Kate
presente
Bea y yo estamos en la cocina cuando suena el timbre.
Acabo de llegar a casa del trabajo y le estoy contando a Bea cómo me ha ido el día mientras ella prepara enchiladas de pollo para cenar.
Bea pica un pimiento mientras el pollo se dora en una sartén sobre la cocina.
Se me hace la boca agua. Como siempre, he tenido un día increíblemente ajetreado, hasta el punto de que no he tenido tiempo de sentarme a comer; en vez de eso, he comido sobre la marcha, picando aquí y allá, entre paciente y paciente.
Ha sido un día difícil. He tenido que sacrificar a un perro al que trataba desde hacía tiempo.
Por muchas veces que lo haga, sigue sin resultarme algo fácil o rutinario.
Sacrifico pacientes casi todos los días.
Y me duelen todavía más los días en que los dueños me insultan.
Adoro a los animales, pero sus humanos son otra historia.
—¿Esperas a alguien? —pregunto a Bea al oír el timbre.
—No que yo sepa —responde ella, apagando el fuego debajo del pollo. Me llevo la copa de vino cuando la sigo hasta la puerta principal.
Es temprano, poco después de las cinco de la tarde.
Todavía hay luz fuera. Bea abre la puerta y nos encontramos con Josh y Leo en el porche, y un par de policías uniformados un escalón más abajo.
La preocupación se refleja en sus rostros.
Josh y Leo tienen lágrimas en los ojos. El parecido con aquella noche de hace once años me deja momentáneamente sin palabras al imaginar a Josh con el pequeño Leo al lado, rodeando la pierna de su padre con los brazos, y la tormenta rugiendo de fondo. La noche en que empezó su pesadilla.
Sigue presente once años después.
—¿Qué pasa? —pregunta Bea —. ¿Sucede algo?
Dejo la copa de vino en la mesita de centro.
—Se ha ido —dice Josh —. Se ha escapado.
Y todo se parece tanto a la noche en que desaparecieron Meredith y Delilah que me quedo aturdida, con la boca abierta.
Josh no parece él mismo. Hace tiempo que no lo parece.
Nuestra amistad se ha ido enfriando con los años.
Nos vemos mucho menos. En esas ocasiones, Bea y yo debemos tener cuidado con lo que decimos.
Nunca mencionamos a Meredith o a Delilah .
Hace una semana escasa que nos enteramos de la increíble noticia de que, tras todos estos años, Delilah había vuelto sana y salva.
Yo ya había perdido la esperanza de que volviera a casa.
Por muchas ganas que tuviera de verla, no quise imponer mi presencia a Josh .
Bea y yo decidimos esperar a que se fuera la prensa y se calmara el revuelo para ir a ver a Delilah .
Pero ahora tenemos a Josh en nuestra puerta diciéndonos que se ha ido, que se ha escapado, y lo único que sé hacer es quedarme boquiabierta mientras habla Bea . Siento pena por él. Otra vez, no. Por favor, suplico en silencio, que no la vuelva a perder.
—¿ Delilah se ha escapado? —pregunta Bea .
—Sí, no, sí —dice, negando con la cabeza—. Es una larga historia. ¿La habéis visto? ¿A la chica?
Y en ese momento sé que esta chica, que lleva una semana viviendo en casa de Josh y Leo, no es quien decía ser. Han vuelto a engañar a Josh . Está destrozado.
Leo parece perdido al lado de Josh .
— Carly —murmura entre dientes. Y luego, sube la voz—. Se llama Carly .
Uno de los agentes de policía se adelanta.
—¿Les importa si echamos un vistazo a su propiedad en busca de la niña desaparecida? —pregunta.
—Por supuesto —responde Bea —. Lo que necesiten.
Bea y yo nos calzamos los zapatos y los seguimos por si podemos ayudar en algo. Cuando lo hacemos, veo que los periodistas se lo están pasando en grande. No entran en nuestra propiedad, pero se quedan en el límite, con las cámaras preparadas por si pasa algo que pueda ser noticia, cosa que ya es.
Alcanzo a Josh y le cojo de la mano. No puedo ni imaginar por lo que estará pasando, al creer tras pasar tantos años de búsqueda que ha encontrado a su hija para que se la vuelvan a quitar.
Leo y él han llevado una vida discreta, privada, en los últimos once años.
Me gustaría haber sido mejor amiga para ellos en este tiempo.
Al principio lo intentamos, pero Josh estaba tan hundido por la pena que era difícil.
Nos apartó. Nos dimos por vencidas. Ni siquiera lo invitamos a la boda porque no nos parecía bien que tuviera que soportar nuestra felicidad, estando tan triste.
Debí esforzarme más. Debí hacer más.
Ante la casa de Josh y Leo hay coches patrulla. Y media docena de agentes a pie, cada uno buscando a la chica desaparecida en una dirección diferente.
Recorremos nuestra propiedad. No es que sea grande, pero tenemos árboles muy altos con ramas y hojas que cuelgan bajas.
Y setos en los que es imaginable que pueda esconderse una persona si quiere.
Los agentes de policía registran los setos.
No está allí. Damos la vuelta a la casa, siguiendo el camino de cemento hasta el patio trasero.
Uno de los agentes investiga los arbustos.
—¿Les importa si registramos el garaje? —pregunta otro.
Se dirige hacia él, examinando el estudio de música de Bea desde fuera.
Es casi una réplica de nuestra casa. Más pequeño, claro, de planta y media de altura, con un trastero en la planta superior.
No lo utilizamos, no lo necesitamos. En todo caso, lo utiliza Bea para guardar viejos equipos de grabación.
No tenemos muchas posesiones y las que tenemos caben fácilmente en la habitación libre de casa.
Bea se dirige al estudio y gira la manilla de la puerta.
Es unos centímetros más alta que el policía.
Me quedo mirándola, con sus vaqueros, su camiseta negra y sus deportivas.
Parece preocupada. Al igual que Josh , Bea cambió mucho después de lo que pasó con Meredith y Delilah .
Supongo que como todos. Bea se volvió menos relajada, menos despreocupada, más agobiada.
Pasa ahora más tiempo en soledad, trabajando en su música, aunque nunca ha producido mucho. Perdió el interés por tener hijos.
—La puerta está cerrada con llave —le dice al policía.
Bea siempre cierra la puerta con llave. El equipo que tiene dentro es muy caro, y casi todos en el barrio saben lo que hace ahí. No es muy descabellado pensar que alguien quiera llevarse su equipo cuando nadie mira.
—¿Le importa abrirla para nosotros? —pregunta el agente.
—Lleva todo el día cerrada, agente —responde Bea —. No ha podido entrar nadie.
Hay algo en la respuesta de Bea que me llama la atención. Tiene razón; nadie podría cruzar esa puerta cerrada, a no ser que fuera con telequinesis. El edificio solo tiene una ventana, y está arriba. No es sencillo subir hasta ella, tan solo escalando el revestimiento amarillo.
Pero, si yo fuera Bea , abriría la puerta y dejaría que el agente de policía viera por sí mismo que no hay nadie.
—¿Está diciendo que no va a abrirme la puerta? —pregunta él, mirando fijamente a Bea .
Josh ya no me coge de la mano. Me ha soltado y se ha acercado a Bea y al agente.
—No he dicho eso. Es que no veo cómo podría entrar nadie. Me preocupa que estén perdiendo el tiempo —dice ella, y entonces me doy cuenta de que no está siendo poco colaboradora o reacia; intenta ahorrarles un registro inútil. Les ayuda.
— Bea —dice Josh —. No sabemos cuánto tiempo lleva la niña desaparecida…
— Carly —interrumpe Leo de nuevo. Está en algún lugar detrás de mí—. Se llama Carly .
Esta vez, al decirlo, pronuncia cada palabra con claridad.
Josh traga saliva.
—No sabemos cuánto tiempo lleva Carly desaparecida —dice, haciendo hincapié en el nombre—, ni hasta dónde habrá podido llegar. Por favor, Bea , abre la puerta y déjales mirar, para que podamos continuar con la búsqueda.
—Por supuesto —dice Bea , esbozando una leve sonrisa a Josh .
Parece avergonzada. No se avergüenza fácilmente.
No quería entorpecer nada, pero parece que lo ha hecho.
Le dedico una sonrisa comprensiva, sabiendo que solo intentaba ayudar—.
Por supuesto —repite, bajando la mirada—.
Solo quería ahorraros tiempo. Estaré encantada de abrir la puerta, si es lo que queréis. Dejad que vaya a por la llave.
Lo dice mientras pasa por nuestro lado hacia el camino de cemento, para luego rodear la casa hasta la puerta principal, que dejamos abierta.
Los demás esperamos sin hablar. Hace calor.
Estoy sudando, igual que todos, aunque no nos movamos.
Los árboles nos tapan el sol, pero no sopla ni la menor brisa.
Es un calor sofocante, un día bochornoso del veranillo de San Martín.
Los mosquitos y las abejas zumban a nuestro alrededor, atraídos por nuestro sudor.
Bea tarda una eternidad en volver. Josh y los policías se impacientan.
—¿Por qué tarda tanto? —pregunta alguien, mirándome expectante, como si yo tuviera la respuesta.
—Puede que la haya perdido —sugiero. Tenemos en la entrada un espejo con ganchos de latón que es donde guardamos las llaves. No debería ser difícil encontrarla—. Iré a ver qué pasa.
Tomo el mismo camino que Bea . Cuando llego a la puerta, está entreabierta unos centímetros, como si hubiera intentado cerrarla de un portazo, pero hubiera rebotado.
Empujo la puerta con cuidado. Entro en la casa y cierro detrás de mí, sintiéndome como un pez en una pecera con los periodistas mirando desde fuera.
Llamo a Bea . No obtengo respuesta.
Vuelvo a intentarlo.
—¡ Bea !
Solo me responde el silencio.
Miro los ganchos de latón que adornan el espejo biselado de la entrada. Solo veo mis llaves.
Me quito los zapatos y subo la escalera descalza. Primero miro en nuestro dormitorio. Está vacío, aunque uno de los cajones de la cómoda de Bea está fuera y volcado en el suelo. Buscaba algo. Miro en el baño, en la habitación de invitados. No está.