Sin efecto retroactivo ¡A la ducha, que es gerundio!
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¡A la ducha, que es gerundio!

Tan pronto pongo un pie dentro del salón, me quedo paralizada. Miro a un lado y a otro, confundida. ¿Pero qué…?

Son las nueve y cuarto de la tarde de un jueves cualquiera. Beka y Noa me observan, con los brazos cruzados sobre el pecho, con actitud militar.

—Os falta el puto cartelito de «intervención» de Cómo conocí a vuestra madre , ¿no?

—Mierda, tía, ¿cómo no nos dimos cuenta? —pregunta Beka, destensando los brazos—. ¡Una intervención!, eso es. ¿Por qué te dije que le íbamos a preparar una emboscada? Por cierto, ¿una emboscada qué es?

—Es un ataque sorpresa que…

—¿En serio, chicas? —las interrumpo—. Beka, lo tienes a una sola búsqueda de Google, no me jodas. Noa, ¿me quieres explicar qué es esto?

Se lo podría preguntar a cualquiera de las dos, especialmente a Beka, que se supone que es la persona con la que comparto piso —aunque la veo entre poco y nada por casa.

Entre el curro, las redes y su vida social, se pasa más tiempo fuera de casa que dentro—, pero algo me dice que, si alguien va a decir la verdad, esa es Noa.

—Ya… lo siento mucho, Andy —me dice, con expresión culpable—. Estamos preocupadas por ti. Llevas muchos días encerrada, día y noche.

—Aquí huele a chamusquina, tía —dice Beka.

—No, huele a que hace como una semana que no te duchas —aporta Noa—. Pero, en serio, te lo digo por bien. Sin ofender.

Sonrío con cinismo y me llevo una mano a los ojos. Echo la cabeza hacia atrás.

Vale que igual he estado un pelín desaparecida del mundo. Vale que igual las he dejado un poco al margen de mis dramas. Vale que hace como una semana que no me doy una buena ducha. Vale. ¿Pero era necesario todo esto? ¿De verdad?

—Estoy bien, chicas. Me lo podríais haber preguntado y ya.

—Claro, te lo podría haber preguntado como cuando, hace cuatro días, te dije en el desayuno: «Oye, tía, ¿estás bien?

» y me tiraste una tostada a la cara; o igual como cuando, ayer, me acerqué a tu habitación y te dije que por la noche íbamos a tomar unas cervezas y me respondiste que me fuera a la mierda.

—¡No te dije eso!

—Oh, sí, amiga, me dijiste eso tal cual.

No lo hice. No. Creo. No lo sé. No lo tengo claro. ¿De verdad era necesaria la intervención? ¿De verdad de la buena? Puede que sí.

Llevo una semana recluida dentro de mi cuarto porque no tengo ningún motivo para salir de él. No tengo trabajo. No tengo novio. No tengo vida. Me siento… vacía. Como si me lo quitaran todo de un plumazo. Lo tenía todo, y, sin más ni más, fus. Todo fuera.

Cuando rompí con Joaquín pensé que el luto no llegaría, pero llegó, claro, y con violencia. Llegó al día siguiente, en forma de un bajón tan potente que me ató a la cama.

Durante estos días hablé con mi madre un total de cuatro veces.

En todas las llamadas le dije que estaba bien, que no tenía de qué preocuparse.

No mencioné que había roto con Joaquín en ninguna de ellas.

También con mi hermana, un total de una.

No solemos hablar mucho, pero necesitaba escuchar su voz y saber que estaba bien.

Mi vena protectora e imbécil salió bastante a flote estos días.

Hablé con Cris, cada día. Como una rutina, le respondía a su «¿Cómo estás?

» con un «Todo en orden». Incluso, un día, me puse a buscar gifs y stickers que ilustraran lo bien que me encontraba.

Él no insistió ningún día. Pensé que porque me creía, pero, tal vez, lo hiciera por dejarme espacio.

Sin más. Y con las chicas. Con Noa alguna vez, puntual; con Beka a diario, porque la convivencia obliga. Y ya.

Mi único amigo de verdad, durante estos días, fue Netflix y su enorme catálogo.

—Tenemos chocolate —me dice Noa, con un tono de voz muy tenue, como si le preocupara mi reacción—. ¡Y chuches!

—Y vino.

Sonrío ante la aclaración de Beka y flexiono el brazo hacia atrás, con el puño cerrado, mientras suelto un «toma ya» que las hace reír a ambas.

Me fijo por primera vez en que los sofás están pegados a la pared.

La casa que comparto con Beka no es enorme, pero, a diferencia del apartamento de Cris, que es minúsculo, aquí tenemos un salón propio, no unido a la cocina.

Y, además, es de un tamaño decente. Nos entran dos sofás, para cuando hacemos quedadas grandes de amigos.

Es muy práctico y nos encanta. Es un lugar de reunión perfecto.

En el centro, estiraron un mantel para preparar la zona como si se tratara de un pícnic. Respiro hondo y asiento.

—Necesito darme una ducha, chicas.

—Lo sabemos, pero te queremos incluso así —dice Beka. Camina en mi dirección y me agarra de la mano—. Ahora, emboscada.

—Intervención —la corrige Noa.

—Eso, eso. Lo que la guapita dice.

Sonrío con un deje de tristeza antes de sentarme en el suelo, justo al lado de Beka y frente a Noa, que se sientan antes que yo.

—Vale, podría hacerme la tonta y preguntar qué pasa y todo eso, pero no me apetece seguir alargando el tema, así que ahí va: Joaquín y yo lo dejamos.

Beka da un golpe en el suelo con la mano abierta y Noa se lleva una mano a la boca, teatral.

—Mierda, el idiota de Cris os lo contó.

—¡¿Cris lo sabía?!

Ah, pues no. Parece ser que no les dijo nada.

—Alucino, tía, compartimos piso, ¿sabes? Ah, pero se lo dices a Cris, claro…

—Oye, chiqui, ¿y yo qué?

—Tú no compartes piso con nosotras, Noa.

—Pues no, pero también tengo derecho a saberlo. Es mi amiga y la quiero.

Asiento y les hago un gesto para que frenen.

—Decidí no compartirlo porque no quería que nadie me dijera que estaba claro que no iba a funcionar. Ni tampoco quería miradas de pena. Quería… estar bien y ya.

—Somos tus amigas… —Beka estira la mano y la deja caer sobre la mía—. Y te apoyamos en esta decisión.

—Pero os alegráis.

—Pues sí.

—¡Claro que no!

Dicen a la vez. Se miran entre ellas y, cuando se dan cuenta de que no hay forma de salir de esa, estallan en una fuerte carcajada de la que me contagio al momento.

—A ver, Joaquín era…

—Un idiota —completa Beka. Noa la mira con disgusto.

—No digas eso, chiqui, no sabemos si van a volver algún día…

—No vamos a volver.

—Pero no lo sabemos.

—¡Yo sí lo sé! —exclamo divertida—. A ver, chicas, está decidido. Y ni siquiera estoy mal por eso. Es como si supiera que iba a pasar. Tendría que haber dolido, pero no.

—Llevas una semana…

—Sí, pero no es por Joa —corto a Beka al leer sus intenciones—, es porque mi vida ha cambiado por completo. El mes pasado tenía un novio, y también un trabajo, y ahora…

—Vale, tampoco tienes trabajo.

—Ah, no, me echaron. Joder, es verdad que no os he contado nada.

—Pero seguro que Cris lo sabe.

Aprieto los labios ante la acusación de Beka.

Ella aparta la mano de la mía, molesta, y estira el brazo hasta la botella de vino.

Como canta Arnau Griso, es nuestro desamortil , el vino que compramos cada vez que una de nosotras lo pasa mal y necesita desahogarse, llorar hasta el hartazgo o cagarse en la vida —o en el universo—.

Empuja la copa en mi dirección. Acto seguido, se llena otra. Se la bebe de un trago.

— Woooo —exclama al sentir el sabor y el alcohol en la garganta—. Venga, ya estoy lista. Cuéntanos por qué lo habéis dejado. ¿Porque es un friki que solo piensa en su trabajo? ¿O fue porque decidiste que te mereces mucho más? ¿O porque se celaba de tus amigos? ¿O porque…?

—Porque quiere tener hijos —digo antes de que siga con el amplio repertorio de motivos que tendría para haber roto antes con la relación.

Beka deja la copa sobre la mesa y me observa, confusa.

—¡¿Ahora?!

—Pues creo que no, pero sí a futuro.

—Joder —exclama Noa.

Todos lo saben, todos lo tienen claro. ¿Por qué él no? No quiero tener hijos. Es sencillo.

—El mayor pecado capital contigo, chavala —dice Beka, que estira la mano para agarrar una de las fresas de gominola y se la lleva a la boca—. ¿Y cómo fue? ¿Hablasteis del futuro y te soltó eso?

—Pues… no exactamente —digo con la boca pequeña—. Pensé que podía estar embarazada. Sí, ¡qué locura! —exclamo para quitarle hierro al asunto—. Y entre unas cosas y otras… él me dijo que no sería tan terrible. Que se haría cargo y todo eso.

—Todo un detalle, ojo —dice Noa con sarcasmo.

—Yo le dije que se podía ir olvidando de hacerse cargo de nada, que no quería ser madre y que él lo sabía. Y, bueno, una cosa llevó a la otra…

—Quiero pensar que tú, precisamente tú, tienes mucho cuidado con las relaciones sexuales, ¿no?

—Condón y DIU —digo orgullosa—, pero nueve días de retraso.

—¡Ja! Eso sí que lo sabía —exclama Noa—. ¿Tú no, Bekita? Jo, cuánto lo siento… eso que yo no comparto piso con ella.

Me río, pero cuando Beka pone los ojos en mí, solo puedo encogerme de hombros.

—Y seguro que Cris también lo sabía, claro.

Aprieto los labios, cierro los ojos con fuerza y asiento.

Beka protesta, sé que no lo hace en serio, pero sí que sé que le molesta, porque cree que no confío en ella.

No tiene nada que ver con eso. Confío en ella, pero Cris es mi mejor amigo de la infancia y me sale solo sincerarme cuando estoy con él.

Es como un psicólogo, que te mira de ese modo que tú solo puedes soltar todas tus mierdas. Pues igual.

—Hablando de Cris… ¿sabéis si sale con alguien? —pregunto sin más, porque necesito quitar el foco de atención de mí. Necesito cambiar el rumbo de esta conversación.

—Igual con alguien de Tinder —aporta Beka, divertida—. ¿Por qué lo preguntas?

Agarro la copa de vino y me la acerco a los labios. No la huelo, la engullo igual que mi amiga minutos antes. Siento que necesito alcohol circulando por mis venas. Aunque sea el alcohol del vino tinto cutre del súper.

—El otro día, cuando lo dejé con Joa… en resumen, terminé en su casa y lo llamó alguien por teléfono —les cuento—. No me quiso decir quién era, pero me sonó a discusión de pareja.

—Es que Cris es todo un enigma. Nunca cuenta nada ni nos presenta a nadie —dice Noa, como si no tuviera importancia. Se echa hacia atrás y se apoya en los codos flexionados.

—Seguro que a Andy sí que se lo cuenta.

—Pues la verdad es que no, celosona —la pico—. Nunca me habla de sus novias. ¿Os puedo confesar algo? Hasta hace un tiempo, pensaba que era virgen.

Beka suelta una carcajada y Noa se levanta y me observa, curiosa.

—Es decir, nunca cuenta nada… no sé.

—También podría ser gay.

—Pues sí, también lo pensé… hasta que lo vi liarse con Marta Torres en el último año de instituto.

Marta Torres era una de las chicas más populares. Yo salía de mi clase de Tecnología cuando los vi. Jamás le dije nada. Él tampoco a mí.

El móvil de las tres suena al momento. El de Noa, sobre el sofá, en forma de vibración, lejos de su alcance; el de Beka, a su lado; y el mío… posiblemente en la habitación. Pero reconozco el pitido al instante.

Beka lee el contenido y sonríe.

—Hablando del rey de Roma…

Gira el móvil para que lo pueda ver. Es un mensaje por el grupo de amigos.

Picapleitos (Cris):

Algún plan para esta noche?

Sonrío al leer el nombre que le tiene puesto. Las respuestas no tardan en aparecer:

Oliver y Benji:

[berenjena] [melocotón] [gotitas] [lengua]

Íñigo (TU NUNCA EN LA VIDA):

Otra vez tío?

Tú solo sabes follar

Minecraft:

Claro, eres tú el adecuado para hablar…

Íñigo (TU NUNCA EN LA VIDA):

Envidia sana o insana?

Cuando quieras te enseño a ligar campeon

Minecraft:

Paso

Pero me uno al plan de hacer algo esta noche

Yo:

Comoooooo?

Te unes al plan???

No soy yo la que responde. Beka me quita el móvil cuando lee el mensaje de Nico, como si no pudiera evitar responder, como si le picaran los dedos por hacerlo.

Picapleitos (Cris):

Atlantis? A las once?

Yo:

Y media. Que aquí una se tiene que dar una buena ducha.

Y no soy yo!!

Picapleitos (Cris):

Ok

Minecraft:

OK

Íñigo (TU NUNCA EN LA VIDA):

Ok

Quienes vamos?

Yo:

Cris, Nico, Noa, Andy, tú y yo

Oliver y Benji:

Yo voy después de [berenjena] [melocotón] [gotitas]

Yo:

Puaj

Minecraft:

Vomito

Íñigo (TU NUNCA EN LA VIDA):

Cuando quieras te presento a alguien

Yo:

No le hace falta conocer a nadie

Ya tiene el Minecraf

Minecraft:

Es Minecraft, inculta

Yo:

Upsssss

—Pero si le tienes puesto Minecraft de nombre, tía. —Me río.

Ella asiente, divertida, antes de levantarse de un salto.

—¡A la ducha, que es gerundio!

—No es gerundio —repone Noa—. Gerundio sería «duchando».

—Pero es que no se está duchando, Noa, ¿o no la ves aquí?

Noa entreabre los labios, pero yo paso de escuchar más sus quejas, así que me levanto yo también. Le doy un último trago a mi copa de vino y me saco la camiseta por la cabeza, de un solo movimiento, antes de encerrarme dentro del único cuarto de baño de la casa.