Sin efecto retroactivo Exigencias las justas, machote #2
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Exigencias las justas, machote #2

Lo observo y, con una media sonrisa en el rostro, respondo:

Yo:

Busca otro más céntrico. Avísanos y bajamos.

Estoy con Cris.

Antes de que me pueda dar cuenta, aparcamos el coche delante de su casa. Tan pronto estaciona, abro la puerta.

Tirito sin pensarlo. Tal vez no sea solo culpa del tiempo, sino también fruto de los nervios y de que estoy empapada.

Subimos hasta su apartamento en un silencio sepulcral. Agradezco que no intente avasallarme con preguntas otra vez.

Su casa es todo lo contrario al típico cliché de abogado, pero tal vez se deba a que tan solo lleva tres años como fijo, y no es más que un adjunto al que le tienen en mucha estima.

Toda una promesa, al parecer. Pero con un sueldo promedio.

Su apartamento es pequeño, con una pared de ladrillos sin pintar que le da un toque industrial; la cocina y el salón conviven en el mismo ambiente.

Tiene dos habitaciones, pero ambas son tan pequeñas que siempre le digo que debería hablar con el casero y tirar el tabique que las separa para hacer una de un tamaño medio decente.

Pero, sobre todo, huele a él. Y es maravilloso. Huele a casa, a hogar.

Enciende la luz de uno de los baños del apartamento —porque pequeño sí, pero el mamón tiene su propio baño privado— y mete la cabeza dentro, como si tuviera la necesidad de comprobar algo. Cuando pone la vista sobre mí, veo que la preocupación sigue ahí, presente.

—Puedes darte una ducha, si quieres —me dice—. Te dejaré algo de ropa.

Asiento, él se aparta para dejarme espacio y yo accedo al interior.

Es del mismo tamaño que el resto de la casa, es decir, parece el baño de una casa de juguetes, pero es precioso.

Se nota que está recién reformado. De una mezcla de color beige y madera.

Tiene una ducha en la parte más lejana a la puerta, que no dejan de ser dos pasos normales, ni cortos ni largos.

Me quito la camisa como si fuera el envoltorio de una magdalena y la dejo en el suelo. Creo que, si llego a tardar media hora más, ya comenzaría a formar parte de mi anatomía.

Abro el grifo y me meto debajo del chorro. Y puedo jurar que desaparezco de la faz de la tierra durante los siguientes minutos. O puede que horas. Pongo la mente en blanco y me permito desconectar de verdad, como hacía tiempo que no me ocurría.

Escucho un pequeño golpeteo en la puerta, lo que me obliga a salir de la burbuja en la que estaba embutida.

—Te he preparado un té. —Escucho la voz de Cristian desde fuera.

Cierro el grifo, me seco y, antes de abrir, escucho el sonido de unos nudillos sobre la madera. Abro y lo recibo en toalla. Él ni me mira, tiene los ojos clavados en la ropa que lleva en las manos.

—Menos mal que todavía conservo alguna cosa tuya por aquí —bromea. En ese momento, me fijo.

Se trata de un conjunto formado por un pantalón azul oscuro de tiro alto con tirantes —a pesar de que estos últimos no los veo, por el modo en que tiene doblada la ropa, sé que están— y una camiseta de rayas blancas y azules.

Falta la gorra de marinero. Sí, es un disfraz que nos pusimos a conjunto hace un par de años, cuando Joaquín todavía no había entrado en mi vida.

Suelto una carcajada a la vez que estiro el brazo para hacerme con la ropa y la desdoblo.

—No me pienso poner esto —sentencio—. En serio, Cris, ¡no!

—Vale, me lo temía, así que tengo una segunda opción…

Me muestra su otra mano, esa que mantenía detrás de su cuerpo, en la que sostiene una camiseta suya que me tapará un poco más abajo de los muslos. Ruedo los ojos.

—Necesitaré una chaqueta para el disfraz. —Sonríe y asiente, como si ya barajara esa posibilidad y tuviera claros sus siguientes pasos—. ¡Y también que tú te pongas el tuyo!

Eso no le hace tanta gracia, pero, tras torcer los labios, acepta. No le queda otra opción y lo sabe.

Tan pronto termino de vestirme, me acerco al salón.

Allí me espera Cris, con mi té y una sudadera calentita.

La reconozco al instante, es una de las del Obradoiro que le regalé el año pasado.

Me la pongo sin rechistar, porque, aunque estamos a finales de junio, no es que haga calor, precisamente. Me queda enorme, pero me da igual.

—No quieres hablar, ¿verdad?

Niego. No quiero. Me centro en la infusión que tengo delante porque me parece lo más importante de este mundo. Él se echa hacia atrás y lo escucho suspirar.

—Joaquín —reconozco al fin.

Cris me observa, confuso, antes de hacer un movimiento con la cabeza.

—¿El friki depresivo?

Parpadeo. ¿Cómo lo acaba de llamar? Para nada Joaquín es un friki depresivo, solo porque sea un tanto negativo y un poco…

—¿Sigues ahí?

—Me engañó —digo sin pensar.

—¡Venga ya, Andrea! Siempre supiste que tenías que compartirlo con su Mac de última generación. —Suelta de sopetón, como si tuviera más razón que un santo—. Ahora en serio, ¿estás segura? —Asiento, confusa—. ¿Te engañó… con otra?

Abro mucho los ojos y niego con la cabeza. Esa apreciación la hace porque me conoce, claro. Veo como asiente, como si lo comprendiera todo, pese a que creo que debería ser justo al contrario.

—Tengo un retraso… de nueve días —explico. Él eleva las cejas, preocupado, antes de que yo mueva la cabeza hacia los lados—. En resumen: no estoy embarazada, en principio, pero él quiere tener hijos.

—Oh, mierda.

—Exacto. Oh. Mierda.

Asiento y me tiro hacia atrás.

—Y te había dicho que no…

—Claro, bueno, que lo hemos dejado.

El resumen del resumen. Cris aprieta los labios, pero no me dice nada. Sabe que necesito espacio, tiempo, y sé que él me los va a dar.

—Y también me echaron del trabajo. Reducción de personal.

Tose y me interroga. Se pone las gafas de abogado. No de forma literal, claro. Me insiste en que podría demandarlos, pero, en realidad, paso. No era el trabajo de mis sueños y tampoco es que sea para tanto. Cobraba una miseria y llevaba allí solo un par de meses.

—Sabes que tienes a un abogado a tu entera disposición, ¿verdad?

Asiento. Al mejor abogado, de hecho.

—Al abogado más sexi de todo Santiago —alego. Veo como sonríe y niega con la cabeza.

—Prefiero pensar que gano los juicios por lo bueno que soy, y no por lo bueno que estoy —replica con guasa.

Tiene gracia el jodido. Siempre la tiene. Debe ser un don.

El sonido de su móvil me sobresalta. Me levanto para dejarle su espacio y me aproximo a su colección de libros.

Soy muy fan de su amplia biblioteca, que ocupa toda la pared trasera del salón.

Paso los dedos por cada uno de los tomos.

Me siento tentada a agarrar uno de ellos y abrirlo, para embaucarme con su olor. Lo adoro.

—Hoy no puede ser —murmura.

Puedo jurar que, si hablara en un tono normal, pasaría por completo de la conversación, ¿a mí qué me importa? Pero no soporto que intenten ocultarme las cosas. Mi oído se aguza y...

—Lamento mucho no haberte avisado antes, fue un imprevisto.

Y ese imprevisto soy yo. Me siento como un grano en el culo al escucharlo. Me giro, con la única intención de irme, cuando veo cómo se levanta, deja el móvil sobre la mesa y me dedica una sonrisa de amabilidad.

—¿Y esa llamada…?

—Nada importante.

¿De verdad pretende que me crea eso? ¿De verdad cree que no lo conozco? Lo miro y él se da cuenta de lo que tengo en mente, lo sé por la forma en la que se retuerce y esquiva mis ojos.

—Beka dice de quedar en la pizzería de la plaza.

Asiente y se levanta. Me ofrece la mano y tira de mí.