¿Preparada para volver a ese mundo?
La pizza se transforma, de forma natural, en unas hamburguesas en el McDonalds. ¡Dios, como la echaba de menos! A esta vida… y a ellos.
Buscamos una mesa donde entremos todos, cosa que no es nada sencilla, porque está hasta los topes. Al parecer no somos los únicos con antojo. Al final, nos quedamos con una de cuatro.
En un lado nos sentamos Beka, Noa y yo, bien apretujadas, y eso que ninguna está para nada fuera de su peso.
Puede que Beka roce el infrapeso, de hecho, pero no pienso entrar en ese terreno.
Ni ahora ni nunca. Yo me siento en la esquina con medio culo fuera.
Enfrente, Íñigo y Nico, a quien, al parecer, pudimos convencer de salir no sé muy bien cómo.
Y Cris se sienta en la cabecera, en una silla que no tengo muy claro de dónde ha sacado.
Falta Oliver, el único rajado del grupo, porque, según nos dijo —y de forma bastante explícita—, a él le habían ido bastante mejor las cosas que a Beka en su cita.
Oliver Tinder:
Ocpado
[berenjena] [melocotón] [gotitas] [lengua]
Y, sí, le tengo puesto «Oliver Tinder» en el móvil porque, justamente, lo conocí ahí, en una de mis incursiones por la app .
Pero nunca llegó a pasar nada. Antes de quedar, nos dimos cuenta de que teníamos demasiados amigos en común, Íñigo y Cris entre ellos, y nos rajamos.
O yo, al menos, me rajé. Y no le cambié el nombre por el mismo motivo por el que no cambio mis contraseñas… porque me da una pereza de la hostia.
Y también porque creo que es uno de los socios fundadores de la empresa, porque tiene una media de cuatro citas a la semana.
Me cuesta creer que haya tantas mujeres disponibles por la zona, porque, si no he calculado mal, si son cuatro a la semana, cuatro semanas al mes, salen a… yo qué sé, muchísimas al año.
—En serio, chicos, era todo lo contrario a mi prototipo —protesta Beka a mi lado, a la vez que juguetea con una patata frita y se la lleva a los labios—.
El típico tío soso, de los que ni te hablan.
Tímido, le costaba mirarme a la cara. Llegué a pensar que tenía una espinaca entre los dientes y todo, pero luego pensé…
¿hace cuánto que no como espinacas? Bueno, eso y que soy limpita y tal, que me lavo los dientes antes de salir de casa para una cita.
—Pero fuiste al baño a comprobarlo, seguro —interviene Íñigo.
—¡Claro que fui! —exclama divertida—. Todo estaba en su sitio, pero el tío nada… no reaccionaba. Pero mirad su foto. ¡Es que no me jodas!
Se revuelve y rebusca en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Yo me aparto un poco y me inclino sobre Cris, a quién le cuesta aguantar la carcajada, porque la situación es de lo más surrealista.
Él y yo disfrazados de marineros, cada uno con su respectiva chaqueta bien abrochada para que no resulte tan evidente; Beka con su ropa Tinder —porque, si no tienes una ropa específica para eso, has fracasado en la vida y todo el mundo lo sabe—; Íñigo con el chándal del equipo en el que juega; Nico con algo similar a un pijama, que nadie se va a quejar, porque, oye, bastante que sale de casa; y Noa mona hasta por detrás.
Porque Noa es la chica más guapa que he conocido en mi vida.
Es de esas personas de belleza natural, que no necesita hacer nada, pero la mamona lo hace, lo que provoca que resplandezca. Tiene una belleza muy etérea, casi inalcanzable. Y porta un aura de serenidad increíble. Con el cutis perfecto siempre. Es tan perfecta que da casi rabia.
Rubia, pelo ondulado, ojos azules. Si me gustara la perfección —y las mujeres, claro—, creo que me enamoraría de ella. Porque si por fuera es preciosa… por dentro lo es todavía más.
Es la típica amiga a la que tienes que querer por narices. Porque nunca te falla. Porque siempre tiene la palabra adecuada en el momento más oportuno.
Y, pese a ello, es de las que menos triunfa del grupo entre el mundo masculino. Curioso.
Beka, en cambio, es… lo opuesto. Pelo rosa chicle a la altura de los hombros y una belleza mucho más felina. Es guapa, sí, y los miles de pretendientes que le aparecen debajo de las piedras lo corroboran, pero es distinta. Es más explosiva. Más… ella.
Fijo la vista en el móvil que me muestra Beka, más que nada porque no me deja mucha más opción, porque sus múltiples codazos me obligan, y resoplo al ver la foto que me devuelve. Un tipo de unos treinta, sin camiseta. Qué puñetera pereza me da todo esto.
Estiro la mano hasta mi vaso de refresco y me lo acerco a los labios.
—¿Preparada para volver a ese mundo? —me susurra Cris.
Me giro con tanta violencia que mi pelo, castaño, insulso —no como el de mis amigas— y todavía mojado por la ducha, porque ni tiempo tuve de secarlo, me da un latigazo en la cara.
—Antes muerta —imploro—. Soltera de por vida.
Se ríe y se echa hacia atrás, como si no hubiera abierto la boca en todo el rato. Íñigo lo observa durante una milésima de segundo antes de volver a atacar su tercera hamburguesa. Es deportista, pero la alimentación la cuida lo justo.
Juega en un equipo de fútbol, porque, al parecer, no hay más deportes en este país. Un equipo que juega poco… y mal, pero entrenan tres veces por semana. No ganan ni un solo partido. Pero él parece feliz, así que… ¿quién soy yo para juzgarlo?
—¿Y tú qué? Hacía siglos que no dabas señales de vida… —recrimina Íñigo en mi dirección.
—Se pasa la vida en casa de su noviecito —responde Beka por mí—. Claro, que si yo tuviera sexo garantizado, también lo haría.
Presiono los labios y no digo nada. Fijo la vista en mi hamburguesa, que todavía tengo por la mitad, antes de sonreír con cierta contención.
Por suerte, la conversación se centra en Nico.
En realidad, esa suerte se llama Cris, que le hace una pregunta de programación, aunque todo el mundo aquí sabe que no le interesa lo más mínimo.
O, bueno, puede que todo el mundo no, porque Beka lo observa como si hasta a ella le preocupara el tema. Quizá solo lo sepa yo.
Emito un «gracias» sin sonido cuando la conversación se va por otros derroteros y él me mancha la punta de la nariz con una patata repleta de kétchup como respuesta.
—Yo no entiendo por qué quedáis con alguien así… de esa forma tan fría.
Conecto de nuevo en la conversación cuando escucho a Íñigo. Puede que el mayor ligón del grupo, entre hombres y mujeres, sin incluir a Oliver, claro. Y, justo por eso, creo que todos ponemos la mirada sobre él.
—Joder, no me comparéis. Una cosa es conocer a una chica en un bar y tontear… y otra, esta. ¿Quedáis ya para follar o cómo funciona?
—¿Nos quieres hacer creer que nunca has usado Tinder? —le pregunta Cris. Íñigo lo mira y niega—. ¿En serio? Joder, si hasta yo tengo cuenta.
Parpadeo al escucharlo y me giro hacia él.
Lo miro durante un rato largo, mientras el resto habla.
No consigo escucharlos, es como si las demás conversaciones no tuvieran nada que ver conmigo.
Toda mi atención está sobre mi mejor amigo.
¿Por qué no me contó que quedaba con gente por una app ?
No debería molestarme, de hecho, no me molesta, solo…
—¿Tienes cuenta en Tinder? —pregunto sin más. Él se encoge de hombros—. ¿Desde cuándo?
—Me la abrió Valen —confiesa, sin darle importancia—. Me dijo que no era normal que siguiera soltero, que era todo un partidazo. Y cuando tu hermana de catorce años te dice eso, pues te lo crees.
—Es que lo eres. —Entra Beka en la conversación—. A ver, tengo ojos en la cara, eres un partidazo; ahora, no lo eres para mí. Con todo el respeto, señor abogado.
—Tú es que los prefieres todos mazados —aporta Íñigo. Beka asiente, orgullosa, y yo no puedo evitar negar con la cabeza, con guasa.
Porque Cris no es el típico tío que vive en un gimnasio, pero está fibroso; su problema es que es su amigo y es incapaz de verlo con esos ojos. Y la entiendo. ¿Pero Beka admitiendo que quiere a alguien tanto como para no plantearse una relación de sexo esporádico? Jamás.
Lo mismo pasa con Íñigo y con Oliver. Nico es posible que no le atraiga ni un poquito.
Y no porque no sea mono, que lo es, pero es el típico «rata de biblioteca», delgado y con una musculatura bastante deficiente, alto y con gafas de pasta negras.
Pelo castaño, rostro perfectamente afeitado y cara de niño pequeño.
Es guapo, sí, pero… lejos del prototipo de mi amiga.
E Íñigo… Íñigo es el típico idiota cuando está una relación.
Ese que, como amigo, es un diez, pero, como novio, no roza ni el dos y medio; y Beka lo sabe tanto como yo, claro.
Físicamente es el prototipo de casi cualquiera: hombros anchos, barba de un par de días y pelo revuelto, pelirrojo.
Ojos claros que no sabría definir, porque nunca me he parado a mirarlo tanto, no quiero que piense que hay algún tipo de interés. Ni loca.
Y sé que Beka estaría más que dispuesta con él, pero jamás lo haría. Y lo mismo con Cris. Aunque lo niegue.
Le doy el último trago a mi bebida y me doy cuenta de que, tras más de una hora, la vejiga no me aguanta más.
Tan pronto me levanto, Noa me hace un gesto para que la espere.
Yo lo hago, el problema es que tiene que pasar por encima de una Beka muy interesada en la conversación que mantiene con Íñigo y Nico sobre redes sociales y cómo afecta el algoritmo.
Nico mantiene que el contenido malo no se ve, ella insiste en que su contenido es maravilloso, pero que el algoritmo la odia; e Íñigo… solo mete cizaña.
Nunca entenderé esa necesidad de las mujeres de ir al baño en grupo, pero tampoco protesto. Tan pronto accedemos, me meto en el cubículo porque me meo, mientras que Noa se acerca a la zona del lavamanos.
—Qué calor hace aquí dentro… —dice desde fuera. Vale, tampoco entiendo la manía de hablar mientras meas. Hay demasiadas cosas que no comprendo del mundo femenino—. Tengo todo el maquillaje corrido, tía. —Lo dudo, está guapísima siempre—. ¿Crees que Oliver vendrá esta noche, al final?
Parpadeo, intento enfocar la mirada, pero lo único que veo es una conversación surrealista entre dos personas en la puerta del baño: «Manu, te quiero», mensaje precioso, con una tipografía limpia, en color negro.
Y su respectiva respuesta, justo debajo, con una letra más imperfecta, menos redonda, en color rojo: «Manu te pone los cuernos con la del tercero».
Como no respondo, supongo, Noa sigue hablando.
—Os dije que no quería ir a tomar una copa porque mañana entro a currar a las nueve. No quiero que pienses que no me apetecía unirme a tu plan, ¿vale? Todo bien, ¿no? ¿No te ha parecido mal?
Voy a responder cuando me doy cuenta de una pequeña mancha en las bragas. Una mancha maravillosa que me hace pegar un grito de alegría. Escucho el estruendo que provoca Noa al otro lado de la puerta.
—¿Estás bien?
—¡Sí! —exclamo—. Mejor que nunca, joder. ¡Me ha bajado la regla! ¿Tienes un tampón o algo? Me dejé la copa en casa.
La escucho revolver en el interior de su bolso y, como respuesta, me ofrece uno por el hueco inferior de la puerta. Agradezco mucho que Noa no diga nada más hasta que abro la puerta del baño y me acerco a lavarme las manos.
—¿Creías que…?
—En realidad, no; me hice una prueba esta tarde —digo sincera—, pero siempre se agradece la confirmación.
Ella asiente, un poco dudosa.
—Y, ante tu pregunta, claro que no estoy enfadada, idiota. Y, si lo estuviera, sería mi problema, porque tú no hiciste nada malo —expongo—. Y lo de Oliver…
—No me importa lo más mínimo —se adelanta—, pero quería asegurarme de que estaba todo bien entre nosotras y no sabía de qué hablarte. Si llego a saber que creías estar embarazada, habría tenido tema de conversación para dar y tomar.
Me río y asiento, porque tiene razón. Me seco las manos con papel antes de girarme hacia ella.
—Estás guapísima, idiota. Quiero tu cutis para mí.
Ella sonríe, con esa sonrisa de verdad, la típica de Noa, antes de salir. Caminamos hacia la mesa. Lo primero que hago cuando llegamos es agacharme para estar a la altura del oído derecho de Cris.
—No vas a ser tío —murmuro.
Él se gira y me mira, como si no entendiera nada. Cuando lo hace, sonríe y asiente.
—Enhorabuena, supongo.
Respiro hondo y me siento. Esta vez al lado de Noa, porque Beka arrastra el culo hacia el fondo para ahorrarse el espectáculo de antes.
Tan pronto todo se relaja, busco el móvil en el interior del bolso y, sin dudarlo mucho, entro en la conversación con Joaquín.
Tengo varios mensajes suyos que decido no leer, por mi bienestar mental.
Yo:
Confirmado. No hay embarazo.
Salgo de la conversación y bloqueo el móvil antes de volver a poner toda mi atención sobre mis amigos.