Kate #2
Bajo corriendo los escalones de madera, resbalo y pierdo el equilibrio. Caigo de espaldas y noto el dolor que me brota del coxis. Maldigo en voz alta a Bea , porque no sé lo que estará haciendo, pero seguro que es algo imprudente y precipitado, algo que me dejará en un aprieto.
Estoy cabreada. Asustada y confundida.
Me levanto de los escalones, frotándome el trasero. Cojeo hasta la cocina, donde sigue abandonada la cena a medio preparar. Al otro lado de la puerta de cristal veo a Josh , Leo y los agentes de policía en el patio trasero, esperando delante del estudio de música.
Tengo el móvil en la encimera de la cocina. Lo cojo e intento llamar a Bea . No lo coge.
Solo me envía un mensaje instantes después de cortar la llamada.
Perdóname. No quería que pasara nada de esto.
El corazón se me acelera.
¿Perdonarte qué?
Le tecleo inmediatamente, apretando cada letra del teclado.
Mi pregunta queda sin respuesta.
¿Dónde estás?
No responde.
Intento volver a llamarla. Suena una vez antes de que salte el buzón de voz. Vuelvo a llamar una y otra vez, cada vez más frenética, preguntándome qué habrá hecho Bea que no haya querido hacer. ¿Qué será lo que debo perdonarle, aparte de dejarme tirada?
¿De qué huye?
Corro descalza mientras doy la vuelta a la casa, con el tirante del sujetador resbalando por debajo de la camiseta sin mangas hasta caerme en el brazo.
Me lo subo con brusquedad. Se me vuelve a caer.
Tengo el corazón a cien. No paro de darle vueltas a todo, aturdida.
¿Dónde se ha metido Bea ? ¿Qué está tramando?
El pelo húmedo por el sudor me cae sobre los ojos.
—Se ha ido —les digo sin aliento cuando vuelvo al patio trasero. Me duele el pecho. No consigo recuperar el aliento.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido? —pregunta Josh .
—No lo sé, Josh . No lo sé. No está en la casa. La he buscado por todas partes. He intentado llamarla. Me ha enviado este mensaje —digo, poniendo el móvil en las manos de Josh .
Él lo mira, lee la confesión de Bea .
—¿Qué significa? —pregunta.
—No lo sé —digo, negando con la cabeza.
Josh le pasa el móvil a los agentes. El coche de Bea sigue aparcado en el callejón junto al mío. Adondequiera que haya ido, lo ha hecho a pie. No puede estar lejos.
—¿Puede dejarnos entrar en el garaje, señora? —pregunta uno de los agentes.
Dentro hay algo que Bea no quiere que la policía vea. Lo único que se me ocurre es algún equipo de audio robado. Pero Bea y yo tenemos dinero. Puede comprar lo que necesita.
—No sé dónde está la llave —admito—. Solo hay una. Y no está. Bea ha debido de llevársela consigo —digo, avergonzada por muchas razones, pero sobre todo porque Bea se ha ido y me ha dejado colgada, a tientas. No es propio de ella.
Sigo explicándome, paseando la mirada entre Josh y los agentes.
—Yo nunca entro ahí. Es el espacio de Bea . Es donde trabaja. No me gusta entrometerme en eso.
Le doy vueltas, recordando que una vez tuve una llave del estudio.
Pero entonces, hace muchos, muchos años, Bea me dijo que creía que habían intentado forzar la puerta, así que ella misma instaló una cerradura nueva, más segura e infalible.
Y tapó con contrachapado la única ventana, aunque solo Spider-Man podría llegar hasta allí sin escalera.
La verdad es que aquello me pareció excesivo y algo paranoide.
Pero en ese momento me dije que, si eso hacía que Bea se sintiera más segura, adelante.
No se lo discutí. Fue poco después de todo lo que pasó con Shelby Tebow , Meredith y Delilah .
Todo el vecindario estaba con los nervios de punta.
Era comprensible que Bea quisiera un poco de seguridad extra para sentirse más a salvo.
La nueva cerradura, dijo, solo venía con una llave. Me haría una copia. Ahora que lo pienso, nunca me la hizo.
—¿Nos da permiso para derribar la puerta? —pregunta uno de los policías.
—Sí. Por supuesto —respondo, sin dudarlo.
Necesito saber qué me ha estado ocultando Bea .
El agente vuelve a su vehículo. Minutos después vuelve con un ariete. No tarda mucho. La puerta se abre violentamente y rebota contra la pared. Veo el equipo de Bea desde donde estamos. No parece haber nada fuera de lugar.
Exhalo el aire que tenía retenido en los pulmones.
Los agentes entran en el estudio con cautela. Uno de ellos con la mano apoyada en el arma de la pistolera. Josh hace ademán de seguirlos.
—Señor —dice uno de los agentes con firmeza—. Tiene que quedarse donde está.
Josh hace lo que le dicen. Se queda con Leo y conmigo, esperando.
Todo es como el día en que encontraron a Meredith , cuando aquella detective le dijo a Josh , en el aparcamiento de aquel motel cutre, que Meredith había muerto en lo que parecía un suicidio, cosa que luego confirmaría la autopsia.
Se derrumbó en aquel suelo de cemento. El resto del día es como un borrón para todos. Apenas recuerdo alguna cosa.
Desde donde estamos, casi no puedo ver a los agentes registrando el lugar. No parecen estar encontrando nada de interés para ellos.
De repente, los agentes se llaman. Uno señala hacia arriba, hacia el ático. Los tres se dirigen a la escalera. Empiezan a subir, con movimientos sincronizados. Media docena de escalones y desaparecen de mi vista. Ya no los veo.
Recuerdo que al final de las escaleras hay una puerta. Estará cerrada con llave. Esta vez no preguntan y oigo el inconfundible sonido de su derribo.
El grito que llega a mis oídos cuando la puerta se abre de golpe es agudo, aterrorizado, femenino. Una chica. La chica que buscan Josh y Leo. Pero ¿por qué? ¿Por qué ha podido acoger Bea a esta chica en su estudio de música? No se me ocurre ninguna razón.
Se me doblan las rodillas. Me fallan las piernas. Me desplomo sobre el césped. Josh echa a correr, pero Leo intenta detenerlo, sujetarlo. Josh es más fuerte que Leo. Josh lo arrastra hasta la puerta del estudio sin soltarse.
Me quedo paralizada en el suelo, horrorizada, cuando los policías reaparecen con la niña. Salvo que, cuando aparece, no es la misma niña que he estado viendo en las noticias. Magullada y maltratada, desnutrida, asustadiza.
Esta es la viva imagen de Meredith . Llameantes cabellos rojos, piel clara, pecas, ojos del mismo verde mineral que los de Meredith .
Es Meredith en sus gestos, en su forma de moverse, de estar.
Está limpia, bien alimentada, aparentemente ilesa.
Ya no es una niña angelical. Se ha convertido en una joven preciosa que me deja sin aliento.
Josh cae de rodillas a sus pies.
—Papá —grita ella, agachándose y abalanzándose sobre él. Leo, al principio indeciso, corre hacia ellos y todos se abrazan y lloran.
Delilah .
Es Delilah .
Me siento avergonzada, engañada, horrorizada, dolida. Confusa. ¿Cómo ha podido acabar Delilah en el estudio de Bea después de que Meredith se matara? Ha pasado once años aquí, en mi patio trasero, y yo no lo sabía.
No tengo que preguntármelo mucho tiempo. Josh también se lo pregunta.
—¿Cómo? —pregunta—. ¿Cómo has…?
No encuentra las palabras, incapaz de comprender lo que pasa. Meredith dejó una nota antes de matarse. Algo así como: « Delilah está a salvo. Está bien. Nunca la encontraréis. No lo intentéis».
La revelación me deja atónita. Meredith eligió a Bea para que cuidara de Delilah después de su muerte. Se la confió a Bea . Bea estaba cumpliendo una promesa que le hizo a Meredith , estaba honrando su última voluntad.
Pero ¿por qué? ¿Por qué querría mantener a Delilah lejos de Josh ?
Mis pensamientos se interrumpen con las siguientes palabras de Delilah .
—Yo estaba allí —dice Delilah —, cuando mató a mamá.
El mundo queda en silencio.
Y entonces oigo un «No», vehemente al principio, y luego gritado una y otra vez, con más pasión, con más furia: «¡No! ¡No! ¡Noooo!».
Solo cuando todas las miradas se vuelven hacia mí me doy cuenta de que lo digo yo. Que soy yo quien grita.
Más tarde, una vez que la policía ha completado su investigación, lo cual incluye interrogarme, me dejan pasar al estudio de Bea .
No sé qué esperar mientras subo los escalones y entro en el ático de arriba, donde Delilah ha pasado once años recluida.
La única ventana está cegada con madera contrachapada, salvo un pequeño círculo, lo bastante grande como para que Delilah pueda mirar por él.
Durante once años, vio a su padre cortar el césped, vio a Leo tirarle la pelota al perro Wyatt hasta que este murió.
Vio cómo salían las flores y caía la nieve, pero nunca sintió el sol en la piel.
No la trató mal. Es lo que le dijo Delilah a la policía.
Me lo confirman las pilas de libros, de juguetes, de material para pintar y la gran cantidad de ropa que tiene.
Aun así, Bea le robó la infancia. Le robó años de vida que nunca recuperará.
La apartó de su familia. Le robó la inocencia y la libertad.
¿Y por qué? Porque Delilah presenció lo que le hizo a Meredith .
Al final resulta que Delilah no vio a Bea matar a Meredith , aunque se pasara once años creyéndolo.
Lo que vio fue el inicio: a Bea inmovilizando a Meredith con un martillo y a Meredith desplomándose inconsciente al suelo.
Cuando Bea le tapó la boca con la mano y se la llevó corriendo del garaje de los Dickey al nuestro, la pequeña Delilah se convenció de que su madre había muerto.
Bea nunca le dijo lo contrario. Delilah no recuerda mucho aquel día, pero sí recuerda que cuando Bea regresó, tras dejarla sola durante lo que a una niña de seis años debió parecerle una eternidad, le llevó medicina y un helado.