Sin efecto retroactivo Exigencias las justas, machote
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Sin efecto retroactivo

Sin efecto retroactivo

Por Lydia Chas

© inepub.com

Exigencias las justas, machote

¿Por qué nadie te prepara para el momento en que todo se rompe? ¿Ese en que todo deja de tener sentido tal y como es?

Los ojos me arden, el viento me congela la punta de la nariz. Pero esa pequeña ola de frío solo es la antesala de algo mucho peor: la lluvia me empapa el pelo con fuerza. No tengo tiempo ni para reaccionar y ya estoy calada de cabeza a pies.

—¿De verdad? ¿Crees que es el momento? —pregunto al universo, mientras miro hacia el cielo con los brazos abiertos.

En definitiva, hoy no es mi día. Tal vez habría sido mejor que no me levantara de la cama.

La gente corre a mi alrededor. Los niños juegan e incluso saltan en los charcos, lo que provoca que esa agua asquerosa, marrón y que tan bien le queda a la ropa termine sobre mi hermosísimo pantalón blanco. Genial. Gracias, niños.

O, más bien, tendría que decir: «Gracias, universo. Te debo una».

Apuro hasta unos soportales y me escondo. Me protejo del agua, del viento y de mí misma.

Saco el móvil del interior del bolsillo y lo desbloqueo con un solo movimiento.

Tengo varios mensajes de Joaquín, pero no me siento preparada para leerlos.

No todavía. También uno de mi hermana, que ignoro por completo.

En cambio, centro la vista en el grupo que tengo con mis amigos: «Las chiquis y los demás».

El nombre fue cosa de Beka, por supuesto.

El último mensaje son las fotos de San Juan que envió Beka, en las que yo no salgo, claro, porque no fui. Básicamente, porque mi vida social se ha reducido a cenizas. Se me retuerce algo en el pecho. Solo hace dos días de eso.

Yo:

Unas copichuelas de jueves noche, chavalesss?

Nunca digo «chavales», ¿por qué he dicho «chavales»? El frío me nubla las ideas y me roba las palabras. O, más bien, me las añade a mi diccionario mental.

No espero ni dos minutos cuando el móvil me vibra descontrolado. Son cuatro los mensajes, aunque solo entro en la conversación que me interesa.

Beka LaQueen:

Cuenta conmigo!!

Yo:

No tenías plan?

Beka LaQueen:

Puf. Este no acaba en el piso. Así que… Chao, pescaooo!

Es un muermo de los grandes, tía

Me está hablando de narcos

Yo:

Narcos?

Beka LaQueen:

BARCOS!

Yo:

Madre mía, tía…

Necesitas la cerveza más que nadie

Quién más viene?

Beka LaQueen:

Pues podemos descartar a unos cuantos

Cris estará ocupadísimo con su nueva vida prestigiosa de picapleitos

Y Nico jugando al Minecraf

Partner in crime [Cris]:

Y tú grabando vídeos tontos para hacerte famosa

Su respuesta llega tan rápido que no puedo ni parpadear. Es como si ya la tuviera preparada antes de tiempo.

Cómo echaba esto de menos. Sonrío y me apoyo contra el muro de ladrillo.

Rebeca, o, como es más conocida, «ItsBekaReal», es una de las influencers de moda y estética más famosas —o por lo menos la más conocida de mi grupo de amigos—. Le gusta compartir sus rutinas cero saludables para hacer un universo, según ella, más feliz y menos exigente.

Beka no tarda en responder con un guiño y yo me río.

Nico:

Yo paso.

Y es Minecraft, @Beka LaQueen.

Beka LaQueen:

No pasas, no. Dónde quedamos?

Y me da iguaaaaaal como se escriba

Noa Chiqui:

Yo a unas copas no, tíos

Pero a cenar me apuntaría

Íñigo Ginger:

Curro mañana temprano

A cenar también me apunto

Beka LaQueen:

Uf, vengaaaaa, dejamos las copas para otro día

Yo:

Really?

Venga, va, dónde quedamos?

Permanezco a la espera de que alguno se anime a decirme a qué lugar tengo que ir. Si tiene poca luz, mejor, porque vaya pintas que tengo.

Una vibración me saca de mis pensamientos. Observo la conversación, en la que aparece que Nico está escribiendo algo: seguro que para justificar su ausencia. Todos sabemos que tiene una hermosa cita con su adorado Minecraft y que pasa por completo de sus amigos.

Clavo la vista en el nuevo mensaje, el culpable de la vibración espontánea, y me sorprendo al ver que se trata de Cris.

Amigos desde niños. El único que está ahí para mí siempre. Da igual la hora, el lugar o la situación, y, pese a todo, me extraña que me escriba.

Llevamos meses de sequía en los que hablamos poco. Tal vez por el exceso de trabajo o por el déficit de vida social que va asociado a una relación de pareja. Más allá de la que tienes con tu novio, se entiende.

O puede, y solo puede, que el hecho de que Joaquín se celara de nuestra relación me haya separado un poco de él.

Y qué rabia da eso, joder.

Partner in crime [Cris]:

Dónde estás?

Ni un hola ni un qué tal. Nada. Cero modales. Suelto una pequeña carcajada sin querer.

Yo:

En algún lugar de la mancha

Me hace gracia y no sé ni por qué, si mi situación es de todo menos graciosa.

Partner in crime [Cris]:

Andrea…

Cris solo me llama por mi nombre completo cuando está enfadado, preocupado o delante de su padrastro. Eso último no sé por qué, pero es así.

Resoplo y echo la cabeza hacia atrás.

¿Será que tenemos una conexión especial y sabe que, ahora mismo, estoy tirada en medio de la calle, empapada hasta las pestañas, después de haber perdido un empleo y un novio? Y de haber celebrado que no voy a ser madre, pero con un retraso de nueve días, que nunca pueden ser buenas noticias.

Partner in crime [Cris]:

Andrea, no me hagas recurrir a la geolocalización

Ah, no. Eso sí que no. Conmigo exigencias las justas, machote.

Yo:

Hazlo, cambié la contraseña

Miento. No podría hacerlo: primero, porque no estoy segura de saber cómo; y, segundo, porque la olvidaría.

Llevo desde los quince años con la misma para todas mis redes sociales: absolutamente todas.

A pesar de los avisos que recibo por todos lados, me niego a poner otra: «Es por tu seguridad».

Sí, claro, me había olvidado de que muevo millones de dólares desde el ordenador de mi casa. Si es que…

Partner in crime [Cris]:

Pruébame.

¡Buf! Es desesperante.

Pulso encima de la ubicación y se la envío. Al fin y al cabo, casi prefiero que me venga a buscar.

No dice nada más, pero sé que lo leyó, ya que me sale el doble check azul.

Para entretenerme, regreso a la conversación con los demás.

Me sorprendo al darme cuenta de que son quince los mensajes que me perdí.

¡Madre mía!, ¡lo que hablan! Los releo un poco por encima y sonrío, sonrío sin parar.

Me siento una maruja total al leer la tonta discusión que mantienen Rebeca y Nico.

Yo:

Vente, que hace siglos que no te vemos

Respondo al último mensaje de mi amigo, donde dejaba claro que su respuesta era un tajante y rotundo: «ni lo soñéis».

No tengo tiempo de seguir leyendo, porque un fuerte pitazo me saca de mis pensamientos. Levanto la vista y me encuentro con el Audi de Cris. Es mi mejor amigo, pero es un puto cliché de manual. Aprendiz de abogado con un Audi negro. Uy, sí, qué original.

Ruedo los ojos y camino en dirección al coche. Apuro el paso cuando los soportales me dejan de proteger del agua y corro, con las manos en la cabeza.

Es muy curioso que hagamos esto, ¿pretendemos que las manos impidan, de verdad, que nos empapemos? ¿Cuánto es eso de ridículo? Yo digo mucho, gracias.

Espera a que me ponga el cinturón de seguridad, observa cada movimiento que ejecuto. No lo veo, pero puedo sentir sus ojos en mi nuca.

—¿No vas a decir nada? —pronuncia al fin.

Trago con violencia. ¿Qué diablos quiere que le diga?

—Hola —respondo como si fuera lo más natural del mundo.

Sin más, y lejos de lo que me esperaba, estalla en una fuerte carcajada.

—Andrea, estás... —Se frena, como si intentara buscar la palabra adecuada.

Me giro hacia él y lo veo. Esta vez sí. Con un pantalón de pijama oscuro y una sudadera.

Me apoyo contra la puerta y le sonrío de medio lado.

Lleva el pelo castaño, habitualmente perfecto, medio de punta, como si se hubiera pasado la tarde tirado en el sofá.

Y una barba de varios días, que muchas dicen que lo hace atractivo. Para mí tan solo es Cris.

—Perdona por salir a buscarte a toda prisa, Andy —se queja. Pone el intermitente y sale hacia la carretera principal.

Aprieto los labios y no digo nada, porque no puedo. Respiro hondo y me pierdo en la música que brota de la radio. En esto, Cris no sigue el típico cliché de abogado. La música que escucha es lo menos esperado del mundo para alguien con ese caché. O, al menos, no es lo que yo me esperaría.

La canción con música de semana santa de C.

Tangana resuena, y es él quien estira la mano para subir el volumen antes de que lo haga yo.

Me giro hacia el lado de la ventana y me permito observar el paisaje nocturno de Santiago.

Me encanta vivir aquí, a pesar de que la lluvia no nos dé tregua ni en verano.

—¿Cómo sabías que algo iba mal? —pregunto cuando la canción termina y me giro hacia él.

Se encoge de hombros. En realidad, me comienza a preocupar el tema de que tengamos una especie de conexión mística o algo así.

—Hace como dos meses que no propones salidas en grupo —se justifica—. Y… ¿chavales? Tú no has dicho eso en tu vida.

—Yo misma me di cuenta de que no era muy común en mí, sí… —respondo divertida.

Para el coche en un semáforo. Me giro hacia la ventana. Lo conozco, sé que me va a interrogar, pero creo que ahora no estoy preparada. Solo quiero desconectar.

—¿Me tengo que creer que no ha pasado nada, Andrea?

Mi nombre completo otra vez. Lo miro de nuevo y hago un análisis por su rostro, no parece enfadado, su padrastro no está cerca, así que…

Por suerte para mí, el semáforo se pone en verde y se ve obligado a emprender la marcha. Aunque tengamos que permanecer dentro del mismo vehículo, que no pueda fijar la vista en mí me da cierta ventaja.

Una pequeña vibración me obliga a volver la vista sobre el teléfono móvil.

¡Treinta y cinco mensajes! Madre mía, creo que me dolerían los dedos de escribir tanto.

—Dice Beka si vamos al italiano de las afueras en una hora —digo en voz alta, a la vez que leo una buena parte de los mensajes—. Creo que está por ahí con su cita Tinder.

—Con su cita desastrosa de Tinder, querrás decir —corrige—. Dile que mueva el culo a un sitio que nos quede más cerca, que paso de hacer de taxista después.