decir, sí, quedé un par de veces con una chica. Y no, no salió bien —responde sin más, como si no tuviera importancia—. No teníamos mucho en común y me agobiaba muchísimo. Solo quedamos un par de veces, pero quería entrar en mi vida a empujones. A Valen le caía fatal.

—Uf, pues si tu hermana no la aprueba… yo tampoco —bromeo.

Pero él parece que no nota ese tono en mi voz, porque me mira con una ceja alzada, confuso.

—Yo tampoco aprobaba al friki depresivo y nunca te dije nada.

Lo dice con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. No me lo recrimina, solo… lo deja ahí, en el aire. Se tira hacia atrás en el sofá y se lleva la cerveza a los labios. A morro.

—Eh, pareja. ¿Qué hacéis? —Íñigo se deja caer a mi lado y se apropia de mi bebida.

Le dirijo una mirada de «no me toques los ovarios, amigo, que hoy no es el día» y, como respuesta, me sonríe de lado. ¡Será cínico! Alargo la mano y, tan pronto consigo rozar la copa, me la aparta con brusquedad.

—Hablábamos de lo mierdas que son las relaciones —admite Cris, como si la guerra por el mojito le diera exactamente lo mismo.

Íñigo chasquea la lengua y asiente.

—No hay nada como vivir la soltería —concede sonriente.

Me rindo. No recuperaré nunca mi bebida.

—Eso lo dices porque no serías capaz de comprometerte jamás con nadie que no fueras tú mismo —alego.

Lo cierto es que sé que es así. No recuerdo que alguna vez haya tenido una relación, sencillamente porque es un egoísta en ese sentido. Puede que sea un amigo estupendo, pero jamás sería capaz de torcer el brazo en nada por otra persona.

—Lo sé, pero tampoco engaño a nadie —expone, dándole un pequeño trago a mi bebida—. Yo, cuando las conozco, no les digo: «Oye, nena. ¿Nos pasamos la vida juntos?». No, yo simplemente les pregunto: «¿Follamos?» y, si aceptan, es que están en mi onda.

Sí, en su onda de gilipollas. Tuerzo el gesto y ruedo los ojos.

—Oh... ¿la niña esperaba otra reacción por mi parte? —Hace pucheros y se tira a mi lado. Cris se ríe ante el gesto, pero no dice nada—. ¿Tal vez querías que te pidiera que te pasaras la vida conmigo?

Sonrío de lado y, cuando me mira, le robo mi copa de nuevo.

¡Por listo!

—No, gracias —expongo. Le doy un fuerte trago al mojito—. Se acabó la vida comprometida. A partir de ahora, pienso vivir la soltería.

Tuerce el gesto y, tras darse cuenta de que no pienso responder a su pregunta no formulada, fija sus ojos en Cris.

—¿Y el friki? —pregunta en voz baja. Sonrío al escuchar el apelativo. ¿Es que todos lo llaman así? ¿Por qué no lo sabía?

Me complace ver que Cris no responde. Me alegra saber que puedo confiar en su silencio.

Me disculpo con una mirada antes de agarrar lo poco que me queda de mojito y levantarme del sofá. Necesito un poco de soledad, a pesar de que lo más probable sea que no me convenga.

Fijo la vista en Beka. Sonrío al ver como coquetea con el camarero mientras que este, ni corto ni perezoso, le ofrece su número de teléfono. Juro que de mayor quiero ser como ella.

Sin duda, es la más divertida del grupo; la más directa, sin pelos en la lengua. Si tiene que decirte algo, lo hace sin contemplaciones, lo cual me encanta. Se vuelve loca con los tíos, y... ellos con ella también, para qué mentir.

Me giro, busco a los otros dos miembros del grupo, y no tardo en encontrarlos: Noa, con la mirada perdida entre la gente, y Nico, en cambio, pegado a su teléfono móvil. Suspiro antes de darle un último trago a mi copazo.

—¿En qué piensas? —La voz cantarina de Beka me sorprende. Suspiro antes de apartar la vista de la copa vacía.

—Pienso en que sois unos amigos de puta madre —reconozco—. Incluso Oliver, que dudo que tenga la decencia de presentarse aquí hoy. —Le sonrío con efusividad antes de girarme hacia la barra. Beka, al apreciar mis intenciones, se me adelanta:

—A esta invito yo. —Me guiña un ojo.

Sí, claro. ¡Seguro que invita ella! Me río cuando su actual ligue se acerca y le toma nota. Me pide otro mojito para mí y una cerveza para ella.

Tan pronto tengo la copa entre las manos, le doy un fuerte trago, y, cuando siento como todo me comienza a dar vueltas, la dejo sobre la barra. Creo que debería empezar a controlarme un poquito más.

Las manos de Íñigo me aprisionan las caderas y no puedo más que reír. Cómo mola esto de venir de copas sin pareja. Ya casi no recordaba lo que era.

¡Viva la soltería!

Una reconocida canción de Bad Bunny, que habla sobre cómo se vive la fiesta y el orgullo puertorriqueño en los barrios de Nueva York, toma el protagonismo del ambiente y nos anima a movernos.

Canturreo sin parar, a la vez que me muevo al son de la música. Íñigo lo hace con ritmo, porque el tío puede tener muchas cosas, pero bailar, baila como los dioses. Río sin parar. Tengo los mejores amigos del mundo mundial.

Beka, Noa y Nico se unen al grupo. Bailan entre los tres de forma cómica, Noa con un poco más de vergüenza. Sonrío al apreciar cómo se mueve; siempre parece una muñequita, lo cual me resulta gracioso, porque Beka y yo vamos a otro ritmo: uno con mucho menos glamur, desde luego.